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jueves, 27 de septiembre de 2007

DE CÓMO UNA VEZ CONTRIBUÍ A CONSTRUIR EL COMUNISMO

Edgardo Malaspina*



Son tres días en tren desde Moscú hasta Kazajstán, el país de las estepas, y el Valle de las Piedras, donde las dunas cantan al soplo de los vientos y se encuentra el cosmódromo Baikonur, rampa de lanzamiento del primer hombre al espacio.
El viaje se hace ligero, la lectura hace olvidar las distancias. A veces conversas amenamente con los compañeros del vagón, juegas al ajedrez o te entretienes en la ventanilla observando los paisajes móviles: estaciones con gente apresurada, árboles grandes, rieles paralelos, trenes en sentido contrario que dejan un ruido sordo, pueblos con casas de madera, hombres trabajando en un huerto o arreando vacas. Sueñas con el traqueteo del tren. En la mañana tomas el té caliente, y eso cae muy bien en el estómago.
Atravesamos los Montes Urales con su vegetación impresionante; la estepa, el desierto, arena y piedra para entristecerse y reflexionar. Tal vez contemplando un paisaje similar de inhóspito, el poeta ucraniano Tarás Shevchenko escribió:
-El desierto no tiene verdor alguno, sólo arena y piedras. Uno se siente tan triste, que dan ganas de ahorcarse”. Bueno, no era para menos: estaba preso.
Luego el espíritu se reconforta: aparecen pinares y ajenjos, bosques de bayas y setas. Más tarde vemos las yurtas, las viviendas de los pastores, cónicas, de piel de oveja y cercas de madera.
En el 1218 Gengis Khan invadió Kazajstán, el cual pasó a formar parte del Imperio Mongol, conocido mejor como la Horda de Oro. Después de muchas guerras los kazajos decidieron unirse a la Rusia zarista en 1731. Con el triunfo de la revolución rusa en 1917 los marxistas organizaron al pueblo, y en 1919 los kazajos rojos derrotaron a los blancos. En 1920 Kazajstan se declaró socialista y empezó la cooperativización de la agricultura a través de los koljozes.
Vivíamos en el koljoz “18 años de Kazajstán”, cerca de Shortandí, en una casa de paredes muy anchas. De día el calor era agobiante, y de noche hacía mucho frío. Estuvimos en Tselinograd y en Alma – Ata, la capital. Almá – Ata es la ciudad de los manzanos, las calles rectas, los canales y las fuentes refrescantes. Visitamos el Teatro Académico Kazajo de Opera y Ballet “Abái”, contemplamos la montaña de Koktiubé. Precisamente estuvimos en esta ciudad en 1978, año cuando se celebró allí la famosa conferencia internacional de médicos y en cuya declaración se definió el concepto de atención primaria de salud. Pero para esa época yo era un estudiante que apenas se iniciaba en la carrera de medicina y empleaba mis vacaciones para trabajar en las brigadas estudiantiles o stroiatriad. Esta aventura la repetí en el siguiente año. Mi brigada se llamaba Los Ingenieros.
Las brigadas estudiantiles de trabajo voluntario permitían obtener un dinero extra, pero también era una actividad idealista: una parte de lo ganado era destinado a un fondo de solidaridad con los pueblos en lucha contra el imperialismo, el neocolonialismo, el fascismo y la reacción. Así nos lo transmitían. Así lo repetíamos con orgullo. En 1978 aportamos tres días de nuestro trabajo a esos fondos solidarios.
Nuestra labor se relacionaba con la construcción: hacíamos casas con paredes hasta de un metro de grosor y techos compuestos de varias capas de diferentes materiales, aserrín y cemento. Este tipo de viviendas tiene una ventaja: cuando hay nieve produce calor, y al contrario, durante la estación calurosa son frescas porque no las penetra la luz solar.
Nos levantábamos temprano, y luego del desayuno nos dirigíamos a la construcción. Usábamos muchas piedras, las cuales cargábamos en parihuelas; y ese era precisamente uno de mis ocupaciones. En la tarde descansábamos. Los sábados eran también laborales; pero el domingo era de fiesta. Varias veces, al aire libre, hicimos la típica parrilla rusa o shaslik. La cerveza la traían en barriles y nadie se preocupaba en enfriarla. Era una cerveza fuerte y de un amarillo oscuro. A veces la fiesta era en un salón con música en vivo y mucho vino. Recuerdo un vino tinto ácido llamado Aldán que vendían en botellas pequeñas.
Observé que en el campo la gente solía andar en sus caballos y que la estepa es muy similar a nuestro llano. En un momento de nostalgia empecé a escribir unos cuartetos dedicados a Páez:

Gama de soplos raudos tendida sobre el llano
un retazo de sol ruboriza el ocaso
flameando en lo infinito su palpitar de arcano
va bordeando laguna sobre la hierba el paso.

Alba de claroscuro, canto de ave perdido
el rancho entre palmeras, en celestial reposo
romance del coplero, armonía de un bramido
prisionero el lucero del remansado pozo.

