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lunes, 12 de marzo de 2007

A LA ORILLA DE UN AMANECER



Alberto Hernández*

La mañana se descuelga
en labios,
en los que Dios puso en los míos,
en los que sólo es posible
medir el tamaño de las revelaciones.

Un pie tuyo sabe de la hora,
de ser beso, mañana y desafío,
baile la noche anterior,
un poco de locura para amanecer vivos.

Como puerta de un templo griego
me encuentro y me extravío. “Soy el más sagrado
de los amantes, el más inocente,
el más tibio al lado de la cama donde despiertas
la madrugada en la comisura de todas las palabras”.

Se ha definido el beso como una religión,
un coro de mujeres frente a un naufragio.
Y así, con la matemática del arco iris en los ojos,
el descubrimiento de la ciudad
y sus rencores, sus luces, sus amores ocultos.

Pero todo estuvo en la mañana,
en la relevancia de tu pie frente al clima de esa hora.

Falta saber por dónde anda Venus,
el otero desde donde supimos que existimos bajo las estrellas.

Allí estaba la mañana,
la que nos regalamos, la que me inventó otro corazón.