Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

Mostrando entradas con la etiqueta Ezequiel Zamora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ezequiel Zamora. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de marzo de 2011

Crónicas de una carnicería

LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (y IV)
Alberto Hernández

Un mes después de la algazara de Santa Inés, pasados los tormentos de las dudas y desencuentros por las cizañas sembradas entre Zamora y Falcón, una bala perforó la cara de quien llevaba la voz cantante en la refriega del 10 de diciembre.
Ambos recibieron el año nuevo en Guanare. En ese sitio intentaban darle cuerpo a la tropa, toda vez que su fuerza había quedado agotada. Cuatro días después tomaron camino hacia el centro del país. La idea, como había gritado Falcón en un reciente discurso, era colocar la bandera federal en El Ávila. Para él la gloria estaba cerca. Pero no imaginaba los nubarrones que habrían de colocarse sobre sus cabezas.
El 9 de enero llegaron a las cercanías del río San Carlos. Acamparon mientras un grupo comando atacaba la ciudad del mismo nombre. En la discusión preparatoria para la toma definitiva de la ciudad, hoy capital del estado Cojedes, los dos jefes militares se enfrentaron por diferencias en la forma de hacerse del sitio. Hemos de recordar que tanto Falcón como Zamora prepararon estratégicamente la batalla de Santa Inés, pero fue Zamora el cerebro táctico. Probablemente, en lo táctico se fundamentó la agria discusión.
-La bala en el ojo derecho-
El 10 de diciembre la totalidad de los federales asaltó la cuidad. Según los historiadores, los sitiados enfrentaron con entereza los ataques de los insurgentes.
En el fragor de la contienda, Ezequiel Zamora cruzó el poblado envalentonado por el olor de la pólvora. Se acercó a las trincheras enemigas acompañado del sancarleño Montenegro. Subió a la torre de la iglesia de San Juan. Desde allí vigilaba todo lo que acontecía abajo. La muerte a caballo designaba el momento de quien tenía que rendirle tributo al silencio.
Avisado por el General Payares Seijas, sobre un evento que afectaba parte de la tropa, Zamora descendió de la torre y encaró al Coronel Guzmán Blanco. Se dice que lo tomó por un brazo y le dijo. “Vete muy despacio, sin mover el zarzal que cubre aquel solar, y, al llegar a la calle, corres de modo que en tres saltos cojas aquella puerta de la casa de enfrente”. Este cumplió la orden. Pero la puerta estaba cerrada. Inmediatamente, llegó Zamora quien golpeó con rudeza. “¡Abran, soy el General Zamora¡”, gritó. Las dos hojas de la puerta se abrieron para que la familia Acuña lo dejara entrar. Cruzó el corredor de la vieja casona y pasó al patio. Entró a la vivienda vecina y se dirigió al lugar que le había dicho Payares. El General Piña luchaba en ese lugar. La llegada de Zamora le dio más fuerza y vigor al combate. Se hizo cargo. Con la ayuda de los “gallitos” (bombas incendiarias que se usaba para quemar los techos de las casas y las cercas de madera) se deslizó para tratar de salir del campo de lucha, eludiendo a los francotiradores. En una pared abierta porque la puerta la habían arrancado de cuajo, en medio de órdenes militares, una bala le entró por el ojo derecho. Perdió el equilibrio y cayó en brazos del Coronel Guzmán Blanco.
Con la cara cubierta de sangre, sus compañeros de lucha no podían creer lo que acababa de suceder. “¡Coño, nos mataron al hombre¡ ¡Tronco de vaina¡”, gritó Piña.
Los oficiales Guzmán Blanco y Piña tomaron el cuerpo inerte del General Ezequiel Zamora y lo envolvieron en una cobija. Lo escondieron para que la tropa no perdiera la moral. A Piña lo encargaron de velarlo, mientras Guzmán salió a galope a informar al General Juan Crisóstomo Falcón. Por los lados de La Yaguara lo encontró tratando de taponar a las huestes del gobierno provenientes de Valencia. Al recibir la mala noticia, exclamó: “¡Qué desgracia, Dios mío¡”.
Después se tejieron diversos rumores que trataron de incriminar en el crimen a Falcón y a Guzmán, pero nada de esto pudo ser probado. Al primero lo acusaron de ser el autor intelectual, y al segundo de haber ideado la conspiración.
Muerto Zamora, el General Trías, Segundo Jefe del Ejército, tomó su lugar, quien arengó a la tropa a continuar con la pelea.
“Guzmán regresó al sitio del luctuoso acontecer. Entre él y Piña amortajaron el cadáver. Lo condujeron a casa de los Acuña, por donde había pasado antes, y puesto en un catre lo encerraron en un cuarto cuya llave se guardó Guzmán en un bolsillo, y se dio a buscar dos soldados de absoluta confianza. Escogió en el patio el lugar más apropiado para cavar la fosa y darle sepultura al cadáver, largo rato depositado en la mansión abandonada por los Acuña debido al peligro en que se vieron dada la intensidad del cercano combate. Cuatro soldados anónimos y tres árboles fueron testigos mudos de la breve y patética ceremonia. Disimulado el lugar del entierro con basuras y desperdicios”, relata Vitelio Reyes.
Los soldados que ayudaron a sepultar a Zamora nunca supieron que habían formado parte de un acontecimiento histórico. El cuerpo del General estaba envuelto para evitar que ellos mismos regaran la voz. Fueron dados de baja y enviados a sus lugares de origen.
Se dice aún en los corrillos nacionales que fue un tal soldado u oficial Morón quien disparó contra la humanidad de Zamora, pero todavía el rumor de San Carlos sigue oculto tras el disparo que acabó con la vida del General Federalista.
-Coda-
La figura de los héroes pasa por un espejo roto. A 150 años de Zamora, su imagen ha sido convertida en prócer de una facción ideológica. El historiador Federico Brito Figueroa se lo endosó al Partido Comunista como emblema de lucha. Hoy, cuando el país transita por un terreno donde el discurso se acomoda al siglo XIX, Zamora es centro de controversias y reflexiones.
González Guinán, de quien se decía era liberal y “zamorista”, citado por el historiador Manuel Caballero, escribe sobre la batalla de Santa Inés: “Era aquel pavoroso infierno de la guerra civil y el justo castigo de la Divina Providencia a los hermanos que se enfurecen y combaten, cuando debieran en comunidad tranquila gozar de la vida y de la libertad”.
Los epítetos endilgados a Zamora dibujan a un hombre valeroso, capaz de incendiar la sabana llena de soldados para alcanzar la gloria. No obstante, es bueno precisar que casi todos los guerreros de nuestra historia han tenido conducta bandolera. “¿Puede Chávez invocar esa batalla para planear la suya contra la paz y la democracia?”, se pregunta el mencionado escritor venezolano.
¿Sirve el pasado como plataforma del presente cuando se trata de procesos históricos diferentes protagonizados por personajes emblemas del fracaso? Zamora no vio el fracaso. La muerte fue su gloria. Terminada la Guerra Federal, Falcón, entre otros, negoció con el enemigo. Pactó con los conservadores. Es decir, la leyenda del hombre que reta al diablo encuentra la miseria del fracaso en un país dividido por el discurso irracional de quien cree cabalga al lado de Zamora por los campos de Barinas.
Imagen tomada de http://www.radiomundial.com.ve/yvke/noticia.php?42050

