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domingo, 8 de junio de 2008

NIEBLA EN LOS GENES

Daniel R Scott*




Sabes que tengo mucho tiempo pensando en el asunto de la "melancolía de familia" que tú mencionas en uno de tus correos y he llegado a la conclusión de que ella es una constante en nuestro apellido. Es, junto a la tristeza y la nostalgia, una enemiga que podemos asediar y reprimir pero nunca someter ni expulsar de nosotros. Por eso, como dice alguna historieta que leí una vez, "hay que aprender a convivir con el dragón", es decir, aceptar nuestras debilidades, no disgustarnos por aquello que es irremediable e incambiable en nuestras vidas. Lo cierto del caso es que son pocos los de nuestro apellido que se salvan de la tristeza, la melancolía y la nostalgia. Es algo congénito, un virus que abofetea nuestros genes y que se trasmite implacable y sin miramientos de generación en generación. En parte, eso fue lo que finalmente le arrebató la cordura a tu bisabuelo, justo en el instante que estaba preparado y capacitado para dar lo mejor de sí. Hombre sensible en grado sumo y testigo estupefacto de tragedias reales (la trágica muerte de su padre en una batalla y la de dos hermanos suyos en sendos lances personales) no era precisamente su temperamento taciturno y dramático el que lo iba a sacar incólume del foso del abatimiento. Le dió por endechar, llevar un registro poético de sus pesares, leer a Nietzsche desde que anochecía hasta que amanecía y lo que sucedió luego es otra historia que no cuadra en esta carta. Cuando el mal le desbordó tenía algunas obras en preparación que terminaron tragadas en el remolino de la locura y del olvido. No se pudo cosechar a tiempo el fruto maduro de su plenitud intelectual, se secó y malogró en la fronda de su creatividad antes que alguien pudiera extender la mano y gustar de su sabor. Y él sabía que se le escapaba la cordura por algún resquicio, cuarteando la armonía y el equilibrio de su arquitectura mental: luego de visitar allá en Los Teques el "liceo de San José" y hablar con su rector ( el Doctor Arocha), ya de regreso a su hogar, escribió: "Y el portón de mi casa me condujo donde mi amiga inseparable: la Neurosis." Poco fue lo que se salvó del naufragio de su mente. De las playas donde rompen las olas del tiempo yo pude rescatar los pobres retazos de una vela, restos insignificantes de un navío que yace oculto en el fondo del mar. A veces, cuando reviso mis papeles personales y me topo por casualidad con nuestro árbol genealógico señalando al primer y más antiguo de nuestros Scott que se conoce como oriundo de la ciudad de Edimburgo, capital de Escocia, me da por fantasear hasta el infinito y pienso y creo firmemente que es de allí donde parten nuestros ya emblemáticos estados de ánimo: echa un vistazo al lugar y encontrarás edificios y horizontes fríos y grises donde se pasea la bruma y se toma whisky con sabor a niebla. Porque hasta los licores en sus botellas nos hablan de climas, temperamentos e idiosincrasias: el whisky reina en territorios gélidos y húmedos, y el ron nos habla de la fogosidad y los bríos devastadores e irrefrenables de los pobladores del trópico, que actúan sin anticipar las consecuencias de sus actos. Observa el castillo de Edimburgo: roca y piedras grisáceas, árboles sin hojas cuyas ramas bajan hasta el suelo en forma de lamento, sollozos y lágrimas. Es increíble: si te detienes en el paisaje, en los edificios antiguos o la catedral gótica, jamás verás colores alegres o ácidos como los que se ven en nuestra amada tierra tropical. De alguna manera el clima y el paisaje circundante moldean la flexible arcilla del ser. Es posible pues que este primer Anthony Scott de la genealogía, al encaminarse al puerto de Leith (¿1840-1848?) y tomar la embarcación que finalmente lo trajo a Venezuela, después de una larga escala en la ciudad de Génova, haya traído consigo una melancolía incubada en el siglo VI, cuando vaya usted a saber quién o qué fundó la ciudad. Se trajo en la médula del alma la neblina y la piedra gris y las emparentó con las pampas guariqueñas, el bahareque, el adobe y la palma llanera. Por eso Juan José Churión, refiriéndose a tu bisabuelo, escribió: "A la fatalista concepción del indio aborigen antepone el espíritu aventurero del británico; y al orgulloso egotismo de éste, la astuta suavidad del indígena vencido. ¡Una mezcla de perro y gato en un mismo cuerpo y en un mismo espíritu!". Pero claro, son cosas mías, nada que tenga fundamentos científico, la imaginación haciendo de las suyas, solo un poco de mito y leyenda para darle un toque intelectual a nuestra melancolía congénita. Suena muy interesante creo yo, si señor.
Pero amiga: deja que la luz de Dios y la Creación ilumine y alegre tu vida. Fuera de eso siempre permanecerán los tonos plomizos. Vive y piensa como si la alegría y la felicidad existen y, de súbito, te encontraras que sí, realmente existen. Porque si las cosas no pueden hacerse realidad primero en tu mente, es inútil que existan fuera de ella. Esa es, por ejemplo, la magia, el mérito y el aporte de obras monumentales como las del Quijote: trocar los guijarros del arroyo en refulgentes luceros gracias al toque omnipotente de la imaginación desaforada y la poesía hecha religión. Incluso la Biblia te manda a llamar las cosas que no son como si ya fuesen. Si creo que la choza donde habito es castillo viviré y moriré con la nobleza y la elegancia de un príncipe. La alegría es cosa que se forja en los pensamientos y no en las cosas. En el cerebro, la mente y la actitud se resume y resuelve todo. Y no te olvides de ese coloso dormido que es la voluntad. Existe un poder que es la voluntad. La voluntad lucha con denuedo, le da la independencia a los pueblos, redacta Constituciones que nadie cumple y puede traernos un poco de paz y de felicidad a la vida.Te aprecia Daniel Scott

*Bibliotecario y escritor venezolano. (San Juan de los Morros, estado Guárico)