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miércoles, 12 de marzo de 2008

EL OCASO DE UNA LARGA INCREDULIDAD


Daniel R. Scott*

Papá está sentado a mi lado en su silla de ruedas, mirando hacia el jardín y mucho más allá, quien sabe donde o a qué época o a qué recuerdos. A los noventa años el presente es el calabozo asfixiante y los recuerdos tan infinitos y poblado de estrellas como el universo. Como estoy leyendo la Biblia y sé de sus interrogantes reales no pierdo la oportunidad y le leo Juan 11:25: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mi vivirá, aunque muera". Papá nunca ha creído en estas cosas pero son precisamente estas cosas las que algunas almas a veces anhelan escuchar cuando se está en los umbrales de la muerte. Aquí la Ciencia y la Filosofía carecen de respuestas y parecen enmudecer. ¿Será ese el caso de mi padre? ¿Como se lo tomará? Antes de leer vacilé un poco. "Un cura me dijo cuando yo era joven que no perdiera el tiempo leyendo la Biblia" me dijo una vez con orgullo. "Es una colección de fábulas". Vaya cura. Un cura stalinista. Y los roces de los Scott con el clero a principio del siglo XX fueron desagradables y poco cordiales. "Los curas se ocupaban solo de criticar las costumbres rurales de los fieles y de expulsar del pueblo a cuanto protestante se le ocurriera vocear sus doctrinas heréticas por las calles o casas" me decía papá, y a continuación me contaba el episodio de aquel pobre protestante perseguido por una turba armada de piedras y palos encabezada por el cura de turno: "El pobre hombre se salvó porque tu abuelo, junto a otros ciudadanos, lo resguardaron a sus espaldas mientras hacían un llamado de calma a la turba enardecida". En materia de religión e ideas, La San Juan de los Morros de a principio de siglo no era muy avanzada ni tolerante.
Papá solía referir entre risas un incidente que ilustraba la relación tensa y desagradable de mi familia con el curato en la década de los años diez y veinte: "En una oportunidad mi tía entró a oír misa vestida de una manera considerada indecorosa para la época: un traje que insinuaba y apenas ocultaba la piel de sus hombros. Algunas devotas y rezanderas se escandalizaron y murmuraron bajo sus velos y detrás de algún abanico. Entonces el cura en su homilía arremetió contra aquellas personas ("mujeres", recalcó) que entraban a la casa de Dios sin observar las más elementales normas del decoro en su vestimenta. Mi tía permaneció impasible y atenta durante todo el sermón, sin dar señal de emoción alguna. Los presentes le echaban miradas por el rabillo del ojo: no se podía adivinar que pensamientos o sentimientos se ocultaban detrás de su rostro que parecía más bien una máscara. Terminado el oficio religioso mi tía se arrodilló, se santiguó y salió de un recinto sobrecargado de imágenes llorosas de santos, vírgenes y cristos, quedándose de pie a un costado de la iglesia, meditativa, como esperando a alguien. Entonces el cura cometió un gravísimo error: salio a saludar a algunos feligreses, pero en lugar de saludos se encontró de frente con una mujer enfurecida que le propinó una golpiza tal que el representante de Dios aquí en la tierra terminó rodando por los suelos con todo y sotana; allí mi tía terminó de descargar su furia dándole varios puntapié. Algunos buenos samaritanos tuvieron que rescatar al pobre clérigo de las manos de esa fiera". Y terminaba de contar papá, orgulloso y muy complacido, que su tía gritaba: "¡Allí dentro no le hice nada porque es la casa de Dios; pero aquí afuera usted es un hombre como cualquier otro!".
Esta misma mujer fue la que se abrazó al cuello del caballo donde huía un tal Varela, asesino de su hermano Andrés Rafael Scott. Como el animal iba muy al galope como para ser detenido esta mujer ordinaria y aguerrida no vaciló ni un instante y saco del cinto un puñal con el que intentó degollar a la pobre bestia que nada tenía que ver con el homicidio. Era la única manera de detener al criminal que mató muy malamente y por encargo al hermano de mi abuelo. Pero de eso hablaremos más adelante.
Los Scott, pues, nada tenían que ver con las prácticas y la ortodoxia católicas. En una carta que escribió mi abuelo al Doctor Pedro Miguel Queremel, el 10 de enero de 1918, dice: "Soy admirador de la teoría evolucionista; siempre he creído que el hombre es el progreso de una raza, y esto es honroso, porque venir de un trepador de la selva virgen a ser hombre de ciencia, culto caballero, artesano industrioso, constructor y habitador de ciudades tan populosas como Londres, París y Nueva York, es verdaderamente honroso". De manera que con esos antecedentes ya mencionados no era extraño el espíritu irreligioso y anticlerical de papá, inconcebible, según mi ver, en un hombre que fue co-fundador del Partido Socialcristiano COPEI en 1946. Un socialcristiano que en la práctica era más social que cristiano. Sus modos eran mas bien marxista-leninistas. Ya saben, eso de que el fin justifica los medios. Y me parece a mí que citaba al Benemérito Juan Vicente Gómez cuando afirmaba que los enemigos de sus amigos eran también sus enemigos, tesis reñida con la moral cristiana que yo nunca compartí y que tantas discusiones y resquemores trajo entre nosotros. Siempre pensé que el comunista debió ser papá y no mi tío Horacio. Había una gran diferencia entre ambos: Horacio no creía en la fe o argumentaba en contra de la fe; Antonio se burlaba y se reía de la fe. Se puede dialogar con un incrédulo, pero con la burla es difícil razonar. Pero esta vez, dada su condición de hombre físicamente postrado, quizá se tomara la fe de otro modo. Alguien dijo que no hay ateos en las trincheras, y papá está dentro de una trinchera de la que jamás saldrá vivo: sobre él caen los obuses del peso de los años que debilitan y de la enfermedad que quieren arrasarlo y dejarlo sepultado bajo los escombros de la muerte.
Así que después de leerle la porción bíblica le pregunté: "Papá, ¿crees tu en Jesucristo?". Después de meditarlo por unos segundos dijo que sí, asintió con firmeza y convicción. Fue enfático en su respuesta. Quedé sorprendido. Él, que tanto se burlaba de estos "mitos", como solía llamarlos, ahora rinde su voluntad a ellos. Reflexioné por un instante. ¿Que sucede con el raciocinio cuando la muerte es una posibilidad tan inmediata que se puede palpar con las manos? "Entonces vivirás aunque mueras" le declaré, y a continuación le hablé de Jesucristo con mucho tacto y en los términos más intelectuales que pude, y él aceptó una explicación que en otra circunstancia o etapa de su vida no habría considerado ni por error. Me sentí ante la presencia de uno de los tantos misterios de la naturaleza humana, tan incomprensible, caprichosa y movediza. Lo llevé en la silla de ruedas a su habitación y entré a mi estudio para leer, escribir y meditar. Ante el arcano que representa el más allá, en los umbrales inexplorados e inconquistables de lo desconocido, se desvanece el materialismo y prevalece en algunos contra viento y marea la sed insaciable de prolongar la vida hasta el infinito. Las ansias de vivir son infinitas pero las horas de la vida se desgastan con el uso. Y mientras esto sea así creo que subsistirá la religión, desde la que se vive en las primitivas tribus de la Nueva Guinea Papú, hasta la que se profesa con elegancia en la catedral de Notre Dame. Me consuelo pensando que papá llegó al convencimiento de que el día que la muerte toque a su puerta irá a estar con Cristo, que es muchísimo mejor que vivir crucificado a una silla de ruedas.
Miércoles 27 de Octubre de 2004
*Bibliotecario y escritor venezolano.

