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lunes, 10 de abril de 2017

CRÓNICAS DE LECTURA (1) LEER A SAKI Y VER A TISSOT. ALGUNAS NOTAS.

                                                               Jeroh Juan Montilla


Desde que abrimos los ojos a cada amanecer y damos el primer paso fuera de la cama vamos tras el misterio. Muchos pueden creer que despertar es el preámbulo para obedecer los mandatos del sendero de las rutinas cotidianas, que cada paso del día está marcado, que el juego de vivir está entrampado en las jaulas de las determinaciones. Pero me atrevo, haciendo uso de una expresión alemana Spieltrieb (juego lúdico) de Friedrich Schiller, a decir lo contrario, desde que despertamos algunos nos dedicamos hacer el juego de construir la belleza para acceder al conocimiento, ir hasta la raíz de la racionalidad; entonces vivir, estemos de acuerdo o no, lo sepamos o no, es ir fascinados o sonámbulos tras el misterio. Para Schiller “…solo el ejercicio estético conduce a lo ilimitado.” Por tanto leer es también un mero juego por alcanzar la belleza absoluta, la antinómica tortuga de Aquiles. Desde leer una guía telefónica o un reglamento o hasta leer lo ordinario de un considerando con disposición para el desconcierto es entrar a un juego cultivado, a un partido de elaborados descubrimientos. Toda lectura, y hasta la relectura, es toparse siempre con la novedad. Eso ocurrió con mi reciente lectura: “Las aventuras de Reginald” (editorial Claridad, 2006) del escritor británico Héctor Hug Munro (1870- 1916), mejor conocido como Saki. Tengo que agradecer al escritor y amigo Luis Guillermo Franquiz el préstamo de dos libros de relatos de esta delicia de autor, el otro texto, que aun leo, tiene como título “Juguetes para la paz” (editorial Montesinos, 2005). En el primero se reúnen dos libros: “Reginald” (1904) y “Reginald en Rusia” (1910). Reginald es un irónico dandi con una incorregible disposición a provocar una y otra vez con gracia el estupor y el escándalo. Toparse con las memorables frases y las historias de este personaje fue un goce del pensamiento. Cuantas revelaciones nos esperan tras el modesto acto de leer.

Saki fue un birmano de nacimiento pero de indudable personalidad británica, huérfano, criado por unas espantosas tías en Londres, escapa de ellas y termina como policía en Birmania, seguía así los pasos del padre, regresa a Inglaterra enfermo, se recupera, trabaja como periodista mientras escribe cuentos y novelas, luego en uno de sus arrebatados gestos se incorpora a ese disparate llamado primera guerra mundial, entra como sargento de los fusileros reales a una trinchera de los campos de Francia, allí muere a manos de un francotirador. El hacedor de ingeniosas paradojas cae bajo el feo lazo de lo injusto e inexplicable. Gracias al Infinito queda la herencia de sus relatos, incisivos, irónicos, escépticos, cínicos y matizados con la elegancia del mejor humor de una nación de reinas disímiles como Isabel y Victoria. El impacto de lo paradójico, de lo asombrosamente contradictorio puede desatar en nosotros una muda carcajada, un reír del intelecto. Por cierto, aprovecho la oportunidad para recomendar la lectura de “Mis chistes, mi filosofía” del filósofo esloveno Slavoj Zizek, no imaginaba que tan apropiado es el humor para transitar sin tropiezo los meandros de lo filosófico. Excelente texto.

Saki me hizo redescubrir la risa inteligente, esa que no para de resonar en los textos de Oscar Wilde. Este tipo de humor es una cosa exótica en un país como el nuestro, donde el humor es originariamente crudo, cuestión (aclaro) que no lo hace ni peor ni mejor que el flemático humor inglés, solo lo presenta como distinto, una variante con mucho valor y creatividad en el mapamundi del humor.  Ahora bien otro descubrimiento que encuentro en este libro de Saki, especialmente en esta edición, es la foto de su portada. Un acierto de los diseñadores de la editorial Claridad. Es un precioso y apropiado cuadro del pintor francés James Tissot (1836-1902). Tissot igual que Saki luchó en una guerra, la franco-prusiana, se casó con una irlandesa, vivió mucho tiempo en Londres donde estudió grabado y trabajó como caricaturista para la revista Vanity Fair. Lo inglés se quedó para siempre en el estilo de sus cuadros y en las hermosas miradas de sus personajes femeninos. No puedo dejar de mencionar que este apellido me hizo recordar uno de los relojes muy mencionado en la televisión de mis años de infancia. Esta portada fue un hallazgo. Es un despliegue a todo color de una pintura de 1877, titulada “Remembrance Ball on Board” (véase foto de la portada) Imagen preciosa e impecable, un trio, un atento joven y dos elegantes damas en amena conversación, una típica escena en la cubierta de un barco, muy empapada de una discreta sensualidad de fin siglo XIX. De inmediato me dediqué a explorar en red todos los cuadros de este artista galo, ubicado en la corriente plástica conocida como el realismo academicista. Una obra nada escandalosa, pero intensamente bella tras su fachada exquisitamente burguesa, se capta en ella un daimon particular, el sobrio juego con la belleza en las naciones británicas. Saki y Tissot,  maestros del uso oportuno de lo paradójico para crear una literatura y un arte elegante, divertido e inteligente. Un hacer que sacuda nuestra conciencia, la active, despierte definitivamente nuestros sentidos físicos y mentales, los despabile en esa persecución diaria de lo bello descubriendo que lo contradictorio del vivir es una oportunidad didáctica para contactarnos con la totalidad. Finalizamos cabalgando las palabras de Schiller: “No hay otro camino para conseguir que el hombre pase de la vida sensible a la racionalidad que darle primero una vida estética.”

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