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viernes, 27 de marzo de 2009

POÉTICA DEL SILENCIO

Alberto Hernández*



“Para un poeta la muerte es apenas un hueco

lleno de palabras”, dijo usted. Yo pude oírlo

-Alberto Garrido-

(Caronte ha muerto)







I


Me tocó verlo el 23 de julio de 1980 en el Teatro Municipal de Caracas. No concebía pasar por la vida sin acercarme por segunda vez a quien se había apoderado de mi voluntad corporal. Marcel Marceau, el venido de las mismas ansias de Etienne Decroux, era una suerte de fascinación, el ánimo que el tiempo no borraba pese a los dolores que el cuerpo -tan dado a traiciones- acusaba por los golpes, caídas y desmesuras.

La primera vez fue en una calle de París en la década de los 70, ya no recuerdo el nombre de la rue. El frío de aquellos días era espantoso y, el hombre, aquel Marcel Marceau sin maquillaje, caminaba como si pisara las nubes de un invierno bíblico. Flotaba en medio del ruido cotidiano, de todas las máquinas juntas, de los gritos de los vendedores de fortuna, del silencio de un mimo pegado a la pared por los efectos de una historia que no logré entender, y que aún no termina.

Estuve cerca de sus alumnos, tan cerca que recuerdo sus sudores. Miré con toda la mirada lo que hacían, lo que me traducía inútilmente un amigo español que llevaba toda la vida en esa ciudad donde el escalofrío revisa aún la suerte de haber sido parte de una anécdota. Aquella que aún hace carambolas con los ejercicios del alma y corporales.


II


Bajo un arco, rodeado de máscaras, Marcel Marceau

entrega sus ángeles y demonios. Inicia la metáfora del silencio eterno: calumnia la belleza

de un gesto que trata de atraparlo mientras construye el clima de su Bip. ¿Quién no se recrea en los giros de Charles Dullin? Manifiesta perplejidad esa de estar a la orilla del precipicio y flotar, mariposear, alzar el vuelo y no caer nunca.

Dos rostros, los del viejo teatro griego (risa y llanto), logran el equilibrio de los brazos del francés. Abajo, en el sótano, otras tres máscaras: burla, reflexión, tragedia. Todos los sentidos puestos en esa inteligencia superior, la que el silencio crea, la que el gesto descubre más allá de cualquier palabra, más allá del ruido de la guerra, del sonido de la paz, tan cuestionada.

En todos los espacios estuvo Marcel con su teatro. Patios, estacionamientos, casas viejas, sótanos, apartamentos en préstamo o alquilados, en la calle para fundar la angustia desmedida de quien oye el adentro de la sangre. Un mimo hace pantomimas bajo la lluvia. Un poema se despega del paladar, irrumpe en una iglesia: inventa a Dios.

Y es tanta la divinidad que levita el hombre.


III


Contada la historia con sus propias ¿palabras? se ha ido el hombre. Ha muerto el hombre. Queda su silencio, el mismo de antes, el que se recrea en los gestos del rostro y de las manos. Cuerpo en ausencia, registra su vuelo en el próximo escaño de una escalera que lo lleva a otro personaje.

Fundador de todos los temas, Marcel Marceau sigue atento a cualquier sonido para acallarlo. Muchos son los aplausos, silenciosos.


Fotos: El autor, Alberto Hernández, en sus tiempos de mimo en Maracay.

*Escritor, periodista y poeta venezolano (Maracay, estado Aragua)

DIARIO DE INVIERNO MOSCÚ-2008

Edgardo Malaspina*














MARTES, 23 DE DICIEMBRE

6 grados bajo cero

Es casi la una de la madrugada y no puedo pegar un ojo. Por las rendijas de las ventanas se cuela el frío. Me asomo por el balcón. Nuestras hallacas cuelgan congeladas “al abrigo de los vientos”. Amanece con la primera nevada fuerte. El suelo esta cubierto por una capa blanca de nieve. Unos hombres limpian los caminos con grandes palas y lanzan puñados de arena con sal. Los zapatos sobre la nieve producen un sonido peculiar. Nuestros maestros en el hospital nos recomendaban recordar ese ruido a la hora de detectar con el fonendoscopio una posible pleuresía. En la entrada del Metro hay muchas viejitas pidiendo limosnas. Conozco una nueva palabra rusa: bomzh. En realidad son las siglas para denominar a los indigentes y que puede traducirse como “sin un lugar o vivienda determinada”.


En el socialismo había mucha ideología y filosofía por la radio, la tv, la prensa escrita y hasta en vallas publicitarias. Ahora hay mucha apología a las bondades del capitalismo, el mercado libre, los negocios y las transacciones en dolares. Da la impresión que los rusos tienen nostalgia por el zarismo: aparecieron instituciones zaristas que fueron prohibidas durante el socialismo como los liceos y las tabernas. En la tarde caminamos hasta el Museo de las Muñecas, fundado en 1996 con piezas que arrancan desde el siglo XVII. . Recoge más de 6 mil muñecas de casi todos los países del mundo, especialmente de Europa, las cuales están acompañadas con otros juguetes como casitas, comedores y vestidos. De regreso entramos al templo dedicado a los santos-médicos Cosme y Damián en la calle Maroceika.. Estos médicos, de Asía Menor, vivieron en el siglo III, y aquí en Rusia se les venera como los santos de los enfermos. El primer templo, de 1547, era de madera y desapareció tras un incendio. El actual fue construido en 1793. Aquí solía rezar Dostoyeski cuando visitaba a sus familiares. Al lado vivió el gran poeta ruso Fet. Al salir de la iglesia sentimos el frío más fuerte. Entramos a un cafetín para calentarnos, que aquí se llaman shokolatnitzha. Su slogan es “nuestra filosofía es la dulzura de la vida”. En la noche Lida nos ofrece un brandi usado para preparar tortas borrachas. Nos cuenta un cuadro onírico que la persigue desde hace un tiempo: sueña que es 1976 y está largo tiempo en una cola para comprar comestibles. Ella cataloga ese sueño-ritornelo de pesadilla socialista porque ahora no hay colas ni escasez de alimentos.








































*Cronista, médico, poeta e historiador venezolano (Las Mercedes del Llano, estado Guárico)