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sábado, 15 de agosto de 2009

“LA MALDICIÓN”. CUENTO FANTASMAL APUREÑO

Hugo Rafael Arana Páez

Miembro investigador del Centro de Estudios Histórico-Sociales del Llano Venezolano Casa de Bolívar. Articulo publicado en el diario “ABC” el 3-8-2008 Nro. 64.288
















Era el verano del año 1927, cuando el cura párroco de la población de Santa Bárbara de Arichuna, Jesús María Rodríguez, leía aquel escueto oficio del obispo de Calabozo, anunciándole su traslado a otra parroquia; enseguida solicitó al viejo bonguero del pueblo, Pablito Armas, sus servicios para que lo trasladara urgentemente a San Fernando y de allí emprender rumbo a Calabozo, capital de la Diócesis; antes que los arichuneros se enteraran de su reubicación. Así fue como en una soleada mañana del mes de diciembre, el sacerdote se embarcó en el bongo de cuatro bogas; que navegando aguas arriba, desde Arichuna a San Fernando transportaría junto con su habitual carga de quesos, cueros de res y algunas libras de plumas de garza a su único y distinguido pasajero.

El río Apure en verano se halla pleno de doradas playas, donde las gaviotas revolotean, protegiendo empecinadamente sus huevos y sus polluelos; mientras que los peces eluden hábilmente los ataques de estas palmípedas. Asimismo en sus espumosas riberas, al pie del barranco, los caimanes serenamente acechan a la descuidada presa. Mientras que las aguas encrespadas por la brisa, corren en su largo peregrinar hasta el río padre, allá en Boca Apure. Contemplando este escenario Iba en la embarcación el afligido padre evocando los gratos momentos compartidos con los chivatos del pueblo: el jefe civil, algunos comerciantes y algunos dueños de hatos, en los que disfrutaba aquellas gratas y prolongadas veladas de amenas tertulias, propicias para recordar eventos, como las hazañas de Arévalo Cedeño en la Plaza Bolívar de Cazorla y en San Fernando de Atabapo, cuando el año veintiuno derrotó, enjuició y fusiló a Tomás Funes. Asimismo se acordaba de la noche que él hizo gala de excelente conversador, describiendo a sus contertulios la fracasada acción militar acaecida en San Fernando el 20 de mayo de 1922, comandada por el General trujillano Waldino Arriaga, contra el Presidente del Estado Apure, doctor. León Febres Cordero; pero mas tristeza le producían los gratos momentos que le deparaban aquellos ricos trozos de queso Camembert, acompañados de los exquisitos tragos de brandy o de vinos importados, que habían adquirido sus anfitriones en “El Masparro” o “El Delta”, cuando estos vapores procedentes de Ciudad Bolívar rumbo a San Fernando atracaban en la población, para abastecerse de leña. También rememoraba las canciones de moda interpretadas por Gardel; las cuales entre trago y trago se dejaban escuchar en la recién adquirida Victrola, que había traído de Ciudad Bolívar su amigo, el hacendado Don Pedro Daniel Acosta. Mientras se hallaba absorto en sus pensamientos; no se percataba que las gotas de agua le salpicaban el rostro y le empapaban la sotana; hasta que un cohete lanzado desde arriba del barranco por Cheíto Arenas, estalló ensordecedoramente muy cerca de la embarcación, despertándolo de su grata evocación. Sin embargo el bongo de pillote a punta de palanca y espadilla continuaba remontando lentamente el Apure. Arriba en el barranco, Cheíto Arenas, reía a carcajadas, por cuanto, al enterarse del traslado del infortunado sacerdote; se propuso agraviarlo, a tal fin, congregó una considerable multitud, constituida por gente del pueblo; algunos iban a pie, otros en burros y los mas pudientes a caballo. Quería significar “Cheíto” con esta afrenta que el pueblo de Arichuna estaba contento, porque el cura se marchaba de la villa. Entre tanto una vieja que iba en la comparsa vociferaba con voz chillona.

