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miércoles, 20 de abril de 2016

REQUIEM PARA MI PERRO

José Natalio Estrada Torres*


Dile al gallo en vigilia
que prenda un clarín de silencio en la ribera
más enlutada de la noche:
se me murió mi perro.
Se acurrucó a mi lado
cuando sintió a la muerte
espiándolo en silencio.
Los animales también sienten
el temor del misterio.

Hubiera preferido no mirar su agonía,
o quizá fue mejor que yo la viera
para así comprender cuánto lo quise.
Fue una noche vacía, sin respuestas,
como un dolor cansado que se queda sin lágrimas.
La estancia se llenó del olor de su muerte
y al mismo tiempo murió algo
de lo mejor de mi mismo.

Por tantos años
vagó nuestro querer por la sabana,
dos soledades en un trotar sin tregua
por los mismos caminos del ensueño.
Nos encontramos al azar;
una mano malvada lo privó de su sexo
y así se pudo dar entero
a la amistad del hombre.

Esquivo hacia el halago
y poco zalamero con su amigo
fue fiel hasta el más duro sacrificio.
El sol de marzo le mordía los lomos
le arrancaba la piel y lo hacía llorar
pero él no me dejaba.

Al transcurrir un tanto melancólico
de las entradas de aguas,
en el espanto del verano
o en las frustraciones del invierno,
dimos a la sabana lo mejor que tuvimos
en la plenitud de cada hora.

Era el sentirse alegre y olvidado
en la soledad del soliloquio;
y era el decirle cosas a mi perro
que siempre respondía
con la sonrisa de su cola.
Y era el reír y el cantar sin normas,
y el hablar a las cosas y a los seres
en la infinitud de la sabana
cual sólo un hombre solo suele hacer.
Estar alegre,
y dar un puntapié a la seriedad
como una máscara molesta;
y atesorar la soledad
como una rara joya.
Y al cruzar los rebaños
era la acometida temeraria de las reses
celosas de sus crías
con su odio ancestral hacia los perros;
y era el esguince y la carrera loca
para librar el cuerpo magro
de la cornada;
y era el correr tras los alcaravanes,
y el mojar los ijares en las charcas
y el lambetear un poco el agua
para ahuyentar la insolación.

Luego en invierno era el largo nado
cruzando los esteros y lagunas
detrás de mi caballo.
Era todo esto y era mucho más;
en las noches sin luna
el mudo interrogante de los astros,
y en noches luminosas
el tardío anhelar del corazón.

En mis ausencias
era buscarme y no encontrarme y no parar.
En la inquietud de la separación
se ponía a repasar los caminos
que ambos trillamos juntos
en un afán de hallarme.
Luego a mi vuelta
la ansiedad de marchar y de llegar
nos aventaba lejos.

Esta es la historia de mi perro
y un poco de mi historia
en el largo regreso hacia mi mismo.

Noviembre 1962.

*Poeta Venezolano,
San Fernando de Apure,


31 de marzo de 1901- 30 de noviembre de 1992.

lunes, 4 de abril de 2016

UN VIAJE…UN MUNDO!

Rebeca Vargas



Inmersa en un mar de constantes decisiones, diariamente alzo las velas para viajar en ellas, viendo cómo afectan la paz de las aguas, bien sea para dar vuelco en mi cuerpo, al ver y sentir la forma en que los vientos rozan mi rostro, despeinando aquello que ni yo misma consentía el control. Siento unas ganas cursis y dolorosas en breves segundos, de ver algo en el mar, ver a la corta distancia cómo emerge la figura de lo que tenemos en nuestras utopías más placenteras, haría de mi viaje algo fascinante, estaría segura de ello, al tiempo que un corazón agitado por la euforia de llegar a puerto y tocar lo que a distancia parece tan decidido. Pero en un devenir de emociones, subyacen aquellas que hacen tomar las velas con más fuerza, queriendo evitar un rumbo distinto, donde pierda el ir de mi respiración…quizás mi única noción de equilibrio, sea la urgencia de decir nosotros, quizás mi única noción de equilibrio sea este regreso al propio desconcierto a bordo de este viaje, donde la esperanza es puesta a prueba con congojas variantes, hemos de esperar rodeados por incertidumbres escalofriantes que nos impulsan a desvelarnos de por vida.

Con el corazón tenue por los roces del mar, sigo adelante, mis ojos anhelan observarte de la misma forma que lo hacen mis sueños, los cierro para que tomen control de este sentir, por lo menos no habrá sido fácil, donde la mejor violencia se permitía por segundos razonables treguas para volverse una brisa en bondad…efímero y acertado, deseado y cuestionado. En medio de este viaje, la noche se ve a la distancia, tan profunda que ahoga los sentidos, tan lenta que da tiempo para albergar recuerdos y repensar aquellos que nos hicieron daño, vulnerable y frágil está mi alma, desnuda por las estrellas más brillantes, me encuentro quieta, flotando con los pensamientos…río por momentos grises y es que la noche abarca todo color en mi, el frío empieza adentrarse en mi cuerpo, no puedo huir de esto, sigo allí, casi esperando que vengas por mí, levantándome con el calor de la vida… sólo en segundos llega la luz de una estrella flotante sobre la nada, más grande del resto, parece que quiere decirme algo, las voces se hacen más claras, más consistentes, al entenderlas quisiera no poder escucharlas, pero no puedo, sigo siendo yo tratando de gritar lo que la razón da la espalda…como un susurro, suavemente y sin hacer daño, ella me dice con voz de razón: “no puedes hacer que sienta lo que no hay”, mis ojos se cierran, mis labios descansan de momento, el frío toma lugar a mi lado, casi queriendo abrazarme, casi dándome consuelo…me dejo llevar, el luchar es más débil, sin fuerzas, sin sentido veo el sendero…las respuestas se vislumbran con la neblina…el amor abre paso en medio de las sombras de la noche, los fríos vientos dejan de ser, tomo el primer haz de luz, me aferro a él, soportando las gotas del sacrificio… en pie, puerto a la vista, con ello, una decisión más, salir del lugar donde estoy, entrar en otro…esperando volver alzar las velas de incertidumbres, esperando un segundo para seguir viviendo…

Imagen tomada de http://mujeralegreencristo.blogspot.com/2010/12/cuando-las-estrellas-sean-azules.html