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lunes, 14 de febrero de 2011

SIN TIEMPO

Jeroh Montilla


Basta sólo el tajo de una imagen para que el carrete del corazón desate el hilo de la tristeza. Son las nueve de la mañana, el autobús se desplaza con parsimonia por la avenida-autopista de la zona industrial de Cagua. El cielo está completamente azul, brilla sobre una plena ausencia de nubes. Extrañamente el sol aun no calienta y los árboles todavía parecen estar desperezándose. Es entonces, al momento de detenerse el autobús a recoger un puñado de pasajeros, cuando lo veo, está allí, acostado en la soledad de la amplia isla de la autopista. De la grama sólo queda una luminosa felpa, árida y amarillenta. Sobre ella duerme un pequeño cocker, hermoso y orejudo, totalmente laxo, lleva un vistoso collar, la pelambre refulge entre dorada y rojiza. Por la entrega a su reposo se que este es el absoluto, el definitivo, ese donde no importa la intemperie, ni los atemorizantes fisgoneos del hombre. Las líneas de las patas parecen convertirse en raíces bajo la seca cortedad de la grama.

Puedo imaginar el bamboleo de sus orejas, sus titubeos, la trágica audacia de cruzar estos dos ríos de asfalto. El collar revela su vulnerabilidad, los meses tras un enrejado y la alegre y sorpresiva escapatoria. Pero no tuvo el tiempo de los perros de mi cuadra. Ese deambular en la ocasional basura y el atravesar inhóspitos parajes donde otros ladridos y otros dientes le enseñaran los diarios rituales de la vagancia y la sobrevivencia.

El golpe debió ser leve pero suficiente para llegar con toda su fragilidad al centro de la isla, echarse y huir para siempre al acoso de los rigores de ser libre en las calles de este mundo. No, no tuvo el tiempo, sólo la tregua final de estas líneas.

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