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jueves, 2 de agosto de 2007

BORGES, LULL Y MEYRINK

Alberto Hernández*

1.-
Pierre Menard fue víctima de un olvido perpetrado por Madame Henri Bachelier, pese a su aguda percepción para anotar al margen de cualquier cuadernillo las dudas, miedo y sorpresas de escritores, inventores, alquimistas y desalojadotes de alcobas. Si bien Funes fue un desmemoriado, la larga lista de la obra visible de Menrad contiene una pieza que llama poderosamente la atención sobre todo a aquellos buscadores de piedras preciosas en el cieno. Borges, en su infinita ficción, habla de una monografía de ramón Lull titulada Ars magna generalis, de la cual podrían desprenderse otras ficciones que no vienen al caos pero que de alguna manera hace hincapié en la ambigüedad de una lectura también invisible.
Si el autor del Quijote, ese Menard somatizado por las argucias del ciego argentino, no hubiese sido inventado por quien dice ser Borges, habría sido parte de las elucubraciones de Sancho.
Así revelado por ramón Lull en un texto que no conocemos, nos valemos de la ficción para argumentar nuestras propias dudas: Borges supo de El Golem de Gustav Meyrink, pero dejó que la historia se tragara las obras incompletas de su Menard.
2.-
No debemos obviar la posibilidad de que se trate de un sueño, como aquel que comienza (el despertar del personaje) el libro de Meyrink en 1915. “La luz de la luna cae al pie de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca”, que podría ser equivalente al texto invisible que Menard le dedica al catalán. Cuestión de hacernos de la vieja idea de un plagio, denunciado por poetas, dramaturgos, asaltantes de camino y políticos transformados en idílicos juglares de villorrios.
Pero Borges, tantas veces aturdido por las “diferencias” textuales de Cervantes y Menard, no deja espacio para recordarnos los cien años de su llegada al mundo. Perplejo ante su centenario continúa dándonos dolores de cabeza con esa suerte de cábala en la que los números son sólo una referencia abismal. De mal hablar griego, prefiere el latín para justificar que la ficción es más relevante que la simple mentira, dado que empuja las palabras y las hace más revelación platónica (Sócrates también danza en las hojas no publicadas por Joyce en Ulises).
Borges nunca existió, fue sólo una presencia fantasmal, llevada de la mano por Hashile, el mendigo del ghetto judío de Praga, de quien se comenta era el Golem. Pero son sólo conjeturas. De levantarse de su tumba helvética, Borges insultaría a los teóricos de esta infamia, que no pertenece a la historia universal de su propia autoría.
3.-
Pierre Menard es el otro yo de Borges. Toda la vida quiso escribir El Quijote, un Quijano parecido a Martín Fierro, pero La Mancha no cabía en la pampa, por lo que Menard, de linfa francesa con rasgos de notoriedad hispana, sólo se le ocurrió aproximarse a la novela que el mismo Cervantes alejó de las fábulas caballerescas. Pequeño detalle: Borges y Meyrink se conocieron en París gracias a los buenos oficios de Pierre Menard, mientras paseaba con Cervantes por los Campos Elíseos. El encuentro fue propiciado por Athanasius Pernath, acusado de un crimen que en realidad cometió el mismo autor de El Golem.
Enana sucia y lúgubre taberna parisina se fraguó el plan para endilgarle a Menard las obras que aún nadie ha logrado leer. El mismo Borges llegó a creer que Menard era una creación suya, hasta que Miguel de Cervantes lo sacó de la duda. Menard en realidad es el Golem, creado por Cervantes y cedido a Meyrink para que pudiera deshacerse de un loco judío, perseguido por un dictador alucinado.
De esa reunión en la taberna no se tienen noticias. Menard borró todos los manuscritos que esa noche Borges había escrito para entregárselos al autor de El Quijote, un pequeño olvido que luego pagó muy caro Madame Henri Bachelier.
*Poeta, narrador y periodista venezolano.


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