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viernes, 13 de abril de 2007

ARNALDO ACOSTA BELLO, EL REY SALAMANDRA


Jeroh Juan Montilla


Es habitual cuando se asiste a eventos venezolanos donde se discute el hacer poético, oír en esos escenarios la ponderación de nombres como Juan Calzadilla, Ángel Eduardo Acevedo o Juan Sánchez Peláez, para mencionar de entrada algunos. Se conoce y se aprecia el hacer poético de estos venezolanos, pero más agrado produce cuando a los nombres mencionados se agregan a su mismo nivel los de José Ramón Medina, Rodolfo Moleiro, Ángel Bernardo Viso, Efraín Hurtado, Alberto Hernández, Enrique Mujica y Arnaldo Acosta Bello. Es común el asombro cuando se constata que todos los mencionados son guariqueños.
Una vez escuché de boca de la narradora Laura Antillano, en un evento, similar a este, mientras revisaba la antología poética Pasollano, que en el estado Guárico había nacido la mayor parte de lo más destacado de la poesía venezolana a lo largo de las primeras cinco décadas del siglo XX. No hay antología, ensayo crítico o de historia de literatura contemporánea del país donde no se mencionen a estos poetas nombrados. No se podría hablar de la Generación del 18, ni del grupo Viernes dejando de lado el nombre de un zaraceño como es Rodolfo Moleiro.
Si nos vamos unas décadas más adelante internacionalmente, un hijo de Altagracia de Orituco, Juan Sánchez Peláez es el padre del surrealismo poético en Latinoamérica. Su poemario Elena y los elementos marca un antes y un después en la poesía continental. De San Francisco de Macaira surge José Ramón Medina, premio Nacional de Literatura. Otro hijo de Altagracia de Orituco, Juan Calzadilla, es fundador y partícipe destacado de la irreverencia poética de míticos grupos como Sardio y El Techo de la Ballena. En esta última cofradía se añade la figura del calaboceño Efraín Hurtado y para cerrar esta parte hay que hacer mención especial del grupo Tabla Redonda, fundado por el poeta Arnaldo Acosta Bello, nacido en estas tierras de Camaguán, planicies arenosas y de agua insomne.
Ahora bien es significativo en eventos como este Encuentro de Cronistas Guariqueños, dejar claro la importancia histórica de la poesía de esta región en el ámbito de la literatura contemporánea del país. Es un elemento a destacar al momento de escribirse tanto la historia menuda, local y general del estado. Pero como se señala una cosa hay que decir otra, apoyándose en la misma razón, este saldo poético de tanta importancia es prácticamente desconocido en el propio estado. Hace algunos años en Zaraza dictando un “Taller de Iniciación a la Lectura y Escritura Poética” constaté que los veinte educadores que asistían esa tarde al taller desconocían el nombre de Rodolfo Moleiro, no tenían la más mínima idea de su obra poética, para ellos fue todo un acontecimiento maravilloso poder redescubrir el paisaje que los rodeaba a través de los poemas de un paisano suyo. Constatar las honduras metafísicas e interrogantes existenciales de aquella planicie cotidiana. Por eso la importancia de este evento, el cual, entre muchas cosas, permite a Camaguán encontrarse con su hijo Arnaldo Acosta Bello. Nacido aquí el 11 de abril de 1931.
Acosta Bello, como mucho de los poetas mencionados cultivó su poesía lejos de los parajes natales, dedicó su lucidez poética a la universalidad de la palabra. En vida publicó los poemarios Canto elemental (1956), Hechos (1960), Fuera del Paraíso (1970), El alud (1973), En vez de una balada (1975), Los mapas del gran círculo (1975), Sereno Rey (1979), Agadón o el brusco fervor de los tréboles (1990), Mar amargo (1988), Adiós al rey (1995) Y su única novela llamada: Todos los caminos conducen a Roma. Al parecer dejó al morir inéditos dos poemarios: El hombre de arena y Santa palabra.
La poesía de Acosta Bello parte ante todo desde las apetencias del lector, de aquel a quien a fin de cuentas se dirige el poeta, la meta es el nudo de su propio origen, y el lector es así el verdadero lugar del encuentro, donde primeramente el respeto poético es lo que marca el contacto. Acosta Bello dice sin apelación: “No derrames la frase / como el óleo sobre los muertos/ mídela con paciencia, tásala, / ni avaro ni pródigo / proporciónala cuando haya necesidad / y escóndela si no dice nada.” El poema es una sustancia fragante y densa, de una espesura que hay que manipular cuidadosamente. Para ello hay que tomar en cuenta la dignidad, la necesidad, la espera y el aguante del lector, él no es algo donde la vida está ausente, mas bien hay que ungirlo para el vivo amor del poema y sobre todo saber practicar el recato con lo que a él no le es pertinente.
Acosta Bello sabía que aproximarse a la belleza era un asunto de seducción, de gesto de enamoramiento, el necesario cortejo frente a la tibia carnalidad de lo inexplicable, ese exquisito preámbulo de mojar los dedos en las aguas del misterio para medir la intensidad del resplandor antes de sumergir el corazón en la palabra trascendencia. Por eso nuestro poeta acierta cuando nos dice: “No se puede decir que el sol es bello / nadie puede verlo en el cenit / sin voltear los ojos hacia otra parte...” Entonces nos preguntamos desde la ingrimitud de la lectura ¿hacia dónde deriva nuestro mirar? Y el poeta nos contesta: “...en cambio descubre la hermosura del mundo / su tinte es perfecto sobre una rosa o sobre un hombre / hace girar las cosas como la música de los girasoles / y aturde, tumba y mata...” Lo misterioso deja ver su fulgor en lo cotidiano, en lo sucesivamente único y pequeño. La belleza en su plenitud nos muestra su prodigioso contraste de horror y sublimidad, su faz de Medusa permanente. Solo los objetos y los cuerpos, inocentes y propicios, esas prodigiosas durezas y esponjosidades pueden, a contraluz o por espejismo, darnos el anhelado fulgor de lo rotundamente hermoso. Sin embargo hay seres de privilegio como el poeta, ese “sereno rey de ojos vivos”, el mediador en esta cercanía, entonces al sol

