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sábado, 5 de agosto de 2017

Marguerite Duras, el elogio de la mentira, divagaciones

Jeroh Juan Montilla

Entre los varios libros, en los cuales afano mí día a día lector en estos momentos, está la novela “Los caballitos de Tarquinia” de Marguerite Duras. Como grato y sagrado lugar común de toda su obra en esta también asistimos a percibir los celajes del fantasma de la autora, la vemos deambular sobreimpuesta por ráfagas narrativas en la carne y haceres de algún personaje, es un desdibujo fascinante, lúdico, para mí es como caer bajo el espejismo de Proust pero tres piso más arriba, no hay duda. Es el logro de la economía expresiva y argumental de la Duras frente a esa plenitud proustiana de selva vivencial, farragosa y adictiva. Un mismo acierto por caminos inversos. Ese hilado en zigzag sobre la trama de la memoria, el ir deformando o trastocando, a fuerza de ficción, lo biográfico, hasta reconocernos literariamente en lo irreconocible, eso nuestro que no compete a los marcos de la identidad. Mi enlace devocional con Marguerite Duras está en su decir, la manera en que frasea produce en mi los mismos estados de ánimo que me provocan las lectura de Heidegger y de Hegel. Paradójico, una novelista al mismo nivel de dos filósofos o viceversa. Mi asunto con estos tres autores no es cuestión de historias, argumentos o razonamientos en sí mismos sino que es la corteza formal de sus textos, es la piel, es la superficie de sus palabras. Es un auténtico encuentro con el arte perdido de la elocuencia, es percibir reveladoramente la textura de lo escritural sea para contar o argumentar. 


Un detalle. El título de esta novela me remite a mis años adolescentes, de estudiante hurgador de textos y enciclopedias de historia del arte. El encuentro con aquellas grandes láminas, con su primerizo e inolvidable olor a tinta y la imagen de aquel par de caballos alados, el alto relieve de unos animales en ocre y en trote, con alas desplegadas, pero que dan la sensación de que nunca podrán abandonar la región del mármol, que era inútil su preciosa arrogancia, que aun el peso inexistente del frontón del templo del ara de la reina domaba irreversiblemente la altivez mítica de aquellos nobles caballos etruscos. Pero de todos modos hay que intentarlo, hacer como sí. Como si lo fragmentario pudiera concederles la libertad. Esa totalidad. Eso es el arte, solo una pretensión, la inevitable necesidad de lo infructuoso. Todos en la vida somos unos caballitos de Tarquinia, remitidos siempre al rigor de un conjunto, de una monumentalidad ya vencida por la nada. Mientras, al igual que los personajes de la novela, nos amparamos en las veladuras, en la mala fe del subtexto, el mentir a medias. ¿Qué sería la existencia si viviéramos expuestos a la intemperie de la franqueza, sin el cobijo de la más mínima subjetividad? ¿Es la elusiva conciencia humana una hechura realizada fuera de los territorios de la Naturaleza, su contraparte? 

Ahora bien, en Caballitos de Tarquinia veo que Duras, en este momento de mi lectura, es Sara, un personaje atrapado en el puño caluroso de una playa italiana, la mano del Mediterráneo sofocándola. Tiene resquicios de la mujer de Lot, es una mujer salobre. El agobio de la canícula le proporciona un embeleso contemplativo, admira los ceremoniales y sabios giros del cuerpo de un pescador antes de lanzar una inmensa red sobre la palpitante fogosidad del mar. Cierro el libro y veo como la red se despliega, ya no hay un puño cercando a Sara sino la palma abierta de un Dios cayendo sobre el ondulante mundo de texto. Me doy cuenta, que de mi lado, el no literario, una densa lluvia asola con dulzura los vidrios del ventanal. Veo que Dios, al igual que el pescador ante Sara, ha dado un giro en el infinito y lanza una ilimitada red llamada lluvia, la fresca urdimbre del rey pescador que cae parsimoniosamente sobre la sed de las piedras, sobre la espesura de los árboles, sobre el sufrimiento de esta gente anónima que somos, una gente de entre líneas que verdadera y reiteradamente somos. Marguerite Duras, contigo me entero de una buena primera vez de aquellas palabras de Nietzsche que leí hace muchos años: “Puede ser que deseemos la verdad, pero ¿por qué rechazar lo no-verdadero, o la incertidumbre y hasta la ignorancia? ¿Ha sido el problema de la validez de lo verdadero quien se ha puesto frente a nosotros, o hemos sido nosotros quienes lo hemos buscado? ¿Quién es Edipo aquí? ¿Y quién es la Esfinge?”

lunes, 24 de abril de 2017

AL GUAIRE… ¿LO DEL GUAIRE?

