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domingo, 10 de junio de 2007

MUDANZAS, EL HÁBITO


Alberto Hernández*
I
El ojo de la lechuza inventa el mundo. Se pasea silencioso sobre cada paisaje, mogote planetario o playa adonde llegan los navíos. Graba con ocular sabiduría la gravitación de los astros cerca de la tierra. Animal de la noche, entre las ramas del árbol de la vida, frecuenta el hechizo proferido por la magia. Dilatado por el giro del reloj, perito en fórmulas y en temores por resolver, hace juego con el misterio, con la paciencia de quien se sabe observador del universo. Mudanza, movimiento: hábito, estación.
“La lechuza posee una secuencia/ Y las imágenes no vuelcan hacia el deterioro/ Aflora la noche en su pico/ Detrás de su mirada que no es móvil”, así lo ausculta Wilfredo Carrizales en el comienzo de un viaje que se multiplica en voces y acentos, en el poemario Mudanzas, el hábito, publicado en la capital de China, Beijing, este mismo año de 2003. De por sí, el título ya nos dice de los distintos lugares donde se posa la mirada del búho/ hechicero y poeta (dicho en femenino gracias al respaldo lechuza), quien no deja lugar donde no se revele; así mismo, lo que no se mueve, costumbre. Movimiento y estatismo, quietud y desplazamiento. “Lamento que no hayan sido/ Mis ojos/ Los que se posaron por primera vez/ Encima de la grandeza de su alimento”, para decir de la lechuza que inicia recorrido por bambuzales, estepas, desiertos, calles solitarias, bosques, polis y soledades de la tierra, como faro del mundo, como trazador de símbolos. Ojo buhonero el del que escribe para hartarse de tiempo e imágenes.
II
Las lechuzas reales, aliadas de la ingeniería; el búho campanero, diseñador de estrategias de caza, usado en los grandes sembradíos de arroz para el exterminio de ratas invasoras. El búho chico, listo ante cualquier intento de huida; el búho nival, de blancura envidiable: el ojo suele ocuparse de los latidos cardíacos del venado invernal. Todos ellos caben en este poema que Carrizales nos envía desde las antípodas. Todos ellos, conocidos y desconocidos, duermen con los ojos abiertos sobre la cuerda vibrante de los versos de este libro del nacido en Cagua y actual agregado cultural de Venezuela en la patria de Li Po.
Y lo afirmo con la misma desmesura del párpado ciclópeo de la bestia emplumada: los búhos son responsables de la vida de los animales, de los que piensan y de los que se mueven por el monte con la intuición que le brindan los árboles, pensadores del bosque.
En la medida en que el libro de Carrizales crece hacia las páginas que leemos, la lechuza se transforma. Se trata entonces de una lectura mimética, una lectura búho: observadora y observante, dicotómica. Un legado en el texto, el anuncio de una gira verbal: “Después/ Quiso exageradamente/ A las cordilleras/ E inventó para ellas/ Signos inequívocos/ De pretendida renovación”. ¿Quién que contempla la mudanza de su plumaje no es capaz de advertir lo que vendrá a través de la magia, de la brujería de su silencio? ¿Se tratará de una bestia o es alguien que trocado en misterio nos escribe el futuro?
Lo cierto es que el poeta entra al ojo de la lechuza, que todo lo ve. De allí este libro que toca temas disímiles en una suerte de inorganicidad relevante por las conexiones que establece entre un paisaje y otro, entre una “narración” y otra, entre un desquiciamiento y otro.
III
La mudanza, la primera estación del libro, es eso: mirada cambiante, estimación del conocimiento del mundo, sus sentimientos, alegoría de una mujer que presiente el más allá de la geografía y la vida. La segunda estación, el hábito: un secreto producto de la sapiencia, la sabiduría frente al fuego universal, tan local como un árbol repetido mil veces en un bosque. “La luna desplaza a su rey/ Hacia confines más seguros// Un gancho con carnada/ Amaneció pendiendo/ De una estrella triste y boba/ Ya en las bodegas lunares/ Se agotó por completo el queso/ Y el peligro famélico se cuela/ A los estómagos que arden...”
Estamos frente a una aventura riesgosa. Se trata de un libro que nos hace dudar, un libro que va del afuera al adentro, del ojo perfectamente redondo de la lechuza al descampado de la palabra, la caja sonora del espíritu.

*Poeta, narrador, crítico y periodista venezolano.

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