Luego seguía una retahíla de las mismas estrofas cursis con expresiones que invocaban a la mitología, Páez-Aquiles-Marte, rayos serpenteados, éter escarpado, infierno de Dante por batalla feroz, galope fragmentado, fulgor de metales, tropel en arrojo, tolvaneras, hecatombe; y un montón de otras ridiculeces, probablemente inspiradas en Venezuela Heroica y en Zárate. Años después cayó en mis manos un libro voluminoso llamado Versos al General José Antonio Páez. Entonces comprendí que en el subconsciente colectivo venezolano es Páez el héroe de mayor atractivo a la hora de recrear con la literatura nuestra historia porque encarna la materialización de la gloria a partir de la nada .El propio mito, pues.
El presidente del koljoz, un señor entrado en años y que siempre llevaba un sombrero pequeño, solía venir a nuestro campamento. Decía que su empresa había cumplido con los planes del año con muchas ganancias y nos obsequiaba carne, leche y mantequilla, productos que normalmente no se veían en otros koljozes similares.
En agosto se celebraba el día del constructor. En esa fecha los dirigentes de la brigada eran derrocados simbólicamente y se decretaba una parranda general. Durante el golpe de estado se decían cosas muy duras, sólo permitidas para esa ocasión. Por ejemplo, los líderes del golpe criticaban a las autoridades estudiantiles. Estas acusaciones, para un buen entendedor, eran una crítica general a todo lo que estaba pasando en la Unión Soviética. La comida y el trago sobraban. Luego las autoridades entregaban reconocimientos a los obreros-estudiantes. Conservo con cariño uno de esos diplomas con una bandera roja, el rostro de Lénin , la hoz y el martillo y las palabras: “Honor y gloria a los vanguardista de la competencia”. El texto completo dice:
Carta de salutación al luchador de la Brigada Los Ingenieros, el camarada Edgardo Malaspina.
La Dirección del Koljoz, el Comité del partido, el sindicato y el Komsomol del koljoz 18 Años de Kazajtán de la región de Shortandí, provincia de Tselinograd, lo felicita en este día tradicional de los constructores.
Con sinceridad y de todo corazón le agradecemos su participación en la Brigada Estudiantil de toda la Unión Soviètica “60 años del Komsomol Leninista”
En los aniversarios, 60 del Komsomol y 20 del movimiento estudiantil para la construcción, Ud., hace un digno aporte para poner en práctica las recomendaciones del histórico XXV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y del Pleno de su Comité efectuado en julio de 1978 con respecto a la construcción de viviendas y otras estructuras para la producción en el campo.
Su trabajo constituye una luminosa página en los anales del movimiento estudiantil de brigadas constructoras.
Le deseamos, estimado camarada, una salud muy fuerte, felicidad personal, éxitos en los estudios, que tenga siempre mucho entusiasmo en todo lo que emprenda. Multiplique y fortalezca las tradiciones del movimiento estudiantil.
Recuerde, Ud, querido camarada, todo lo que Ud ha construído con sus propias manos se lo agradece con todo el alma el colectivo de este koljoz.
Siempre estaremos contentos de verlo, como un representante de la Universidad de los Pueblos, en nuestras Tierras Vírgenes. La Dirección del koljoz. El Comité del Partido. El sindicato. El Komsomol. Cumpliremos con el Quinquenio anticipadamente. 1978.
El presidente del koljoz me entregó el diploma, me estrecho la mano y solemnemente me dijo:
- Camarada Edgardo. Usted está contribuyendo a la construcción del comunismo .Ha aportado su granito de arena para esa gran causa mundial.
Un día nos invitaron a una yurta. Sentados sobre el dastarján – un mantel en el piso -, probamos el beshbarmak, un aderezo con carne de cordero, muy sabroso. Mientras bebíamos el kumís, se dijo que para los kazajos la cultura era no olvidar a las generaciones pasadas y venideras, hasta la séptima.
Uno de los pastores contó lo siguiente:
-Una vez nuestras montañas se reunieron para hablar de la felicidad. La Montaña de Oro dijo:
- La riqueza es el oro, hasta que no saquen el oro de mis entrañas los kazajaos no serán felices.
La Montaña de Plata replicó:
-La felicidad no está en el oro ni en la riqueza sino en la alegría. Con mi plata se hacen cuerdas de instrumentos musicales y campanillas que hacen sonar música para hacer la vida más alegre.
Entonces intervino la Montaña de Plomo:
-Riqueza, alegría...¿Y que haremos cuando ataquen nuestros enemigos?. Necesitamos balas para defendernos. Sin mi plomo no hay riqueza ni alegría.
La Montaña de Cobre explicó:
-Sin mi cobre no se puede vivir. Los calderos para cocer la carne son de cobre, los jarros para el kumis son de cobre, los samovares para el té son de cobre. Sin mi cobre las pasarán mal.
Por último expresó su punto de vista la Montaña de Hierro.
-Lo que más se necesita es el hierro. Los arados, los sables, las hachas y las agujas se hacen de hierro, y no de oro , plata o cobre. El destino del hombre está en el hierro.
-Todas las montañas nos han ayudado, por eso no nos hace falta nada, finalizó su relato el pastor.
Alguien empezó a tocar la dombra Las cuerdas, sonaron como lejanas. Era una música extraña, (al menos para mí) pero agradable.
*Médico, poeta e historiador venezolano.