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martes, 16 de marzo de 2010

DIARIO DE VERANO Moscú, 5 DE SEPTIEMBRE de 2006

Edgardo Malaspina










Estamos en el decanato de medicina de mi universidad. Frolov me obsequia su libro más reciente de fisiopatología. Damos un paseo por la Facultad de Medicina. El Museo de Anatomía me trae muchos recuerdos con sus vidrieras llenas de órganos y huesos, su pulcritud y su silencio. En mis tiempos de estudiante asistía al museo con la misma predisposición espiritual con que uno visita un templo. Entro al laboratorio donde trabaja Tolia Pasechnik, un profesor que habla español y con quien hice una buena amistad: está allí sentado, pensando, igual que hace quince años atrás. Solía rodearse de retratos de filósofos. Sostenía la tesis de que muchos experimentos médicos podían ahorrarse con sólo recurrir a la filosofía. Si se está seguro de algunos resultados lógicos, entonces no vale la pena hacer experimentos y perder tiempo y dinero. Además, argumentaba que la eliminación de ciertas enfermedades infecciosas trajo como consecuencia el surgimiento de otras denominadas de la civilización o del siglo XX como las cardiovasculares. Afirmaba que la lucha contra las enfermedades no debía romper el equilibrio de la naturaleza. Él mismo se autodefine como un pesimista en los temas médicos y en la vida, en general. Acepto un cigarrillo que me ofrece Tolia, quien como antes empieza hablar de Hegel. Fumamos y tomamos café. Le hago la pregunta de rigor sobre el cambio de sistema y contesta: “Todo parece mejor ahora. Pero son apariencias que esconden muchas mentiras. En realidad las cosas no marchan con los sueldos miserables que recibimos los intelectuales. Estamos mal y estaremos peor. Ahora la iglesia es aliada del gobierno. Pero esa es una alianza comercial: los monasterios venden vodka y vino, y que benditos…”


La universidad ha crecido y tiene su propia policlínica, cuyo director es Alexander Xodarovich. Alexander o Sasha terminó la carrera junto conmigo. Lo saludo y hablamos. De entrada me dice: “No puedo decir que es mejor. Destruimos el socialismo y no construimos el capitalismo. Ambos sistemas tienen cosas buenas y malas. Sin embargo, en materia de asistencia médica nos hemos atrasado. Ahora nuestra medicina es inhumana. Me niego aceptar que un niño no pueda operarse en una emergencia, por ejemplo, porque sus padres no tengan dinero. Eso no fue lo nos enseñaron cuando estudiamos medicina durante el socialismo. Teníamos una medicina para todos que ahora es para unos pocos…”


Damos un paseo en barco por el río Moskva. Hay poco gente en la embarcación. Natalia, María, Natalí y yo nos sentamos en una mesa con vista a los paisajes moscovitas. Desde el segundo piso la brisa sopla y arrastra agua del río que refresca nuestros rostros. Bebemos cervezas. Un desfile de edificaciones pasan por nuestros ojos: el Kremlin, el monumento a Pedro El Grande, el templo de Cristo Salvador, Las Montañas de Boroviski, antiguamente llamadas de Lénin.