Tibisay Vargas Rojas

¿Cómo llegan algunas palabras a nuestra lengua?, pues, por dinámica social, y, agrego, por elan. Sí, por ese continuo impulso de la vida que Bergson señaló como causa de la evolución y el desarrollo de la misma. Así ocurre con un río. Uno que especialmente voy a tocar en estas líneas, movida por el impulso de los avatares del país, y principalmente por la indignación que me causan expresiones peyorativas que me he topado en la red, a propósito de un incidente ocurrido durante una de las marchas pacíficas de ciudadanos que luchan por la dignidad de Venezuela. El suceso en sí, fue la represión de dicha manifestación, con un grado tal de ensañamiento por parte de los cuerpos represivos del Estado, que obligó a los participantes a arrojarse al cauce mezquinamente embaulado y contaminado de río Guaire.

Guaire, Guaire, no se ponen de acuerdo los estudiosos para dar origen al topónimo del otrora magnífico caudal de agua que atraviesa la congestionada, pero no menos hermosa ciudad de Caracas. Termina siendo Guaire, del guanche “guayre”, nombre con el que los aborígenes canarios denominaban a su jefe tribal, y cuyo significado fue propuesto por el filólogo tinerfeño Juan Álvarez Delgado (1900-1987), derivado del vocablo bereber “amgar”, que significa grande, jefe, notable. De igual modo, el historiador y filólogo Ignacio Reyes, también tinerfeño, traduce el vocablo desde la primitiva forma “ggwair” que se traduce como superior, notable. Deduciríamos entonces que nuestro Guaire tiene raíces filológicas canarias, y no es descabellado, pues la afluencia de canarios a nuestro país durante el siglo XVII fue considerada masiva, estableciéndose una importante colonia. No faltan, sin embargo, estudiosos como el escritor e historiador Arístides Rojas, que consideraran el vocablo americano, y aunque sin base para exponerlo, derivaran Guaire del quechua “Huaira”, que significa “viento”. El Guaire, es un río afluente del Tuy, que recorre 72 km. Desde la confluencia de los ríos San Pedro y Macarao en Las Adjuntas, atravesando la ciudad en dirección sudeste.

Antes del siglo XX, no estaba contaminado, y como principal vía fluvial del Valle de Caracas, era navegable. Fue durante el gobierno de Guzmán Blanco a finales del siglo XIX, que se dotó la ciudad de cloacas y alcantarillas, ordenando que se usara el Guaire como vía principal de desagüe de las aguas residuales, encontrándose en la actualidad en una situación ecológicamente preocupante, sin que mueva la conciencia del ciudadano, o peor aún, por la directa responsabilidad en apersonarse, de los gobernantes de turno, quienes se atreven por ignorancia e insensibilidad, a motejar al noble río, de cloaca, y a los ciudadanos que bajo persecución se arrojaran a su deprimido cauce, de excrementos. Así leo, pues, como triste lema de recientes concursos literarios “Al Guaire, lo del Guaire”, repitiendo el infeliz tweet oficialista “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César, al Guaire lo que es del Guaire”, que en un afán de burla y desprecio se atrevieron a manipular las palabras del Maestro. Y la cuestión, es que les resulta un escupitajo al cielo, porque la nobleza del río, acunó la nobleza de los deprimidos manifestantes salvaguardándolos de la saña.

Ese Guaire deprimido, maltratado, reducido a miseria por las infames administraciones de Estado, resultó salvaguarda de vida y alivio a no menos maltratados y deprimidos ciudadanos que no dudaron en refugiarse a su amparo. La historia de Caracas ha estado estrechamente vinculada al Guaire y su cuenca. Son muchas las citas que desde la colonia se hacen a propósito de actividades que lo relacionan, así como a las quebradas Catuche, Anauco, y Caroata, que en amorosa red fluvial surcan la ciudad antes de desembocar en el Guaire, entregándole la esencia de la ciudad recogida desde el Ávila, San Bernardino, El Silencio y casco central, tomando en cuenta respectivamente el origen o recorrido de dichos afluentes. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, llegan al país, naturalistas con el propósito de realizar colectas botánicas y zoológicas, así como estudios de historia natural, y se realizan las primeras descripciones técnicas y científicas sobre el río Guaire y su cuenca. Entre estos pioneros destaca el ilustre naturalista alemán Alejandro de Humboldt, quien plasma notas y observaciones al respecto en su magna obra “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo”, como de igual modo hicieran el fotógrafo húngaro Pal Rosti, el pintor y zoólogo alemán Anton Goering, el escritor y expedicionario ingles James Mudie Spence, entre otros a quienes no pasó desapercibida la magnificencia e importancia del Guaire, abrevador de la sed de los caraqueños, que del servicio del aguador o aguatero colonial sostenían su vida. Fue en el noble oficio heredado de Castilla, de estos personajes, donde debiera recalcarse la hechura de ciudad. En la maravillosa obra en prosa “El Lazarillo de Tormes”, anónimo español del siglo XVI, una cita pone de relieve la importancia del aguador:
"Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un día en la iglesia mayor, un capellán de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a echar agua por la ciudad. Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís y me quedaba con todo lo que pasase de treinta maravedís diarios."
Imaginamos la visita diaria del aguador en casa de la familia Bolívar, y en la de todos los caraqueños, llevando el cántaro diario repleto de la dádiva del Guaire, así como futuramente se construyeran con igual propósito sobre los afluentes del Guaire, los embalses “La Mariposa”, y “Macarao”.

