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miércoles, 14 de septiembre de 2016

JANO: DE ESPALDAS A UNO MISMO A propósito del poema homónimo de Arnaldo Acosta Bello

Diego Ranuárez

La primera referencia que sin duda se nota, es aquella de la casi omnipresente cultura griega: partiendo del título, “Jano”, para algunos hará recordar a la consorte del Rey Olímpico en su denominación romana, pero aquellos algo más adentrados en la mitología sabrán que el punto de partida de este poema es la difusa y poco conocida figura de aquella divinidad dual de los caminos, del hola y del adiós.
Si bien importante, “Jano”, la divinidad, no es centro del poema, sino que sirve de conducto o excusa para un fenómeno que no tarda en aparecer: la contemplación, vista en este caso como el campo inerte de las experiencias desapegadas, o mejor dicho, que no “se quedan” en el observador.
Al principio, la calma y armónica maravilla de los ojos como enlace entre quien contempla, la arena como el tiempo en que nos desenvolvemos, las estrellas como el ideal de lo misterioso brillante, y el mar como espejo profundo cuyos reflejos contienen la inmensidad de lo que somos y de lo que no sabemos.
A continuación, un lamento por no haber “probado”, pero que a pesar de ello se valorice, mida y contabilice todo. Las muestras/imágenes de tristeza que se suceden después, responde a una protesta ante la ausencia de aprovechamiento y disfrute verdadero de las cosas, a un darles por hecho.
Dicho esto, queda preguntarse: ¿la voz que se lamenta habla desde dentro o desde fuera del problema? La última línea del poema quizás nos arroje algo del luz al respecto: admite haber “probado”, pero nada ha aprovechado o disfrutado en realidad al no quedarse en el nada de lo “probado”.
Acá, “Jano” no es más que la dualidad de quien no se escapa de lo banal que critica, aun a pesar de haberse dado cuenta de sus faltas. Y es de ahí de donde nace la voz.

JANO
Arnaldo Acosta Bello


"Doble cabeza, doble espalda,
ojos que el viento almacena
donde arena y estrellas se juntan
por encima del mar, mar con lomos
plateados y látigos que caen
sobre mi pecho. Padezco sin embargo
porque alguien no ha probado ni fruta
ni leche, miga o pan entero, y sus ojos
con la virtud de darle a todo
su forma y su tamaño, el valor
y la proporción que le pertenecen,
matan en mí la dicha, el sueño,
dejan una flor seca en la botella,
traen el desabrigo, me entregan
al frío de la noche, al ladrido
del perro, a la urna sin nombre
que se cierra con hierro diestro
y pesado. Anciana, pálida ceniza
cae sobre la mesa donde un reloj
debilita al tiempo y borra con arco
oscuro la blanca superficie.
Cada segundo hace temblar la mano
cerca del espíritu ardiente de un verso
cerca de la salida donde el destierro
corre a mi encuentro.
Nada he visto, nada sé y todo lo he probado."

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