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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Una crónica de Maracay

ARNOLDO GABALDÓN,

FUNDADOR DE LA ESCUELA DE MALARIOLOGÍA


Alberto Hernández


Ese día, se me ocurre en horas de la mañana, el presidente del estado Aragua, Aníbal Paradisi, entró a la casa de Malausena y se reunió con el ministro de sanidad, Félix Lairet. Muy cerca de ellos, Arnoldo Gabaldón, fundador de la Escuela de Malariología. El sol de la comarca visible tocaba delicadamente el friso nuevo de aquel 18 de diciembre de 1943.

En viaje regresivo, nos topamos con este trujillano el 1 de marzo de 1909, día de su nacimiento. Comienzo de una aventura que culminaría el 1 de septiembre de 1990. la coincidencia con los inicios de mes lo predestinan. Habría de convertirse en el centro de atención de un país agobiado por las endemias tropicales. Venezuela era un pequeño territorio que a la vuelta de la esquina se encontraba con la muerte.

A los 15 años de edad, el joven Gabaldón ingresó en la Universidad Central de Venezuela, donde estudia Medicina y se gradúa en 1930. tenía 21 años.

Más tarde lo encontramos en Hamburgo, Alemania, donde estudia en el Instituto de Enfermedades Tropicales. Roma lo recibe en la Estación Experimental para la Lucha contra la Malaria.

La mirada del horizonte llanero en San Fernando de Apure devela un país debilitado por las insanias propias de la geografía, del clima y de las “locuras” del trópico.

Pero no se queda allí el inquieto trujillano. En 1933 viaja becado a Estados Unidos, gracias a la Fundación Rockfeller. La Universidad John Hopkins lo hace doctor en Ciencias de la Higiene.

Es en Nueva York donde se encierra en un laboratorio y escudriña en los parásitos maláricos de los monos superiores. Se convierte en investigador. El talento de aquel venezolano llamaba la atención de los grandes médicos del Norte.

El gobierno venezolano lo solicita. Con su maestro Enrique Tejera le dan cuerpo al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social.

El camino ya estaba andado. El futuro le tenía reservado un lugar privilegiado.

Nombrado en 1936 director (fundador) de la Dirección Especial de Malariología y de la Escuela para la Formación de Expertos Malariólogos, el doctor Gabaldón le da rienda suelta a su imaginación como científico.

Su currículum agrega haber sido fundador de la Cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Pero es en Venezuela donde está su preocupación. Luego de organizar un equipo de trabajo, en 1942 comenzó a perfilarse el edificio donde el talento albergaría estudios e investigaciones. Comisionaron al arquitecto venezolano Luis Raimundo Malausena, y en 1944 quedó abierto el primer curso internacional de malaria en la sede donde funcionaría la Escuela de Malariología, ubicada en la avenida Bermúdez de Maracay.

Arnoldo Gabaldón fue un viajero impenitente por todo el mapa nacional. El mundo entero supo de su presencia donde se hablara de malaria. La experiencia y el tiempo recorrido lo encuentran creando laboratorios en Caracas, Maracay y Achaguas. La parasitología de la malaria aviar representaba su más honda preocupación.

Erradicar la malaria fue toda la vida de este hombre. Un signo, una topología más allá de la ficción: Ortiz, eternizada por el talento de Miguel Otero Silva, seguramente tocó los adentros de este investigador criollo.

El olor a DDT comenzó a sentirse en pueblo y campos de Venezuela el 2 de diciembre de 1945. Todo comenzó en Morón, estado Carabobo.

Pasados esfuerzos y años, la organización Mundial de la Salud certificó la desaparición de la malaria en casi todo el país. Los éxitos llevaron a Gabaldón al más alto cargo, Ministro de Sanidad en 1959.