Pero no solamente la sed se ha abrevado con el río, también ha sido el Guaire fuente de luz, pilar de cualquier ciudad. En 1897, la Compañía Anónima Electricidad de Caracas, fundada en 1985 por el ingeniero Ricardo Zuloaga Tovar, instala la primera estación hidroeléctrica conocida como “El Encantado” en el llamado cañón del río Guaire, iniciando así la etapa de iluminación eléctrica de la ciudad de Caracas, pasando ésta a ser una de las pocas ciudades del mundo, y la primera de Latinoamérica, que para entonces contaba con fluido eléctrico continuo, gracias al aprovechamiento de corriente de agua, creándose luego, por la expansión demográfica, las estaciones “Los Naranjos” y “La Lira”. Guaire, Guaire, el notable, el superior, hoy reducido, convertido en el gran vertedero de la ciudad.

Guaire, Guaire, siento en su nombre los ecos de la dinámica fluvial que trazó los planos de la ciudad con generosidad paterna, desde los primitivos asentamientos en sus márgenes de los bravos aborígenes Caracas, la instalación colonial, hasta el perfil urbanístico que no cesa de crecer. Guaire, Guaire, el Sena y Támesis caraqueño que no goza del prestigio y orgullo que conceden franceses e ingleses a sus emblemáticos ríos, no menos contaminados, pero jamás maltratados de palabra, olvido e ignorancia. Guaire, Guaire, convertido por ignominia en el gran vertedero de la ciudad, que quizá sólo se sostiene por las vivres (wyvern), como el folclore druídico llamaba a la energía de la tierra, la gran serpiente promotora de la vida y fecundidad. Me atrevo a sostener que sólo por ello permanece el Guaire, por esa fuerza cósmica que seguro pulsa en los moradores de la gran ciudad que ha sostenido, y que ha hecho eco en las notas patrias “Seguid el ejemplo que Caracas dio”. No saben los opresores el enaltecimiento que han procurado al maltratado río, al compararlo en afán peyorativo con los ciudadanos que buscaron refugio en sus deprimidas aguas. El Guaire es Caracas, viva a pesar del daño, nunca reducida, a pesar del abuso. Caracas es el Guaire, grande, notable. ¿Al Guaire, lo del Guaire?, ¡sí!, ¡y a mucha honra!

(Imagen: Río Guaire.- Óleo de Manuel Cabré.-1915)

lunes, 10 de abril de 2017

CRÓNICAS DE LECTURA (1) LEER A SAKI Y VER A TISSOT. ALGUNAS NOTAS.

