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martes, 3 de noviembre de 2009

Para llegar a Efraín Hurtado

UNA LECTURA POR DENTRO



Alberto Hernández


1.-


La poesía de Efraín Hurtado suscita un placer extraño. Como lectores, sentimos una voz interior que nos inunda. Es la participación de la imagen con el que consume la palabra de un poeta que no extravió sus pasos. No es el simplismo de la grafía por sí misma. No es regodearse en la palabra como muestra exclusiva, no, el poeta nos dota de su experiencias vitales, porque vivió por encima de todo el valor de la palabra para hacerla belleza y nombrar para descubrir.

Esa estética de la candela, moldeada con el ojo, porque éste es el receptor de su forma, ha sido interpretada desde el fuego mismo. Imagino al poeta mirar las quemazones de las rozas, matorrales y bahareques en medio de la sabana. Por eso el placer entraña una cierta disposición para reflexionar. Llegado el momento de reunir la unidad, miramos una poesía totalmente distinta a los giros logrados por poetas anteriores. Podría haber una referencia en Lazo Martí, sin embargo rechazamos el milagro por cuanto Lazo fue más de los vocablos para mirar al hombre –incitarlo- y el paisaje –dibujarlo-, mientras que Efraín Hurtado ve (y va) más allá del paisaje, lo mira desde adentro, lo rescata y lo posesiona del espíritu de las cosas, animales y –por último- de un referente intelectual esquivo. Es decir, el hombre como personaje es una idea que circunda la profundidad del paisaje, lo interpreta cuando ya se encuentra inmerso en sus fenómenos.

La idea anterior la podríamos sustentar con Nadie ha tropezado la aldaba del portón/ la tranca no se rueda, en Señor viento. Nadie, sin embargo, ha provocado el movimiento, el roce material, pero no hay asomo de hombre alguno. Es el viento. Se le “escurre en la cara”, pero al poeta, para decirnos que está vivo frente al único elemento que podría espantar al fuego.


2.-


Si no es una imagen contrapuesta, a la candela, por supuesto, nos acercaría, por lo menos a dos posibilidades. El viento aviva el fuego, pero también lo extingue, lo consume. Una vez avivado con su fuerza de señor de los llanos, alisio poderoso, lleva el calor hacia los rostros. Un mensaje tibio, de resequedad de la piel, de sed interior. Otras veces es el señor viento en todos sus rincones. Se posesiona de los espacios y recibe del poeta la venia y el saludo.

La casa cunde, vuelve a la vida con el viento. Retomamos el fuego y observamos las dos imágenes.

…ese todo de tierra hablando la mayor inclemencia, como señala Luis Alberto Crespo en la presentación de Escampos, resume lo anteriormente dicho. La intemperie, la inclemencia, la sequía, la candela, el viento, toda una síntesis de un paisaje cuyos ciclos merodean para revitalizarlo.


3.-


La palabra nombra y designa. Cada abolladura de nubes, presagios de lluvias, huecos de candela en el cuerpo de los pájaros es la nomenclatura que usa Efraín Hurtado para que la poesía exista. Abordaje del asomo: lo demás queda de parte del lector. Descifrar cada imagen penetrada por la mirada aguda del poeta.

Si el fuego es imagen recurrente en la poesía de Hurtado, otros elementos inciden en la presencia del paisaje. Al parecer, la voz del poeta calaboceño se reconcentra en darle mayor significación a ese elemento devastador, porque el llano, en un ciclo, se convierte en panorama de ingrimitud donde sólo la ceniza es la dueña y el viento su conductor.

En Escampos hay abundancia de soledad. Hay la palabra girando sola. Despojada de voces, de sobras, de ripios, nos encontramos con la referencia de ser uno de los poetas más alejados de la tradición paisajística llanera.

El olvido, la desidia de los editores, lo han convertido en una sombra ambulante en el panorama literario nacional. De allí que se haga cada día más imprescindible.

Hurtado restañe las heridas de una poesía que naufragó por estas tierras y se hizo edificio de sistemas semánticos, una estética de la desolación, una imagen robusta, densa, embargada por la luz de ese fuego que brilla como el misterio, en lo negrote los ojos, en la vestimenta de sus muertos, de esos fantasmas que engullen las sombras.

Un estudio de Efraín Hurtado, como totalidad, es necesario. Tanto como se ha hecho con los poetas de su tierra. De lograrse podríamos entender el arraigo de una cultura que de no interpretarse quedaría relegada a la nostalgia.