El Instituto de Altos Estudios, radicado en la hermosa casa que construyera Malausena, lleva su nombre. No sabemos si con tantos sobresaltos lo han pasado a otra dimensión. Pero algunas veces vemos al doctor Gabaldón recorrer los balcones de la mansión y entrar sigilosamente en los laboratorios.

sábado, 19 de diciembre de 2009

UNAS NAVIDADES EN LONDRES


Adolfo Rodríguez



Como la más emblemática región del mundo asociada a esta época del año, estar en Londres en vísperas de diciembre, es vivir la propia Navidad. Es el frío, la actitud de la gente, las casitas que, en sus alrededores y a su interior, desde la calle, insinúan una atmósfera de buena música, tranquilizadoras lecturas y luces que confirman más la temporada.

Hay iluminaciones como en Venezuela. Mientras los centros comerciales muestras sus candilejas alusivas a Santa Claus, los renos y los pinos. Mientras buena parte del interés está centrado en el árbol que ornamentará la Plaza de Trafalgar y la programación surtida con ofertas de conciertos en el Albert Hall, villancicos, musicales como el West Side Story que vimos en Woking, la Coral de Navidad de Stableyard que se presenta desde el 7 de diciembre en Osterley Park y, al extremo oeste de Oxford Street, la Fiesta de Navidad de Dickens en Marble Arch. Estamos en 2008 y el Hyde Park es un gigantesco parque de atracciones porque el Winter Wonderland abre su prometedora caja de fantasías para los niños, con su tren, el carrusel de caballos, la casa encantada, la alfombrilla que desciende a una altura de 60 metros, la bola de nieve, la carrera de trineos y el laberinto de espejos. Desde la gran rueda panorámica los infinitos verdes del parque, la más grande pista de hielo de Europa y la réplica del tradicional mercadillo de Navidad alemán, con casitas de maderas, restaurantes, bares y cafeterías, para degustar platos típicos, cerveza, café, chocolate y souvenires como velas, artesanías, juguetes de hojalata, árboles de vidrio, bufandas, etc.

Hacia la calle de una de las casitas un muñeco representa a Santa Claus, no siendo gordo, ni con barba y riendo a carcajada batiente, no con el conocido jo jo jo, si no como un fulano cualquiera, con tal hilaridad, que no controla la mecedora en la que está sentado y se da con la frente en el barandal situado a la altura de sus rodillas en el pequeño corredor y un cocazo con la pared al echarse hacia atrás. Los adultos sonreímos y los niños casi pasmados ante esta versión tan destemplada de su santo preferido. Los venezolanos que pasan los días de Navidad en Londres asistimos a los conciertos en el Bolívar Hall para oír música de su país y a una feria de comidas, que incluye hallacas y, como no se ha previsto cachapas, mi esposa Clara sugiere adicionar al jojoto demasiado acuoso que se expende en UK, la tusa y un poco de harina de maíz que le mejore la textura. Quienes lo prueban en las oficinas adyacentes a la Casa de Miranda en Grafton Way se relamen los labios.


Imagen tomada de http://sobreinglaterra.com/2008/12/07/navidad-en-londres-las-10-mejores-atracciones/

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Manuel Bermúdez

LA CURVA DEL RÍO LO IMAGINA,

LA PALABRA LO NOMBRA



Alberto Hernández

Fotos: Tatiana Hernández Cobo




La lisura del río Portuguesa lo empuja hacia nosotros. Un espejo de agua quieta, de un color que revela su hondura, nos aproxima a la mirada de Manuel Bermúdez. Fue el 13 de septiembre de 1997. Éramos tres en medio del paisanaje llanero en Camaguán: Manuel, Sael Ibáñez y quien esto escribe.

-¡Anda, acompáñame a Camaguán a hablar de un libro de Sael. Así decimos cosas, vente¡-, me invitó por teléfono con aquella manera muy particular de hablar, de pronunciarse, de decirse Llano.

Y nos fuimos. Entonces Manuel, mi profesor de posgrado de la Universidad Simón Bolívar, abrió los ojos para grabarse la planicie guariqueña y habló largo rato sobre una novela de Sael Ibáñez, también de Camaguán, como Manuel. Allá quedó el río, el que lo imagina. Y las palabras que hilvanó siempre lo nombran, porque quedaron en la corteza de los árboles, en la inquieta e irreverente orilla de la lenta serpiente líquida.