viernes, 22 de octubre de 2010

Crónicas de una carnicería



LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (III)

Alberto Hernández
** La guarimba zamorana acabó con el ejército conservador. Al término de la refriega en la que murieron más de tres mil hombres, los quejidos de los moribundos se confundían con la algarabía del triunfo de los federales
La muerte hinca el diente con la fuerza de su ceguera. La estrategia del matadero fue preparada tanto por Falcón como por Zamora, y la estrategia por el último, quien atendió a la escogencia del lugar hecha por el primero. El caserío de Santa Inés salió del anonimato y se convirtió en enclave donde un grupo de venezolanos se enfrentó inútilmente: los muertos quedaron regados entre el monte, el polvo y el olvido.
En la Biografía del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, escrita por Jacinto Regino Pachano, quien fuera su primer edecán en aquellos días aciagos, se lee:
“Zamora le indicó a Falcón el punto de Santa Inés que ya conocía de antemano, como a propósito, por sus condiciones militares para fortificarse en él. Previsión admirable de Zamora. Se realizó todo conforme él había ideado. Llegamos a Santa Inés y le expuso a Falcón todo su plan, asegurándole el éxito. Falcón le hizo juiciosas observaciones que Zamora contestó satisfactoriamente. Acordados los dos, procedieron a los trabajos de fortificación...y como todas las acciones de esos hombres de espíritu infatigable y asombrosa actividad, decirlo fue hacerlo. Cuando el enemigo pisaba el día 9 de diciembre el terreno de nuestras posiciones, no encontraba un solo palmo de tierra vulnerable; ni un ojo que no estuviera alerta, ni un fusil que no estuviera preparado, ni un hecho que no se sintiese resuelto al sacrificio de la vida...¡Reñidísima¡ ¡Reñidísima fue aquella batalla¡ ¡Diez mil valientes disputándose la victoria¡ ¡Todo un día y una noche de sucesivas embestidas y resistencias crueles...En medio de las descargas nutridas de cañón y de fusilería, apenas se producían rápidos intervalos al lúgubre son de las cornetas...¡No maten más¡ ¡No maten más...¡”.
Según la crónica, nunca se peleó con tanta saña desde la guerra de Independencia. “El encono humano de las contiendas civiles pudo llegar a tanto”. El anunció de una carnicería fue el prolegómeno del verdadero día de la batalla en el sitio de Santa Inés.
El matadero – rompe la voz de la historia- recuerda la imagen de Enrique María Remarque: “Dos ejércitos que combaten es una sola masa humana que se suicida”. En efecto, un suicidio que como tal no conduce a nada, sólo a la muerte, tan de mucha monta cuando se trata del odio.
El primer contacto con el enemigo para iniciar la chamusquina se dio en La Palma. El sol de la mañana aún no anunciaba la llegada de la tarde, cuando Zamora previó que faltaba poco tiempo para iniciar una de las batallas más sangrientas de la historia venezolana.
-“Encuentro de guerrillas”-
La guarimba, palabreja de moda en estos días en los que el siglo XIX nos punza con su atraso, fue la fórmula usada por Zamora y su gente para enfrentar la tropa conservadora. Vitelio Reyes recrudece la acción: “En la madrugada del 10 comenzó el encuentro de guerrillas. Se replegaban paulatinamente los federales atrayendo el ímpetu de los gubernamentales, precisamente hacia las posiciones fortificadas. La ofensiva se recrudecía hacia los atrincheramientos preparados por Zamora. Sobre ellos se aplicó a fondo la Primera División”.
El río Santo Domingo, testigo de aquel encuentro violento, se manchó con el polvo levantado por las patas de las bestias en pleno campo. Entre repliegues y escondidas, Zamora jugaba con el enemigo. Trincheras, agujeros y trampas dejaban en el terreno cuerpos destrozados. El ejército del gobierno pensó que los federales se debilitaban en cada acometida. La Primera División fue desbaratada. Entonces, cuando las trampas cumplieron su cometido, Zamora gritó a voz en cuello cerca del sitio de El Trapiche: “¡Pisaron el peine¡”. El mencionado lugar sirvió para darle la primera estocada a la sorprendida tropa de los conservadores. Por donde entraba era atacada. Encerrada en una suerte de embudo, no había posibilidad de repliegue alguno.