                                                               Jeroh Juan Montilla


Desde que abrimos los ojos a cada amanecer y damos el primer paso fuera de la cama vamos tras el misterio. Muchos pueden creer que despertar es el preámbulo para obedecer los mandatos del sendero de las rutinas cotidianas, que cada paso del día está marcado, que el juego de vivir está entrampado en las jaulas de las determinaciones. Pero me atrevo, haciendo uso de una expresión alemana Spieltrieb (juego lúdico) de Friedrich Schiller, a decir lo contrario, desde que despertamos algunos nos dedicamos hacer el juego de construir la belleza para acceder al conocimiento, ir hasta la raíz de la racionalidad; entonces vivir, estemos de acuerdo o no, lo sepamos o no, es ir fascinados o sonámbulos tras el misterio. Para Schiller “…solo el ejercicio estético conduce a lo ilimitado.” Por tanto leer es también un mero juego por alcanzar la belleza absoluta, la antinómica tortuga de Aquiles. Desde leer una guía telefónica o un reglamento o hasta leer lo ordinario de un considerando con disposición para el desconcierto es entrar a un juego cultivado, a un partido de elaborados descubrimientos. Toda lectura, y hasta la relectura, es toparse siempre con la novedad. Eso ocurrió con mi reciente lectura: “Las aventuras de Reginald” (editorial Claridad, 2006) del escritor británico Héctor Hug Munro (1870- 1916), mejor conocido como Saki. Tengo que agradecer al escritor y amigo Luis Guillermo Franquiz el préstamo de dos libros de relatos de esta delicia de autor, el otro texto, que aun leo, tiene como título “Juguetes para la paz” (editorial Montesinos, 2005). En el primero se reúnen dos libros: “Reginald” (1904) y “Reginald en Rusia” (1910). Reginald es un irónico dandi con una incorregible disposición a provocar una y otra vez con gracia el estupor y el escándalo. Toparse con las memorables frases y las historias de este personaje fue un goce del pensamiento. Cuantas revelaciones nos esperan tras el modesto acto de leer.

Saki fue un birmano de nacimiento pero de indudable personalidad británica, huérfano, criado por unas espantosas tías en Londres, escapa de ellas y termina como policía en Birmania, seguía así los pasos del padre, regresa a Inglaterra enfermo, se recupera, trabaja como periodista mientras escribe cuentos y novelas, luego en uno de sus arrebatados gestos se incorpora a ese disparate llamado primera guerra mundial, entra como sargento de los fusileros reales a una trinchera de los campos de Francia, allí muere a manos de un francotirador. El hacedor de ingeniosas paradojas cae bajo el feo lazo de lo injusto e inexplicable. Gracias al Infinito queda la herencia de sus relatos, incisivos, irónicos, escépticos, cínicos y matizados con la elegancia del mejor humor de una nación de reinas disímiles como Isabel y Victoria. El impacto de lo paradójico, de lo asombrosamente contradictorio puede desatar en nosotros una muda carcajada, un reír del intelecto. Por cierto, aprovecho la oportunidad para recomendar la lectura de “Mis chistes, mi filosofía” del filósofo esloveno Slavoj Zizek, no imaginaba que tan apropiado es el humor para transitar sin tropiezo los meandros de lo filosófico. Excelente texto.

Saki me hizo redescubrir la risa inteligente, esa que no para de resonar en los textos de Oscar Wilde. Este tipo de humor es una cosa exótica en un país como el nuestro, donde el humor es originariamente crudo, cuestión (aclaro) que no lo hace ni peor ni mejor que el flemático humor inglés, solo lo presenta como distinto, una variante con mucho valor y creatividad en el mapamundi del humor.  Ahora bien otro descubrimiento que encuentro en este libro de Saki, especialmente en esta edición, es la foto de su portada. Un acierto de los diseñadores de la editorial Claridad. Es un precioso y apropiado cuadro del pintor francés James Tissot (1836-1902). Tissot igual que Saki luchó en una guerra, la franco-prusiana, se casó con una irlandesa, vivió mucho tiempo en Londres donde estudió grabado y trabajó como caricaturista para la revista Vanity Fair. Lo inglés se quedó para siempre en el estilo de sus cuadros y en las hermosas miradas de sus personajes femeninos. No puedo dejar de mencionar que este apellido me hizo recordar uno de los relojes muy mencionado en la televisión de mis años de infancia. Esta portada fue un hallazgo. Es un despliegue a todo color de una pintura de 1877, titulada “Remembrance Ball on Board” (véase foto de la portada) Imagen preciosa e impecable, un trio, un atento joven y dos elegantes damas en amena conversación, una típica escena en la cubierta de un barco, muy empapada de una discreta sensualidad de fin siglo XIX. De inmediato me dediqué a explorar en red todos los cuadros de este artista galo, ubicado en la corriente plástica conocida como el realismo academicista. Una obra nada escandalosa, pero intensamente bella tras su fachada exquisitamente burguesa, se capta en ella un daimon particular, el sobrio juego con la belleza en las naciones británicas. Saki y Tissot,  maestros del uso oportuno de lo paradójico para crear una literatura y un arte elegante, divertido e inteligente. Un hacer que sacuda nuestra conciencia, la active, despierte definitivamente nuestros sentidos físicos y mentales, los despabile en esa persecución diaria de lo bello descubriendo que lo contradictorio del vivir es una oportunidad didáctica para contactarnos con la totalidad. Finalizamos cabalgando las palabras de Schiller: “No hay otro camino para conseguir que el hombre pase de la vida sensible a la racionalidad que darle primero una vida estética.”