Casi dos años después, el 20 de mayo de 1999, hicimos una fiesta para celebrar el advenimiento de un libro, Valles de Aragua, la comarca visible. Y se hizo en el Teatro de la Ópera de Maracay, donde se concentraron la familia de Manuel y la mía, los amigos, alumnos y lectores.

Hace pocos meses nos reunimos aquí en esta ciudad calurosa y cálida para acompañar a un viejo llanero casi centenario, amigo de la familia, afecto de esa apureñidad que en Maracay se concentra para vivir y celebrarse. Esa noche, Manuel habló de la vida y de la muerte, de la inmortalidad, “también la del cangrejo porque ese animalito, es una vaina: camina de lado”.

Fue la última vez que lo vi, aunque lo oí por teléfono porque lo llamé para sabernos el uno del otro.

Un día, de esto hace ya varios años, con Edgar Colmenares del Valle, bautizamos una biblioteca en esta ciudad, en la casa del también académico apureño, cuya madre fue una insigne maestra de muchos montes llaneros. Manuel estaba pleno, porque cuando hablaba de su barrio Perro Seco y de sus habitantes se le inflaban el pecho y las emociones.

Manuel acaba de marcharse. Y duele decirlo. Escuece reconocerlo.

Fue nuestro profesor de semiología en la USB a comienzos de la década de los 80. Con esa experiencia de un año, la amistad se estrechó y nos hicimos familia por la vía del afecto y “porque tú no eres un poeta sifrino”.

Ese hombre llano, abierto e informal, era, no sólo miembro de la Academia de la Lengua de nuestro país, sino su magistral secretario. Fue alumno de Umberto Eco en Roma, profesor del Pedagógico de Caracas y de varias universidades, insigne conferencista, sabio del monte, aprendiz de malandrín a lo Lazarillo de Tormes, entre otros oficios donde el temple y la sabiduría mostraban sus dones.

Con el narrador Denzil Romero, su carnal, en ocasión del bautizo de una de sus novelas en la Ciudad Jardín, amanecimos borrachos y alucinados -de tanto Apure y Aragua de Barcelona juntos- en las puertas de una tasca de Las Delicias. Entonces, Manuel comenzó a hablar del sol, de tanto “astro prendido”. Horas antes, en el interior del bar, trataron de ubicarnos pegados de la bisectriz de una pared. El apureño, apuradito, dijo:

-¡No señor, a nosotros no nos arrincona nadie¡ Yo no sé tú, compadre Denzil.

-A mí tampoco-, pronunció el oriental.

Entre las carcajadas de los presentes, nos colocaron en una mesa sin rincón.

Sí, Manuel acaba de marcharse con sus libros, sus inteligentes salidas, su buen humor, su paciencia de buen maestro, su amistad infinita.

Vuelvo a la curva del río, al río material y filosófico. El tiempo retrocede: allá lejos vi su perfil de indio y negro –mezclados- frente a don Julio Garmendia, en la librería “El gusano de luz”, donde también pude acercarme, con timidez, a Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Domingo Miliani, Néstor Tablante y Garrido, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, entre otros. Era otro país, otros los sueños.

Manuel Bermúdez dejó muchos artículos de prensa, ensayos que acaban de ser recogidos en libro por el Pedagógico de Caracas, su pedagógico. Entre sus publicaciones orgánicas están Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007).

