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sábado, 23 de marzo de 2013

CONGRESO DE VENEZOLANIDADES



Adolfo Rodríguez


So riesgo a estar fuera de orden, me atrevo a opinar sobre la posibilidad de alternativas ante el desmadre representado por la galopante inseguridad. Un alud loco, que, dando tumbos, a diestra y siniestra, desmerece niveles de bienestar, salud,  calidad de vida, certidumbre, buen humor, confianza en uno mismo y en todo lo demás. Es como si los asideros estuviesen lullidos, sueltos o cortados  y urge repararlos o  reponerlos. Esos colgaderos que aportaba la tradición, las buenas costumbres y una ética que amalgamaba modos étnicos con valores duraderos. Por lo que apelo al dilema entre diferencialismo e  identidad y cuantos enfoques dialécticos, cuánticos o el que sea orienten hacia la necesidad de complementar y no reñir. Los modos en que se compartía, cohabitaba o coexistía, entre rutinas de quehacer sencillo y que, a muchas comunidades, contribuía para sortear atollos,  encallejonamientos o crisis. Praxis que bien puede, a mi entender, remediarnos en la tarea de poner algo de orden ante la caída y mesa limpia con que se nos emplaza por doquier. Privó lucidez, entre pueblos, cuyo modus operandi se expresaba en mucho espontaneismo y mínima manipulación. Sigilo, sapiencia y destrezas que falta hace ante la obligación de que becerros y vacas se atengan a lo que el toro traiga   Sugiriendo, como emergencias paliadoras, retomar habilidades que permitían convivir con la naturaleza no atrofiándola sin misericordia. Hurgar en cuanta cultura hubo o persiste, cuya racionalidad residió en garantizar soportes para la reproducción indefinida del ámbito propio y el ajeno. Modos de subsistir compatibles con la madre tierra. Vasto espectro, grande o en pequeño, que contribuya a detectar  expresiones socioculturales redundantes a tal fin. Las prácticas que cristalizaban en solidaridad, comprensión mutua e inter-fecundación, de acuerdo con calificativo y significación propuestos por el antropólogo E. E. Mosonyi para definir  etnicidad en buen sentido. Piedras preciosas del buen vivir que relucen, a veces, en el habla popular, conversatorios de esquina, sitios de espera, áreas de recreación, alguna tenida, conciencia que hubo o anda en ciernes como arsenal epistemológico del que podemos enorgullecernos. Reciclaje aplicable a cualquier rincón del mundo y soñamos para en Venezuela, que amaine  tanta tirria, tanto agarrarse por quítame estas pajas, tanto “esta raya es mi mamá y el que la pise se gana un tentequieto”, etc. etc, que lleva más de quinientos años de pobre historicidad.  Ese balance y administración que asumiría un organismo equiparable a esas convenciones, que convocamos cada vez que tenemos el agua al cuello y devienen en reajuste de la carta magna. Foro Abierto, Permanente y Participativo, no excluyente, consensuado que legitime su pertinencia y continuidad. Codificador flexible para la presencia activa, renovable y renovadora, en función del debate diario, con ideas y vivencias concretas y viables. Poder constituyente, no constituido, que sopese, oriente, canalice, al margen de enceguecido esquematismo. Feria del saber, no de rabias, al que converjan individualidades o colectivos de comprobable valor patrimonial, en la búsqueda del difuso e inasible ethos nacional. Dinámica centro-federal, con expresiones a nivel espacial, según conveniencias y posibilidades, para encuentros de Orientalidad, Valencianidad, Llaneridad, Zulianidad, Barloventeñidad, Andinidad, Corianidad y demás expresiones de localismo, regionalidad y hasta binacionalidad, conducente a un Gran Congreso de Venezolanidades, a modo de fragua de lo que, para los actuales tiempos, procede crear y comunicar. Crisol de ingeniosidad,  en que, surucas bien removidas, iluminarán pistas con qué caracterizarnos sin préstamos ni lentes ajenos. Reto que apunta hacia universidades, academias, gremios, ateneos, medios de comunicación, fundaciones, entes y personas que compartan este llamado.