El gobierno avanzó un poco más, con sus fuerzas disminuidas, hasta La Encrucijada, donde la fusilería arrasó con una gran parte de los hombres de Petit, Ortiz, Mora y Franco. El fuego cruzado no les permitía pensar. No obstante, la otra División entró en el campo enemigo gracias al exceso de confianza de De Las Casas: una descarga de plomo cayó sobre Jelambi. La muerte agitó sus alas y convirtió el paisaje en un retrato conmovedor. De todas partes saltaban los hombres de Zamora sobre los del gobierno. Derrotados los godos, iniciaron la retirada en medio de un colchón de cadáveres. Las cifras dieron cuenta de 54 oficiales heridos, entre ellos Espelozín, Oberto, Pulido, Fagúndez y Ramírez. 25 oficiales de alta graduación aniquilados, entre ellos el Coronel Antonio Jelambi. Se sumaron, entre los dos ejércitos, dos mil muertos, sólo en el campo de Santa Inés. “La siembra de cadáveres en tierras feraces fue espantosa”, escribe Reyes.
Los quejidos de los moribundos se confundían con los gritos de victoria de los guarimberos de Zamora. No obstante haber alcanzado el triunfo, Zamora y Falcón seguían planificando como arrasar a los hombres del otro bando. Iniciaron la persecución al día siguiente entre los charcos de sangre y los cuerpos mutilados en pleno campo. En ruta a Barinas, Falcón, quien dirigía la infantería, y Zamora, la caballería, a la altura de Sabana del Bosque, la tropa federal se topó con la gubernamental. De nuevo los conservadores llevaron la peor parte. Una fracción importante de la División de Rubín se entregó rendida. Ya en Mamporal, el General Falcón dio cuenta del resto. A juicio de la crónica de la época, el coraje y la valentía tenían rostro en los vencidos.
De cuatro mil hombres que se enfrentaron en Santa Inés, sólo mil llegaron a Barinas. Es decir, en el camino iban cayendo hombres de ambos bandos. El agotamiento hacía más fácil las acometidas de Zamora, pero también la muerte de soldados de ambos grupos. La carnicería redondeó su paisaje en las horas sucesivas. El hambre era mitigada con el ganado robado, el mismo que pastaba en el campo cercano a la refriega.
La guerra parecía no tener fin, pese a que Santa Inés quedó atrás, lúgubre, atizada por las maldiciones de la muerte y la soledad.
La vieja canción federal resuena entre los muertos, los heridos y los que cabalgaban con Zamora, un poco antes de arribar a San Carlos. El “Oligarcas temblad” quedó como un eco arrinconado. “El cielo encapotado/ anuncia libertad/ ¡Oligarcas temblad¡/ viva la libertad”, y así, “La espada redentora/ del General Zamora/ confunde al enemigo de la revolución”. Entre las breñas de aquella Venezuela, que ahora quieren repetir, se escuchaba: “Las tropas de Zamora/ al toque del clarín/ derrotan la brigada/ del godo malandrín”. Hoy cabe preguntarse, ¿quién es el malandrín?. De esa mortandad hacen 145 años.
El periodista y poeta Jesús Sanoja Hernández nos ayuda: “Aquella era una Venezuela eminentemente agraria y por eso los estudiosos marxistas calificaron a la guerra federal como “guerra campesina”...”. Los mismos campesinos que pelearon al lado de Bolívar, Páez, Morillo, Santander y Boves. Los campesinos de siempre. Campesinos contra campesinos.
Trasladar la Batalla de Santa Inés a los días que nos tocan, afirma Sanoja, implica “cambiar el escenario bélico, por ejemplo el de las ciudades, y utilizar otro tipo de armas, que ojalá sean firmas y votos”. El presente lo es tanto que Santa Inés es una página borrosa en la memoria.
-La antesala de un disparo en la cabeza-
Sanoja Hernández remata: “Si creyera Chávez en reencarnaciones o en la repetición de ciclos históricos, debería tomar en cuenta que 21 días después de la gloriosa batalla, Zamora terminó muerto por balazo misterioso en el asalto a la población de San Carlos”.
El otro remate está en la salida que los venezolanos buscamos denodadamente. Santa Inés es una manía atávica en la vida de Chávez. Y como lo afirma Elías Pino Iturrieta: “Chávez confunde su biografía con la historia de Venezuela”. (Continuará).

