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martes, 8 de abril de 2008

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE PUTA

Veronica Gago*

Gabriela Leite es la fundadora de la Red Brasilera de Prostitutas, una organización horizontal que, entre otras cosas, creó una línea de ropa que desafía aquello de “vestirse como una puta”, algo que cualquier mujer ha escuchado alguna vez. Pero ese es un desafío menor comparado con su reivindicación de la prostitución en esos mismos términos, de la elección que implica y de cómo funcionan al momento de exponer las fantasías sexuales.

Es un invierno caluroso en la ciudad-monstruo de San Pablo. En esa monstruosidad, dicen por aquí, está su belleza. La metrópoli se extiende casi indefinidamente bajo una rigurosa fragmentación de clases y de colores. Aquí Gabriela Leite, fundadora de la Red Brasilera de Prostitutas, se inició en la bohemia y se fascinó con los modos de vida ligados a la noche. Eran los años finales de la década del 60. La prostitución consentida, como Gabriela la llama, tiene en su experiencia personal varias marcas de época: la revolución de la píldora, cierta intimidad con las vanguardias contraculturales y la lectura fervorosa de Historia de la sexualidad, de Michel Foucault.

Ustedes se llaman prostitutas y no trabajadoras sexuales, ¿por qué?

–Te voy a contar lo que me pasó hace unos meses en Buenos Aires, en un foro sobre sida de nivel latinoamericano y el Caribe. Una amiga mía que fue como voluntaria para trabajar allí recibió una lista de palabras que no podían usarse de ninguna manera en ese congreso. Una de las palabras era prostituta. Mi amiga me contó esto y cuando voy a hablar en una mesa, la persona que me iba a presentar me pregunta cómo hacerlo y yo le dije: “Presénteme como Gabriela de la Red Brasilera de Prostitutas”. Pero cuando ella lo hace públicamente dice: “Gabriela Leite, de la Red Brasilera de Trabajadoras Sexuales”. Cuando empecé a hablar yo la corregí y dije que como la Red Brasilera de Prostitutas se llama así me gustaría que cada vez que hablen de ella o me presenten a mí lo hagan con ese nombre. Para mí es una historia antigua de la izquierda que no quiere entrar en las estructuras de lenguaje, que tiene miedo de asumir determinadas cuestiones y palabras. Pero el lenguaje es políticamente muy importante: para nosotras es una cuestión política hablar de prostitutas o de putas. Puta es la palabra que más me gusta. En la medida que tenemos una izquierda que se queda en lo superficial, es muy difícil enfrentar esto.

¿Cuál es tu crítica a la idea de trabajadora sexual?

–Elena Reynaga –de Ammar CTA, a quien conozco hace muchos años y es mi amiga– toda vez que habla en público comienza diciendo que la prostitución es una profesión y al final se larga a llorar y dice que quiere que ese sindicato que están formando algún día ya no tenga que existir, es decir, que algún día desaparezca la prostitución. No hablo sólo de Elena al decir esto porque es lo que piensan muchas. Pero creo que esto es repetir lo que siempre se pensó sobre la prostitución, que tiene como fundamento la lástima hacia esas mujeres, para quienes sin dudas el estigma es muy pesado. Yo tengo una trayectoria diferente. Vengo de la contracultura y desde el principio pienso que la prostitución está en la sociedad porque es una actividad que tiene una relación directa con la forma en que todas y todos encaramos nuestra sexualidad. La prostituta está en el ideario. Como toda trabajadora de nuestros países capitalistas neoliberales, la prostituta es una mujer explotada pero no creo que se termine con la prostitución porque ella precisamente pone sobre la mesa toda una serie de cosas que no queremos ver.

¿A qué te referís?

–Hace unas semanas hubo un hecho terrible en Río de Janeiro: unos jóvenes atacaron a una chica empleada doméstica que esperaba el colectivo en la madrugada. Ellos dijeron que pensaban que era una prostituta. A medida que avanza la investigación van saliendo un montón de cosas: por ejemplo que estos jóvenes son una cuadrilla especializada en atacar prostitutas y que la chica iba a hacer la cola a un hospital público, por lo cual tenía que salir de madrugada. Nosotras iniciamos una acción judicial para procesar a los chicos por daños morales. ¿Por qué bajo este cargo? Se me ocurrió la idea porque tengo claro que una prostituta nunca pensaría que otro la puede perjudicar moralmente porque, antes que nada, ella se piensa como una persona inmoral. Entonces, esta es una cuestión importante de discutir. Los prejuicios están proyectados e introyectados y eso hay que ponerlo sobre la mesa.

Sin embargo, desde varias posiciones se marca una diferencia: la prostitución no sería una forma más de explotación o de trabajo capitalista, sino una subordinación total al patriarcado.

–Bueno, esa es la definición feminista de prostitución.

¿Y cuál es tu crítica?

