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miércoles, 30 de marzo de 2011

El poeta Alberto Hernández: UNA SOLITARIA Y HERMOSA VOZ

-Texto: Rosana Hernández Pasquier-
-Foto: Alberto H. Cobo-

** Alberto Hernández no requiere de mayores presentaciones en el ámbito cultural venezolano. Es una reconocida figura del quehacer intelectual en nuestro país. Poeta, narrador y periodista de dilatada trayectoria. Cuenta de ello dan las numerosas publicaciones, entre las que suman poemas, ensayos, cuentos, crónicas. Desde el año 1974 ha ejercido el periodismo con la misma vehemencia y fervor con la que fue docente de lengua y literatura hasta que le llegó el tiempo de la jubilación.

Con un orden ritual llega todos los días al diario “El Periodiquito” de Aragua, donde tiene veintiún años dedicados al oficio del periodismo. Desde este Diario dirige el suplemento cultural más importante de este Estado, “Contenido”. En ese espacio las voces de de este valle y de todo la geografía nacional hemos tenido la oportunidad de publicar nuestros trabajos, sin cortapisas, sin requisitos previos, sin presiones. El poeta nos ha legado, más que un espacio, una arista, un intersticio por donde ver la materia que somos a través de “Crónicas del Olvido”. Su columna semanal en este suplemento.

Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio Juan Beroes por toda su obra literaria. Ha representado a nuestro país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.


Alberto es oriundo de Calabozo, estado Guárico. Nació en el año 1952. De esa tierra está llegando, con el paisaje amontonado en los ojos, como el mismo dijera del poeta Hurtado. A través de la candela de su mirada se observan orillas, atracaderos, arrecifes, soledades, otros soles…


-¿De dónde vienes?
-Alguien podría decir que de muchos exilios. Desde la adolescencia ando con una maleta o una caja de cartón llena de libros. En estos últimos tiempos he alcanzado a asentarme y hacer familia propia, porque tuve mucha portátil. Una presentación de mi existencia me conduce a repetir lo que una vez Vallejo soltó sin complejo alguno: “Al animal se le guía o se empuja. Al hombre se le acompaña paralelamente”. Es decir, siempre hubo alguien allí, al lado, como estuvieron y están todos los paisajes –o países, internos y lejanos- que siempre han estado en mí. Desde aquellos del Llano hasta mi vieja calle de Lavapiés, o los olores de la General Yagüe y la mirada detenida de Cervantes de mis días de Madrid. La ventana inmensa del apartamento de Salamanca, cerca de la universidad. La batea donde en pleno invierno me bañaba en Barcelona. Aquella España de una dictadura en decadencia, con un Franco baboso y estúpido. Sin olvidar aquellos días de tristeza frente a la muerte de mi padre en Guacara, y recalar en Valencia como fundadores de La Isabelica. La represión, las bombas lacrimógenas, los primeros besos, las novias imposibles, las lecturas iniciales, y Quevedo, por Dios, Quevedo en mis 17 años, como Onetti un poco más tarde. De esos laberintos vengo. Todavía vengo. Aún no me he detenido. Vivo en un país difícil, pero vivo. De otros paisajes me quedan páginas que aún escribo con nostalgia, como aquél donde un niño me ofrecía hachís en un muelle del norte de África. Esa imagen nunca se despega, forma parte de ese tránsito, de ese instante que repito a diario. Entre tantos milagros, tropiezos y pérdidas sigo con Vallejo, que, mira, tocaba a mi padre con algunos poemas: “La muerte de una persona no es, como se cree, una desgracia. La desgracia está en otra cosa”.

-¿Dónde, por ejemplo?

-En el olvido, en la desmemoria.