miércoles, 4 de agosto de 2010

Crónicas de una carnicería

LA GUERA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (II)

Alberto Hernández

** Zamora y su gente provocan con su vandalismo tormentos y asesinatos, incendios y violaciones, robos y saqueos, conculcando e hiriendo todos los principios de la sociedad, llegó a decir el presidente Julián Castro en una encendida proclama.Las voces de los montoneros helaban la sangre de los pobladores y se la encendían al fanatismo a galope. Las cartas estaban echadas, nuevamente el país sería testigo y víctima de una justicia vengativa. Los resentimientos acumulados trajeron los barros del odio. Los gritos, atascados por años en la garganta, volvían a ensordecer el mapa de Venezuela:

“¡Viva el Movimiento Federalista¡ ¡Viva la Federación de todas las provincias de Venezuela¡ ¡Viva el General Juan Crisóstomo Falcón, Primer Jefe del Movimiento Federalista Nacional¡”, se escuchaba en pueblos, caseríos y montes de aquel país preterido y ausente del resto el mundo.

Eran las ocho de la noche del 20 de febrero de 1859. La ciudad de Coro sería escenario de los incendiarios: una turba enceguecida que se dilataba entre las sombras. Hordas que pregonaban el odio al hombre blanco y a los que sabían leer y escribir. El Cuartel de la Guarnición de Coro recibió los primeros embates de la gente de Tirso Salaverría. De allí en adelante todo el país fue un candelorio. La silueta de la muerte comenzó su danza macabra.
La victoria fue tan contundente que el Gobierno comenzó a mostrar preocupación. El factor sorpresa dejó sin aliento a los más endurecidos y conservadores.
Mientras tanto, Juan Crisóstomo Falcón conspiraba en las Antillas a través del reclutamiento de exiliados regados por diversos países. A manos llenas, Falcón comenzó a idear la forma de invadir el país y fortalecer la lucha liberal. De esta pasión, Luis Level de Goda afirmó: “¡Cuánta decisión y entusiasmo había entonces en las filas liberales¡ Jamás causa alguna de Venezuela tuvo, ni ha tenido después, tanta vida ni partidarios tan decididos y resueltos y entusiastas hasta el fanatismo”.
Este fanatismo se vio materializado en la chamusquina entre gritos desaforados de los asaltantes. La anarquía tomaba cuerpo. Julián Castro se veía acorralado entre la negociación y la resistencia.

-Por ahí viene Zamora-El terror provocado por Ezequiel Zamora en cada asonada en la que tomaba parte, lo convirtió en una leyenda. Hombre decidido, participaría muy pronto en esta aventura que finalmente dejó el país destrozado, derrotado. Un nuevo fracaso se consumaría en los acuerdos entre los liberales y los conservadores. El espíritu nacional conocería la incertidumbre, precipitada por las negociaciones entre los alzados y el Gobierno.
La crónica social da cuenta del matrimonio de una hermana de Falcón con el terrible guerrillero. Estéfana Falcón unió vocaciones. Con el casamiento, Zamora se dedicó a las labores del campo. “Se retiró al hato El Maguey, a 11 kilómetros de la Sierra de Coro. Ahora, aparecía en el teatro bélico junto con otros hombres de rompe y rasga: José Desiderio Trías, José González Zaraza, Napoleón Arteaga, Pedro Torres, José Gabriel Ochoa y José Toledo, su concuñado, casado con Mercedes, una de las tres hermanas del General Falcón”, revela Vitelio Reyes.
La proclama que dio a conocer Salaverría, luego del asalto al cuartel, destacaba:

“La Revolución de Marzo ha sido inicuamente falseada. Atraídos por los encantos de su programa fascinador concurrieron a consumarlo todos los venezolanos; y su triunfo no ha producido otros gajes que el entronizamiento de una minoría siempre retrógrada, siempre impotente en su caída, siempre ávida de satisfacer innobles venganzas...Compatriotas: mi corazón abunda en sentimientos de júbilo que mi débil voz apenas puede explicar. Sin derramarse ni una sola gota de sangre, sin vejámenes ni tropelías de ningún género, sin que nadie pueda lamentar una injuria que de palabra o hecho le irrogaseis; sin más armas que nuestro valor y denuedo, y sin más esfuerzos que los de vuestras voces, me acompañasteis anoche en la grave empresa de desarmar las fuerzas y apoderarnos de las armas con que un esbirro (se trataba de Fermín García, portador de la carta de Páez para Falcón), remedo de Gobernador del General Castro, nos oprimiera”.