Manuel acaba de tomar la canoa. Cruza los ríos de Heráclito: el Apure, el Portuguesa, el Tiznados, el Guárico. Todos los ríos que surcan la vida y la eternidad.

viernes, 4 de diciembre de 2009

CALENDARIO LLANERO

Adolfo Rodríguez


Fotografías: Arturo Álvarez D'Armas



DICIEMBRE


La proximidad de diciembre era presentida cuando se encendían las flores de pascua o navidad entre las macollas resecas, el aguamiel de los meleros, al sol, no exhiben sus amarillos, los algodonales invitan a cosecha, los caraotales de granos pintados y las jabas (grandotas) y los frijolales maraquean. Se ensila en tambores, parte de lo cosechado, para los días invernales y alguna porción se vende, tal vez fanega y media. Hay patillas veraneras entre los algodones y hay quienes sueñan embarrar sus casas en pierna y encalarlas si da cómo. Para lo cual el maíz se esgrana, si de a poquito a dos manos y las tusas sirven de muñecas a las muchachas, que las visten con tiritas de cualquier trapo. Mientras los más pudientes apalean las mazorcas sobre tarimas (troja de palos) o canei, y caen los granitos sobre sacos de fardos o lonas. Se miden con perolas que hacen una cuartilla. que son dos kilos y medio; doce cuartillas: tres almudes que son treinta kilos y siete almudes, la carga del burro. Los saquitos e fardo cogen treinta y cinco kilos. Otros venden sus reses o rajan leña para vender, prefiriendo la de guatacaro de flor blanca y brasa grande y rojita. Las cuentan por pares: quince pares un tercio, que es la carga del burro, que si el leñador anda solo, coloca una estaca que sostiene el otro lado del sillón, mientras pega la leña.

Médanos de La Soledad, estado Apure.

El agua la buscan en lagunas, en dos barriles que hacen una carga. Los construían por allí, con madera, que si es de tarare, que abunda, se estaponan, siendo de cedro, menos montonero, los más resistentes.


De regreso del pueblo se trae café, papelón, manteca e cochino (en botellas), aliños picantes, cebolla, ajo, sal, porque lo demás se consigue en el campo: maíz criollo, chiquito, maíz cariaco, maíz amapito, para el carato o la masa después que se pisa o se pila y se sancocha; carne e cochino gordo para el picadillo (un perolón), gallina o pavo grande, que con los huevos, papas, cebollas, cebollón y ocumo esmoronao.


-nada de encurtidos


Para envolver las hallacas mejor es la hoja de topocho que los dones separan del palillo, esos tallos que los muchachos convierten en “orejas de burro” y las hacen sonar. Las largas pencas se suasan, para embarrarlas luego con la masa onotada.


Y por la noche el amarre, todos a una, congregados como en un hermoso y alegre ritual, entre cuentos, enamoramientos y gracejo, sirviéndose de cabuyas que extraen de la planta de manirito o manirote. La primera “camada” es como de cincuenta hallacas, cuando muchos andan terecos con la caña blanca o ron de caña adquirido en los alambiques del trayecto, mientras los músicos afinan el violín, el bandolín, la guitarra para una parranda hasta el amanece.


Rara era la casa donde no se hacía hallacas, persogos de hallacas, canastos que hasta se perdían.


-la hallaca no valía ná. A todo el que llegaba se le daba-

.

El carato endulzado con panelas que traían de las vegas.

Y dulce de lechoza.


Contaban tres pascuas; la de navidad, la de Año Nuevo y la de Reyes. En cualquiera estrenando, camisón, camisa, pantalón, alpargatas o sombrero.

Y antes de año nuevo, un día de libertades bajo el pretexto de la conmemoración del día en que Herodes manda degollar a los inocentes. El 28 de diciembre, llamado también Día de los Locos, porque algunos se disfrazan y, entre cantos y danzas, se apropian de lo que quieran, con el permiso incluso, de alguna autoridad y el consentimiento general. Agarrar por inocente a otro, sirviéndose del engaño, forma parte de esa especie de liberalidad plena asociada a la locura y la inocencia.


La garza en el estero, entre La Negra y Puerto Miranda.


-en diciembre es más frecuente ese asunto de romances-recuerda José Rondón

Y reflexivo agrega:


-Yo no sé que corrupción hay: si es la emoción de la gente a los pueblos... hay mucha corrupción.