jueves, 5 de enero de 2017

ENTRE DOS DICIEMBRES: SAN MARCOS Y URICA. JOSÉ TOMÁS BOVES ABRIÓ EL CAMINO AL CAUDILLISMO VENEZOLANO

                                                                      Ubaldo Ruiz


La accidentada vida republicana de Venezuela se inició el siglo XIX bajo el influjo de un fenómeno, que aunque se pretendió superado a mediados de la centuria que recién finalizó, siempre ha permanecido más o menos latente, y en este inicio del tercer milenio lo tenemos más presente que nunca. Nos referimos al Caudillismo, una forma de hacer política cuyo substrato lo constituye primariamente la cesión de las aspiraciones y la responsabilidad de una sociedad a la voluntad de un individuo con mucho más carisma que ideas. No extrañaría que la opinión de personas enteradas del tema se incline hacia el argumento de que el Caudillismo, como fenómeno de la política venezolana, se engendró al calor de la guerra de independencia. Y menos sorprendería una coincidencia con la afirmación de Juan Vicente González, según la cual José Tomás Boves fue “El primer jefe de la democracia venezolana”. Jefe en el sentido de caudillo tal como lo anotamos arriba.
Los historiadores que se han ocupado de conjeturar acerca del origen del ascendiente que este asturiano ejerció sobre un considerable porcentaje de la población venezolana, al punto de haber confeccionado un numeroso ejército que le sirvió de instrumento para desbaratar la denominada Segunda República, coinciden en al menos dos cosas: una, las tensiones sociales engendradas en la sociedad de castas del régimen colonial español, ello serviría de base al argumento que sugiere la existencia de un sentimiento revanchista en las capas de la gente de color contra sus explotadores, los blancos criollos. El antiguo pulpero de Calabozo interpretó correctamente dicho sentimiento para convocar a las masas populares y azuzarlas en contra de una República que para entonces dirigían los mantuanos, caraqueños y de otros lugares.
Otra de las cuestiones que esgrimen los estudiosos del tema se relaciona con las características de los llanos venezolanos. El llanero, influenciado por el medio, fue desde el inicio un tipo adaptado más a la libertad que le brindaban la sabana infinita y la movilidad del caballo, que a la férrea estratificación social arraigada en otros escenarios de la futura República de Venezuela. El desaparecido Cronista de la ciudad de Calabozo, José Antonio Silva era de la opinión de que el llanero sentía un profundo respeto por el individuo que demostrara conocer de caballos. En todo caso, José Tomás Boves ejerció durante años el comercio de equinos entre los llanos de Guárico y las comarcas norteñas de valles y costas. Eso ha podido convertirlo en experto conocedor de estos animales, y también en un hombre respetado por la grey llanera. Para algunos ello explicaría el hecho de que sus tropas lo distinguieran con el apelativo de taita, con el que también pasó a la historia.
Hay un detalle que revelaría el profundo conocimiento que Boves adquirió acerca del llano y los llaneros, y es que él agrupaba a sus hombres en escuadrones o batallones de acuerdo al lugar de donde provenían, a los cuales les asignaba el nombre de esos lugares, y así, según Acisclo Valdivieso Montaño, Boves organizó sus batallones “integrado cada cual por soldados de la respectiva región como para imprimirle estímulos, de manera que “Guayabal” no se dejase eclipsar en temeridad, arrojo y valentía por “Guardatinajas”, ni uno ni otro por “Espino”, “Rastro” o “Tiznados”.” Lo cierto fue que por una razón u otra, logró este asturiano trasplantado al llano guariqueño, para diciembre de 1813 presentar en Calabozo un enorme ejército que había confeccionado meses antes mediante el llamado hecho a la gente de color a través del “Bando del Guayabal” en aquella población.
Boves y su ejército llanero en ciernes previamente había sido derrotado por Campo Elías en el caño de Mosquiteros al Este de Calabozo, el 14 de octubre de 1813, un mes después de haber triunfado sobre los insurgentes muy cerca de allí, en Santa Catalina. Ante este descalabro huyó hacia el pueblo de San Gerónimo del Guayabal, en donde reorganizó sus tropas para dirigirlas contra la República; pero en la Villa de Todos los Santos se le opuso el oficial Pedro Aldao, quien le presentó batalla en el paso de San Marcos, el 8 de diciembre de 1813. A partir de este momento, y hasta su muerte en Urica un año más tarde, Boves haría una campaña que no solo echó por tierra el segundo ensayo republicano, sino que inauguró el régimen del Caudillismo en Venezuela.
Con un contingente que oscilaba entre 7 mil y 9 mil efectivos, según la fuente consultada, y en el cual predominaba la caballería llanera, el asturiano llanerizado cobró venganza de Campo Elías en La Puerta, y a pesar de ser derrotado sucesivamente por la tenacidad de Ribas, Bolívar y Mariño, en La Victoria, San Mateo y Bocachica, logró rehacerse en Calabozo en mayo de 1814, para continuar invicto una campaña que lo llevó a derrotar al propio Libertador y a Mariño en La Puerta, y a provocar la emigración de la población de la ciudad de Caracas hacia el Oriente. Causando estragos, y mediante una crueldad célebre, Boves derrotó a los patriotas sucesivamente desde junio hasta noviembre de 1814, cercando a los restos de las tropas republicanas en la población de Urica, cercana a la ciudad de Maturín. Allí las derrotó el 5 de diciembre de ese año en la batalla en la que también perdió la vida atravesado por una o varias lanzas patriotas.
Los autores de la muerte de Boves nunca se han identificado. Algunos dicen que fue el general Pedro Zaraza, otros que un oficial de apelativo Belisario, unos que un soldado apellidado Bramante, y hasta hubo alguien que llegó a afirmar que fue su propio lugarteniente Francisco Tomás Morales. Tampoco se ha aclarado el lugar de sepultura de los restos de Boves. Siempre se ha creído que fue enterrado en la iglesia de Urica, pero existen evidencias de que la inhumación de los despojos mortales del asturiano tuvo lugar en San Fernando de Apure o en el propio Calabozo.
Lo que al parecer sí quedó claro de la actuación de José Tomás Boves fue la apertura del camino para la instauración del fenómeno del Caudillismo en Venezuela, un camino regado de sangre y de cadáveres, que iba a ser transitado por José Antonio Páez, José Tadeo Monagas, Ezequiel Zamora, Juan Crisóstomo Falcón, Antonio Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, José Manuel Hernández y Cipriano Castro, entre otros muchos caudillos del siglo XIX.
BIBLIOGRAFÍA:
CARRERA DAMAS, Germán (2009) Boves. Aspectos Socioeconómicos de la Guerra de Independencia. Caracas: ACADEMIA Nacional de la Historia.
MONDOLFI GUDAT, Edgardo (2005) José Tomás Boves. Caracas: C. A. Editora El Nacional. Biblioteca Biográfica Venezolana.
USLAR PIETRI, Juan (2007) Historia de la Rebelión Popular de 1814. Caracas: Fondo Editorial Ipasme.