La proclama tiene fecha del 21 de febrero de 1859.Una vez conocida, varias regiones comenzaron a incorporarse al movimiento. La desolación tenía nombre. La guerra estaba avisada. La muerte susurraba en el miedo. Se preparaba la invasión de La Vela desde Curazao. Así, Zamora, entre otros generales, aborda La Guaireña hacia las costas de Coro. El 22 llegaron a La Vela. De inmediato, Ezequiel Zamora tomó las riendas y comenzó a despachar como Jefe de Operaciones del Ejército Liberal de Occidente. Órdenes iban y veían. Envió mensajes y emisarios a todo el país.
La revolución crecía a través de ayudas procuradas por importantes hombres. A esa hora de gestiones revolucionarias, Falcón miraba desde Curazao las luces de Venezuela. Esperaba para el ataque. El general pensaba penetrar por Barlovento para luego entrar a Caracas.
Por su parte, mientras las arengas y acciones le daban cuerpo a los preparativos, Zamora creaba el “Estado Independiente de Coro”. El texto de la “orden general”, avisa:
“Para hoy 23 de febrero de 1859.
¡Militares¡
Nombrado Jefe de Operaciones de Occidente en la campaña abierta por los pueblos, rescatando sus derechos y proclamando el sistema federal de las provincias, cumple a mi deber saludaros por haberme cabido esta honra al lado de los valientes corianos, con quienes más de una vez he sido partícipe de las glorias y de los reveses de las campañas.
La moral, el orden, el respeto a la propiedad y el amor ardiente por la libertad de su Patria, es el distintivo del carácter coriano, como civil; el denodado valor contra el enemigo armado, la generosidad y clemencia con el vencido, y la subordinación, es su divisa como militar. Con tan bellas dotes y la santidad de la causa que sostenemos, que no es otra que la verdadera causa de los pueblos, la República genuina, la Federación, vuestro heroísmo debe ser premiado con el triunfo de los principios y el derrocamiento consiguiente de la tiranía.
¡Viva la Federación¡ ¡Viva la verdadera República¡ ¡Viva, y para siempre, la memoria de los Patriarcas de nuestra Independencia, de los hombres de julio de 1811, los que, en el Acta gloriosa, dijeron a los pueblos, Federación¡
Que se cumpla pues, después de tantos años”.

