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martes, 27 de marzo de 2007

CALENDARIO

Alberto Hernández

Enero

Este es un país de una sola puerta. Por ella entran la ceguera y los pasos de alguien que se deja ver sólo por la ventana que lo protege. Hace horas de siglos que la casa intenta mantenerse en pie: ella es la mirada que nos hace falta para tocarla con las sombras, con el primer mes que convoca a levantar las voces aún en los oídos de las gruesas paredes.
La vieja hacienda revisa los callos de aquellos que cosecharon y desgranaron el café: el milagro sigue siendo textura en la memoria.
Entra entonces como un barco de grises mareas. Se detiene en el techo inconcluso, desafiado por el vacío. Entra la luz, como un golpe en el pecho, fragante y silenciosa.

Febrero

Atado a sus avíos, el portón se enseñorea en la madera que lo soporta. La cerradura dice de su edad, sus mohosos movimientos, travesaños que aseguran la mano, la intimidad de los habitantes ya idos. Entornada, a la salida de la intemperie, las ventanas hinchan el tiempo dejado en la hacienda. Los adobes, aladrillados en su perfección, ariscan las poleas para aliviar el peso del trabajo. Bateas y canoas para guardar los olores de la revelación. Roñosos los muros en su permanencia, entre arbustos y el piso apilonado por los pasos de vivos y fantasmas. La luz intenta entrar entre los visajes del techo.
La puerta quedó abierta. Por ella entran y salen quienes pueden, mientras el vitral atrapa el relámpago de la montaña que se cuela desde su lejanía en los sonidos de una fauna increíble.

Marzo

Toda la soledad es posible bajo las nubes.
Lo que ha quedado de aquellos días es tan visible como lo que existe hoy.
Tenemos ojos para cegarnos de silencio. Una pared doblegada por la tierra, un muro donde alguien se lamentó de la historia y dejó grabados verbos y canciones para los privilegiados, los provistos de un especial don.
Nadie niega la respiración de los árboles sobre esas ruinas. Nadie sabe descifrar los esqueletos
hechos presentimiento del cielo. Ni mucho menos de quienes son esas raíces que salen de la tierra y frecuentan la soledad de las paredes. Los mogotes, la liviandad del aire, el peso de las
nubes contra los cerros, la pesadumbre de la hora negada por la tarde. ¿Quién habrá sido el último en salir de ese lugar y encerrar en las sombras el último vestigio humano? Sólo Dios es posible entre tanta blasfemia de la sequía.

Abril

Alguien podría pensar que se trata de los viejos horcones, los botalones para atar la agonía en el matadero. Pero el tiempo nos desmiente bajo las dos aguas del techo. Otro ha sido su oficio, sujetar o sostener con la fuerza de la ausencia lo que la memoria desdice.
Allá está el paredón, la dos puertas que no sabemos si servían para salir o entrar.
Si atendemos al piso, la tierra pregunta entre sombrías grietas. Manchas que emanan de una atmósfera derrotada por la luz, mientras las pocas manchas del aire intentan protegerse en la inclinada caída hacia los aleros.
La mirada no es nada si no sabe donde habita. Se puede pensar que el agua ha hecho mella en la parte inocente de las paredes de la vaquera.
Rivales, la línea de los palos y los ojos, queda un sendero entre el tiempo y la incredulidad.
Otra es la mirada. Ahora entra el cielo por el techo y se estrella contra el suelo. Se desparrama
por las paredes, como si éste sólo fuese parte del milagro que una mano poderosa se ha encargado de colocar violentamente con la llegada del día.
Este es un lugar verbal, para las palabras. La ganadera fue un día, hoy nos demuestra que se ha quedado solo en el ojo de un visitante extraviado.
Vale la telaraña, los cajones inútiles, ensamblados en la pared. Del techo no queda sino la sombra, lo que es decir que existe pero no está en el ojo sorprendido por la inmediatez.
Si advertimos los rincones, parte de la magia nos lleva a descubrir bejucos, lianas y hojas que
crecen a la sombra de cada uno de los que participan de lo que vienen de afuera.
Queda del instante en quien entra, algo que lo ha cambiado.

Junio

Como una galaxia de sombras, el frontis de la Ganadera descubre los astros de la pátina.
Suben como reptiles los bejucos. Se adhieren y es una hiedra débil la que calumnia la humedad del muro. ¿Qué mano delinea las hojas que se mueven con la brisa zumbona en las ventanas? Nadie responde a esta pregunta. Nadie, bajo el sol inquietante de la ciudad, tiene razón para quedarse con las palabras apiñadas en la boca.
Más arriba, en el más cercano de los cielos, las ramas se tuercen en una demostración de danza cuya destreza permite un diálogo entre pisa la tierra y el que voltea la cara para encontrarse con la altura.
Las sombras salen del interior de la casa. Hacen de la forma un estallido en la intemperie de la
calle, pero nadie sabe: el misterio también es parte de este abandono.