VALDIVIESO MONTAÑO, Acisclo (2000) José Tomás Boves Caudillo Hispano. Caracas: Eduven. Colección la Palma Viajera.

Imagen tomada de http://emplugones.blogspot.com/2011/01/jose-tomas-boves-heroe-o-villano.html

domingo, 1 de enero de 2017

URBANOS ANDARES DE VÍCTOR PARRA

Argenis Díaz / 2016.

La poesía, como la sabiduría, clama en las calles, sigue dando su voz en las plazas públicas, “clama en el extremo superior de las calles ruidosas” (Proverbios 1: 20, 21). Los “urbanos andares” de Víctor Parra nos hablan de eso, de poesía, la cual nos acerca un tanto a la sabiduría. Conocer la calle, las plazas, los mercados, los espacios concretos de la ciudad, no basta para escribir poesía, hay que sentir y visualizar las cosas, auscultar las palabras, para sacar aquellas que expresen lo que quieres hacer sentir, pensar, imaginar. Camilo Sitte (1843-1903) se refería en sus ensayos a la heterogeneidad del medio urbano y de las formas directrices de este espacio, determinadas por los elementos vitales que mencionamos.

Lo urbano en la poesía de la modernidad es recurrente, la ciudad está presente en la voz poética representativa de la lengua española. Hurgamos un poco en la publicación Poesía Urbana (Antología 1980 – 2010) de Luis García Montero; hallamos expresiones como “la ciudad se convierte en un dispositivo que dispara el fluir poético”. Y esta nos remite a nombres importantes en la poesía y frases que revelan la ciudad como objeto o sujeto del poema. En José Martí… “cuando va a la ciudad mi poesía / me vuelve herida toda…” Federico García Lorca dirá: “No es el infierno, es la calle / No es la muerte, es la tienda de frutas”. El poeta va del antagonismo a la complicidad con la ciudad. El poeta es un cómplice de ese existir urbano hecho decir.  Por su parte, Octavio Paz afirma que la ciudad se ha convertido en nuestra piel. Con esto en mente volvamos al ámbito urbano local.
Víctor Parra recorre las calles de su Villa de San Luis de Cura (nombre de raigambre histórica de un pueblo devenido en ciudad) para connotar en su poesía un espacio subjetivo que parte de lo real concreto para trascender en la palabra poética: Repaso/ con la mirada/ las calles…
No obstante, existe  una transfiguración de los personajes y el escenario donde actúan realidades diversas, literarias y metaliterarias, marcadas por referentes específicos. Los epígrafes con que abre el libro muestran esta diversidad: Víctor Valera Mora con su “camino por las calles como me da la gana”; Héctor Lavoe, recordándonos que la calle es una selva de fieras salvajes, y vuelta al terruño con Aly Pérez, con su poesía de la provincia “siempre amable con sus hijos”, objetos literarios que denotan cierta paradoja o complejidad del hecho urbano como tal.
Esta lectura nos prepara para abordar estos Poemas de urbanos andares (2013) que nos muestran al poeta en una dimensión cotidiana distinta al derrame erótico de Al borde del estallido (2009), su libro anterior. En este libro el poeta intenta dar una lectura a la ciudad que en algunos casos ha sido vista como un palimpsesto en el que se ocultan escrituras anteriores grabadas en la memoria colectiva, sin faltar las intertextualidades. Ejemplo lo tenemos en fragmentos como: “las meretrices de costumbre/ comercian coitos/ apostadas en las barras/ pescan clientes/ me hacen recordar/ al poeta norteamericano Carl Sandburd/…” Son otras calles transfiguradas (las calles de Chicago) y una referencia literaria producto de lecturas que son evocadas por el autor.