-La violencia, la muerte en el horizonte-“Para el Gobierno de Castro el trauma de la subversión fue violento. Trataban de disimularlo con aspavientos. Restábanle importancia...La sedición podría adquirir empuje dado el estado de descomposición imperante en la República”, añade Reyes. Para tratar de parar lo que venía, el Presidente comisionó a Juan Lagrage, Carlos Hahn y Carlos Engelke para que hablaran con Falcón en Curazao. La misión era disuadir al alzado de atacar su propio país.
Juan Crisóstomo Falcón envió a Antonio Leocadio Guzmán y Luis Level de Goda. Fue un fracaso rotundo. La ira los dominó a todos. El odio político comenzaba a subir los niveles para arribar al odio visceralmente personal. De allí a la guerra, sólo un salto.
Días después, el 28 de febrero, Caracas amaneció entre protestas. Las consignas elevaban a Falcón, a Zamora y a la Revolución Federal.
Ante el alboroto nacional, Castro emitió un decreto de amnistía general “para todos los acusados y detenidos por delitos políticos”. Caracas voceaba la muerte de Julián Castro.
La tropa invadió las calles. Sablazos, culatazos, disparos propalaron la especie de la debilidad del Presidente, quien montó su caballo y salió a recorrer las calles de la Capital.
Lo seguían civiles esbozados que daban vivas al Gobierno y a la Carta Magna. Nadie se tragó el cuento: fue descubierta la trampa. El país se convirtió en un incendio. Ante esta realidad, Castro hizo movimientos en su gabinete. Pero nada, la anarquía estaba enquistada en todo el mapa.
Zamora se movía sin rumbo fijo. Nadie daba con su paradero. Se supo que se trasladaba hacia el centro del país. El Gobierno movió tropas a Puerto Cabello para tratar de detenerlo. Su campaña pasó por Tucacas y Alpargatón. Luego siguió hacia El Palito donde daría cuenta de los soldados de Avelino Pinto. La guerra se regó como pólvora y con pólvora. Un torbellino de miedo sumió al país. Pero Zamora ni siquiera intentó atacar Puerto Cabello y Valencia. Regresó a San Felipe, la asaltó, la tomó y luego hizo el intento con Barquisimeto, pero se abstuvo: “por visión táctica y destreza estratégica se regresó hacia Tari (...) Se dio cuenta de la reacción y se detuvo en Chivacoa. Avanzó lentamente hacia Yaritagua, llegó hasta Cabudare y destacó avanzadas de tanteo hasta Santa Rosa y Tierritas Blancas. Desde ahí, propuso la rendición de la plaza, pero el enemigo fue renuente y se dispuso a combatir” (Reyes).
Pero tampoco pudo. Se dirigió a Araure. Combatió en Las Galeras al Comandante Huerta, a quien persiguió hasta Ospino. Un día después se dirigió a Guanare. Pasó por El Sardinero, donde logró incorporar la guerrilla de Natividad Petit. Durmió en Sabaneta.
Barinas fue atacada el 16 abril. Esa plaza estaba tomada por el General José Ramón Escobar. Logró avanzar un poco, pero las fuerzas del gobierno eran muy fuertes. Se desplegó hacia el Torumo.
Se topó con el General José Laurencio Silva. “Más tres mil hombres marchaban hacia los reductos de Zamora. Este, al llegarle la noticia a Torumo, emprendió marcha por la vía de El Rial, rumbo a Guanare, por donde había pasado Silva camino de Barinas”.
Un nuevo grupo guerrillero, el de Martín Espinoza, se agrega a su tropa. Setecientos soldados forman parte de las fuerzas de Zamora.
Escaramuzas tras escaramuzas, Zamora logra finalmente tomar parte de Barinas. Mientras hacía campaña en esa tierra llanera, Falcón aún seguía en Curazao. El gobierno se desesperaba. Julián Castro emite una proclama: “Guerra de verdadero vandalismo es la que provocan, conculcando e hiriendo todos los principios de la sociedad...consuman tormentos y asesinatos, incendios y violaciones, robos y saqueos...”.
Ante la debilidad del Ejecutivo, Castro encarga de la Presidencia a Manuel Felipe Tovar, quien sugiere al General José Antonio Páez como ministro de Guerra y Marina por recomendaciones del mismo Castro. Pero Páez no acepta el cargo.
El terror se había instalado en toda la República. Los gobiernos locales y regionales salían en carrera. Miedo, confusión, pánico. El terror en el rostro de una nación. Castro desapareció. El Vicepresidente también se borró de las noticias. Pedro Gual, que había sido designado a la Presidencia, estaba escondido. Fue hallado y llevado a Palacio. Pero Castro se apareció de pronto y comenzó una rebatiña entre el designado y el aparecido por arte de magia. Gual se impuso sobre Castro, quien mostró arrogancia pero también debilidad. Tovar quedó en la Presidencia.
Mientras tanto, el país de las ambiciones, el destinado al eterno retorno al fracaso, continuaba su paso hacia el encuentro definitivo de Ezequiel Zamora con la muerte. Pero antes, debió zurcir la “guarimba” de la Batalla de Santa Inés, el 10 de diciembre de 1859. (Continuará)

jueves, 24 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (I)


-Alberto Hernández-


** El pueblo, traicionado por algunos de sus libertadores, encuentra en montoneros y pequeños caudillos a los que llenarán de sangre nuevamente el mapa de Venezuela.

Muerto Bolívar, el reparto se impuso en aquel borroso y desvalido país. Páez, habitado por las voces que aún lo aupaban como el Centauro de los Llanos, hizo del territorio una hacienda y emergió como el Caudillo más poderoso de Venezuela. Pero no tardaría en aparecer en escena una disidencia voraz que pregonaba –con la mano derecha sobre el sombrero alón- el reparto de tierras y la negociada libertad de los esclavos.
El descontento social y económico fue considerado como la causa más importante para que se desatara la terrible Guerra Federal. “Este descontento se mantuvo atenuado a raíz de la desmembración de la Gran Colombia, ya que parte de la propaganda para ello se basaba en que la situación económica de Venezuela era resultante de su subordinación a Bogotá; y con la efímera bonanza de la oligarquía, gracias a medidas del hacendista Michelena y el mayor precio que los productos agrícolas adquirieron en el mercado internacional”, así lo escribe Siso Martínez.
La crisis apareció en 1840, cuando la oligarquía se divide y nace el Partido Liberal. Mientras todo esto acontecía, el país estaba sumido en desigualdades tan profundas que ningún plan de gobierno era capaz de sostenerse. La llegada al poder de Monagas profundizó más los problemas por tratarse de un gobierno totalitario, personalista. En su afán por mantenerse en el poder, la oligarquía conservadora -representada por lo más rancio de aquella sociedad producto de la pólvora y las arengas de las montoneras post independentistas- se apoderaba de las tierras baldías. Igual, con la ayuda del poder político malversaba los bienes públicos y hacía del peculado norma del gobierno dinástico. El pillaje, la persecución política, el abigeato y la concentración del odio empujaron la violencia, provocaron la explosión que en 1958 tuvo nombres en Medrano y González, quienes expresaron su descontento a través de asonadas y levantamientos armados.
Algunas regiones fueron escenario del pillaje mediante el caudillismo local. El comercio ilegal, el contrabando y el acaparamiento de las oportunidades dieron al traste con el comercio y trajeron consigo la rebeldía de un pueblo que consideraba que el país estaba siendo vendido al extranjero.

