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miércoles, 7 de marzo de 2007

HISTORIA, POLÍTICA, GEOGRAFÍA ¿DE CUÁL REPÚBLICA?


Eduardo López Sandoval
(eduardolopezsandoval@cantv.net
Política e Historia. Hechos tan inseparables que la mayoría de las veces parecen ser, o son, un solo ente. Cuando a estas figuras le agregamos el ingrediente de la Geografía, la felicidad es total.
Estudiando la historia de este país llamado Venezuela, miramos que en algún momento fuimos parte de la Geografía de un país llamado Colombia.
En la Política nacen ardientes discusiones, -lo vemos en la Historia-, acerca de las diferentes posiciones al colocarle nombres a la Geografía.
Surge la pregunta, ¿quién le coloca los nombres a los barrios, a la Escuela, al Instituto Nacional de Nosequé?, ¿o al Estado Federal Tal?. Otra pregunta, ¿a quién pretenden honrar?, ¿a los muertos que llevaron ese nombre, o a los “vivos” que se disfrazan con él?.
El Congreso Nacional ya no se llama así. Se llama Asamblea Nacional, pero igual no funciona.
Con esto de los nombres este gobierno “revolucionario”, -dije revolucionario entre comillas-, se ha comportado tal como es: “revolucionario”.
Este gobierno que se dice Revolucionario, es todo lo contrario: Conservador, en tanto es la exacta manera de hacer gobierno de los adecopeyanos. Más que eso podríamos considerarlo Involucionario, cuando observamos que es peor que los 40 años.
Enumeremos algunos hechos de nuestra Política que enredan nuestra Geografía y oscurecen la Historia.
(Antes de la enumeración de los hechos enrrollantes, vale la pena este paréntesis: Lan incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado).
HECHO UNO: Simón Rodríguez y Zamora, dos de las patas del trípode del proceso no son toponímicos de ningún Estado Federal.
HECHO DOS: La República de Venezuela ya no existe, ahora hay una tal República Bolivariana de Venezuela, y decir Bolivariano es designar al miembro de un partido político y no a un nacido por estas tierras.
HECHO TRES: El Municipio que se llamaba Libertador, para recordar a este glorioso venezolano que murió en Santa Marta, le anteceden el nombre de Bolivariano, en honor a los miembros de un partido político, que a su vez pertenecen a unas “Unidades de Batalla”.
HECHO CUATRO: La Corte Suprema de Justicia ahora es el Tribunal Supremo de Justicia. Pero no es justo, y definitivamente no es tan supremo.
HECHO CINCO: El FONAIAP ahora es el INIA, el Ministerio Sutano es el Minmengano. Los cambios de nombre hechos para no cambiar nada son interminables, no caben en este numeral cinco, ni siquiera en este artículo.
Yo antes era Revolucionario, de Izquierda, Bolivariano, y lo decía con mucho orgullo. Ahora soy idem, pero ni lo digo. Antes me gustaba Alí Primera y lo oía con el máximo volumen del pick up, ahora me sigue gustando pero lo oigo en la máxima intimidad del MP3.
Hablando de Máximas: la máxima…, la máxima …, máxima. El adjetivo no es publicable. Okay, okay, ustedes me entienden, continuemos. La máxima equis es que ahora le pusieron un nuevo ordinal a la República. Dicen ellos que vivimos en la quinta República. En esto de las cantidades de Repúblicas que hemos tenido se presentan interesantes discusiones entre Historiadores. Que digan que estamos en la quinta, que lo digan, podemos estar de acuerdo. En lo que no podemos estar de acuerdo es en que al periodo de los primeros cuarenta años se le llame cuarta. No. Esta es una aseveración inaceptable. Tercera, cuarta, quinta o sexta, no importa en cual estamos viviendo, en cualquier caso vivimos en la misma República de los cuarenta años.
Esta crisis de identidad la hemos sufrido antes, (dije antes, ahora mírenos la Historia). En algún momento la confusión era tal que los que se llamaban Conservadores eran Liberales, y los Liberales se comportaban como Conservadores. (Como ahora los de Derecha son de Izquierda y viceversa). En 1848, el Presidente Monagas asaltó al Congreso. El periodo presidencial era de cuatro años, lo cambió para su conveniencia a 6 años. No era posible la reelección presidencial, y la impuso. Cualquier parecido con esta realidad no es pura coincidencia.
Repito: La incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado.