El solsticio de verano parece asomando en una estancia de Lazo Martí en La Silva Criolla en la que el poeta barinés Arvelo Torrealba cree advertir tierras oreadas y brisotes característicos de la época:


“Sobre la falda / de toscas malezas entreteje / la parásita en flor, áurea guirnalda; / cuelga, blanco vellón, de su costado / el nido comenzado; / regio collar de abiertas campanillas / la trepadora mazamaza enreda / y en dos porciones la coraza rota, / despide al aura leda / del nevado cairel de su bellota / trenza brillante el orozul de seda.


“Tras la menuda flor cuaja el uvero / su gajo tempranero / sus nacarados frutos en el limo / el punzador curujujul engendra; / la maya erige colosal racimo / y desprende el merey sabrosa almendra; / señuelo de su copa en lozanía, / encendidos granates el orore / en mil estuches cría; / emulando la escarcha / el espinito su jazmín estera, / y del verde mogote en la cimera / abre su flor simbólica la parcha.


“…….. / por la margen del caño / espárcese el rebaño; / tiemblan reverberando los confines, / y borracha de sol y miel llanera, / celeste mariposa mensajera / batiendo va sus cuatro banderines”


Feliz habitador, Lazo Martí, de aquellas cotidianidades y andurriales llaneros, alguna vez cargó consigo una de aquellas “flores de pascua” montaraces y simbolizó con ella alguna congoja. .


José Ramón Medina publica en 1948 todo un poemario para cantar motivos sugeridos por tales días: Rumor sobre diciembre:


¿Quién canta el anuncio leve

del tránsito de diciembre?


Uno de tales cantos -Estampa breve para un mes- dice del “regazo tibio”, premonición de utopías: “un país de aromas que mis sueños persiguen”, “suave territorio de la infancia”, instante de escoltar “andariegas blancuras”.


Diciembre, para Jorge Plaz, es “el mes en que se limpian callejones / en los potreros y en la fundación.


/…en que se cogen las queseras / y empieza el amanse de novillas; el mes en que más bellas por las noches / en el cielo alumbran las cabrillas.


“Recogen los llaneros sus madrinas / de caballos trabajo que han de empezar / y el padrote celoso en el hatajo / lleno de ardor, se oye relinchar.


“La peonada se encuentra en los caneyes / preparando sus bestias ensilladas / y la llanura incierta los atrae / Y les brinda su amor cual un cantar.


Las noches de verano preferidas de la poetisa y maestra Luisa Rojas (Lux), desde "la desvencijada mesa" que le servía de escritorio: "las apacibles y silenciosas noches en que solo las estrellas envían a la tierra un escaso raudal de luz". Mientras que en noches de luna, "hay ecos de risas, notas de cantos, música de bandolines y aquella alegría ruidosa y frívola que no es la que ansía el alma impresionable y soñadora”, pues su deleite es con "la apacibilidad de aquellas otras...en que todo calla, todo duerme y sólo las luciérnagas describen derroteros de luz que brillan un instante y aparecen y desaparecen como la fugitiva imagen de la esperanza"


Médanos de La Soledad, estado Apure.


En tanto De Armas Chitty, también por Santa María de Ipire, recuerda que "Por días de diciembre, familias comenzaban a elaborar los papagayos. El cielo ancho... se llenaba de pájaros de papel. Sobre el cocal de la Tejería, sobre los algarrobos de El Pueblito, sobre los javillos de El Morichal, sobre los cujisales de Misa Cantada, más allá de los mamones de Juana Ruiz y del cafetal de Pilar Díaz, por el este cuando era selva y no potrero, se alzaban silbantes y agudos los papagayos. Y qué algarabía rompía el aire cuando las puntillas ocultas en las colas cortaban los tensos hilos y los globos multicolores eran aventados por la brisa. Hacia el crepúsculo, que en el pueblo de Ipire es como un país de pájaros y colores, el viento de la tarde iba empujando discretamente aquellas naves en derrota, naves de papel que encallarían en quién sabe qué lejana bahía.


