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sábado, 10 de julio de 2010

La literatura infantil, y el sentido ético del mágico imaginario de la infancia

Tibisay Vargas Rojas


La infancia es el rico instante en que para el ser humano todo es posible, porque todo cabe en la imaginación, y la literatura dirigida a los niños, es el mágico derrotero de las acciones, y el referente escrito de las decisiones.

El niño aborda el texto literario revalorizando, cuestionando, e imitando. Todo lector infantil o juvenil posee un cúmulo de intereses según su edad, y los especialistas de una u otra forma han tratado de clasificar etáreamente a los niños o jóvenes de acuerdo a sus intereses, tal el caso de Katherine Dunlap, investigadora de literatura infantil, quien señala una Edad Rítmica, una Imaginativa, una Heroica, y una Romántica.

Entre los tres y seis años el niño comienza su relación con la literatura, como oyente o como lector. Es la Edad Rítmica. Vive un universo sencillo donde la inmediatez, y la realidad que le rodea, acrecientan su imaginario a través de lo que la literatura le presente. Es la edad de la fascinación y el descubrimiento, la edad de repetir y sonar pues muy cercanas están las canciones de cuna. Los sonidos onomatopéyicos de los personajes, bien humanos, animales, y cosas, fascinan sus oídos y la imitación es casi instantánea, pues su sentido del ritmo es altamente agudo, y su atención al desarrollo de las acciones, bordea la emoción pura por la identificación con esos seres cotidianos que le brindan sus experiencias y le estimulan sentimientos, el niño no cuestiona, imita por placer.

La Edad Imaginativa arriba entonces entre los seis y ocho años, y su distancia con la realidad se manifiesta en su gusto por imaginar. Sueña, y a la par, la complejidad del mundo comienza a revelársele. Cuestiona, es el momento de las preguntas insólitas, el temor a lo desconocido. Se inicia en el entrenamiento de la razón llevando asida de la mano a la fantasía como el apreciado comodín de sus pensamientos y acciones. Los cuentos de hadas se enarbolan en su imaginario, como una posibilidad vivencial, anhelada y enriquecida.

Estas narraciones se originan en lo folklórico, en los relatos primitivos cuando el ser humano, al igual que un niño, temía e imaginaba que los fenómenos naturales tenían un origen mágico, y, como dice el francés reportero y crítico de arte René-Lucien Rousseau, “cuado las hadas ya no tuvieron lugar alguno en las creencias de la burguesía en ascenso, quedaron confinadas al dominio de los relatos para niños”. Este niño, al igual que aquel hombre primitivo, difumina en su mente la delgada línea que separa la realidad de la fantasía. Todos hemos nutrido esta etapa de nuestra vida con los cuentos de los Hermanos Grimm o de Charles Perrault, hemos hecho de alguna manera reconsideraciones de las situaciones de vida de “La Cenicienta”, de “Blanca Nieves”, o de “La Caperucita Roja”, hemos odiado y amado personajes, nos hemos identificado, y hasta deseado participar de sus experiencias, todo llevando el control de un imaginario que portentosamente nos hace salir airosos de un mal trance, gracias a una poción o a una varita mágica.

Cuestionar las acciones de los personajes de los cuentos de hadas, son nuestros primeros juicios críticos en una incipiente ética que aun no distingue lo real de lo imaginario, pero que se solidariza con el débil y el maltratado, que al final de relato se ve premiado, mientras que la crueldad del opresor, termina castigada y goza del más genuino rechazo.

A la pregunta de si todo esto que sucede en los cuentos de hadas es cierto, o no, debemos ser honestos sin desacreditarlos. La susceptibilidad de un niño en esta etapa, le marca de por vida. Se debe estimular su interés por la historia antigua, por los mitos y leyendas, por la búsqueda interior y la reflexión. La selección de dichos relatos debe ser minuciosa y delicada, rechazar la crudeza y crueldad extremas, entregar a sus voraces lecturas textos seleccionados, versiones que no lesionen y vulneren sino que sirvan al placer estético y al agudizamiento de la sensibilidad.

Entre los ocho y los doce años un cambio determina su gusto lector: arriba a la Edad Heroica. La imaginación sufre un detenimiento, y una etapa realista se enseñorea de su espacio mental y anímico. Los héroes tanto míticos como históricos, inspiran su imaginario. El niño se identifica y se proyecta a través del héroe, es una etapa interesantísima para darles a conocer epopeyas nacionales, personajes heroicos de la historia y mitologías universales. El niño critica y revaloriza las acciones de sus héroes, se parcializa y especula en los aconteceres, siente que esta ética del héroe le da sentido a la vida, fundamenta sus valores propios.

Al llegar a los doce años o trece años, edad en que al afinar su sentido crítico se inicia una reafirmación de su personalidad, ha arribado a la Edad Romántica. Las rebeldías propias de la adolescencia, son la clara señal de su inconformidad ante las imposiciones o ante todo aquello que no se ajusta a su sentido. Sus juicios de valor obedecen a una bien alimentada personalidad cuyos rasgos perfilan al futuro adulto que desea escudriñar al mundo a profundidad, invertido en un carácter romántico y caballeresco. La épica, y los libros de aventuras nutren su ya ambicioso gusto lector. Las vidas ejemplares los colocan ante una reflexión humanística y sensible, amén de un disfrute más exquisito en la contemplación de la vida.

Todo este periplo en la infancia y juventud lectoras, se cumple con sus variantes en función de las condiciones humanas tanto genéticas, como sociales y demás, es asunto del lector adulto, cercano a este lector en formación, ser el solícito y atento asistente del proceso a fin de garantizar el felíz desarrollo de un individuo.

En las manos y las páginas de padres, maestros, y autores, yace sensiblemente la responsabilidad del fundamento ético que detrás de todo imaginario labra conciencias, y define personalidades. Leamos para nuestros niños, entreguemos lecturas a nuestros niños, y más, leamos para el niño que nos definió, y aun vive.