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miércoles, 12 de noviembre de 2008

ANÍBAL REENCARNADO

Alberto Hernández*


1.-

Dícese -y está probado-, que cuando un humorista toma la firme decisión de marcharse a otro lugar (vulgo mundo), deja escrito el deseo de probar suerte con los ángeles, arcángeles, demonios y demás habitantes de las alturas u honduras de la imaginación de la muerte. Este deseo seguramente fue expresado por Aníbal Nazoa con la condición de que allá arriba (o abajo), donde lo esperaba Aquiles, le permitieran armar un célula clandestina con Leoncio Martínez, Job Pim, Miguel Otero Silva y León Levy, y de esa manera organizar la sucursal de los grandes jodedores venezolanos de la eternidad, sin complejo alguno. Cosa fácil de lograr puesto que los nacidos en esta tierra son reconocidos en la otra dimensión como los únicos, más que los budistas, en reencarnar felices, anónimos e indocumentados.

De Aníbal se podía esperar cualquier cosa en vida, imaginemos entonces cuán cruda podrá ser su calidad de reencarnado. Y más si lo acompañan estos sujetos de mala índole, los mencionados en primeras líneas, toda vez que hicieron de la existencia un espacio para acabarle la paz a aquellos que hicieron de la vida de los demás una verdadero infierno.

Veo a Aníbal con un cigarrillo en la boca, mientras Aquiles pasea con las muñecas de Angelina Utrera. Leo y Job Pim se pelean una novia. Miguel Otero revisa su agenda de entrevistas con el santoral, preso a escribir otras Celestiales y la segunda parte de La piedra que era Cristo. Por su lado, León vaticina desde su sinagoga bolchevique el fin de la seriedad y el consumismo en las esferas del silencio.

2.-

¿Qué podrá decirnos Aquiles sobre Los animales de Caracas en el cielo, o de la juglaría del Catuche en plena eternidad? ¡Cómo será eso¡ Igual podría pensarse de Aníbal, novato en asuntos de la muerte, quien además acaba de rebelarse contra la cursilería de algunos políticos que al morirse visten sotana y se la pasan con un rosario en las manos.

Por esa razón, Aníbal Nazoa ha decidido reencarnar.

Lo vemos repasar sus Obras incompletas para refrescar la memoria y no caer en la trampa aquella de repetirse. Sopesa su talento a ver si escribe una crónica acerca del vacío que significa el mundo sin ellos, sin la joda académica y guaratera. Pero considera vanidoso el tema y se dedica –no tanto por lo académico, sino por aquello de sacar de su originalidad y contexto la reserva moral de los muertos de El Guarataro. Se dedica entonces a pensar en qué cosa reencarnará. Sabemos de su disgusto por el vodevilesco rastacuerismo de muchos, sobre todo de cierta gente de la cultura. Aspira el humo del cigarrillo bajo una palmera enana y piensa en la inmortalidad del cangrejo, más allá de Spinosa, Kant o San Cono.

“¡Qué difícil es escoger en que reencarnar¡”, se dice mientras prepara un discurso ante Chaplin y Mario Moreno para presentarlos en sociedad. En ese instante se le prende el bombillito que le regaló Quino y empezó a preparar su retorno transformado, Kafka cualquiera, lo que será una verdadera sorpresa para todos los animales caraqueños.

3.-

Escoge el saco, los zapatos, un sombrero muy pastoreño , los libros de su gusto para emprender el viaje hacia las regiones equinocciales donde entrará en el cuerpo de alguien y así declararse reencarnado. “¿Le hago caso a Aquiles y reencarno en marrano? No, me pueden comer en diciembre”. Repasa El ruiseñor de Catuche, los dibujos de Leo y los relatos del Jobo, hasta pidió prestada la biografía de Régulo Pérez, que es demasiado decir. Allí no encontró nada. Llamó por teléfono a Piolín de Macramé, pero éste siempre estaba ocupado. Intentó comunicarse con Zapata, pero estaba ensayando “El pantaletazo”, lo que le produjo un ataque de tristeza por todos estos sufrimientos inoportunos.

Entonces, bajo la sombra de una mata de mango celestial, Aníbal dejó de preocuparse y bajó a la tierra como él mismo. Mientras descendía a toda velocidad, se encontró en el camino a muchos que subían lentamente, sorprendidos y hasta asustados por la lozanía de quien bajaba rodeado de nubes y relámpagos, aunque a él no lo consultaron para ponerle esa escenografía.

Tocó tierra, pero se dio cuenta de que había caído en Guardatinajas. Volvió a tomar altura y llegó airoso a Sabana Grande. Alegre por ver su ciudad de nuevo, aunque el humo de la capital le provocó tos, Aníbal se sentó en un café y pidió un guayoyo. Allá a lo lejos vio a alguien parecido a Denzil Romero. Y un poco más acá a un tipo muy ruidoso. Afinó la mirada y lo identificó: Rafael Cadenas.

Finalmente, el el mesero, casi amable para estos tiempos, le trajo el cafecito. Este, dubitativamente, lo miró extrañado y le preguntó con esa timidez que suelen ensayar los mesoneros: -¿Usted por casualidad no será Aníbal Nazoa? El recién llegado le respondió: -Por casualidad no, yo soy exactamente Aníbal Nazoa.

Todos los comensales y los que no lo eran voltearon hacia la mesa de Aníbal y se levantaron de un tirón. Se dirigieron a él y le pidieron autógrafos, la dirección de Aquiles en el cielo y hasta la bendición un carajito que andaba limpiando zapatos, y que para las malas lenguas era Panchito Mandefuá. -“Pero Aníbal, ¿tú no te acabas de morir?-, le espetó uno que se la daba de avispado. -“No, chico, yo no me acabo, eso fue hace ya algunos años, pero estoy bien, gracias”. Y como quien no quiere la cosa, ya a punto de levantarse y largarse, completó: -Y bueno, chico, ¿es que yo no tengo derecho a visitar a mis amigos, a reencarnar en mí mismo?”.

Cuando Aníbal recobró el aliento por tanta amabilidad, se dijo: “Lo mejor que puedo hacer es quedarme definitivamente como yo mismo; no ves tú, Aquiles, que no me cobraron el café”.


*Poeta y periodista venezolano (Maracay, estado Aragua)

Fotografía tomada de: http://www.analitica.com/bitblio/annazoa/default.asp


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