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viernes, 7 de mayo de 2010

DISCURSO EN EL AULA MAGNA UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA


Germán Carrera Damas
Profesor Titular III, jubilado
Escuela de Historia
Facultad de Humanidades y Educación
Universidad Central de Venezuela





Es muy alto el honor que hoy me confiere esta Casa, de la que soy hijo intelectual y, en no menor parte, hijo espiritual. En ella sentí consolidarse la convicción de la que hablé a mis colegas, profesores y estudiantes de mi Escuela de Historia, en el acto conmemorativo de su cuadragésimo aniversario. Dije en aquella también honrosa ocasión, que estudiar historia es aprender libertad. Y de esa libertad históricamente aprendida me valgo hoy para decirles lo que esta conmemoración representa para mí: Tenemos doscientos años defendiéndonos de la amenaza del despotismo.
Enfrentar el despotismo es la forma más inhumana de luchar por la libertad, que es el más humano de los valores después de la vida; porque sin libertad la vida derrama su savia. Ese es el mensaje que esta Casa nos envía cada vez que escuchamos su himno; cada momento en que tenemos presente que su misión institucional es vencer las sombras. No hay sombras más aciagas que las echadas por el despotismo sobre la libertad. Esas sombras no sólo oscurecen los caminos hacia el futuro, sino que ocultan y desvirtúan el pasado,
Durante doscientos años los autócratas que han logrado hacerse del gobierno, han alimentado la conciencia histórica del pueblo con la perversa confusión entre Independencia y Libertad; que no son en absoluto sinónimos. Y se ha hecho de nuestra obra, iniciada el 19 de abril de 1810 y proseguida el 5 de julio de 1811, una víctima de esa perversidad, alevosamente manejada por los mandones de toda pinta para escudar su despotismo tras la conseja de que “Venezuela es un país libre”; y así poder mantener oprimido a su pueblo; sin que logre mediar la solidaridad internacional. Se valen esos déspotas, y sus cómplices en mala hora borlados, de una grande y alevosa mentira. Se escudan tras una coartada que ha brindado impunidad a las etapas de la privación de su libertad a este pueblo, que ha luchado por ella con su sangre y su sudor durante doscientos años. Para que el engaño quede al descubierto basta recordar que se puede lograr independencia hacia el exterior, sin que haya libertad en lo interior.
Nacimos, como República, definitiva y perdurablemente conformada, en el seno de nuestra más grandiosa creación sociopolítica: en el seno de una República de Colombia que reiteradamente se proclamó independiente por sus armas y libre por sus leyes. Pero durante doscientos años se ha pretendido que las armas sirvieran sobre todo para ahogar los períodos de libertad en los que los venezolanos hemos persistido patrióticamente, porque no concebimos una Patria sin libertad; porque así la institucionalizaron los constituyentes de Cúcuta en 1821, siguiendo con fidelidad mejoradora la “Ley fundamental de Colombia”, también promulgada en Angostura, el 17 de diciembre de 1819, por el mismo gran arquitecto de estados independientes.
La definitiva institucionalización de la República venezolana, en el seno de la institucionalización de la República de Colombia, moderna y liberal, marcó la proyección de lo iniciado, para la mayoría de los pueblos que conformaron esa República, en Caracas, el 19 de Abril de 1810. Fue una fecha civil, que debemos rescatarla hoy como una acción civil, de una enorme trascendencia civil, histórica. Nunca militar. A esa fecha se le ha querido desvirtuar, en su significación, con un desfile de pantomimos. Vale la pena recordar, a este respecto, lo que señalan los obispos en su Carta Pastoral sobre el Bicentenario, acerca del hecho de que el 19 de Abril y el 5 de Julio “ocurrieron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad”.
Permítanme invocar un título que podría contribuir a legitimar mi presencia en esta tribuna. Hace medio siglo, en esta mi Casa, escribí y publiqué un incipiente ensayo sobre los que denominé “Los ingenuos patricios del 19 de Abril y el testimonio de Bolívar”, refiriéndome a los tan denigrados pioneros de nuestra procura de baluartes legales para propiciar la búsqueda de libertad, salvaguardándola del despotismo. Sobre esos patricios y los el 5 de julio de 1811 han caído, con ahistórica perpetuidad, el desdén, y hasta la burla, de los hombres fuertes; fuertes de la irracionalidad; porque ningún enemigo de la libertad puede ufanarse de racionalidad.
Pero sobre ellos ha caído, también, la extrapolación abusiva de la injusta recriminación bolivariana, estampada en el Manifiesto de Cartagena. Ignoran quienes repiten esos cargos, -con ánimo que benévolamente califico de extraviado-, que al repetir esos cargos exhiben un flaco sentido histórico. El mismo airado joven que intentó eclipsar con sus infundadas imputaciones sus propias fallas, luego en Angostura, aquietado por la tenaz realidad de la lealtad popular a nuestra Corona; y vapuleado por la adversidad militar y política, rindió un encendido tributo a los que había tildado de repúblicos aéreos; refiriéndose a la obra constitucional de una elite civil ilustrada que representó, en aquel difícil momento, la esencia institucional de la inminente República. Permítanme que, de paso, me apiade de quienes, pretendiendo hacerse pasar por historiadores, dicen que esos ilustrados patricios representaban una especie de burguesía colonial, ajena a los intereses del pueblo, contraviniendo lo dicho por el barbudo de Trevis y su compañero de pluma, en ese librito que recorre el mundo, sembrando fantasmas, desde 1848: “La burguesía ha jugado en la Historia un papel altamente revolucionario.”