-¿Cómo llegaste a la poesía?
-De muchacho era -¿lo seguiré siendo?-contemplativo. Solía hablar solo. Me escondía para hacerlo. Inventaba personajes, me deslizaba con ellos en aventuras imposibles, pero también construía imágenes verbales. Descubrí que lo que estaba fuera de mí me suministraba la materia para armar oraciones. Entonces, sin ningún interés por nada, sólo por pasar el tiempo, me di cuenta de que podía componer poemas, canciones, retruécanos, combinar las letras y sacarle sonidos extraños y nuevos a las palabras. Creo que de esa manera pude entrar por esa puerta que es la literatura. La poesía, pues. Las lecturas futuras alimentaron ese proceso. Mi padre leía a los poetas populares venezolanos, pero también a los narradores. Si bien se acercaba a Andrés Eloy Blanco, a Tomás Ignacio Potentini, a Leoncio Martínez, a Aquiles Nazoa, a Neruda, también lo oí nombrar una vez a Ramos Sucre. Hasta algunos rusos estuvieron en mi casa, mojados por el silencio. Conocía, un hombre rural como él, la obra de Miguel Otero Silva. Amaba las historias de Fiebre, Casas muertas, Oficina Nº 1. También leyó a Uslar. Hablaba de Las lanzas coloradas. Y todo eso a mí me impresionaba. Llegó a escribir versos mientras estuvo preso en San Juan de los Morros. Todo esto ayudó a no olvidar mi pasado. Un obrero como mi padre leía a los escritores de su país. Los espacios literarios de los periódicos eran comentados por él con alegría. Muy poca gente entendía eso. De allí la razón por la cual una magia se instaló en mis sueños. Soñaba despierto. A veces montaba obras de teatro bajo un árbol, para mí solo. O en voz alta decía algo dedicado al cielo. A las nubes, a la muerte de algún vecino, a los amores que aún no descubría. La poesía es una manera de alejarse del mundo, porque construye el propio, un mundo distinto. Me alegra decir que crecí nombrando a los grandes poetas de mi país y de otros países. Sentía un gran amor por sus trabajos. Hoy, con el tiempo, quedan algunas estatuas verbales. Otras se han caído, se han derrumbado. Pero la poesía seguirá siendo.

-El poeta Eugenio Montejo dijo: “La poesía es un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario”. ¿Qué es la poesía para un poeta que ha tenido tantos paisajes?
-Montejo también dijo que “La vida toma aviones y se aleja;/ sale de día, de noche, a cada instante/ hacia remotos aeropuertos”, y así como “la Vida se va, se fue, llega más tarde”, la poesía es una manera de alejarse de las despedidas, de los adioses, como tituló un día Juan Carlos Onetti. La poesía –entonces- es un gran prestigio, tanto para quien la escribe como para quien la lee, porque su presencia radica en la aristocracia de su respiración. Una vez dije que ella, la poesía, es una mujer feliz que anda por el mundo. Y cuando digo aristocracia me aferro al justo significado de la palabra: la poesía es un lujo, qué maravilla que todos, desde el campesino hasta el más renombrado científico e intelectual puedan tomarla como suya. Celebro con el querido e inolvidable Eugenio esa expresión. Sí, Dios está en todo esto, tan solitario en este juego de voces, en el que los otros pueden participar si se acercan. Me deleita saber que Dios forma parte de este trajín vital. Que soy parte de Dios, que mi voz, mi solitaria voz, sea el sudor de Dios.

-En la poesía, en el trayecto largo de su escritura poética, ¿cuáles son las recurrentes presencias?
-Hay uno que no deja de estar, la angustia. Pero más bien motivación. Los temas en la literatura, lugar común aparte, ya están muy molidos, trillados. En mi vida, que es mi trabajo porque es la materia prima de mi imaginario, están todos los temas. Digamos, la muerte, que me marca: ciertos asuntos de la cotidianidad, el amor como desastre. La ausencia, el silencio, sobre todo el silencio. Siempre alguien, como asomado. Un fantasma, que puede ser una mujer, un personaje teatral que huye y regresa. El exilio, igual fantasmal. No puedo despegarme de aquella adolescencia lejos de los míos. Los idiomas que oí y no entendí. Los rostros, el sexo como catedral del miedo. Bueno, creo que la poesía nos alegra, pero también nos revisa minuciosamente hasta lacerarnos.