Julio

La ruina también es un poema, un desgarramiento que comienza en la puerta cerrada, mientras las arterias del cielo caen sobre trozos de la misma casa. Podrida la madera, la boca del techo no discrimina los matices en la tapizada insistencia del tiempo.
¿Alguien habrá reconocido su nacimiento en esta habitación? ¿quién tiene noticias de la muerte de quien dejó marcas de sus manos en la madera y en la cerradura? ¿cuántos olores quedan del
pasado?
Del inestable aspecto, queda flotando una lluvia en la mirada. Allí, sólo allí, la muerte se
amontona en silencio. Sin embargo, la miseria jamás derrotará la elegante forma de la puerta, de la que sabemos de manos artesanas, carpinteras, artistas anónimos verificados en el espíritu
cautivo de sus hojas. ¿Cómo entrar por ella si no sabemos de quien nos podría abrir sin sobresalto alguno? Previo a saber que se trata de una casa de campo, alguien precisa acerca de
un próximo encuentro con la tierra.

Agosto

Asunto de luz este de emerger a través de la selva tupida y pasar a través de los cristales para repetirse en sombras. Así ocurre con el día donde el cielo tiene techo nuboso, donde la noche crece en sonidos y aparece de súbito contra la transparencia de las grandes ventanas de Rancho Grande.
Es agosto y las lluvias acorralan el sol contra el tejido de una flora que intenta invadir el interior de la casa. Cada cuadro es un sol distinto, un matiz cuya gravedad se ve trazada sobre el mosaico del piso. Allí, las líneas reposan, mientras el astro se mueve y cae sobre la altura de los grandes árboles cargados de abismos y silencios.
Pasado el clima interior, en el afuera respira una fauna irrepetible. Pájaros misteriosos, monos y arañas, serpientes y dormideras. El piso vegetal guarda la humedad del hongo y las hormigas rojas.
Quien mira desde el corredor sabe que la selva se congrega para seguir creciendo.

Septiembre

La soledad es geométrica en este lugar. Quien baja mide los pasos y entra en el ángulo de la extraña armonía. Cada paso es un cuadro, una matemática de la proximidad.
No es extraña la visita de viejos fantasmas, doblados por la edad y convencidos de haberse cobijado en las bondades del silencio.
La perfección no se contradice con la luz que entra sin permiso alguno desde la selva húmeda. Cada muro se debe a la paciencia de quien soñó las medidas y las trazó con mano segura, mientras los objetos cavilaban al hacerse reales sin mucha rapidez.
Hay tanta contemplación que quien repasa los detalles se hace parte cruda de cada pared. Y si alguien –fantasma o débil textura humana- produce palabra alguna, el lugar multiplica la
atmósfera de su elegancia.

Octubre

La vida es más que un rectángulo.
Y más al fondo, advertida la red que protege de las bestias e intrusos indeseables, las ventanas de arcos hacen de la pared un territorio invadido por la extrema luz. De este lado, más cerca del ojo inmaterial, la oscuridad arremete, pero si abundamos en mirada nos comprobamos en el que baja a ser parte de la fronda que crece en la escalera.
¿Cuántos llegaron a ser la hacienda, la acosada por la inclinación de la montaña que no vemos y sí nos ve en el polvo de la casa?
Hay una insistencia miserable en su soledad. Una historia que no cabe en las hojas de un libro porque alguien la borró y dejó al descuido la puerta entreabierta.
Lo viejo y lo nuevo se conjugan y el mundo sigue su curso, tan plácido que quienes allí vivían aún lo sienten.

Noviembre

Se antoja catedral y Dios lo afirma. Destartalada declara la presencia del que no habla. Una sacralidad admitida por la puerta rota, franqueable. Íngrimo es el momento de mirarla, de deshacerse de quien una vez habitó bajo sus maderos.
El techo, cruzado de viguetas y ornada por la caña brava, desmitifa la hondura hacia el cielo. Hace posible el infinito desde el agujero que el párpado abre para escapar.
“-Yo entro y no salgo, no hace falta. Soy el que soy”, dice el de arriba, el que no necesita de ojos
para mirar ni tiempo para esperar el término del silencio, de la sequedad que corroe el viento y transita sin decir la orilla de las ventanas, donde se deposita la luz, la capaz de cegar e inventar el mundo.
El altozano, la troja que precipita el vértigo, hace cobijo de las primeras sombras de la hacienda.

Diciembre

Árbol fantasma que entra por la opacidad de la ventana.
El bosque arriba con todo el misterio que guarda en sus sonidos. ¿Cuántos ojos miran hacia afuera mientras la noche recuesta sus huesos contra la corteza fungosa de una mata?
No basta pararse enfrente y tratar de descifrar lo que oculta el monte. Es preciso saber leer cada movimiento, cada pausa que las horas le imponen a la noche. Y mientras el cielo se advierte a través del paño de agua del vidrio, el tejido de la flora salvaje respira, vive, dialoga con el mogote habitado.
Una horqueta invita a ver el resto: la línea quebrada de un horizonte de hojas sigue su curso a lo lejos. Interminable es la manera de ver la montaña. Sólo que aquí, donde se sirve la soledad de los que se protegen del paisaje, es posible ser tronco y ramas, preguntas y respuestas sólo oídas por el frío que choca con el vidrio empañado..


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