VIDEOS DE INTERES

jueves, 10 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

UN BALAZO EN LA SIEN

Alberto Hernández
Los hombres de verdad se suicidan en las chiquiticas, en los extremos. No, definitivamente. No se trata de tomar un revólver y descerrejarse un tiro en la cabeza. Es más simple, se trata de pedirle perdón a Dios y después pegarse un balazo en la sien izquierda o derecha, según sea diestro o siniestro el héroe, que no es igual, pero para los efectos de la fotografía es la misma vaina. La historia sabe de estas cosas. De los misterios y secretos que se guardan hasta que se sabe todo. Los organismos de seguridad suelen ocultar parte de la historia, pero los curiosos siempre dudan y le ponen sal al caldo. La muerte, por ejemplo, del presidente Allende estuvo rodeada de historias. Al desclasificarse la verdad –más anécdota que fondo- quedó al descubierto que el doctor Salvador Allende se pegó un tiro y se desfiguró el rostro. ¿Fue un acto de cobardía? Para los que nunca hemos olido la pólvora, pero intuimos que un disparo duele, se trata de una acción heroica, como la que llevaron a cabo los hermanos de la resistencia en Lídice contra la SS de Hitler.
Un balazo en la sien a tiempo puede salvar la patria. O la vida de muchos. O la propia historia de quien hala el gatillo. No es cinismo, pero tiene sus rasgos de bondad divina. El suicidio puede aparecerse con muchos rostros, muecas y gestos. Hay suicidios muy largos, casi eternos: una dictadura, por ejemplo. No luchar contra ella significa aceptarla y ser pasto de los abusos del poder absoluto. Una mujer o un hombre fastidiosos: ambos se consagran en tales al abandonar la cama.

La bala que le quitó la vida a Ezequiel Zamora en Cojedes le dio un respirito a los hostigados habitantes de aquella Venezuela y “salvó” lo poco que quedaba de país, aunque después de la estampida Venezuela tuvo que pasar por otros dolores para poder exterminar el caudillismo. Escaramuzas y una larga dictadura cuya paz era perfecta, puesto que se expresaba en los cementerios. Zamora fue un episodio más de la historia de este país. Zamora fue otro pistoletazo en la cabeza. Zamora fue su propia traición.

Ahora, luego de la borradura que significó Gómez, traducida en la pasantía guerrillera de un Maisanta, de un Arévalo Cedeño, de un Mocho Hernández o de los muchachos de los años sesenta del recién fenecido siglo XX (salvando las distancias pese a que no jugaban con agua), regresamos a aquel disparo, al estruendo de aquellos hombres a caballo que tenían como objetivo arrasar con todo en nombre de la pigmentación de la piel, de un enfermizo anticlericalismo y de políticas vengativas contra la ingente burguesía de aquellos tiempos. Este regreso a través del túnel del tiempo podría dar al traste con nuestra civilidad, incluyendo los postulados de la llamada revolución bolivariana. ¿Cuántos Atila podemos contar con los dedos de las manos? ¿Cuántos Andrés Bello, Fermín Toro, José María Vargas, Rómulo Gallegos podemos colocarnos en la solapa antes de entrar a una democracia donde impere el pensamiento y el disenso como valores de un modelo que realmente nos conduzca a ser un país de estos tiempos?

Es falso que una nación moderna se construye con batallas, cañones, fusiles y arengas militares en una plaza civil. Allí está parte de Europa destruida. Es mentira que seamos herederos de aquellos que mataron y fueron muertos por sus errores. Constituye una falacia creerse depositario de las ideas de aquellos que tuvieron que soportar imperios, crímenes y el yugo de potencias que lograron pisar este territorio. Nadie es más patriota que otro porque pregone que lo es. La patria podría ser un espejismo, un rasgo muy pequeño en el espíritu de una nación. Los nacionalismos suelen halar el gatillo para destrozarle la cabeza al Zamora de ocasión. He allí el miedo que esto le insufla a un conglomerado social cuya meta está al final de una puerta entornada.

Los símbolos del fracaso no pueden, entonces, destacar como fabricantes de ilusiones. Que las ilusiones en política son promesas. El pasado tiene una carga pedagógica tan delicada que no todo el mundo puede hacerla herramienta de sus apetencias. Por allí se escapa la paz. La simbología de los viejos tiempos cala bien en la literatura, en algunas premisas aplicadas por hombres doctos, no por diletantes que han convertido el país en una anécdota permanente.
La historia –esa señora a veces con legañas- es tan sabiamente inútil que suele confundir a los caudillos. Les estropea la fiesta. Les agua el guarapo. Que lo diga Zamora, Maisanta o el mismo Boves. Por eso es preciso enterarse de lo que pasará próximamente. Sólo que no queremos oír disparos ni mucho menos ver regado sesos en el piso, porque ya eso lo vimos un abril en Caracas, cuando la estupidez mostró su cara de discurso repetido y la verdadera intención de la belleza que nos ofrecen.