"Todo respiraba alegría. Rojos y agresivos en sus cuerdas, los gallos se acondicionaban para los desafíos de la Pascua navideña. Los sambos envueltos en sus trajes de sangre oscura; los canagüeyes con charreteras rojas y doradas; los marañones, grises, con el pecho negro o blanco y las alas de púrpura; los pintos, ya rojos y blancos o blancos y negros, pero de pintas menudas, como peonías o caraotas o dados; los gallinos, jabados o amarillos terrosos. En las cuerdas de El Cerrito, de Pueblo Nuevo o Los Merecures, los gallos, muchos célebres porque habían triunfado en varios pueblos vecinos, parecían estar convencidos de su importancia.


"Cuando el pueblo era centro de algún desafío... se desbordaba en fiesta permanente. Empanadas, arepitas, carato, guarapo frío, el que se hace de papelón, limón y agua; guarapo o guayoyo, hecho con café delgado; guarapo de cañas, el extraído directamente de la caña; hallacas, hallacas de hojas, todo el arsenal de comidas múltiples del pueblo se tendía en las calles, junto a la gallera, mientras botiquines improvisados vendía licores diversos: brandi, lavagallo, guarapita, cuba libre, frescos de todo tipo. Los tarantines se multiplicaban y había en las gentes, al par del orgullo de ser hospitalarios con los extraños, el otro orgullo de poseer los mejores gallos"


Para La Guía Ecoturística de Venezuela de Miro Popic Net

El Galápago Llanero se encuentra en apareamiento.

Las Corocoras migrando de los Llanos altos hacia los bajos.

Por los bosques de galería los Morrocoyes nidifican.

La Ceiba pierde sus hojas para dar paso a la floración.

Salen de los huevos las crías de las Babas y los adultos se concentran en los cuerpos de agua permanentes.

Final del período de muda y comienzo del celo del Pato Carretero. Los machos. Formando algarabía, con sus desatentados combates, distantes las hembras. Es el único ganso venezolano y buen marido por formar pareja de por vida.

Nidifica el tautaco entre las matas.

El Barraquete Aliazul llega del Norte, el único pato norteamericano que migra a la Cuenca Amazónica.

Noviembre-diciembre, durante dos o tres semanas, los patos guiriri pico negro, guiriri picos rosado y el pato real, no vuelan porque están mudando de plumas y son depredados o cazados `por gavilanes y caricares. Los pelones huyen nadando o buceando.

Y afanosamente las iguanas hembras excavan sus nidos en la arena de los bancos, para ocultar sus huevos.

Loa vegueros la noche de Año Nuevo procuran signos en el cielo para sus siembras.


Palmas en el estero, entre La Negra y Puerto Miranda.


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA


Guía Ecoturística de Miro Popic Net, revisado en http://www.miropopic.com/ecoturistica/ (enero 2009)

LAZO MARTI, Francisco Poesías Caracas; Academia Venezolana de la Lengua, MCMLXXXVIII.

MEDINA, José Ramón. Poesías, 1961

OLIVARES FIGUEROA, R. (1960). Diversiones Pázcales en Oriente y Otros Ensayos. Caracas: Imprenta Nacional.

Ramo, Cristina y Ayarzaguena, José. Fauna Llanera: Apuntes sobre su morfología y ecología. Caracas: Cuaderno Lagoven, 1983.

RODRÍGUEZ, Adolfo. Historia de la Tierra de Ipire, 1998

RODRÍGUEZ, Ernesto Luís. Tiempo de Volver, 1982

TORREALBA, Antonio José El Diario de un Llanero, Caracas: UCV 1987.

INFORMANTES: Ana Socorro del Corral, Félix León, José (Cheo) Rivero, Rodrigo Rondón, Marcos Natera, Justo León y José Rondón.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

