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martes, 20 de enero de 2009

Discurso de investidura de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos, martes 20 de enero de 2009*

Queridos conciudadanos:
Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.
Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas.
En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.
Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas.
Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.
Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras.
Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.
Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia.
Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.
Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama.
Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.
Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grandes que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.
Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.
Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos.
Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.
Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.
Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna.
En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.
Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos.
El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones.
Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.
Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos.
Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.
Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones.
Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.
Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.
A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias.
Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.
Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo.
Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.
Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.
Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades.
Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.
Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.
Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.
Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:
"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".
América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir.
Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

*Tomado de: http://www.talcualdigital.com/Avances/Viewer.aspx?id=16451&secid=1

La voz del nuevo Presidente de EE.UU.*

MICHIKO KAKUTANI


La crítica literaria del New York Times, una de las más influyentes de ese país, desnuda el carácter de Barack Obama y sus apetencias intelectuales, a través de sus lecturas preferidas.


Se ha hablado mucho de la elocuencia de Obama, su habilidad para usar palabras convincentes, enaltecedoras e inspiradoras en sus discursos. Pero su apreciación de la magia del lenguaje y su amor por los libros no sólo lo han dotado con una rara habilidad para comunicar sus ideas a millones de norteamericanos, contextualizando al mismo tiempo ideas complejas sobre raza y religión, sino que también le han permitido formarse una apreciación de quién es él y de cómo visualiza al mundo.


El primer libro de Obama, "Dreams From My Father", sugiere que él siempre ha buscado en los libros un modo de adquirir conocimientos e información de otras personas. Recuerda haber leído a James Baldwin, Ralph Ellison, Langston Hughes, Richard Wright y W. E. B. Du Bois cuando era un adolescente que intentaba aceptar su identidad racial y que, más adelante, durante una fase ascética en la universidad, se sumergió en las obras de pensadores como Nietzsche y San Agustín en una búsqueda espiritual e intelectual para comprender cuáles eran sus verdaderas creencias.


Cuando era un niño y vivía en Indonesia, Obama se enteró del movimiento de derechos civiles en Norteamérica a través de libros que su madre le entregaba. Más adelante, al organizar comunidades en Chicago, se inspiró en "Parting the Waters," la primera parte de la biografía de Taylor Branch sobre el reverendo Martin Luther King Jr.

Recientemente, hay libros que le han dado a Obama algunas ideas concretas sobre gobierno: se ha comentado que "Team of Rivals", de Doris Kearns Goodwin, sobre la decisión de Abraham Lincoln de incluir a antiguos oponentes en su gabinete, influyó en su decisión de nombrar a su principal rival en el Partido Demócrata, Hillary Rodham Clinton, como Secretaria de Estado. Y libros sobre los primeros cien días como Presidente de F. D. Roosevelt y "Ghost Wars" de Steve Coll sobre Afganistán y la CIA le han proporcionado un útil material informativo para algunos de los miles de desafíos a los que se verá enfrentado en su cargo.

Obama tiende a tener un enfoque muy estudioso con respecto a la lectura: reflexiona a fondo sobre las ideas de los autores, seleccionando aquellas que describen detalladamente su visión del mundo o que abren nuevas sendas de investigación.

Su predecesor, George W. Bush, en comparación, leía libros a la carrera o adoptaba apasionadamente la tesis de un autor como una idea fija y prefería libros preceptivos. Obama, por otro lado, siempre ha buscado historias no ideológicas y obras filosóficas que abordan problemas complejos sin soluciones fáciles.

Además, el amor de Obama por las obras de ficción y poesía - en su página de Facebook se mencionan, junto con la Biblia, los trabajos de Shakespeare, "Moby Dick" de Herman Melville y "Gilead" de Marilynne Robinson, las obras completas de Lincoln y "La confianza en uno mismo" de Emerson - no sólo le han dado una mayor conciencia del lenguaje, sino que también lo han imbuido con un sentido trágico de la historia y un sentido de las ambigüedades de la condición humana.