LA APUESTA DEL SILENCIO

Alberto Hernández*

Y esperar que el mundo comience
Charles Bukowski

Nadie puede asegurar que Martha Kornblith haya perdido la apuesta en la ruleta o dejado el hábito del cielo colmar la raíz del árbol en el desierto de Las Vegas. Nadie que no sea su silencio puede afirmar que el idioma áspero y xerófilo de su dromomanía haya crecido en la escoria de un salón de juego en el Caesar’s Palace.
Su voz de rasguño nos promete una punzada más honda. “No podemos recorrer todos los jardines/ no podemos tener todos los silencios”, como si el tejido de su tiempo comenzara por el final en los veinte años que también se jugó Bukowski en el estado de Texas cuando aborrecía los patos salvajes y jalonaba sus Poemas de largo alcance para jugadores arruinados. Acodada en ese paisaje de luces y ruidos, Martha Kornblith desnudó las calles y nadó entre fichas y sudores, alcobas de hotel y trozos de chocolate para regresar a aquella niñez nada advertida.
El perdedor se lo lleva todo, el tiempo borrado, ese presentimiento tras una ventana, en una ciudad en la que nadie duerme porque los naipes y el azar siempre están echados, volteados a propósito para jugar a la vida y al olvido. Para ganar es necesario apostar y el que gana ya lo ha apostado todo. Allí, silabeando números, palabras, designios, pensativa hiló lentamente el viaje y el regreso, la fortuna a la espera de una vuelta, un giro mareante hasta el destino que no pudo adivinar a través de falsos relojes, en vigilia, soñando por encima de la música y una danza macabra en la sonrisa de los jugadores.
“Si mi vida fuera así de baldía”, lanza los dados y un trago amargo muerde la garganta y la tentación de hombres y mujeres –sombras-. Ricos, apuestos, autosuficientes y mundanos, el universo gira en otro mundo. El universo es una ruleta que tartamudea en las noches de Las Vegas. “I want to be known as the most brilliant man in America”, pareciera susurrar la confesión del clan Beat, porque toda la herida está en la espalda de ese ácido y a veces frío pellejo de los “poetas que sufren y rememoran lo perdido”.
Sí podemos decir que ese presentimiento ahogó el tiempo de más tarde cuando la voz de la muchacha reconoce el poema, el hilo de la metáfora, como una salvación, como un estallido fuera del boato y las horas perdidas, fuera de esa desolación que sólo advertimos pasado el minuto menos visible. Cuánta pérdida, cuántas ganancias sometidas a un paraíso que sólo Milton o la imagen delineada y pop de Andy Warhol pudieron trocarse en ventajas o carnadura del deseo. “Porque desear y apostar es lo mismo”, ficha en mano, desecho, el poema ha comenzado -años después de aquellos veinte- a hacerse visible, enigmático, doliente, vida y muerte, cigarrillo y palabras, mirada fija y un desentendido respirar bajo los árboles de una ciudad que comienza en las fronteras u orillas del continente sur.
En esa voz que nos amasa la carne también oímos la ráfaga de vuelos, quizás al lado de Bukowski en su huida hacia O´Neill, mientras la puerta se cerraba y en el sonido de adentro la amargura y todos los desalientos. Y el pasado, anulado para arribar a la otra ciudad, a la que se repetía constantemente cada año nuevo. Y el ruido, y la mirada –no sabemos si tachada- sobre la noche. Alguna pérdida sumada a la desfachatez del croupier afanoso, acertijo, por colocar fichas e inteligentes trampas. Hagan sus apuestas, pierdan, mueran, agoten el silencio, martillen en el alma, y el escape hacia “playas inusuales”, donde nadie es capaz de morder o lanzar piedras contra los cristales.
“Aquí hay gigolós/ apostados a la ruleta/ y en el fondo un poeta ilustre/ jugando a los dados ebrio en su sangre”, dueño del casino y de las calles; ciudad maldita y el torbellino de las apuestas, hasta quedar desnudo o asfixiado de rica pobreza.
Bajo la manga siempre hay una carta para lastimar y ver por encima de quienes recorren el vacío. La suerte está echada, el deseo comienza su labor frenética.
¿Alguien sueña o muere sin saber que lo sueñan o lo mueren, sin también desconocemos que el soñar o el morir a alguien lo tendremos presente en el instante menos presentido? El poema, por allí andaba, en esos devaneos y desengaños construía sus aposentos a lo Virginia Woolf, mientras las “sílabas se deshacen” hoy casi entre sombras. Hay regresos, momentos, abjuraciones, estadios para que el zurcido perfeccione la voz, esa lengua viva y lacerante, dura como piedra, rugosa como los graznidos de Bukowski. Rimada sin sonido en la muerte. Hasta la locura tiene parecido con el disfrute, al lado del infierno.
¿Por dónde anda la carne amasada al aire de las strip girls o la voz imperfecta de Sinatra sino en la imaginada tentación de quien se ve desde lejos? ¿Para que dormir si el despertar es siempre vigilia y duermevela? Enfermos mentales, automatismo psíquico de la pupila y las manos. Una ciudad que está dentro de cada uno de nosotros, dijera el habitante de los laberintos, el extraviado, el que ha perdido hasta su sombra para recuperarla con la costumbre, entre malos olores, oro y barro, silencio y gozo, sin jardines, sólo una pregunta para descubrir a medias el hábito del cielo.
Viaje final, para el que topa a todo, como el que hiciera el otro que se dejó llevar por una ventana, atado a un texto, en un recorrido por la soledad y, al fondo, el ruido de la gran ciudad, aparatosa, apostadora, desaliñada, romántica, tibia como un pato salvaje, rota como la costumbre.

*Poeta, narrador, crítico literario, periodista.