-Gritos de odio y justicia-
Portuguesa, Barinas y Apure concentraban la fiebre del alzamiento. Al grito de “¡Mueran los blancos¡ ¡Todos somos iguales¡ ¡Abajo los godos¡ ¡Hagamos la patria de los indios”, la llanura se incendió con los miserables a la cabeza. El ofrecimiento demagógico de tierras cegó a libertos, indígenas y habitantes pobres de caseríos y pueblos.
La insurrección comenzó el 20 de febrero de 1859 en Coro. Al frente de esta rebelión estaban Jesús M. Hernández y Tirso Salaverría, quienes acuden a Ezequiel Zamora para que conduzca el movimiento. De modo que se convierte en el músculo de este acontecimiento que pondría en jaque a la oligarquía conservadora, representada en algunos personajes de la gesta libertadora, con Páez a la cabeza. “En 1846, como en 1859, de nuevo las mismas montoneras de Boves y de Páez bajo el brazo vigoroso de otro gran caudillo de la misma fisonomía, del mismo empuje heroico, del mismo desprendimiento, de los mismos instintos oclocráticos y hasta podemos decir que de la misma raza del asturiano legendario”, deja escrito Vallenilla Lanz. La referencia al pasado sangriento toma aliento en esta guerra que convertirá sabanas, pueblos y valles en escenario de verdaderas carnicerías humanas.
Para reforzar su pequeño ejército, Zamora se interna en los llanos. Derrota a José Laurencio Silva, quien fuera cercano a Bolívar. Se trata del prócer con cuya una de sus camisas vistieron el cadáver del Libertador. Comienza entonces a correr la especie según la cual los conservadores conocerán el miedo.
Siso Martínez cita al general Soublette, quien relata: “Hasta ahora nuestras medidas han tenido un carácter de provisorias, que les daba la persuasión de que la guerra era momentánea...Pero las operaciones de Barinas nos han revelado una profunda y terrible verdad, que la guerra es duradera...Las provincias de Portuguesa y Barinas en masa hacen hoy causa común con Zamora y su facción, quien dueño de todo el territorio tiene en jaque al general Silva en Barinas...y a la mejor ventaja que adquiera lo tendremos sobre Barquisimeto y San Carlos”.
El mandato de Julián Castro comenzó a sufrir los embates de las acometidas de Zamora en los llanos. De José Antonio Sotillo, Julio C. Monagas y José Loreto Arismendi en Oriente. Fue Falcón quien quebró el régimen de Castro, por lo cual éste hace público un manifiesto en el que señala: “El gobierno se ocupa actualmente de los últimos acontecimientos con fe y lealtad. Si apareciese que la federación que se proclama es el voto de la mayoría de la nación, el gobierno le prestará todo su apoyo. Nadie sino la mayoría es soberana”. Castro defeccciona: nada lo diferencia de Falcón, lo que pone a dudar a los conservadores y quitarle su confianza al Presidente. Ese día, con su característico encendido modo de hacer periodismo, Juan Vicente González escribió: “Adiós, general: el hierro va a sonar en sus oídos en vez de mis débiles palabras. El cielo salve a la República y a usted”. Y en verdad, la República, siempre vapuleada por las ambiciones, comenzó a tambalearse ante los avances de los federalistas. Venezuela había salido de los españoles, a través de una guerra civil, para adentrarse en otra entre los mismos hermanos que duraría cinco largos años. Zamora se encargaría de incendiar el país mediante “guarimbas”, trampas y retrocesos que le valieron el reconocimiento de sus seguidores.
Caído Julián Castro, fue designado como Presidente Pedro Gual, pero fue sustituido por el vicepresidente Manuel Felipe Tovar. La ingobernabilidad agitaba el destino de un país que aún escuchaba el casco de los caballos, los sables y gritos de las carniceras batallas de Independencia.

-El comienzo: ¿pesadilla a pasitrote?-
El comienzo fue el final para Zamora. La batalla de Santa Inés, el 10 de diciembre de 1859, en la que ganan los federales, y la de Coplé, en la que sale derrotado Juan Crisóstomo Falcón por los hombres de León de Febres Cordero, confirman que el viento no estaba a favor de nadie. Muerto Zamora -un mes después en el sitio de San Carlos- la Guerra Federal se multiplica en muerte y desolación. El mismo Lisandro Alvarado afirmaría, a propósito del Decreto de Garantías que cierra la guerra, lo siguiente: “Incorrecto es quizás en alcance y redacción el decreto de garantías, no importa. Su oportunidad fue incontestable. Reconcilió a Patiño con Gil, a Costa con Vallenilla, a Mendoza con Romero, a Lugo con Olivo, al cabecilla desalmado con su implacable enemigo, hasta entonces reconciliados por la muerte. No es poco esto en los instantes del triunfo”. Pero, ¿quién triunfó, si no fue la muerte la que puso la mesa?, nos preguntamos hoy. (Continuará).

