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domingo, 27 de abril de 2008

SOBRE LA VERACIDAD DE LO QUE ESCRIBO

Daniel R. Scott*


Mucho de lo que escribo habla de la familia y fueron escritas pensadas para el uso y consumo de la familia; por eso no se hallaran la elegancia literaria ni la erudición profunda. Su valor es sentimental. Predominan el desorden en las ideas, la simplicidad, lo incompleto, lo mutilado. Si otro lector encuentra mis párrafos interesante o de valor, es cosa que me alegra mucho porque, seamos francos: al que escribe le gusta que le lean. Pero lo que tengo en mente es esencialmente dos cosas: que mi familia no se olvide de sus raíces y que su historia no la borre la indolencia y el olvido, que son a mi ver los peores enemigos de nosotros los hispanoamericanos. Ya es mucho lo que se ha perdido, por tal motivo mi humilde afán de dejar una breve constancia escrita de nuestros anales.

Puede darse el caso que mis escritos caigan en manos más expertas e informadas que las mías y se niegue la autenticidad de los mismos. A los tales les dejo el caso del periódico Ariel, fundado por mi abuelo en febrero de 1922 y que fue el primero que circuló en San Juan de los Morros. Sin embargo por muchos años se dudó de su existencia. Cierto que Tito Sierra Santamaría y algún otro intelectual lo citaban en sus obras, pero algunos no estaban muy convencidos. Se basaban en el hecho de que no existía evidencia escrita del dato histórico. Y como las fuentes de nuestra historia local son mayoritariamente orales, no se podía hacer mucho al respecto.

Recuerdo muy bien el foro sobre periodismo regional que se realizó en el auditorio del INCE del Banco Obrero, en el año de 1987 y reseñado, por cierto, por "El Nacionalista". Reunió personalidades muy queridas y destacadas como Alí Almeida, Adolfo Rodríguez, Enrique Olivo, Argénis Ranuarez, mi propio padre y otros más que no alcanzo recordar. Uno de ellos se acercó a la fila donde me hallaba sentado y dijo con toda la buena fe del mundo: "Miren lo que traigo aquí: ¡el primer periódico que circuló en San Juan!". Cuando observé el viejo ejemplar advertí que se trataba de un ejemplar del semanario "La Puerta del Llano", dirigido por Tomás Arias, pero en modo alguno el primero que circuló en la ciudad, y así se lo hice notar al buen amigo. Él basaba su aserto en la editorial. Se leía algo más o menos así: "Por fin San Juan tiene periódico". En ese mismo foro Enrique Olivo intentó corregir el error pero no todos quedaron muy convencidos.

Cinco años más tarde, en un 1992 turbulento y golpista, hablando con otro gran intelectual al que respeto y admiro, el error volvió a aparecer: se dudó de Ariel, llevándolo al plano de lo ficticio. "Pero si Enrique Olivo tiene un ejemplar como él afirma, entonces, ¿por qué no lo muestra?" Y tenía razón, después de todo, no se le puede culpar. El finado cronista no soltaba tan facilmente el producto final de sus investigaciones. Eso todo el mundo lo sabe.

Al fin, otros años más tarde, en una insólita e irrepetible exposición o museo provisorio llamado "La San Juan de Ayer" que se montó en la escuela Aranda, protegido detrás de cristales, se pudo apreciar posiblemente por vez primera el primer número del periódico en cuestión, un ejemplar tan amarillo y endeble que se hacía polvo con el solo toque de la vista. Y luego ya nadie lo vio más. Lamentablemente el cronista murió y ya no se supo nada de "Ariel" ni de ninguno de los otros tesoros que recopiló a lo largo de los años. "Aquí no hay nada de eso" responden los familiares cuando se les pregunta, o eso es lo se me ha informado. Debería existir una Ley para estos casos en que se haga necesaria incluso la confiscación, y perdonen lo radical. A lo mejor dicha Ley ya existe y como de costumbre en nuestra Historia Republicana no se acata.

Los que lean pues, mis textos, tengan en cuenta lo arriba expuesto.

¿Qué sucede pues con nuestra Historia Local que nos lleva a negar o desestimar fechas y hechos históricos ciertos? No lo sé, no soy historiador. Me parece que tiene lagunas profundas y debilidades visibles. Y no es por culpa de nuestros cronistas e historiadores, reconocidos peritos en lo suyo. Quizá sea culpa de nuestra condición de sociedades jóvenes incapaces de verle el valor histórico a nuestro pasado.

Otro factor lo podría ser la ausencia de material escrito: o está destruido, o no ha sido descubierto o no ha sido debidamente asimilado. Es sorprendente que sea ahora cuando se descubra el texto original del "Tratado de Coche" o que muchos de los papeles personales de un Lisandro Alvarado reposen inéditos, sin pena ni gloria, en la Academia Nacional de la Historia.

Hay que confiar en las fuentes orales y en la imaginación y no ser tan incrédulos.
Viernes 7 de Marzo de 2008

*Bibliotecario y escritor venezolano.