LA PROFESORA IRMA MENDOZA


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Ubaldo Ruiz

No es necesario haber ejecutado la profesión docente por casi un cuarto de siglo para ser portador de algunas certezas. Una de ellas pudiera ser la existencia de varias actitudes propias del docente. Estoy convencido que existen personas –no necesariamente educadores de profesión- poseedoras de actitudes cuya puesta en práctica es privativa de los discípulos de Pestalozzi, Freire y Prieto Figueroa.
Existe una “memoria de maestro”, mediante la cual tu profesor te recuerda; no necesariamente tu nombre, y en algunas ocasiones ni tu cara, pues el “almanaque” es implacable las más de las veces. El buen maestro siempre será capaz de evocar alguna circunstancia de su participación en tu formación. No importa el nivel. Puede abarcar desde el preescolar hasta el postgrado. Es probable que no exista persona que no haya conocido a uno de esos maestros memoriosos. Yo he tenido la fortuna de encontrarme con varios de ellos. Por ejemplo, la profesora Irma Mendoza.
Mi amigo Elías Michelangelli me presentó a la profesora Irma Mendoza en la época cuando ella ocupaba el cargo de Secretaria de Educación del Estado Guárico. Fue algo muy fugaz y formal. Creo que entonces no nos conocimos. Unos años más tarde fue mi profesora en el Postgrado de Historia de Venezuela de la Universidad Rómulo Gallegos en San Juan de los Morros. Después de sólo la primera clase con ella, me la encontré, días después, en uno de los pasillos de la “Casona” universitaria. Cuando me vio, no sólo me saludó por mi nombre como si me conociera de mucho más tiempo; no sólo me trató con la cordialidad de quien ofrece su amistad; durante la breve conversación que sostuvimos, fue capaz de recordar con precisión de detalles mi participación en esa primera clase. Y la de los demás compañeros también. En ese momento tuve la persuasión de que estaba ante una de esas personas docentes “de vocación”.
Otra de las características observables en los verdaderos maestros es la actitud de compartir sus conocimientos. No se trata de sólo transmitir algunas cosas en una clase. Muchos profesores hacen eso. Se creen eruditos que le otorgan un favor a sus alumnos, que son dueños de un monopolio del saber. En ocasiones utilizan esos conocimientos como mecanismo de dominación. Para manipular a sus estudiantes. Para negociar. Otros son apáticos que se limitan a repetir clichés. Pero existen unos docentes dotados de una disposición permanente a compartir sus conocimientos, y también las fuentes de ellos.
Quienes conocieron a la profesora Irma Mendoza pueden dar fe de su actitud natural a aportar en todo momento cuanto dato poseía y que consideraba podía contribuir con el fortalecimiento del saber de personas y colectivos. Con motivo de su lamentable desaparición física, hemos tenido la oportunidad de leer artículos de varios de sus amigos en Guárico, en los cuales han destacado la colaboración prestada por la recordada preceptora a instituciones de este estado.
Como profesora del postgrado de Historia nos aportó una lista de repositorios documentales de varias ciudades venezolanas. Como tutora de mi Trabajo de Grado me puso en contacto con varias personas que podían contribuir con la realización del mismo: con los directivos del Archivo General de la Nación, del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Caracas, del personal de la Biblioteca Nacional, de la Academia Nacional de la Historia; no hubo libro, documento o contacto que estuviera a su alcance, que no me facilitara.
En los Encuentros de Historiadores y Cronistas realizados en nuestra ciudad de Calabozo, la profesora Irma se presentaba invariablemente con una cantidad de datos recolectados por ella en los Archivos de Caracas, relacionados casi siempre con la presencia africana en el ámbito de la antigua Villa de Todos los Santos. Igualmente lo hizo en las conferencias que nos dictó en el Ateneo de esta ciudad. Fue amiga de Calabozo y admiradora por conocedora, del dilatado proceso histórico de esta procera localidad llanera.
En la despedida de esta amiga, se ha escrito acerca de sus muchos méritos y títulos universitarios; de su incansable labor como investigadora de la ciencia de Herodoto, Von Ranke y Marc Bloch. Compartimos ese reconocimiento; sin embargo en estas modestas líneas dedicadas a ella, quisimos destacar esa otra faceta, la de la preceptora, la docente, la maestra, la profesora Irma Mendoza.
Fotografía: Imagen de la Profesora Irma Mendoza en la BPC de San Juan de los Morros (Arturo Álvarez D'Armas)