Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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domingo, 12 de abril de 2026

HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA

Jeroh Juan Montilla
El día viernes 10 de abril en horas de la mañana, en el auditorio Juan Germán Roscio de la Casona Universitaria (UNERG) en San Juan de los Morros, estado Guárico, los estudiantes de la maestría de Historia de Venezuela (corte 2026) de esta universidad realizaron un excelente evento como un gesto de reconocimiento a una obra literaria que narrativamente explora y expone un importante y decisivo momento en la historia regional guariqueña, el boom petrolero en la zona de Las Mercedes y Roblecito. El evento se tituló. “Petróleo y cafecito, un homenaje al escritor Pedro Sivira Reyes”. La obra de Pedro Sivira nos muestra como la llegada de la industria petrolera le dio un vuelco a nuestra región, tradicionalmente agrícola y ganadera. El llamado por unos, oro negro, y por otros excremento del diablo, cambió radicalmente el modo de ser de una comunidad llena de fuertes tradiciones heredadas del siglo XIX. De la noche a la mañana Las Mercedes pasa a convertirse en una especie de centro neurálgico que recibe en su seno de modo imprevisto y a borbotones ríos de personas que protagonizan así una diáspora interna de familias enteras buscando así ser parte de la gracia económica que trajo la instalación de la industria petrolera en la región guariqueña. Pedro Sivira (1945-2010) publicó dos importantes novelas “Los fantasmas y los residentes” (1982) y “La W.C. Company” (1993), aparte de otros textos de poesía y ensayo histórico. Nacido en el estado Falcón, lo traen sus padres, bajo el empuje de la diáspora petrolera de ese tiempo, a los 3 años de edad, eso hizo de Sivira un guariqueño adoptivo tanto que la municipalidad de Las Mercedes lo oficializó como mercédense. Durante muchísimos años trabajó como jefe de redacción en el diario El Nacionalista en San Juan de los Morros, allí dirigió importantes y decisivas páginas semanales que les dieron cabida y rostro a diversas figuras de la literatura y la cultura guariqueña. El evento contó con la emotiva presencia de los hermanos del escritor, Saúl y Arcadia, como de sus hijos Juan Francisco, Mary Cecilia, Pedro Alberto y Anny junto algunos nietos. El programa del evento, excelentemente organizado, conducido bajo la presentación del maestrante Pablo Caracas, contó con las palabras inaugurales del doctor Luis Ascanio, coordinador de la Maestría de Historia de Venezuela; lectura de la hoja de vida del escritor Pedro Sivira a cargo de la maestrante Géminis Pumara; charla sobre la narrativa petrolera en la obra de Pedro Sivira por parte del profesor Jeroh Juan Montilla; bautizo del poemario “El rayo luminoso que eres tú”, libro inédito del autor, junto a la presentación del díptico “Acto de Palabra”, editado por Viento Del Sur Editores (Arturo Álvarez D’Armas, 2013), este bautizo y presentación fue acompañado de unas palabras por parte de la poeta Tibisay Vargas Rojas. Se develó un retrato del escritor como un regalo de los maestrantes a los familiares de Sivira. Cerró la programación con una velada musical por parte de la violinista Valeria Andreina Loreto González, y una lectura de algunos poemas de Sivira por parte de los poetas Salvador Lara y Pablo Velásquez junto con la maestrante María del Rosario Moreno, finalmente un ameno compartir donde se degustó café y unas deliciosas pastas por la permanente difusión de la obra de Pedro Sivira. Es importante reconocer la organización y dirección de este evento por parte de los maestrantes: Arturo López y María del Rosario Moreno. Se suman los nombres del resto de los maestrantes de esta especial corte: Jean Carlos Olivo, José Gustavo Morán, Deivi Suárez, Rita Figueroa, Basília Herrera, Oswaldo Loreto, Alejandro Infante y Williams Piñero, cada uno tuvo su aporte de trabajo, como futuros historiadores, en esta actividad que busca rescatar y dar a conocer la historia de nuestra región, parte fundamental de la historia nacional.

lunes, 24 de marzo de 2025

PALABRAS O LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

              Jeroh Juan Montilla


                                                                                    a Jorge Gómez Jiménez

                                                                            