Obama ha dicho que escribía "poesía muy mala" mientras estaba en la universidad y su biógrafo, David Mendell, sugiere que en una época "albergó alguna idea de escribir obras de ficción como una vocación". "Dreams From My Father" demuestra cierto talento para relatar historias y aquella rara combinación de empatía y desapego que poseen los novelistas talentosos. En dichas memorias, Obama logró transmitir sin esfuerzo puntos de vista distintos a los suyos, evocando al mismo tiempo los variados lugares en los que vivió durante su nómade infancia.

Para Obama, la identidad y la relación entre lo personal y lo público continúan siendo cruciales. Ciertamente, "Dreams From My Father," escrita antes de participar en política, fue una búsqueda autobiográfica para comprender sus raíces, en la que se proyectó como un Telémaco en busca de su padre y un Odiseo en busca de un hogar.

Muchas de las novelas que admira están relacionadas con la identidad: "La canción de Salomón" de Toni Morrison trata de los esfuerzos de un hombre por descubrir y aceptar sus raíces; "El cuaderno dorado" de Doris Lessing relata la lucha de una mujer para articular su propio sentido de ego, y "El hombre invisible" de Ellison intenta resolver la dificultad de la autodefinición en una Norteamérica consciente de las diferencias raciales. Los poemas de Elizabeth Alexander, a quien Obama eligió como su poeta inaugural, sondean la intersección entre lo privado y lo político, el tiempo presente y el pasado, en tanto los versos de Derek Walcott exploran lo que significa ser un "niño dividido", atrapado entre las márgenes de diferentes culturas, tal vez dislocado y desarraigado, pero libre para inventarse un nuevo ser.

Esta noción de autocreación es profundamente norteamericana -uno de los principios fundadores de este país y un tema tratado por clásicos como "El gran Gatsby"- y, al parecer, tiene gran influencia en la imaginación de Obama.


*Tomado de: http://diario.elmercurio.com/2009/01/20/actividad_cultural/actividad_cultural/noticias/818BA450-F0C1-4319-BEE2-A03B1EDAC65D.htm?id={818BA450-F0C1-4319-BEE2-A03B1EDAC65D}

LA CIUDAD PERDIDA*


Carmen Victoria Méndez



Los tres millardos de bolívares de los de antes que el IPC destinó para el rescate de las ruinas de Nueva Cádiz se esfumaron, denuncia el arqueólogo Jorge Armand Navarro

N ueva Cádiz, la primera ciudad fundada en el continente americano, todavía encierra muchos secretos para Jorge Armand Navarro. Ayer, el arqueólogo y antropólogo recibió el premio del II Concurso de Investigación Histórica de la Fundación Francisco Herrera Luque, tras haber excavado los restos de la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción, el primer edificio público construido en el país.
A pesar del éxito de su investigación, Armand confiesa que la ciudad enterrada en la isla de Cubagua sigue siendo un enigma para él, pues apenas logró ejecutar la primera parte del proyecto de recuperación de las ruinas de Nueva Cádiz que le encargó el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC).
Tras ocho meses de excavaciones, el IPC decidió suspender los trabajos sin rendir cuentas. "La Contraloría debería investigar el caso de Cubagua, pues el presupuesto aprobado inicialmente para este trabajo ­tres millardos de bolívares de los de antes­ se esfumó de manera extraña y misteriosa".
La institución estatal tampoco reveló el destino de las piezas halladas por Armand y su equipo.
El proyecto original del IPC incluía la recuperación física de las ruinas y la construcción de un museo in situ en lo que alguna vez fue Nueva Cádiz. Para Armand, "Cubagua posee una riqueza histórica única y su potencial turístico es grande, un hecho que lamentablemente todos los gobiernos han ignorado. La actual administración prometió hacer de Cubagua un nuevo polo de desarrollo turístico sobre la base de la recuperación de las ruinas, pero las excavaciones tienen meses abandonadas, el monte está volviendo a crecer y temo que el trabajo que habíamos adelantado se pierda".
Además de la investigación arqueológica y la construcción del museo, el proyecto incorporaría a la población local ­a través de los consejos comunales­ en las labores de preservación del patrimonio histórico de Cubagua. Una inversión posterior abarcaría la compra de plantas desalinizadoras de agua, la construcción de medicaturas, escuelas y muelles, así como la creación de cooperativas de turismo. "Sin embargo, el presupuesto no se terminó de ejecutar. La plata alcanzó apenas para financiar los honorarios de mi equipo, integrado por siete personas. Es algo que debe investigarse, porque nuestros sueldos eran modestos y no es posible que se hayan consumido todos los recursos en apenas ocho meses".
El arqueólogo explica que el apoyo del IPC fue limitado. El equipo llevó a cabo las excavaciones sin contar con una carpa para alojarse y resguardar las piezas.
"Tampoco disponíamos de lancha propia a pesar de que debíamos cruzar el mar a diario. Las condiciones de trabajo fueron tan desfavorables que hallamos cinco esqueletos, pero tuvimos que volverlos a enterrar porque el IPC no proporcionó los materiales para protegerlos", dice Armand.