“Sólo la salamandra lo puede traspasar / y nosotros apenas dorarnos / y verlo de frente en el atardecer”. La salamandra, el urobelos griego, bestia mitológica de sangre aterida, capaz de apagar los violentos acosos de la llama, o según los padres de la Iglesia antigua, la salamandra resiste la caricia del fuego y tiene el poder de apagarlo.
Camaguán le dio cuna a Acosta Bello y seguramente un trozo de alucinada niñez. Caracas, Mérida y Barquisimeto lo acogieron en su deambular noctámbulo y rebelde. Conoció los sabores del exilio, tanto en el político como en el espiritual. Nuestro poeta muere el 6 de abril de 1996, era de tarde, un sábado
culminando semana santa, el tiempo del sacrificio. La muerte lo cita en medio de una toma ecológica de unos terrenos, defendiendo como siempre los derechos de la madre tierra a mantener su lozanía y dignidad. Hasta el último momento Arnaldo Acosta Bello fue una salamandra consecuente, símbolo de constancia. De mi parte sólo anhelo que estas sencillas líneas sirvan al pueblo de
Camaguán y al guariqueño como una aproximación al conocimiento de tan singular hacer poético, que estas palabras en su cortedad sean el pretexto de este pueblo para reapropiarse de un poeta que por origen le pertenece indiscutiblemente. Finalizamos este recorrido con el poema Cada paso, que sus versos tengan la necesaria resonancia, dice así:
Cada paso tiene la virtud de aproximar y alejar,
todo está encogido y estirado, y el número tiene
una progresión infinita para volver al cero, ¿o no es así?
Qué ganamos en este desafío, que lo único que quiere
es abarcar, no apretar. Amo los silenciosos idiotas
que no han callado por convicción, y ven al mundo
sin la necesidad de la palabra; y amo a la palabra
¿cómo hago? que nos engaña como un ilusionista
y nos besa como una mujer. Ella tiene los magos,
no Babilonia, y a cada despertar corresponde un sueño,
a cada sueño una voz que cava el pozo donde nos bañamos
y donde el agua es agua, sin otra interpretación posible.