EL PÚLPITO DEL PADRE CHACÍN


Alberto Hernández*

(a mi primo Guillermo Loreto Mata)
De los bolsillos del clergyman salían manzanas, peras, mamones, cambures, caramelos, guásimos y toda suerte de golosinas y panes rellenos, en un acto de magia que completaba con su brazo de pitcher desde la planta baja del Liceo “José Gil Fortoul” hasta el cuarto piso donde los de tercer año esperábamos la entrada en los laboratorios.
Cuando hacía entrada el padre Rafael Chacín Soto con su voz de trueno, temblaban los vidrios. Voz de bajo sin orquestación.
1.-
En Valle de la Pascua no había corredor más veloz que yo. Mentira, me superaban mi hermano Luis y Peniche. Viene a cuento lo de mi pasión de atleta porque la más exitosa fue marcada durante varias semanas por la persecución de la que fui objeto por parte de un guapetón, carrera en la que salían a relucir el Teorema de Pitágoras, las Leyes de Mendel y mi pobre madre.
Por esa deportivísima razón caí en manos de Rafael Chacín Soto, cura, filósofo, cronista, loco de perinola, benefactor de los habitantes de la Laguna del Rosario, pedagogo y excelente boxeador, amén de conversador y casi santo, al decir de muchos.
Mi vocación sacerdotal, demasiado precoz, la perdí gracias al padre Chacín:
-Tú no tienes cara de seminarista, no sirves para eso; tienes mirada de mahometano.
Y tenía razón, porque las corvas, curvas y pantorrillas de una adolescente en un poema del Corán son más dulces que una penitencia y un rosario. Aunque todavía me rondan los deseos de ser santo.
2.-
Así, “desvocacionado”, al arribar al liceo, ya tenía conocimiento del padre Chacín, quien no pensaba dos veces para “cuerear” a los muchachos que le salían de la santidad, como lo hizo con mi hermano Perico, extraordinario ejemplar de la provocación conspirativa y del oportuno mangazo en la espalda, hoy convertido en un vital y agradable ángel de la guarda de estas impertinencias que escribo.
3.-
Por estas inclinaciones judeo-cristianas y malquerencias árabes, Rafael Chacín Soto hacía un mercado de ropa para los pobres. En una motico Vespa cargaba con todo cuando encontraba en las tiendas de los mahometanos, como él los llamaba para molestarlos. Una vez cubierta la parte trasera de su europeo y marginal vehículo –casi de tracción sanguínea-, se enfrentaba al tendero:
-¿Cuánto te debo, musulmán?
-Ah, “badre”, usted me debe dos mil bolívares.
Chacín refunfuñaba y respondía:
-Está bien, toma estos quinientos que los demás te los paga Dios.
Y se largaba feliz en el humo y run run de la moto.
Una vez dio un mitin –desde el púlpito- sobre los peligros de creerse “Superman”. Yo sentía que se dirigía a mí, porque en el fondo me parecía a Clark Kent. Entonces entendí que el padre Rafael Chacín Soto tenía algo de humor ceslestial, por lo de Superman que siempre volaba alto, porque Dios sabía que de todas maneras este párroco de La Pascua tenía parte del cielo ganado.
*Escritor, periodista y poeta venezolano.