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domingo, 9 de septiembre de 2007

CANTO A PAURARIO

Daniel R. Scott*





A Don Alí Almeida
Visitando un día viernes a unos buenos amigos en la urbanización "Bella Vista" me resulta prácticamente imposible quitarle de encima la mirada a los Morros de San Juan. Siendo un hombre irremediablemente contemplativo (una especie de San Francisco de Asís protestante y secularizado) no deja de maravillarme cómo se yerguen vastos, silenciosos, majestuosos y sin vanidad alguna este conocido monumento natural. Sean vistos desde la universidad "Rómulo Gallegos" o caminando al final de la "calle Páez" donde resido actualmente, siempre tengo la inefable impresión de que los veo por primera vez. Su grata influencia sobre mí permanece intacta, sin alteraciones de ningún tipo. Sabe Dios cuantas veces el lente inexacto de mi cámara ha capturado sus formas desde diversos puntos de mi San Juan querida. Y es que los Morros no nos infectan de ese tedio que deja en el alma lo cotidiano y lo mil veces visto o vivido. Este día viernes, caminando embelesado entre calles sin nombre y casas anónimas la cercanía de "Paurario" me abruma y llena del más absoluto y sincero asombro. Desde la límpida atmósfera rebosante de luz y sol los Morros se elevan con la sólida y pétrea serenidad que dan los años y la ancianidad llena de humilde sabiduría. Me parecen que ocultan en sus oscuras entrañas y en sus cavernas milenarias misterios sagrados a la espera de ser descubiertos. Si que lo creo, no es poesía. Con sobrada razón a esta urbanización la bautizaron con el nombre de "Bella Vista".
Pasan los años y mi amor por Paurario lejos de cesar va en aumento. Es la "octava maravilla" del municipio. ¿Quién no le ama en mi terruño? Solo el que tenga el alma lisiada. Concebidos en el fértil vientre del Paleoceno, con la piedra caliza arrecifal corriéndole por las venas y vestido con su túnica gris azulada, los Morros son paisaje ineludible a todo ojo y vecinos obligados de los habitantes de mi pueblo. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos ante su mirada imperturbable. ¡Qué no contaría y cuantas cosas no habrá visto! En un pasado remoto y geológico dialogó con peces prehistóricos y se hizo amigo y confidente de la mar. Luego, un día que ningún humano vio ni registraron los calendarios, la mar se echó atrás y Paurario quiso elevarse muy alto para besarle los labios al cielo y guiñarle el ojo a la luna y a los luceros de la noche. A la aurora le dijo "¡Buenos días!" y al ocaso le dijo "¡Hasta luego!" Vió la huella que dejó el indígena sobre la tierra virgen, se sobresaltó ante la piel blanca del español que todo lo conquistaba, se regocijó cuando se echaban los cimientos de mi pueblo y lloró amargamente cuando la daga realista de hundía en el pecho de la joven y moribunda II Republica. Paurario ha inspirado a todo aquel de alma pura y sensible. Ha posado para artistas de todo tipo. ¿Qué no se ha dicho, escrito o pintado de él? Su belleza no les es ajena. Ved a mi buen amigo Felipe Rodríguez: en su lienzo ingenuo retrató a unos Morros asediados por el océano y las estrellas de mar. Cuando los neófitos se ríen de lo que parece ser una extravagancia surrealista de Felipe, el pintor me dice con una voz de profeta que profetiza no mirando al futuro sino al pasado: "Ellos no saben que a estos morros los cubrió en el pasado un mar interno. ¿Viste Sócrates? ¡Los locos son los que saben!" Y Paurario, atento a nuestra conversación, interviene diciendo: "Sí, Felipe tiene razón: revisad con cuidado mis dominios y hallaréis fósiles marinos" Y para quienes no querían creerles ni a Felipe ni a Paurario, Tibisay Vargas y Jeroh Montilla organizaron expediciones para irlos a ver. A mí se me invitó pero como yo andaba por esos días en planes de casorio no quería saber de expediciones, ni de caminos polvorientos abrasados por el sol de junio, ni de fósiles marinos, ni de nada.
¡Oh mi buen Paurario, amigo de toda la vida! Dime: ¿Cuál el nombre del primero que te vio y cual el corazón del primero que te admiró? ¡Cómo hubiera querido, cual ojo eterno de un dios, presenciar tu evolución! El pincel y el cincel del tiempo definieron tu belleza, regalándote las medievales formas de una inmensa catedral en ruinas que nunca dejó de conservar su atractivo original.


*Bibliotecario y escritor venezolano

EL DOLOR, EL ESPÍRITU

Alberto Hernández*



1.-El dolor es una ofrenda, un desgarrador silencio que suscita vértigos, desmanes del alma y el vacío del cuerpo. Como ofrenda, el dolor –ese arlequín que ronda la intemperie más interior- se manifiesta en el horror vacui, en la desmesura y agitación que la naturaleza combina con la conciencia. De nada vale que reconozcamos el dolor en el rostro humano, es necesario agotar las palabras, destacar la luminosidad del desgarramiento para poder precisar que somos frágiles, ángeles perdidos en el miedo. Demonios acosados por una mala interpretación espiritual.

2.-¿Hacia dónde vertemos la última mirada en el momento en que creemos entender que existe un personaje que nos aturde, que nos consume lentamente con sus dientes afilados, ilimitados por esa falsa conciencia que ha elevado el mal del siglo? Porque ese mal du siècle domina todas las tradiciones humanas. El dolor es un reflejo, pero el mal del siglo, el de todo milenio, tiene base en la descreencia, hasta que llega el miedo apuntalado por la muerte, las heridas provocadas por lo inesperado.
Incubado en el tánatos, seleccionamos el espejo para detallar cada paso, la huella dejada por el sismo interior, las amarras desatadas por la nada existente, dinámica, sustantiva y verbal, como apunta Eugenio Trías.
El dolor noes una punzada. Es ese vacío que hemos llenado desde el afuera, para completarlo en el adentro de nuestras miserias.

3.-
Occidente arriba a la cultura del vacío. Ya oriente lo ha llenado, porque el espíritu oriental ha colmado el vaso de todas las iniquidades. Aquí, de este lado del mundo, la cultura de la impaciencia ha procurado ver el dolor como un castigo. Porque el pneuma, el espíritu, sólo ha sido posible a través de la materialización de las virtudes cargadas de defectos: hemos hecho uso de la palabra para transformarla en cuerpo y alejarla de esa sabia expresión que navega entre silencios y orgullos prestados.
Revelaciones, epifanías, despliegues de un protagonismo enfermizo, han hecho de nuestra desgracia un juego de intereses en el que sólo es posible aquella instancia llamada resignación, falsa peripecia con la que hemos vivido desde hace quinientos años. Entonces el espíritu se mimetiza, se hace vasallo de sombras, y el cuerpo –que no la carne- busca acomodo en los sitios donde impera una luz opaca.

4.-
La simulación, la mirada turbia: el espíritu adocenado. Hemos perdido la capacidad de la adivinación. Nuestras pesadumbres tienen precio.
El dolor, contaminado por la búsqueda de su espíritu, el tesoro más caro del ser humano, es sólo un paseo por divinidades que frecuentan nuestras casas para dejarnos desnudos frente a nosotros mismos.

*Poeta y periodista venezolano