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viernes, 22 de octubre de 2010

Crónicas de una carnicería



LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (III)

Alberto Hernández
** La guarimba zamorana acabó con el ejército conservador. Al término de la refriega en la que murieron más de tres mil hombres, los quejidos de los moribundos se confundían con la algarabía del triunfo de los federales
La muerte hinca el diente con la fuerza de su ceguera. La estrategia del matadero fue preparada tanto por Falcón como por Zamora, y la estrategia por el último, quien atendió a la escogencia del lugar hecha por el primero. El caserío de Santa Inés salió del anonimato y se convirtió en enclave donde un grupo de venezolanos se enfrentó inútilmente: los muertos quedaron regados entre el monte, el polvo y el olvido.
En la Biografía del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, escrita por Jacinto Regino Pachano, quien fuera su primer edecán en aquellos días aciagos, se lee:
“Zamora le indicó a Falcón el punto de Santa Inés que ya conocía de antemano, como a propósito, por sus condiciones militares para fortificarse en él. Previsión admirable de Zamora. Se realizó todo conforme él había ideado. Llegamos a Santa Inés y le expuso a Falcón todo su plan, asegurándole el éxito. Falcón le hizo juiciosas observaciones que Zamora contestó satisfactoriamente. Acordados los dos, procedieron a los trabajos de fortificación...y como todas las acciones de esos hombres de espíritu infatigable y asombrosa actividad, decirlo fue hacerlo. Cuando el enemigo pisaba el día 9 de diciembre el terreno de nuestras posiciones, no encontraba un solo palmo de tierra vulnerable; ni un ojo que no estuviera alerta, ni un fusil que no estuviera preparado, ni un hecho que no se sintiese resuelto al sacrificio de la vida...¡Reñidísima¡ ¡Reñidísima fue aquella batalla¡ ¡Diez mil valientes disputándose la victoria¡ ¡Todo un día y una noche de sucesivas embestidas y resistencias crueles...En medio de las descargas nutridas de cañón y de fusilería, apenas se producían rápidos intervalos al lúgubre son de las cornetas...¡No maten más¡ ¡No maten más...¡”.
Según la crónica, nunca se peleó con tanta saña desde la guerra de Independencia. “El encono humano de las contiendas civiles pudo llegar a tanto”. El anunció de una carnicería fue el prolegómeno del verdadero día de la batalla en el sitio de Santa Inés.
El matadero – rompe la voz de la historia- recuerda la imagen de Enrique María Remarque: “Dos ejércitos que combaten es una sola masa humana que se suicida”. En efecto, un suicidio que como tal no conduce a nada, sólo a la muerte, tan de mucha monta cuando se trata del odio.
El primer contacto con el enemigo para iniciar la chamusquina se dio en La Palma. El sol de la mañana aún no anunciaba la llegada de la tarde, cuando Zamora previó que faltaba poco tiempo para iniciar una de las batallas más sangrientas de la historia venezolana.
-“Encuentro de guerrillas”-
La guarimba, palabreja de moda en estos días en los que el siglo XIX nos punza con su atraso, fue la fórmula usada por Zamora y su gente para enfrentar la tropa conservadora. Vitelio Reyes recrudece la acción: “En la madrugada del 10 comenzó el encuentro de guerrillas. Se replegaban paulatinamente los federales atrayendo el ímpetu de los gubernamentales, precisamente hacia las posiciones fortificadas. La ofensiva se recrudecía hacia los atrincheramientos preparados por Zamora. Sobre ellos se aplicó a fondo la Primera División”.
El río Santo Domingo, testigo de aquel encuentro violento, se manchó con el polvo levantado por las patas de las bestias en pleno campo. Entre repliegues y escondidas, Zamora jugaba con el enemigo. Trincheras, agujeros y trampas dejaban en el terreno cuerpos destrozados. El ejército del gobierno pensó que los federales se debilitaban en cada acometida. La Primera División fue desbaratada. Entonces, cuando las trampas cumplieron su cometido, Zamora gritó a voz en cuello cerca del sitio de El Trapiche: “¡Pisaron el peine¡”. El mencionado lugar sirvió para darle la primera estocada a la sorprendida tropa de los conservadores. Por donde entraba era atacada. Encerrada en una suerte de embudo, no había posibilidad de repliegue alguno.
