Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

miércoles, 16 de enero de 2008

VIAJE INFRUCTUOSO A MIS RAÍCES



Daniel R Scott*

El 25 de Septiembre de 1999, mecanografié en una destartalada máquina de escribir mutilada de los dos puntos y del acento: Tengo en mis manos el árbol genealógico de la familia. De Andrés Jeremías Scott, antepasado nuestro, se dice textualmente que "emigró a Venezuela y fijó domicilio en Villa de Cura. En el mes de Agosto de 1848 contrajo matrimonio con la señorita y educadora Rosaura Meléndez". ¿Existe algún tipo de acta matrimonial o cualquier otro documento que pruebe tal matrimonio? Nuestra historia adolece de lo que yo considero un gran mal: sus fuentes son mayoritariamente orales y no escritas. Por eso decidí viajar a la vecina "San Luís de Villa de Cura" en busca del acta matrimonial o de cualquier otro documento expedido para la época del primer Scott que pisó territorio venezolano en la década de los cuarenta del siglo XIX. De existir y obtenerla, sería la referencia escrita más antigua que se tenga de nuestro apellido y le daría validez al árbol genealógico redactado por mi padre. Mi padre lo heredó de mi abuelo, más ¿no habrá sido el fruto de su mente alucinada? Mi abuelo, como se sabe, perdió la cordura.
Culminado un corto viaje de Bs. 220 bajé del autobús. Caminé, pregunté. En la Alcaldía nada se me dijo, pero me enviaron, como era de suponer, a la Prefectura. Allí, un empleado perezoso revisó con desgano algunos viejos libros que contenían en su amarillento y ajado papel actas matrimoniales del siglo pasado (1834, 1850, 1898) más no el año que yo andaba buscando. Uno de los empleados dijo: "¿Scott? Sí, como no. Un Scott vive cerca de la calle Páez, entre la Leopoldo Tosta y la... caramba, no me acuerdo. Acércate y pregúntale a cualquiera. Deben conocerlo por ahí".

En efecto: caminé unas pocas cuadras, pregunté y llegué al "Callejón Calvario" que culminaba al pie de unas empinadas escaleras que ascendían a una capilla colonial en ruinas. Cerca de las escaleras, en la acera izquierda, la casa del Scott. Pero no tuve suerte: me atendió una anciana que apenas podía con el peso de los años. Carente de audición y lucidez, no entendía absolutamente nada de lo que yo a gritos le preguntaba ni me suministró información de valor. Al parecer vivía con su hijo Efraín, pero no se hallaba en casa en ese momento. Lo único que saqué en claro fue su nombre: Rosa Matilde de Scott. "Mi esposo fue Francisco Scott" dijo por entre las grietas de una voz congelada por la fría nieve de sus canas. Revisé el árbol genealógico: Francisco Scott Meléndez dejó descendencia en Villa de Cura, formando parte de ella Francisco Rafael, Ángel y Rosa Scott. Sin duda ese Francisco Rafael, ya difunto, debió ser algo así como el suegro o el esposo de esta anciana.
Salí a la calle sintiéndome perdido.
A esas alturas no había alcanzado mi objetivo de dar con el documento en cuestión. La tarde avanzaba y se ponía en el horizonte tiempos de lluvia. Algo desalentado, me senté en la "plaza Miranda", el sitio donde mi abuelo escribió: "La Vi Pasar" en 1924: "Pasó...pasó, con la majestad de una princesa...y al mirarla pasar, el cielo con su gracia la envolvió en un crepúsculo, azulejos en la fronda rompieron a cantar". Simplicidad algo modernista, influencias de Rubén Darío, estrella fulgurante de la época. Pero eso sí, con sabor a venezolaneidad de esos días. Elevé mis ojos a lo alto de los árboles, creyendo oír en ese instante el canto de los azulejos en la fronda. ¡Bendita imaginación que a su toque todo lo santifica!
De repente, puesto en pie, se me encendió en la mente una idea: visitar la Casa Parroquial, que bien cerca estaba de la plaza Miranda. El matrimonio se efectuó en 1848, y como bien se sabe, la iglesia y no es Estado se ocupaba de estas cosas. Una vez en la Casa Parroquial, en un amplio salón amueblado a la antigua, muy modestamente, dos damas me atendieron con amabilidad, aclarando que todas las actas matrimoniales de la era decimonónica fueron trasladadas, por razones de seguridad, a la ciudad de Maracay, para mejor resguardo, específicamente a la "Residencia Episcopal". Me dieron la dirección. Pero antes buscaron en algunos viejos registros de bautismos algunas personas con mi apellido: Scott Maria, 1923; Scott Dámaso,1923; Scott Jeremin, 1931; Scott Efraín Hernán, 1937; Scott Mirna Josefina, 1952...Todos ellos seguramente forman parte de lo que yo llamo "el otro árbol genealógico", es decir, los descendientes de Francisco Scott Meléndez.
Nuevamente en la calle, con estos pocos datos anotados y sin nada que hacer, quise callejear un poco, cual vagabundo, y reconocer los alrededores. Por pura casualidad fui a dar ante la alta e imponente fachada blanca de gran portón negro abierto de par en par que resultó, vaya sorpresa, la casa donde se hospedó el sanguinario Boves a su paso por este poblado, en los terribles días del "Decreto de Guerra a Muerte".
No aguanté la tentación de entrar, con o sin permiso. Un grupo de obreros restauraba la sección delantera de la casona. Su parte trasera, que caminé lentamente sumido en una especie de devoción, no era más que un glorioso montón de ruinas que proclamaba en su postración mejores épocas. ¡Y es que nuestra arquitectura colonial, aun derruida, emana un encanto que deja boquiabierto al de alma sensible! Tramos de altas y gruesas paredes rellenas de la mas dura piedra; hileras de cilíndricas columnas que ya no sostenían ninguna techumbre y cuya única misión parecía ser velar corredores atestados de todo tipo de escombros. Altas y torcidas ventanas de hierro forjado que arrancadas de su sitio, yacen tiradas de cualquier manera en el patio. Pisos de gastada terracota. Y un silencio misterioso, casi sagrado, que la imaginación llena de voces, sonidos y taconeos de un pasado que se hundió en la indiferencia de nuestros gobernantes. Restos cuyas glorias se niegan abandonar el lugar. Y alguna vez, en el pasado, esta casa, al igual que muchas otras a lo largo y ancho del territorio nacional, fue un símbolo de la apacible sociedad colonial, de un orden que la guerra de independencia echó dolorosamente por tierra, pisoteándolo todo. "Ya no es una provincia. Establecimientos de mil almas han disminuido..., algunos hasta solo unos pocos cientos..., algunos todavía menos. Los pueblos están arruinados. Familias enteras han desaparecido, su único crimen fue poseer una propiedad de la cual podían vivir honorablemente. En las ciudades no hay granos ni frutas. Todo ha sido robado de las iglesias, hasta lo más sagrado" (José Manuel Oropesa)
Regreso a casa con la lluvia golpeando la ventanilla del autobús. Dios mío ¡cuan grandes impresiones para un alma tan pequeña como la mía!
*Bibliotecario y escritor venezolano.

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