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miércoles, 28 de mayo de 2008

EL ESPECTRO DE KAFKA

Alberto Hernández*



I
No ha sido difícil tropezarme con Franz Kafka en una de las tantas calles que a diario recorro. Su mano huesuda estrecha la mía. El rostro que precede la primera palabra revela un estado de angustia permanente. No obstante, sacude con cierto vigor el brazo que le extiendo y sonríe con obligada placidez. Una voz dulce pero cavernosa emerge de la mueca que usa como expresión cotidiana.
Luego de este encuentro, lo perdí de vista para siempre. No recuerdo si fue en Praga o en Maracay, pero cierto estoy de haberle hablado, e inclusive de haber preguntado por Milena. Me enteró de la última carta que recibió...con esta información levantó el paraguas y enfiló hacia la plaza. Me pareció advertir la giba del insecto que alguna vez describió en un relato.
-“Un breve encuentro aislado, casi mudo, es en el recuerdo evidentemente inagotable”-, repite el eco que deja a su paso.
La ciudad, Praga o Maracay, agoniza bajo la lluvia. Kafka, una lectura de todo cuanto ocurre en este instante de la tierra, en este horario perverso, a punto de desalojarnos de la realidad.
II
La Pensión Ottoburg en Meran-Untermais sigue siendo testigo de las tantas cartas y escritos que el escarabajo dejaba al abandono cuando no las enviaba a Viena o a París. A pesar de todo, de la muerte siempre en ronda, de la amenaza proveniente de Alemania, Franz –me autorizó a tutearlo- respiraba los aires renovados por la llegada de alguna estación.
-“Aquí vivo bastante bien, el cuerpo humano y mortal casi no podría soportar más atenciones, el balcón de mi cuarto emerge sobre un jardín, rodeado, inundado de ramas floridas (es notable la vegetación de este lugar, con este tiempo se helarían en Praga hasta los charcos, y aquí se abren lentamente las flores ante mi balcón), directamente al sol (o por lo menos al cielo cargado de nubes, ya que hace casi una semana que no se ve el sol)”.
Haberlo dejado ir me sigue preocupando. Su andar nervioso, su manera de alejarse del mundo, cada paso, cada mirada a la inmensa Catedral...todo, me convierte en culpable de su transformación.
Abre la ventana y se funde con la luz opaca del día. Kafka hace esto para alejarse del espejo. Praga o Maracay elaboran un discurso homicida: “no soy el autor del cuento titulado Asesinato, anunciado en un catálogo; es una confusión; pero como dicen que es el mejor, tal vez sea cierto”, le escribió a su editor, Kurt Wolf.
III
Este encuentro, atropellado por el grado de amistad con el escritor checo, pasa inadvertido, una vez que su silencio trasteante lo aleja de mis reflexiones. Kafka siempre fue así con este cronista. Un día llegó a aseverar que se trataba de mi conducta: “Usted, amigo Hernández, suela hacer de la pedantería un lugar donde nadie reposa”. Por supuesto, un ligero disgusto pasó por mi frente, pero de inmediato lo olvidé puesto que se trata de una persona de mis más estrechos afectos.
En carta a Milena y que tuve la suerte de leer antes, escribió: “Los lagartos y los pájaros, desigual conjunción, me visitan; me gustaría tanto que usted pudiera estar aquí, en estos últimos tiempos me habla de la imposibilidad de respirar, la imagen y su sentido real se encuentran en esa expresión muy próximos, tal vez aquí fueran ambos un poco menos oprimentes”.
Más adelante, y no recuerdo si para la misma fecha, Franz afirmó que se trataba de los pulmones. Sabía el de Praga que media Europa estaba afectada de los pulmones. Y no era extraño, aún el romanticismo corría por la sangre y por los cuartuchos de poetas, tan malditos como los que después anidaron en el surrealismo, cuyos exponentes morían de sífilis, de rabia o de política.
IV
Aún sentimos, Kafka y yo, los terribles dolores que ha dejado la guerra. No ha extrañado que nuestras muertes, propiciadas por un pelotón de fusilamiento, no tengan ninguna repercusión, pese a las cartas de solidaridad en procura de justicia y el esclarecimiento de un crimen que nunca apareció en un cuento, el que Franz negó como suyo.
La ciudad nos recibe. Kafka con su acostumbrado paraguas y quien esto escribe asolado por el abandono de las calles, la mendicidad y el crimen a toda hora.
Los que solemos caminar por Praga o Maracay nos topamos con un espectro. Mi muerte no fue comprobada, la de Kafka sí: la enfermedad de Europa. O el suicidio. Total, da lo mismo. Su espectro nos reclama desde el guetto del silencio. Nos incrimina con la sombra de su perfil.

*Escritor, periodista y poeta venezolano.