–Las feministas son nuestras cuasi enemigas históricas. Claro, hoy hay feministas más modernas, que quieren dialogar o empezar a pensar de otro modo. Pero las feministas históricas, aquellas que están en el movimiento hace años, no quieren discutir de ningún modo la prostitución porque su posición es abolicionista. En verdad es la misma posición que la Iglesia Católica, lo que ha sido históricamente un grave problema para nosotras. A la hora de hablar de la prostitución hay que pensar en este mundo extremadamente complejo y no sólo reducirlo a la mujer víctima. Cuando las feministas dicen que esto se debe al patriarcado, se deja completamente de lado la discusión del mundo de las fantasías sexuales.

¿Podés explicar qué discusión sería ésa?

–Todo el mundo tiene fantasías sexuales. Sólo que muchas personas las reprimen o sólo consiguen liberar esa dimensión de su sexualidad con prostitutas. ¿Por qué? Porque la prostituta es una persona que no va a hablar de ello. Y esto es así porque las fantasías sexuales suele ser algo que se esconde. Esto tiene que ver con la complejidad de toda sociedad. Creo que nuestro papel es trabajar estas cuestiones con las personas: ¿por qué las fantasías sexuales sólo aparecen allí? Otra crítica que les hago a las feministas, es que ellas nos dijeron siempre lo que piensan de nosotras pero nunca nos consultaron. Nunca nos respetaron como sujetos políticos, como sujetos con autonomía. Y ese es el punto de partida para iniciar cualquier discusión; si nos creen víctimas, es imposible hablar.

¿Por esa razón le atribuís una dimensión política a la prostituta en la ciudad?

–Siempre me incomodó que se dijera, “Pobrecita, vende su cuerpo”. Pienso que todo el mundo vende parte de su cuerpo. ¿La vagina es una parte que se respeta más? Segundo, si todos vendemos el cuerpo, nuestra actividad tiene una característica: somos especialistas en las fantasías sexuales. Muchas mujeres no pueden hablar de sus fantasías, la mayoría de las veces las reprimen. Estoy hablando de la mujer común. Jamás puede hablar con su compañero de estas cosas. La riqueza de la prostituta es conocer ese lado de las personas.

¿Pero ese saber no está subordinado o incluso bloqueado?

–Sí, el capitalismo con toda la complejidad de los valores cristianos, por supuesto que bloquea la sexualidad y esos saberes. Pero esa puede ser nuestra contribución específica si logramos salirnos del estigma.

¿Cómo discriminar una prostitución consentida de aquella no elegida?

–El problema de la identidad es fuerte. Muchas veces la persona se coloca como víctima. Nosotras trabajamos mucho la cuestión de la vergüenza, de un trabajo sobre sí. Acabamos de editar un libro, a partir de la metodología de la historia oral, que reúne historias de vida de distintas prostitutas, contando cada trayectoria singular. Es medio esquizofrénico participar de un movimiento como el que queremos y a la vez cargar con el estigma social, por eso primero hay que hacer un trabajo de sí y de cada una para revertir todo el proceso interno. Yo recuerdo cuando era pequeña que me prohibían mirar a las prostitutas en el camino de regreso de la escuela a mi casa. Aprendes a no mirar a esas personas a pesar de vivir en la misma sociedad. La historia de ese estigma te desestructura toda por dentro y es necesario hacer un enorme trabajo con una misma para recuperar la propia historia. Pero es muy difícil.

¿Por qué para vos no funcionó como estigma?

–Para mí fue más fácil porque yo antes de ser prostituta pensaba una serie de cosas, incluso podría decir que eran cosas que me llevaron a la prostitución. Sin embargo, no es que no me afecten las cuestiones vinculadas al estigma. Yo tengo una hija de treinta y pocos años con la que siempre fuimos amigas. Hace poco ella se casó con un hombre que pertenece a la iglesia bautista y yo no pude ir más a su casa. Nació mi nieta y por un tiempo bastante largo no pude conocerla. Quiero decir que esto es muy pesado.

¿Pero qué fueron esas cosas que te llevaron a la prostitución?

–Nací en San Pablo, soy de clase media baja. Estudié en la universidad, primero para filosofía y después cambié a sociología; ingresé en el 68, en un momento de mucha efervescencia. De la escuela secundaria pública, yo había salido con lecturas marxistas, que era lo común de la época. Cuando entré a la facultad, comencé a hacer otras lecturas: por entonces leí a Foucault y mucho después a Félix Guattari, que fue el amor de mi vida. Pero desde pequeña siempre tuve fascinación por la noche. Mi familia era bastante conservadora, sobre todo en lo relativo a la virginidad. ¡Pero yo viví la revolución de la píldora: soy de esa generación! Entonces empecé a cuestionarme muchas cosas respecto de la sexualidad y de los modos de vida. Cuando entré en la universidad empecé a frecuentar un bar que tenía a ambos costados, dos teatros: uno era un teatro militante y el otro un teatro contracultural. Uno experimental y otro ideológico... (risas). Para que te des una idea: los militantes, peyorativamente, llamaban a los otros “esperma loca”. En ese bar, mis compañeras y yo mentíamos todo el tiempo: decíamos que teníamos una gran experiencia sexual, pero éramos todas vírgenes. Una historia para mí definitiva fue cuando salí con un director de teatro, fui a su departamento y fue un horror: le pedí que apagara la luz y descubrió que era virgen. Al otro día, cuando llegué al bar, ya todo el mundo sabía que yo era una pequeña burguesa virgen y que tenía vergüenza de mi cuerpo. ¡Era historia pública que mi discurso y mi vida eran dos cosas distintas! Por entonces trabajaba todo el día como secretaria y estudiaba de noche. Y tras frecuentar algunos bares donde había prostitutas, esas de vestido largo, muy chic, pensé que ese podía ser un trabajo para mí. Una noche me decidí y fui pero era tan distinta al resto, que todo el mundo me miraba, me sentí mal por la timidez y hui. Estaba comprando cigarrillos y conocí a un cafishio que me dio la dirección de un bar de otra zona. Al otro día fui y empecé. Fue difícil al principio, pero hubo tres razones que me impulsaron a seguir. Primero, el horario que me permitía estudiar de tarde e ir a la facultad de noche; segundo: el dinero: ganaba en pocos días lo que ganaba como secretaria en un mes, y tercero, la historia de la sexualidad misma: yo adoro la fragilidad de los hombres porque, a pesar de lo que dicen, no saben nada de sexualidad.

