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martes, 28 de agosto de 2007

CHACAO, FILÓN DEL GUÁRICO


Tibisay Vargas Rojas*


Foto> Tibisay Vargas Rojas

La copa de un centenario árbol de mamón refulge a retazos por el aleteo de un gonzalito, y entre el siglo XVI y el XXI solo media un atardecer en Chacao.
Chacao, que en lengua aborigen significa “arenal”, fue el nombre de un hercúleo cacique morador del cerro El Ávila en la época de la conquista. Hoy por hoy denomina un municipio de la Zona Metropolitana del estado Miranda, y, extendido más allá, a un vasto imperio de chaparrales y pastizales en un lugar final del Guárico.
Tres horas a pie o veinte minutos en vehículo nos llevan desde la entrada al monumento Arístides Rojas, mejor conocido como Morros de San Juan, ubicados en la capital del estado Guárico, hasta el fundo Quebrada Seca, en la Comunidad Chacao, donde bajo la canícula de marzo, la sombra del vetusto mamón nos permite evocar el pasado colgados de la palabra de don Obdulio Pérez, puntal del fundo, quien nos acerca doscientos años de historia viva desde su bisabuela Ignacia Pérez, hasta su persona, entregados en cuerpo y alma a la faena ganadera.
Estos predios estaban amansados desde el siglo XVI para la crianza de ganado, ya que no para la explotación de oro, lo cual fue el señuelo inicial que atrapó la mirada del conquistador Garci González de Silva hacia este muro de calizas que sirve de parabán a las llanuras centrales. Tal vez fue la misma accidentada geografía la que terminó con el sueño de “El Dorado Guariqueño”, pero fue el inicio de la población de San Juan de los Morros, y del quehacer ganadero de la zona, oro de sangre caliente, estampa arrobadora del paisaje.
Refiere don Obdulio, que en los años veinte Chacao pertenecía a don Juan Febres Barrios, quien por la suma de setentaicinco mil bolívares lo vendió a El Benemérito Juan Vicente Gómez. Para entonces, su padre don Indalecio Pérez, estaba al frente del fundo velando porque la tradición familiar ganadera diese todo el provecho posible en días aciagos para el hombre del campo. Cuenta emocionado que a los trece años solicitó el cuidado de unas reses que destinaría para el ordeño, pues pretendía la confección de queso de mano. Este “utópico” proyecto del muchacho no tuvo obstáculos, mucho menos cuando la primera tentativa de venta del producto dejó en sus manos dinero para proveer de bastimento con holgura a la familia.
En este quehacer de alquimista transcurren sus días al lado de su esposa doña Ambrosia, de sus hijos, yernos y nietos, quienes participan de la recia faena ganadera, y de la mágica empresa de transformar la leche en el exquisito manjar que ofrece al comprador como Queso Chacao, nombre sonoro que muchos impostan, conocedores ya de la fama del original.
Y no descansa don Obdulio, sus manos dan para la confección de los blandos discos que dispone con esmero en recipientes para su forma final, así como para el retorcido de una soga de cuero crudo destinada a la labor de arreo y otros menesteres del fundo.
Una brisa tibia peina el pastizal, y en el patio aledaño a la casa las gallinas trepan adelantando la noche a las ramas del mamón donde otrora, el ave que tomó el nombre del conquistador Garci González, pues ornaba éste con su plumaje dorado su fiero casco, nos ha dejado un celaje de nostalgia.
Los niños de la casa corretean entre las patas del ganado que entra a pernoctar al corral arreado por los pequeños vaqueros, y el sol, que ya es una pepita de oro bordeando el horizonte, azafrana el lomo de los hermosos animales que el amor de una familia y la prodigalidad de los pastizales han convertido en un filón de este generoso Chacao.

*Escritora y poeta venezolana.(Este artículo fue publicado originalmente en la revista PUNTAL de la Fundación Polar , Caracas, num. 18 , año 2.005, pags 40-41.)