-Hay quienes afirman que la poesía es el género por excelencia. ¿Es muy grande la frontera entre un género y otro?
-Hay afirmaciones, sí, justamente, que destacan eso. Ciertamente, la poesía es la síntesis, el espíritu que abarca el universo. Pero en estos tiempos los géneros se confunden. He leído novelas plenas de poesía. Obras de teatro donde la poesía domina el drama. Los actores declaman su presencia en las tablas. He visto películas que se aproximan al ánimo poético, pero hay que decir que la poesía es palabra. No creo en aquella afirmación según la cual hay comportamientos poéticos. La poesía es sonido articulado, estético, verbal. Ya esa frontera ha sido superada. Claro, la poesía como totalizadora continúa su afán: se mete en la novela, en el cuento, en el teatro, en el ensayo. Los discursos públicos se valen de su corporeidad. Y quienes abusan de ella, de una pretendida poesía, entran en crisis. Se amargan de tanto estropearla, o de tanto querer convertirla en leña del poder. No es fácil. La poesía no se deja faltar el respeto.

-¿Qué situaciones, qué nombres, qué historias han marcado la vida de Alberto Hernández?
-Una muy honda, la muerte de mi padre. La pérdida del paisaje infantil, no tanto por tratarse de una pérdida absoluta, porque no lo es, sino por dejar atrás voces, nombres, olores y colores que nunca más regresarán. Claro, la poesía, esa magia, los rescata, los vuelve pasado, los trae al presente. Se hace futuro. Mira, nada es gratuito. Todo lo que acontece forma parte de un verso, es una imagen de la tragedia, de eso que muchos registran como felicidad. De aquella experiencia, de aquel rostro blanquísimo dentro de una urna en el año 68, flotan en la memoria instantes que se vuelven poesía. Así, por ejemplo, no olvido un nombre, Marcos Páez, un tío campesino que me llevó de caza en sus hombros, porque un oso hormiguero nos atacó. Él me salvó. No dejo de lado la vecindad de mi otro pueblo, Valle de la Pascua. Vengo de Calabozo y Guardatinajas, pero también de la atmósfera cálida de una bodega de Marruecos, en Rabat, un pedazo de existencia. Siempre aparece en mi angustia poética ese lugar, que tiene nombres que he olvidado, como cualquier momento en cualquier ciudad del mundo. Tantas son las historias, la mía propia cuando recorría calles y calles en búsqueda de una salida para huir, para regresar a mi origen.
Por supuesto, no puedo dejar de nombrar a quienes han alimentado mi presencia en este segmento vital. Mis amigos muertos y vivos: Denzil Romero, Orlando Araujo, Elena Vera, Vicente Gerbasi, Héctor Mujica, Eugenio Montejo, Pepe Barroeta, Manuel Bermúdez, Ángel Eduardo Acevedo, Luis Alberto Crespo, José Pulido, Harry Almela, Eduardo Casanova, Jesús Alberto León, Gregory Zambrano, Edda Armas…entre tantísimos más que respiran en medio de tantas palabras. Me quedan tantos presos en la desmemoria, pero todos ellos han sido factores revelantes para mi trabajo, para esta porfía que no termina y que jamás terminará.


-¿Está condenada a morir la poesía?
-Está condenada a ser eterna. A estar siempre. Sin poesía es imposible la vida. La poesía es como el oxígeno. Es uno de los elementos naturales más vitales. Sin poesía no habrá respiración. No habrá polinización de la inteligencia. La circulación de la sangre del mundo tiene entre sus componentes a la poesía. Sin ella no habrá civilización.
Por mucha tecnología que el hombre invente. Por muchos viajes al espacio exterior. Por mucha Internet. Nada; la poesía ya es parte de eso. ¡Cuánto no ha avanzado la cultura, las relaciones humanas, gracias a la tecnología¡ La poesía ya está incorporada al futuro. El día que muera la poesía, morirá el hombre. Pasaríamos a ser androides.

Fuente: Revista BCV-Cultural, No 27. 2009.

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