De esa historia tan personal, ¿cómo pasás a armar una organización?

–En el ’78, hubo un problema serio con la prostitución aquí en San Pablo. La policía empezó a arrestar masivamente a las prostitutas y a los travestis y dos compañeras desaparecieron. Pensamos en hacer una marcha porque el resto de la sociedad no sabía lo que pasaba con las prostitutas, y por eso podíamos tener un impacto. Y así fue: un verdadero escándalo que salió en todos los diarios. Pero después, pasó lo que pasa siempre con estos tipos de grupos: sentían que ya habíamos ganado lo suficiente. Yo me quedé con la idea de armar una organización, pero sólo conocía la situación de la prostitución en San Pablo. Empecé a viajar por el interior del país con varios camioneros, que son quienes más conocen a las prostitutas y a saber qué pasaba en otras ciudades. Fue en Río donde empecé a hablar en público. En 1982, una parlamentaria del PT, Benedicta da Silva, me invitó a un encuentro de mujeres de la periferia. Fuimos cuatro o cinco prostitutas. Y hablé yo porque era la única que me animaba. Recuerdo que empecé diciendo: “Soy Gabriela Leite, soy prostituta”. Fue un shock: ¡una prostituta que habla! (risas).

¿Qué llamaba la atención de tu palabra?

–Lo primero era mostrar la cara de una historia siempre escondida. Nosotras nunca existimos, éramos lo oscuro. Nos hicimos ver: mostramos que hablamos y pensamos. Y, en primer lugar, que vivimos en esta sociedad. Segundo: vencer mis propios prejuicios que me llevaban a vivir progresivamente en un ghetto, sólo entre prostitutas. Si te quedás en un ghetto nunca vas a discutir en serio. Lo importante es llevar nuestra discusión a la sociedad, no dejar que se nos aísle de la historia de los movimientos sociales.

¿Qué tipo de reacción provoca decir que elegiste la prostitución?

–Por muchos años fue difícil no victimizarme, de cada lugar salí exhausta de las discusiones. Muchos me decían que yo estaba completamente dominada por la explotación. Siempre hubo una cuestión que me repetían: usted puede decir lo que dice, porque nunca pasó hambre, nunca fue “exactamente” pobre. Esto tiene un implícito: quiere decir que sólo las extremadamente pobres tienen derecho a hablar porque cuando hablan lo hacen como víctimas. La mayoría de mis colegas, que no fueron a la universidad y tuvieron muchas menos alternativas que yo, siempre dicen: “jamás lavaría bombachas de las señoras”. Para mí esto es una opción de vida. A veces las opciones son pocas, pero existen. La víctima, por el contrario, nunca será percibida como alguien capaz de una decisión política.

¿Por qué se les ocurrió lanzar una línea de ropa?

–Das Pu consiste en mostrar con la moda y los desfiles qué somos nosotras y también bromear y dislocar el estereotipo de la puta. Es común decir: “ah, tal está vestida como una puta”. Bueno, nosotros relanzamos esa pregunta: ¿cómo se visten las putas?, ¿qué es vestirse como puta? Das Pu es la parte más visible de nuestra organización que se llama Da vida. También es nuestra forma de financiarnos. El nombre proviene de burlar el nombre de la boutique más chic de San Pablo que se llama Das Lu. Aquí en San Pablo tenemos tres locales que venden nuestra ropa. Das Pu produjo que mucha gente quiera asociarse con nosotras en este proyecto. La ministra de Salud acaba de pedirme una reunión para discutir la cuestión de la prostitución: eso nunca nos había pasado. Estamos averiguando ahora para exportar porque la tienda francesa Lafayette quiere nuestras bikinis. Sin embargo, lo que más se vende es una camiseta de la primera colección que es muy simple y sólo tiene una frase que dice: “Somos malas, podemos ser peores”.

*Tomado: Página/12 Web, Edicion Viernes, 14 de Septiembre 2007. www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-3598-2007-09-14.html

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