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miércoles, 9 de enero de 2008

OTILIO GALÍNDEZ ANDA INVENTANDO NAVIDADES

Rafael Gustavo González Pérez*


Hasta cantando carga a cuestas los dos sacos de humildad que siempre lo acompañan.
Humildad que reparte con sencillez y lejos de agotársele la existencia, parecen multiplicarse cuando nos mira con la serenidad achinada de sus ojos de los que salen finos relámpagos de tímida alegría.
Lo ví cantando en un medio audio visual, bien lejos de la vanidad, aunque su imagen recorriera los espacios menos imaginable de la audiencia. Y pensar, que muchos no se percatan que es un invencionero de la ternura, el amor, la paz, la alegría en que se resume nuestra navidad.
Otilio nos inventó la navidad a su manera y la extiende por todo el año…..y se queda tan tranquilo como si no rompiera un cuero.
Atrapó el quejido del trapiche, el cántico del chorrito de guarapo de caña, el zuás del látigo inclemente y lo hizo son, que no es son solamente.
Le pidió licencia a las chenchenas y al aletear de garceros para que charrasca y charrasca la parranda se prendiera.
De las sonrisas de niños y niñas inventó chinecos y sueños.
Reconcilió a la tambora con el furruco que ahora son inseparables y arman tremendos bochinches pascueros.
Al cuatro, ¡Ay al cuatro! No hay tarea musical que no le haya puesto al cuatro al punto que ese cuatro es más sabido de la cuenta. Compone, acompaña, alegra y sobre todo habla por él. Y lo mejor, es su cómplice incondicional porque atesora secretos y motivos.
Olitio descubrió la luna y la repartió entre todos de manera que nadie, pero lo que se llama nadie, se quedara sin un rayito de su luz.
Con licencia poética, Otilio agarró la luna de Barlovento y a cada pueblo triste le regaló una bien grandota que animara los violines de los grillos y alborotara las ranas de los pozos y charcos para formar un coro de aguinaldos y villancicos.
Agarró la luna de San Fernando y la transformó en papagayos multicolores como las flores que botaba por el culito el caballo que se alimentaba de jardines. Con esos papagayos cubrió todo el cielo de Venezuela para que cada loco Juan Carabina paseara con su propia luna y cada niño y niña soñara con un mundo de colores alegres.
Otilio anda paseando en su existencia con el recuerdo de lucero mayor que se le desprendió del cielo. Ese lucero se multiplicó en miles y millones de caballitos de mar, estrellas marinas y caracolas. Por eso en las noches sobre la piel del agua titilan infinitos y variados, inquietos y despiertos para alegría de los marinos.
El lucero mayor se regó también por los montes y convertido en luciérnagas le alumbra los pasos.
Otilio no necesita ir a La Restinga con una botellita, porque todas las noches, en su descanso y en su sueño, el lucero mayor se acuna en un cofre inmenso que tiene en su corazón y al guardarse la luna, él se levanta inspirado para inventarnos otra navidad.
Maracay 24 – 12- 2007 rgustavogonzalezp@gmail.com

*Profesor universitario venezolano.

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