El gobierno avanzó un poco más, con sus fuerzas disminuidas, hasta La Encrucijada, donde la fusilería arrasó con una gran parte de los hombres de Petit, Ortiz, Mora y Franco. El fuego cruzado no les permitía pensar. No obstante, la otra División entró en el campo enemigo gracias al exceso de confianza de De Las Casas: una descarga de plomo cayó sobre Jelambi. La muerte agitó sus alas y convirtió el paisaje en un retrato conmovedor. De todas partes saltaban los hombres de Zamora sobre los del gobierno. Derrotados los godos, iniciaron la retirada en medio de un colchón de cadáveres. Las cifras dieron cuenta de 54 oficiales heridos, entre ellos Espelozín, Oberto, Pulido, Fagúndez y Ramírez. 25 oficiales de alta graduación aniquilados, entre ellos el Coronel Antonio Jelambi. Se sumaron, entre los dos ejércitos, dos mil muertos, sólo en el campo de Santa Inés. “La siembra de cadáveres en tierras feraces fue espantosa”, escribe Reyes.
Los quejidos de los moribundos se confundían con los gritos de victoria de los guarimberos de Zamora. No obstante haber alcanzado el triunfo, Zamora y Falcón seguían planificando como arrasar a los hombres del otro bando. Iniciaron la persecución al día siguiente entre los charcos de sangre y los cuerpos mutilados en pleno campo. En ruta a Barinas, Falcón, quien dirigía la infantería, y Zamora, la caballería, a la altura de Sabana del Bosque, la tropa federal se topó con la gubernamental. De nuevo los conservadores llevaron la peor parte. Una fracción importante de la División de Rubín se entregó rendida. Ya en Mamporal, el General Falcón dio cuenta del resto. A juicio de la crónica de la época, el coraje y la valentía tenían rostro en los vencidos.
De cuatro mil hombres que se enfrentaron en Santa Inés, sólo mil llegaron a Barinas. Es decir, en el camino iban cayendo hombres de ambos bandos. El agotamiento hacía más fácil las acometidas de Zamora, pero también la muerte de soldados de ambos grupos. La carnicería redondeó su paisaje en las horas sucesivas. El hambre era mitigada con el ganado robado, el mismo que pastaba en el campo cercano a la refriega.
La guerra parecía no tener fin, pese a que Santa Inés quedó atrás, lúgubre, atizada por las maldiciones de la muerte y la soledad.
La vieja canción federal resuena entre los muertos, los heridos y los que cabalgaban con Zamora, un poco antes de arribar a San Carlos. El “Oligarcas temblad” quedó como un eco arrinconado. “El cielo encapotado/ anuncia libertad/ ¡Oligarcas temblad¡/ viva la libertad”, y así, “La espada redentora/ del General Zamora/ confunde al enemigo de la revolución”. Entre las breñas de aquella Venezuela, que ahora quieren repetir, se escuchaba: “Las tropas de Zamora/ al toque del clarín/ derrotan la brigada/ del godo malandrín”. Hoy cabe preguntarse, ¿quién es el malandrín?. De esa mortandad hacen 145 años.
El periodista y poeta Jesús Sanoja Hernández nos ayuda: “Aquella era una Venezuela eminentemente agraria y por eso los estudiosos marxistas calificaron a la guerra federal como “guerra campesina”...”. Los mismos campesinos que pelearon al lado de Bolívar, Páez, Morillo, Santander y Boves. Los campesinos de siempre. Campesinos contra campesinos.
Trasladar la Batalla de Santa Inés a los días que nos tocan, afirma Sanoja, implica “cambiar el escenario bélico, por ejemplo el de las ciudades, y utilizar otro tipo de armas, que ojalá sean firmas y votos”. El presente lo es tanto que Santa Inés es una página borrosa en la memoria.
-La antesala de un disparo en la cabeza-
Sanoja Hernández remata: “Si creyera Chávez en reencarnaciones o en la repetición de ciclos históricos, debería tomar en cuenta que 21 días después de la gloriosa batalla, Zamora terminó muerto por balazo misterioso en el asalto a la población de San Carlos”.
El otro remate está en la salida que los venezolanos buscamos denodadamente. Santa Inés es una manía atávica en la vida de Chávez. Y como lo afirma Elías Pino Iturrieta: “Chávez confunde su biografía con la historia de Venezuela”. (Continuará).