LETRINA DE PESCADORES
La basura y la maleza han ocultado por mucho tiempo casi 500 años de historia. "Nueva Cádiz está convertida en la actualidad en la letrina de los pescadores, pero a pesar de ello todavía es posible hacer nuevos descubrimientos", comenta Armand.
La ciudad fue fundada el 12 de septiembre de 1528, pero el trazado de sus calles, las fundaciones de sus casas y otros vestigios arquitectónicos se conservan intactos. "El hecho de que en Cubagua no se hayan podido construir grandes desarrollos turísticos como los de la isla de Margarita ha contribuido a preservar el legado de la ciudad prácticamente sin la intervención de especialistas en patrimonio. La buena noticia es que las ruinas aún existen, pues por aquí jamás ha pasado un bulldozer", di- ce el arqueólogo.
Armand ha continuado la línea de investigación del científico hispano venezolano José María Cruxent, considerado por los entendidos como pionero de la investigación antropológica en el país. Cruxent llevó a cabo las primeras excavaciones que tuvieron lugar en Cubagua en 1954. En esa expedición, el científico descubrió las ruinas de Nueva Cádiz.
El año pasado, Armand dio con los restos de la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción de Cubagua, que es reseñada en las crónicas de la época. Se trata de una iglesia de dimensiones pequeñas que aparece en varios textos como "el edificio público más antiguo del país, así como la Iglesia Cristiana más antigua fundada en Suramérica".
Otro hallazgo de Armand es el cementerio de la antigua ciudad, así como una pila de agua bendita en la Iglesia Mayor de Santiago y el altar de la capilla del convento.
Tras dar cuenta de los descubrimientos, Armand y su equipo se abocaron a la limpieza y a una "restauración de emergencia" de los restos de la ciudad, que incluyó la recuperación de los muros de algunas casas.
Aunque el proyecto in situ está detenido, el investigador cuenta con un arsenal de apuntes y fotografías que servirán de base para trabajar en el laboratorio. "La meta es elaborar una publicación con las conclusiones del estudio. Lo único que puedo adelantar es que hemos percibido que Nueva Cádiz era más grande de lo que se creía".
El proyecto de Armand, titulado Auge y decadencia de Nueva Cádiz de Cubagua, investigaciones arqueológicas, fue seleccionado por el jurado calificador del II Concurso de Investigación Histórica de la Fundación Francisco Herrera Luque. El dinero del premio 18 mil bolívares fuertes, será destinado exclusivamente a la investigación.

*Tomado de: TalCual, Martes 20 de Enero de 2009, pag 26 , http://128.241.247.85/ediciones/2009/01/20/default.asp