Sobresalen en estos textos tales referencias poéticas o literarias: “la poesía del chino Valera Mora/ convida a develar arcanos”. La “mesonera” escribe bolígrafo en mano, mientras “tu mano apresa/ La Mala Hora/ del Gabo García Márquez”. Hasta Heráclito perturba el lugar y el instante del reencuentro en la mesa de un bar o restaurante. Los espacios, como espejos, reflejan al viejo Borges. Como cartas sobre la mesa corren los poemas de Aly Pérez o de Cintio Vitier en sus orígenes, “con sonetos/ de la Habana sus malecones y soles” que son vistos desde otra perspectiva, más local e íntima.
El sentimiento está ligado a las sensaciones, en versos como el que da nombre al libro: “esta tristeza marina de urbanos andares/ recorro a diario mi ciudad/ acaricio su entrepierna su impudicia/ con el paso de los días/ esta Villa de San Luis de Cura/ va incrustada en mi costado de poca orilla/…” La ciudad grita “sus blasfemias” en la canícula, precisamente “a las 3 de la tarde”. Del antagonismo a la complicidad o viceversa.
Los nombres en la ciudad obligan a lecturas exóticas: “La panadería/ ostenta el nombre/ del Danubio/ río de Hungría”, pero es un “danubio de panes dulces o salados”. Hay otro referente al Danubio en un vals “interpretado en la dulce voz de Julio Jaramillo”. La panadería al frente de la Plaza Bolívar de Villa de Cura, que en un instante se convierte en un lugar precario donde la conversación “sigue su ruta/ de pasados o tristezas”, donde aletean “las desilusiones”. Además de la calle Bolívar, el río Curita “transparente”, una agencia de loterías rememora las de Babilonia, en esta una muchacha atrae a los clientes que se juegan a la suerte con su mirada, su piel canela y su cabellera negra.
La poesía se desenvuelve en espacios cotidianos: el automercado, el centro comercial, las calles, los bares, las plazas, imágenes trastocadas, transfiguradas en un lenguaje que busca construir universos paralelos, referentes, memorias y olvidos. La voz poética se convierte en intrusa en un mundo prosaico, caótico y  neurotizante, pero que contiene recuerdos, encuentros o desencuentros con el pasado. También hay lugar para la muchacha de larga cabellera, los gallos que cantan “deseos de patios”. Formas y contenidos que alucinan, partiendo de lo concreto de lo cotidiano, de lo urbano y de lo profano. No solo es Villa de Cura, sino que Caracas irrumpe con sus Colinas de Urdaneta y Magallanes de Catia, contraste o paralelo entre ciudades disímiles que se encuentras en el corpus poemático.
Comparten este espacio textual poético un grupo de textos bajo el título de Poemas de la convalecencia donde la estructura señala un ritmo quebrado y distinto marcado por algunos versos más largos y horizontales. No obstante, un tema difícil de tratar en poesía como es este de rememorar una operación quirúrgica, donde el frío muerde la piel. Esta sección no es el mejor logro del autor y el yo poético queda solamente reducido a un metalenguaje (en versos quebrados) que habla de la personal experiencia de ser sometido a un espacio físico donde “médicos/ enfermeras/ entran/ salen/ regresan…” Bueno, mejor es un poeta vivo que un escritor muerto.
Sigue privando en la poesía de Víctor Parra el verso quebrado, la verticalidad de la estructura textual con ráfagas de horizontalidad cuando el pensamiento fluye. La pausa y el espacio en blanco son propuestas de lectura que mantienen un ritmo propio. Los poemas son edificios de palabras en equilibrio precario a veces. La temática urbana no es fácil de tratar, pero estos textos constituyen un empeño por darle una lectura posible a la ciudad, al conglomerado de imágenes que llevamos dentro y que el autor quiere compartir para no olvidar que en todo habita la poesía y clama a gritos por nuestra atención, por ser tomada en cuenta en el sentido de la vida.   


