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miércoles, 3 de junio de 2009

EL PAGANINI NEGRO*

Juan Yáñez


A modo de introducción extraemos una anécdota, escrita por Ciro Bianchi Ross, que ilustra sobre la personalidad de este extraordinario genio del violín…, del que hoy nos ocupamos. Dice así:

Es de noche en La Habana colonial cuando cuatro amigos, -negro uno de ellos- entran, después de un concierto, a refrescar a un café. El dependiente, solícito, toma el pedido de los blancos y cuando el otro se dispone a ordenar, le da esta respuesta insolente: -Yo no sirvo a negros, sino a caballeros. El aludido apenas puede reprimir la ira. Se incorpora de golpe, señala, altanero, la condecoración que luce en la solapa izquierda del frac y dice: -Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor Francesa y no hay en este salón quien pueda decir lo mismo”.

Y no mentía. Es Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, uno de los mejores violinistas cubanos de todos los tiempos. Reconocido y condecorado en Europa y Latinoamérica como un genio del violín; además de ovacionado y aplaudido en las principales salas de conciertos. Fue un violinista excepcional, que se le conoció como “El Paganini negro” o “El Rey de las Octavas”. Ganador del Primer Premio en el Conservatorio de París. El Emperador de Alemania le concede los títulos de Caballero de Brindis y Barón de Salas. Ejecuta sus conciertos con un Stradivarius auténtico. Su presencia en los escenarios, -a pesar de los prejuicios debidos a su color- despertaba admiración. Poseía un aire distinguido, una elegancia natural y al apoyar el instrumento en su mentón y deslizar el arco sobre las cuerdas, llenaba el recinto de sublimes notas que emocionaban hasta el menos sensible de sus oyentes. Derrochaba técnica y expresividad y se transportaba durante las ejecuciones hacia otros mundos ante un auditorio que lo oía absorto. Se codeaba con los más importantes colegas de su tiempo y lograba imponer su arte, paralelamente al de aquellos prestigiosos músicos. Había Brindis de Salas nacido en La Habana el 4 de agosto de 1852. Su padre, un prestigioso director de orquesta, lo inició en la música y continuará después con el belga Van der Gucht. A los ocho años realiza su primera composición y a los once da su primer concierto En 1869 ingresa en el Conservatorio de París y permanece durante cinco años y se le otorgó durante la totalidad de los cursos el Premio de Honor. Egresado de esa casa de estudios inicia su vida profesional. En toda Europa se da a conocer, las principales salas se disputan sus presentaciones. Se hace aplaudir en ciudades de conocedor y exigente público y a nadie decepciona, cautivados por su arte inimitable. La crítica lo halaga y su público deslumbrado por su técnica que no conoce escollos ni limitación alguna lo colma de ovaciones que él aprueba y disfruta. Hace presentaciones en toda América; y aquí en Venezuela se lució en el Teatro Municipal de Caracas y se alojó en el prestigios Hotel León de Oro, de la época. Luego viaja a La Habana y de allí a México y otra vez a Europa. En España es invitado a Buenos Aires, allí al principio es tratado con frialdad, pero muy pronto los porteños reconocerán su virtuosismo y es valorado y apreciado. Allí tiene amores con una dama argentina, luego viaja a Berlín y se convierte en Músico de Cámara del Emperador Guillermo II. Se vuelve un hombre de fortuna que vive en una lujosa mansión y hasta se hizo copropietario de una fábrica de pianos. Contrae matrimonio con una aristócrata alemana con la que tuvo tres hijos. La relación fracasará, la vida familiar, no estaba hecha para él, que siempre fue un bohemio, poco afecto a las formalidades y a la vida ordenada. A partir de allí se torna excéntrico y cae en estados de melancolía y depresión que van minando sus facultades. Regresa a Cuba, se irá y volverá en dos oportunidades más, inconforme y taciturno, su genio declina. Entre América y Europa pasó diez años de crisis, olvidado y apartado, hasta que retornó a la Argentina enfermo y pobre; a aquella Buenos Aires de sus grandes éxitos. Sus amigos de antaño están ausentes o muertos y nadie lo acoge. Vaga por sus calles enfermo y soportando el gélido invierno austral. Socorrido es internado en un hospital donde se niega a identificarse. Cuando se le encuentra el pasaporte se le reconoce. Los diarios publican la noticia: “El Paganini Negro se está muriendo”. Los médicos lo atendieron con dedicación, pero en la madrugada del 2 de junio de 1911, entregaba su alma a Dios. La funeraria en reconocimiento a su figura, se negó a cobrar el servicio de primera clase que ofreció a su despojos, que colocados en una urna, se cubrió con la bandera de Cuba. Su carruaje es acompañado al Cementerio del Oeste, donde se le dio sepultura, por el público de sus mejores años, que aún lo recordaba y apreciaba. La historia no termina aún, pues en 1930, las cenizas del más grande violinista cubano fueron repatriadas a La Habana, con todos los honores y el justo homenaje que merecía. Es esta, amables lectores la historia de un músico de primera magnitud, aún recordado en su Cuba natal y tal vez injustamente olvidado por las nuevas generaciones que componen el universo musical de nuestros días.

*Publicado en el Diario La Antena de San Juan de los Morros (Venezuela) el 24 de mayo de 2009. Página 6.