-¡Gracias a Dios que ese cura se fue! -Lo que hacia era jalá caña de la buena, onde Don Pedro!-

Otra añadía –No jile, ¿acaso no iba a da misa bien palotiao?-

Mientras otra le recriminaba.

-¡Ay mija no digas eso!- y persignándose exclamaba, -¡Que Dios nos ampare, porque este pueblo quedó ahora como capilla sin santo!-.

Entretanto el loco “Modestico” echado en el suelo entre sus perros, al escucharlas, se persignó y dijo.

- ¡Ave María Purísima! , ¡Ave María Purísima!, ¡que Dios nos agarre confesaos!- .

El gentío seguía a “Cheíto”, quien pavoneándose alegremente los entusiasmaba obsequiándoles botellas de ron y de anís; así entre tragos, música, gritos y cohetes iban celebrando la despedida del cura. Desde el bongo, el afligido sacerdote los observaba y casi clamando al cielo, lanzó aquella frase.

-¡Perdónalos Señor, no saben lo que hacen!-

Conmovido expresaba su pesar al viejo bonguero.

-Chico, que gente tan mal agradecida, yo que los bauticé, los casé, le bauticé sus hijos y le suministré los santos oleos a sus familiares moribundos. ¡Ahora vea como me pagan!-

Ante el mutis de Pablito, continuó

-¡No importa, Pablito todo se lo dejo a Dios!-

Después de un prolongado silencio, el bonguero lanzó un escupitajo de tabaco al agua, para responderle muy pausadamente.

-¡Mire padre, lo que sucede es que a esa gente la entusiasmó “Cheíto”, dándole aguardiente, tabaco y música de viento y por si fuera poco hasta les llenó los bolsillos de plata, pa que lo acompañaran!-

Después de lanzar otro salivazo al río, continuó.

-¡Ah y se me olvidaba decile padre, que al regreso les va a poné una ternera allá en La Encantadora!. ¡Así padre que él es el único culpable de esa marramuncia!-.

El padre no le contestó, se quedó abstraído en sus pensamientos, mientras el bongo a punta de palanca de las bogas, continuaba remontando lentamente el río. Arriba en el barranco la alegre muchedumbre seguía a “Cheíto”, que sobre los lomos de “Centella” cargaba un saco lleno de cohetes que los lanzaba a la embarcación, con la intención que explotaran lo mas cerca de ella. Al fin el bongo atravesó la Boca Arichunita y hasta allí lo siguió la enloquecida multitud. Viendo la indignación reflejada en la cara del sacerdote, Pablito irrumpió de nuevo con su ronca voz.

-¡Mire Padre, no le haga caso a ese loco, es que “Cheíto” ha sido mamador de gallo toa su vida y a según me han dicho que él hace eso porque usté nunca lo invitaba a sus reuniones!-.

Callados continuaron hasta llegar a una playa, ocupada por bandadas de gaviotas y cotúas. Esta playa se hallaba frente al Hato Médano Largo; propiedad de Don Pedro Daniel Acosta. Allí fue donde el padre se acercó al bonguero para rogarle.

-¡Pablito, atraca aquí en esta playa!-

De inmediato el bonguero le respondió.

- ¿Padre que va a hace ahí? ¿A ve si nos varamos? Usté sabe que en esta época las aguas no son profundas!-.

El padre nuevamente suplicó

-¡Mira hijo te agradezco que atraques, es que tengo que hacer algo muy importante aquí!-.

- ¡Esta bien padre lo voy a complacé! , ¡pero tenga cuidao con una raya!.

Rápidamente enrumbó la embarcación hacia la costa. Al acercarse a la orilla el sacerdote saltó ágilmente, escuchándose el chapoteo del agua mojando la sotana que afanosamente recogía. Al pisar tierra se internó velozmente en el arenal y cuando consideró que estaba bastante alejado de la embarcación; con el misal y el viejo rosario en sus manos se arrodilló en la caliente arena; alzando la mirada al cielo y extendiendo los brazos imploró.