Poemas de urbanos andares.
Víctor Parra Rivero.
Editorial Proyecto Expresiones.
Maracaibo. 2013.

Referencia bibliográfica

García Montero Luis. Poesía Urbana (Antología 1980-2010). Editorial Renacimiento, 2010. Consultado en: https://books.google.co.ve/books/about/Poes%C3%ADa_urbana.html?


Presentado el libro Una tarde en el Café Cordano de Víctor Parra



El pasado viernes 9 de diciembre a las 3  de la tarde se realizó la presentación y bautizo del libro Una tarde en el Café Cordano del docente, poeta, narrador y cantautor Víctor Ramón Parra Rivero. El acto se llevó a cabo en la Casa de La Valenciana, ubicada en la calle Dr. Rangel entre Páez y Comercio de Villa de Cura, estado Aragua, en presencia de un grupo de amigos, amigas, familiares y el concejal Larry Coronado quien patrocinó la publicación de la obra a través de la Editorial Proyecto Expresiones. 

Una tarde en el Café Cordano es un texto narrativo, específicamente un cuento, que refiere a un  bar y restaurante antiguo y tradicional del centro histórico de Lima (Perú) que fue fundado a principios de 1905 por los hermanos Luis y Antonio Cordano y declarado Patrimonio Cultural de la Nación el 26 de abril de 1989. El texto presenta una historia con una ruptura temporal y espacial que la coloca en el contexto de la narrativa moderna. La obra contiene, además, una serie de breves narraciones donde -según el mismo autor- se pueden apreciar aspectos metafísicos, cierta ironía y descripciones de cuadros de famosos pintores donde corre la pasión, los aguijones de la carne y los saltos de líneas temporales, con aportes del realismo mágico y lo real maravilloso en cuanto a su forma y contenido.

Víctor Ramón Parra Rivero

Víctor Parra Rivero. Docente, poeta, narrador, cantautor y locutor. Es egresado de la UPEL El Mácaro en la especialidad de Educación Rural. Nació en Villa de Cura, estado Aragua, Venezuela, el 27 de noviembre de 1967. Estudió la Primaria en el Colegio Simón Bolívar y la secundaria en el Liceo Alberto Smith, ambos de Villa de Cura. Ha participado en talleres de poesía y narrativa. Taller de Poesía La Cigarra (del fallecido Aly Pérez), Taller Literario de Maracay con Igor Barreto; taller de narrativa con Kristel Guirado. 
Sus trabajos han sido publicados en las revistas y periódicos locales, como la revista Expresión y el quincenario El Vigía, de Villa de Cura; revistas Entre Amigos y Vida Activa; en los periódicos La Antena (Guárico), HOY en Aragua, El Portavoz de Aragua y El Periodiquito (suplemento Cultural “Contenido”). Revistas literarias: Hipocampo (1993), Garabato (1994). 
También aparece en Narrativa de Aragua (1970-1996). Ediciones Secretaría de Cultura del Estado Aragua. 1997. Muestra de minificción aragüeña (1979-2000). Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua. 2001. 
Publicaciones
Al borde del estallido, poesía, publicado por Editorial El perro y la rana. Ediciones de Aragua 2009. Colección Historias de Barrio Adentro. Serie Poesía.
Poemas de urbanos andares. Editorial Proyecto Expresiones. 2013.
Una tarde en el Café Cordano, narrativa. Editorial Proyecto Expresiones. 2016.