Hoy, también en esta mi Casa, digo que para honra y salud de nuestra Patria, aquellos ingenuos patricios siguen vivos y luchando, en las aulas de esta Casa; en las calles y barrios de esta Patria; en las cárceles secuestrados; en el exilio; y acosado su legado por la agresión del engendro parajudicial, que arroja sombras de ingratitud sobre esta Casa comprometida a vencerlas.
Ilustre Rectora
Honorables Vicerrectores y Secretario
Distinguidos miembros del Consejo Universitario
Colegas profesores
Compañeros estudiantes, y decirles así no es por halago, tampoco por cumplido: soy estudiante de la Historia, escrita con H grande.
Universitarios de todos los sectores, áreas y niveles profesionales.
Me niego a dejar esta tribuna sin confiarles algo que me ha tomado más de medio siglo aprender. Es esto: Los hombres interrogamos la Historia, no tanto para comprender el pasado histórico, -vale decir el que sintetiza las etapas del tiempo cronológico- sino para contrarrestar el temor a la incertidumbre. Pero, a su vez, los pueblos comparecen ante la historia, ante su historia. No lo hacen porque ésta sea tribunal, sino porque es la manera cierta de rendirse cuentas a sí mismos. Y me pregunto: ¿Cómo debería sentirse un pueblo que tras doscientos años de padecer y vencer, alternativamente, el despotismo, se halla hoy asediado por el despotismo?
Sería fácil, engañosamente fácil, sintetizar la respuesta en una sentencia: ese pueblo debería sentirse abrumado. Pero nosotros, pueblo venezolano, no nos sentimos abrumados. Que no se me interprete a la ligera, porque digo tal cosa. No soy optimista, si por serlo se alude a quienes optan por evadirse de la realidad. Cultivo la certidumbre histórica; y ésta me dicta una lección, que es extensa,-muy al gusto de los historiadores-, pero que paso a resumir para ustedes: cuando yo nací, en 1930, sólo unas pocas decenas de jóvenes habían dado el paso al frente contra el despotismo que, con altibajos que apenas presentaba mella en su esencial continuismo, dominaba esta tierra, que falazmente proclamaban libre sus tiranos. Cuando era liceísta vi nacer, a partir de 1945, la Democracia. Venezuela se llenó de hombres, mujeres y jóvenes que nos empeñamos en descubrir la verdad de la Libertad y de la Igualdad. Hoy me siento inconteniblemente orgulloso de pertenecer a un pueblo heroico que no sólo ha resistido, y resiste, los embates del despotismo, sino que avanza resuelto a obligarlo a disiparse.
Y me siento particularmente orgulloso de haberme formado en esta Casa; de pertenecer a esta Casa, que dio un paso al frente en 1928, y que lo da ahora, probándose consecuente en el cultivo de la Libertad y en el rechazo de todo lo que pretenda empañar el resplandor de la Libertad.
Sí, es un alto honor el haber sido encargado de hablar ante ustedes. Pero debo confesarles que temo haber sorprendido a quienes pudieron esperar de mi que dictase una clase magistral. Y espero que esa sorpresa sea motivo de agradecimiento, pues éste no me parece el lugar, ni ésta la oportunidad, de una nueva radiografía de los hechos del 19 de Abril, que todos ustedes conocen. He podido hacerlo; y lo hubiera hecho de no ser porque creo que comienzo a comprender la Historia; y habiendo penetrado un palmo en su sentido, me siento más comprometido con una suerte de precepto que alguno de Ustedes quizá me haya escuchado decirlo: “Soy historiador, y por serlo me interesa el pasado; me interesa mucho el presente; me interesa sobre todo el futuro”. Y es la observancia de este precepto, lo que me induce a vivir en esa dimensión especial, ya mencionada, que denomino el tiempo histórico, es decir la dimensión que sintetiza, dinámicamente, las tres también mencionadas etapas del tiempo cronológico.
Como historiador, he sido honrado con la oportunidad de hablarles. Como historiador que ha predicado sobre la responsabilidad social del historiador, he hablado. Pero, también, como historiador no puedo sustraerme a uno de los lugares comunes del oficio, que consiste en hacer citas textuales con indicación precisa de las fuentes. Debo, por consiguiente, hacer cuando menos una de esas citas; y se me ocurre ésta: ….”Estamos de regreso de la larga etapa sombría. La historia trabaja en el mejor rumbo. Y a ayudarla se ha dicho. Porque no camina sola.” Eso escribió Rómulo Betancourt a Juan Bosch, el 30 de diciembre de 1955. (Rómulo Betancourt. Antología política, Vol. VI, p. 430).
Permítanme despedirme exclamando: ¡Por una Universidad Central autónoma, libre y democrática, en una Venezuela independiente, libre y democrática!
Caracas, 21 de Abril de 2010

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