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miércoles, 9 de enero de 2008

DOS ANÉCDOTAS Y UN PASADO

Daniel R Scott*
Papá se mantiene totalmente lúcido, en cambio la lengua y el cuerpo se observan lastimosamente atrofiados, incapaces de servirle de algo en un mundo exterior que ya no necesita ni tiene nada que ver con él. La prodigiosa conexión de mente y lengua prestas para la historia y la anécdota terminó arrasada por la enfermedad. Lamento haberle hecho tan solo una entrevista. Su cerebro era admirable: un archivo de datos que nada le envidiaba a los libros de historia. Ahora todo está destinado a perderse, como aquella travesura infantil suya perpetrada en una "calle Roscio" que mantenía aun en algunos tramos el empedrado colonial de sus primeros siglos. Concertándose con otros niños de su edad, amarraron varias latas a la cola de un burro y lo echaron a andar al filo de la medianoche, en un pueblo que aún conservaba en el espíritu la superstición de otros siglos. El sonido que producía el animal sobre la piedra antigua era tan inusual y espectral que más de una devota o rezandera, sobrecogida por el temor, se levantaba de su catre para encender velas en las repisas de los altares, en un intento colonial de conjurar en nombre de Dios y de mil santos más el ánima en pena que vagaba escandaloso y desconsolado por la conocidísima calle de nuestra ciudad. A la mañana siguiente, en el anonimato de su propia travesura, papá y otros pilletes, intentando contener la risa, oían hablar de apariciones y de espantos. Hoy la calle Roscio es un asfalto sucio y sin identidad atestada de carros y peatones donde si acaso alguien prende una vela es para protegerse de los vivos y no de los muertos.
Tampoco se sabrá de su primer y único encuentro con el General Juan Vicente Gómez. Papá era un mancebo de veintidós años de edad y el Benemérito, ya un anciano, realizaba el que sería su último viaje a San Juan de los Morros. ¿Julio de 1935? No lo sé. Si me equivoco en la fecha es cosa que no me importa. De todos modos toda ficción tiene algo de historia y toda historia tiene algo de ficción. Antonio Scott tuvo el privilegio de acercarse al caudillo tachirense junto con otros jóvenes. El coloquio fue lacónico y tenso. "Ajá... ¿Y tu eres hijo de quién"?, preguntó el dictador. "Del Coronel Daniel Scott mi general " respondió mi papá. "¿Daniel Scott?" repitió el benemérito. "Ajá...Hombre muy inteligente. Lástima que se volvió loco". Y eso fue todo. No hubo lugar para más diálogos. Sesenta y nueve años más tarde de ese breve coloquio con la dictadura más larga del siglo XX que vivió nuestro país, papá es simplemente vida que suplica vivir. Francamente no entiendo como un cuerpo tan endeble puede resistir tanto a una dolencia como la de él. Si con la Biblia he aprendido que la vida es frágil, con papá voy aprendiendo que la vida también puede ser fuerte, y hace todo lo posible por mantenerse en pie, como los árboles. Son los restos de la vida aferrándose a la idea de la vida, la vida agrietada que se aferra con desesperación a sí misma, a lo único que conoce. Si bien es cierto que la fe nos asesora y aquieta acerca de lo que no se ve, también lo es que no conocemos otra realidad que esta donde retozan nuestros sentidos, y de ella no nos queremos ir, así estemos en la peor de las miserias. "La mejor edad de la vida es estar vivo", dijo Mafalda, y lo creo.
Lunes 8 de Noviembre de 2004
*Bibliotecario y escritor venezolano.