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miércoles, 11 de febrero de 2009

LO BASTANTE PARA VIVIR

Daniel R. Scott*


Tenemos las ocho y tanto de la mañana. Se supone que a esta hora ya debería andar por la calle entretenido en algunas diligencias personales y en la lucha diaria de ganarme el pan nuestro de cada día, pero una repentina y serena invasión de la lluvia matutina me mantiene en un placentero estado de sitio dentro de mi propia casa. Solo y sin nada que hacer tomo de la biblioteca "Poesía y Prosa" de Juan Ramón Jiménez y prosigo la lectura donde la dejé tres noches atrás. Me gusta leer a este poeta cuando llueve, es uno de mis rituales privados. Pareciera que en los pentagramas de la lluvia quieta y reflexiva descubro la música que hace de la lectura de sus escritos una dulce canción que solo yo soy capaz de escuchar y que no puedo interpretar para otros. Al cerrar el libro o al cesar de llover, la melodía desaparece, y entonces me lamento de no poseer el talento raro y sobrenatural de un Paul McCartney capaz de encarnar y traer a la existencia en las teclas de su piano las melodías que soñaba mientras dormía, como sucedió con su ya clásico "Yesterday", por citar un ejemplo. En esta ocasión el poeta español me habla de ese lujo que es para verlo y no para vivirlo, de la materia y línea sin adorno, de la ropa suficiente y corriente, de la excelencia de la limpieza y del "orden sobre todo. Gran lujo de lo suficiente". Nada mejor para comenzar el día que con este evangelista de la prosa y el verso.

Creo que no se nos trajo a la existencia para morar en los fríos polos de la opulencia y del lujo sobrecargado de ornamentos. Quienes moran allí terminan rígidos y congelados. Son pocos los que sobreviven a ese clima. Levanto la vista del libro y hago un rápido inventario visual a los escasos bienes que amueblan las dos únicas habitaciones que constituyen mi hogar. En su conjunto no es gran cosa. Si mis amigos se ponen de acuerdo para venir a visitarme yo les suplico en son de broma que por favor la visita no exceda de cuatro personas porque son cuatro las sillas que poseo. El quinto visitante indefectiblemente quedará en pie. Pero no vivo en la miseria ni soy infeliz. Deseo, sí, mejorar mi situación y trazo planes y proyectos para tal fin, pero no me considero un hombre pobre, quejumbroso e infeliz. Vivo el gran lujo de lo suficiente. Ya lo decía un sabio de la antigüedad: "Lo esencial en la vida es el pan, el agua y la ropa, y un hogar que proteja de miradas indiscretas". El espíritu humano o lo que sea que llevemos dentro no ha sido diseñado para soportar el peso agobiante de la fama y del lujo barroco; se solaza y aquieta en las bellezas simples y cotidianas de la vida. Un Elvis Presley confesó en la cúspide de su multimillonaria carrera que él era el hombre más infeliz del mundo, y un John Lennon, icono de la cultura Pop, escribió en una de sus canciones: "Daría todo lo que poseo por un poco de paz mental". El primer artista naufragó dentro de una tempestad de drogas, y el segundo finalmente encontró la paz mental abandonando el lucrativo mundo de la música y refugiándose en las labores domésticas de su hogar. Colgó la guitarra en alguna parte y se puso el delantal de la ama de casa. Y se dice que encontraba placer en hornear en casa su propio pan, lo que para mí encierra, como todo en la vida, una sabia y preciosa alegoría: lo que el hombre necesita para sentirse pleno, satisfecho y feliz posee las sencillas y nutritivas formas de una hogaza de pan. El pan no es lujoso ni ornamental. Posee diversas formas y tamaños, pero nada más. No hay que buscar tan alto ni tan lejos para saciarnos de él. Es el alimento más accesible. El resto es chatarra que envenena el alma. ¡Oh si pudiéramos comprender que la Historia, las acciones humanas y cada objeto de la creación encierran en su seno ricas alegorías a la espera de ser descubiertas! Todo es símbolo, emblema, señal. Nuestra existencia poseería la verdadera riqueza.

Vida verdadera la que se vive sin excesos, la que se lleva adelante sin el peso cursi y agobiante de lo ornamental. El brillo será siempre deseable y hermoso, pero cuando el resplandor se extralimita sufre daño la retina del alma. Verdadera riqueza la de lo cotidiano: el rumor de la lluvia, la lectura de un buen libro, redactar estos párrafos, mojar un trozo de pan dentro de una taza de buen café y salir a la calle aprovechando que ya escampó, así que lo dejamos hasta aquí y otro día será.

*Bibliotecario y escritor venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)

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