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martes, 16 de junio de 2009

EL COLUMPIO

BLANCA ALLEGRA*
(Escultora venezolana. San Juan de los Morros estado Guárico)























































La primera vez que me topé con el elegante arte de Jean Honore Fragonard fue bajo el sensual vaivén de su cuadro titulado Los felices azares del columpio. Ese lúdico oscilar donde la intimidad femenina se abre fugaz y risueña, una ninfa mostrando “veladamente” a un personaje del cuadro su oculta y enrevesada lencería del siglo XVIII. La zapatilla se zafa con coquetería y un pequeño serafín de mármol pide la discreción del silencio. El cuerpo de la jovencita en su balanceo llega a la extrema altura, a punto de entrar plenamente en el plano erótico del color y la luz. Otro sensual columpio es el de Pierre Auguste Cort, una pareja se balacea con pagano deleite, él impulsa los ires y venires del amor, y ella, en la transparencia inocente de su vestidura y adolescencia, se cuelga de su cuello entregada a la delicia del momento.
Desde niño el columpio ha sido un instrumento que me causa fascinación y temor. Esa mezcla deriva en una reverencia. Ir de un extremo a otro, pendular en los extremos de lo real es desafiar las infranqueables fronteras del tiempo. En esa edad nos balanceábamos con tezón en el columpio, primeramente por el asalto de aquella sensación del caluroso vértigo que se agazapa como un suave guante en el centro de nuestro cuerpo, los agradables calambre que suben por las piernas y que bajan juguetonamente por el abdomen. En segundo lugar por la cercanía dulce y peligrosa a los territorio de lo alado, allí sentimos el desafío y bordeamos la hipnosis de un instante sin cordura, casi fugados de las carencias corporales de lo humano.
Hoy presentamos este juego de tres fotografías sobre la reciente pieza de la escultora venezolana Blanca Allegra, El Columpio, la cual mide aproximadamente 90 cms de largo por 80 cms de alto, la figura es de resina, y el columpio de hierro. Obra llena de mucha dulzura y belleza. Allegra nos envuelve con esta pieza en la suave penumbra ocre de muchas de sus esculturas. Con ella espiamos el goce puro de una niña que se columpia en solitario, ensimismada en un dinamismo ritual donde la inocencia nos asalta como el tal vez último refugio.
Jeroh Juan Montilla

*Fotografías Blanca Allegra

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