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martes, 17 de abril de 2007

PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD


PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD

Alberto Hernández*




1.-
Me siento el descubridor del Drago de Orotava. La ciudad, que era jardín mientras dormíamos, encajó perfecta en la mirada de Humboldt. La iglesia –doblada por el calor- destacaba por encima de los pequeños edificios. Alguien que puede ser el narrador de esta peripecia, se adentra en el ruido que el silencio produce en la conciencia de los que una vez huyeron, se adentraron en la selva para jamás regresar a estos valles.
Por allí se asoma Sir Robert Kerr Porter, más flemático que un pájaro disecado de 1829. se deja escuchar cerca de la alharaca de unos loros venidos de la gran montaña que años más tarde bautizarían Henri Pittier: “Jueves 12. A las 9 llegamos a la población de Maracay situada cerca del lago de Valencia, a unas 24 millas de La Victoria. Nos alojaron bien por orden del Corregidor (gracias al General Páez), y se nos agasajó en una casa privada…”.
Cualquiera hoy podría llegar a imaginarse que se trata de un militar lacayo del imperio británico. Kerr Porter era diplomático inglés, y por tanto debía recibir estos tratos. Así lo dejó dicho en su “Diario de un diplomático británico en Venezuela 1825-1842”.
Ya el barón de Humboldt había dejado su opinión en varios tomos donde las palabras y los trazos del paisaje reconocían la belleza de esta tierra, ajada por las guerras, por las proclamas, las traiciones y las hazañas.
2.-
“Después de descansar (pues el calor es excesivo) y comer, ascendimos la montaña del Calvario del lugar (pues todas las comunidades habitadas poseen una), desde donde contemplé uno de los más amplios, ricos y espléndidos panoramas que jamás haya visto en ningún país”. También nosotros, los de ahora, los que aún ambulamos por esta calles.
Una tarde, con Augusto Padrón, me tocó dejar sentado que los maracayeros eran subsidiarios de la selva alta de enfrente. En un lenguaje ingenuo, bello por la nobleza de su casi silencio, el poeta de Choroní dijo: “Maracay se muere allá arriba. Es decir, respira, es eterna”. Como buen cristiano. Don Augusto se acomodó el liquilique, me convidó a cruzar la calle y estacionarnos un rato en la plaza Girardot. “Esto no estaba aquí cuando pasó el barón alemán, de modo que podemos dejar sentado que nosotros tampoco lo vemos”. Me sonrió, a sabiendas de que no lo entendía. Me tomó del brazo y seguimos por la calle Páez. En algún lugar de esta ciudad vivía él y los fantasmas que aún nos persiguen, en pleno siglo XXI.
3.-
“Montañas amontonadas sobre más montañas cercando el lago por todos lados, cuya plateada, pero ahora dorada superficie estaba espesamente sembrada de islas de todos tamaños y formas extrañas”. En este instante de la lectura, Luis Cordero Velásquez toma el café en el cruce de la 10 de Diciembre con Bermúdez, en el viejo Bar Santamaría, hoy convertido en un recuerdo. “Nada, Maracay se va con nosotros. El que se queda la ve morir, silenciarse en cada agresión”. La montaña, la nombrada por Kerr Porter y mirada con abismo por Humboldt, prefiguraba lo afirmado por el autor de La ciudad vegetal. Yo que lo oía con los ojos, sentía en mis oídos la grizapa de unos pájaros perdidos que venían del tótem natural.
4.-
Francisco de Miranda nos llegó un día con Denzil Romero, así como lo había hecho de mano de Mario Briceño Iragorry. Y Maracay, tan noble, callada en su sensible estirpe de pueblo sin fundador, allí, pegada de nosotros, de los que aún –vivos y agónicos- continuamos en su vientre, hartos y a punto de viajar sin boleto.
“La llanura en el fondo, cubierta de cultivos, bosques y edificaciones aquí y allá, con la espigada iglesia de la ciudad y amplios pero abundantes mansiones de su otrora animada población”. Aquí entra vigoroso Feliciano González, el cura y el hombre de a pie, una tarde en su biblioteca/ depósito. Unos traguitos de brandy, de vino y hasta del whisky que a veces le llevaban para que no estuviese tan solo. “Mira, Hernández, esta ciudad duele porque la hemos dejado de doler, de querer. Uno que es de aquí, de este barro podrido que venía del lago, a veces se siente demasiado lejano. Un día salgo a la calle y me pierdo. No sé qué esquina es esta o aquella. La ciudad nos extravía, a propósito”.
5.-
“El sol se hundía en roja envidia ante la sosegada y plateada influencia de la hermosa luna. Y al suavizarse todos los objetos en una solemnidad gris, el todo se volvía verdaderamente embrujador, tranquilizador para el alma”. ¿Alguien de esta ciudad sabía de este texto, tan poético como el insomnio de los que hoy afincan los huesos en la desidia?
Nos desconocemos en las calles. La ciudad nos expulsa hacia los basureros. ¿Cuántas preguntas se merece el silencio que de ella emana en el momento de sentir la ruina de la casa de Misia Jacinta, la miseria del viejo edificio donde funciona el Museo Antropológico?
Entonces alguien nos señala con el dedo. Allá, en el extremo más oriental, don Augusto Padrón se acomoda el traje, afina la mirada y saluda. Por el lado occidental, Luis Cordero en su emblemática amabilidad. Y un poco al centro, en la equidistancia de cualquier yerro geográfico, monseñor Feliciano González me reclama mi ateísmo juvenil, esa fuerza engreída borrada por el tiempo. Entonces me enseña las heridas de Jesús y sonríe. A la vuelta de la esquina ya nao existe.
¿Cuántos pasos más para retornar, para sabernos más inseguros, más próximos a la tragedia, a la conmiseración de un poder tan aberrante que nos empuja hacia la desolación, el olvido?

*Escritor venezolano, poeta, narrador, ensayista y periodista, nacido en Calabozo (1952)

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