-¡Dios mío, maldigo a José Antonio Arenas y hasta la quinta generación de sus descendientes, por el escarnio que me ha hecho!-.

Súbitamente el cielo se cubrió de negros nubarrones y la suave brisa se tornó en tolvanera, levantando enormes chorros de arena y un ensordecedor trueno enmudeció los graznidos de las gaviotas y las cotúas; mientras que el padre arrodillado permanecía inmutable. Don Pedro Daniel Acosta, dueño de Médano Largo y compañero de tragos del cura; desde el corredor de la casona del hato, divisó en la lejanía un bulto negro en la playa. Intrigado se preguntaba.

- ¿Qué es aquello?- .

En medio del chubasco bajó el barranco, cruzando apresuradamente el trayecto que lo separaba del bulto, hasta percatarse que se trataba de su amigo el sacerdote; que arrodillado y con los brazos extendidos miraba al cielo. Extrañado le preguntó.

-¿Padre que hace allí?-.

El cura absorto en su petitoria no lo escuchó. Al fin hecha la solicitud; se levantó y percatándose de la presencia del amigo le saludó.

–Disculpe Don Pedro, pero es que estaba rogándole a Dios que me acompañe en este viaje.

Sorprendido por el comportamiento de su amigo, le preguntó adonde iba y éste muy nervioso le respondió.

-Voy a hacer unas diligencias a la Diócesis de Calabozo y vuelvo pronto

En medio del fuerte chaparrón, Don Pedro lo abrazó y diciéndole.

-¿Si es así?. ¡Apúrese Padre, que está lloviendo y el río se va a poné mas bravo!

Despacio, muy despacio el sacerdote se encaminó rumbo a la embarcación, mientras en voz baja continuaba implorando a la justicia divina, castigo para el mamador de gallo y sus descendientes. Satisfecho llegó a la orilla y rápidamente se embarcó; mientras que el intrigado bonguero le preguntó.

-¿Padre, que hacia arrodillado en esa playa tan caliente?-.

El sacerdote le respondió con un silencio espectral, apenas una sardónica sonrisa salía de la comisura de sus labios; atemorizando más al sorprendido bonguero, quien en alta voz le dijo a los cuatro marineros.

-¡Empujen muchachos, vamos a seguí el viaje, que nos agarra la noche!-.

Callados continuaron navegando entre las encrespadas aguas; agitadas por el fuerte chaparrón que no cesaba.

De regreso a Arichuna, procedente de la Boca Arichunita, rumbo a La Encantadora venía Cheíto Arenas, feliz, fumando su cabo de tabaco sobre su caballo, del que pendía el enorme saco donde todavía quedaban algunos cohetes que no había lanzado. Ufanado de haber cumplido su cometido; cuando pasaba por La Sinfonía, dio la última aspirada al cabo de tabaco y lo lanzó al suelo; lamentablemente éste cayó en el saco; produciendo una estruendosa explosión que se escuchó hasta en “La Encantadora”, donde sus amigos lo esperaban con la ternera. El estallido lanzó por los aires en pedazos a jinete y montura; súbitamente la multitud consternada calló; las cuerdas dejaron de vibrar y los capachos de agitarse; a la vez que una fuerte tormenta se desató sobre la atemorizada y acongojada población; mientras que una vieja a gritos sentenciaba.

-¡Bendito sea Dios!-, ¡María purísima!, ¡ese es el diablo que se quedó en el pueblo!-.

- ¡No ese no es el Diablo!, ripostó otra, esa es Santa Bárbara que castigó a Cheíto por haberse burlado del padre Rodríguez-.

Después se supo que el cura había maldecido en la playa del “Hato Médano Largo” hasta la quinta generación de los Arenas. Desde ese momento sus descendientes, por si acaso, jamás celebran con fuegos artificiales el día de la Santa patrona de Arichuna.

Fotografía: Arturo Alvarez D´ Armas.

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