jueves, 10 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

UN BALAZO EN LA SIEN

Alberto Hernández
Los hombres de verdad se suicidan en las chiquiticas, en los extremos. No, definitivamente. No se trata de tomar un revólver y descerrejarse un tiro en la cabeza. Es más simple, se trata de pedirle perdón a Dios y después pegarse un balazo en la sien izquierda o derecha, según sea diestro o siniestro el héroe, que no es igual, pero para los efectos de la fotografía es la misma vaina. La historia sabe de estas cosas. De los misterios y secretos que se guardan hasta que se sabe todo. Los organismos de seguridad suelen ocultar parte de la historia, pero los curiosos siempre dudan y le ponen sal al caldo. La muerte, por ejemplo, del presidente Allende estuvo rodeada de historias. Al desclasificarse la verdad –más anécdota que fondo- quedó al descubierto que el doctor Salvador Allende se pegó un tiro y se desfiguró el rostro. ¿Fue un acto de cobardía? Para los que nunca hemos olido la pólvora, pero intuimos que un disparo duele, se trata de una acción heroica, como la que llevaron a cabo los hermanos de la resistencia en Lídice contra la SS de Hitler.
Un balazo en la sien a tiempo puede salvar la patria. O la vida de muchos. O la propia historia de quien hala el gatillo. No es cinismo, pero tiene sus rasgos de bondad divina. El suicidio puede aparecerse con muchos rostros, muecas y gestos. Hay suicidios muy largos, casi eternos: una dictadura, por ejemplo. No luchar contra ella significa aceptarla y ser pasto de los abusos del poder absoluto. Una mujer o un hombre fastidiosos: ambos se consagran en tales al abandonar la cama.

La bala que le quitó la vida a Ezequiel Zamora en Cojedes le dio un respirito a los hostigados habitantes de aquella Venezuela y “salvó” lo poco que quedaba de país, aunque después de la estampida Venezuela tuvo que pasar por otros dolores para poder exterminar el caudillismo. Escaramuzas y una larga dictadura cuya paz era perfecta, puesto que se expresaba en los cementerios. Zamora fue un episodio más de la historia de este país. Zamora fue otro pistoletazo en la cabeza. Zamora fue su propia traición.

Ahora, luego de la borradura que significó Gómez, traducida en la pasantía guerrillera de un Maisanta, de un Arévalo Cedeño, de un Mocho Hernández o de los muchachos de los años sesenta del recién fenecido siglo XX (salvando las distancias pese a que no jugaban con agua), regresamos a aquel disparo, al estruendo de aquellos hombres a caballo que tenían como objetivo arrasar con todo en nombre de la pigmentación de la piel, de un enfermizo anticlericalismo y de políticas vengativas contra la ingente burguesía de aquellos tiempos. Este regreso a través del túnel del tiempo podría dar al traste con nuestra civilidad, incluyendo los postulados de la llamada revolución bolivariana. ¿Cuántos Atila podemos contar con los dedos de las manos? ¿Cuántos Andrés Bello, Fermín Toro, José María Vargas, Rómulo Gallegos podemos colocarnos en la solapa antes de entrar a una democracia donde impere el pensamiento y el disenso como valores de un modelo que realmente nos conduzca a ser un país de estos tiempos?

Es falso que una nación moderna se construye con batallas, cañones, fusiles y arengas militares en una plaza civil. Allí está parte de Europa destruida. Es mentira que seamos herederos de aquellos que mataron y fueron muertos por sus errores. Constituye una falacia creerse depositario de las ideas de aquellos que tuvieron que soportar imperios, crímenes y el yugo de potencias que lograron pisar este territorio. Nadie es más patriota que otro porque pregone que lo es. La patria podría ser un espejismo, un rasgo muy pequeño en el espíritu de una nación. Los nacionalismos suelen halar el gatillo para destrozarle la cabeza al Zamora de ocasión. He allí el miedo que esto le insufla a un conglomerado social cuya meta está al final de una puerta entornada.

Los símbolos del fracaso no pueden, entonces, destacar como fabricantes de ilusiones. Que las ilusiones en política son promesas. El pasado tiene una carga pedagógica tan delicada que no todo el mundo puede hacerla herramienta de sus apetencias. Por allí se escapa la paz. La simbología de los viejos tiempos cala bien en la literatura, en algunas premisas aplicadas por hombres doctos, no por diletantes que han convertido el país en una anécdota permanente.
La historia –esa señora a veces con legañas- es tan sabiamente inútil que suele confundir a los caudillos. Les estropea la fiesta. Les agua el guarapo. Que lo diga Zamora, Maisanta o el mismo Boves. Por eso es preciso enterarse de lo que pasará próximamente. Sólo que no queremos oír disparos ni mucho menos ver regado sesos en el piso, porque ya eso lo vimos un abril en Caracas, cuando la estupidez mostró su cara de discurso repetido y la verdadera intención de la belleza que nos ofrecen.