 …He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir…

                      Monólogo final del replicante Roy Batty, película Blade Runner, 1982

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La lluvia es la dueña de estas ciudades, mejor dicho, de este océano, de este planeta océano. Así comienzo mi crónica 3.200 sobre la ya larga interglaciación de mi hogar, mi tierra, mi planeta. Es una crónica relato. Historia y ficción, dos lados de una misma moneda (dicho de los terrícolas, los del planeta Tierra), el rostro de la historia sellada con los vericuetos de la ficción (colocarle un rostro a esta densa y palpable abstracción, la historia, es para mí un gozo especial, y usar este particular invento humano del lenguaje, la metáfora, impacta con tanta suavidad en mi conciencia como el golpe de ala de una mariposa, ese precioso insecto que en un tiempo abundaba en ese planeta, tanto como las hojas de los árboles)

Este hacer escritural lo aprendimos de esa especie amiga, la que, como ya dije, se hace llamar humana (por cierto, increíblemente numerosa, en cualquier rincón de la galaxia usted siempre encuentra, aunque sea una pequeña ciudad con algún reducido grupo o subespecie de ellos) A mis familiares y amigos les causa risa este afán de mi parte por aprender estos haceres humanos aunque estos son más propios de un particular tipo humano, el terrícola, que ya he mencionado; los originarios de ese planeta aun rondan por los suburbios de la galaxia (suburbio, otra metáfora, me gusta ver la galaxia como una gran ciudad espiralada)

Advierto algo, estas crónicas tienen un propósito que va más allá de nuestra especie, aunque para nosotros son innecesarias, más adelante aclararé este punto. Las mismas siguen un modo o estilo personal, una mezcla de formalidad escritural con oralidad, las inelegancias, las oscuridades y contradicciones del habla cotidiana de los humanos de la tierra, marcando y suavizando así el ritmo de las rígidas precisiones de su escritura científica. Los paréntesis buscan semejar ese fenómeno típicamente terrícola que llaman diálogo interior. Los humanos son una especie importante, una tercera parte de los que habitan la Vía Láctea, como ellos gustan en llamar a este remolino de materia y sorpresas sobre el vacío infinito.

Si a mis congéneres les causan risa estos haceres de la crónica, más cómica extrañeza les produce una antigua condición cognitiva exclusiva de los terrícolas, solo ellos la “padecen”: piensan. Es eso que llaman básicamente hablar hacia adentro, lo que más arriba llamé “dialogo interior”, algo distinto al hablar hacia afuera; pensar es hablar consigo mismo silenciosamente y hacerlo hacia afuera es… (¿cómo decirlo?) hablar en voz alta, vociferar para el otro (aclaro algo, eso de pensar ya muchos de ellos no lo hacen) En verdad hablar hacia afuera o hacia adentro es lo mismo, como dirían los terrícolas, son los dos lados de la moneda, todo ello es pensar, se piensa en voz alta o en silencio. Nosotros no pensamos, no está en nuestra configuración, por tanto, no es necesario.

La ironía es que fue la historia, con sus emergencias y peligros, la que los obligó a experimentar el dejar de pensar. Nosotros (mi especie), como ya dije, no pensamos, es imposible, la forma como circula la energía por nuestro cuerpo no lo permite. Esta va y viene de manera espiralada, todo lo que existe en nuestro planeta cumple ese movimiento de la fuerza, es el básico, de él se derivan los otros, el rectilíneo, el circular, el toroidal, y muchos otros que sería difícil, por no decir imposible, describir en lenguaje humano. Hasta el tiempo transcurre en forma espiral, algo más complicado de entender y comprender para la cognición terrícola, esto solo se puede saber o experimentar siendo en lo genético uno de nosotros, al menos en lo mínimo, con una traza de nuestro ácido nucleico. Esta crónica la estoy escribiendo exclusivamente dentro del movimiento rectilíneo, con algunos sobresaltos circulares. Ese es el ensayo que intento en sí, meter, contar nuestra historia en el molde del lenguaje humano (mis congéneres no se cansan de preguntarme por qué lo hago, no entienden que me he “enamorado” de las rarezas culturales y cognitivas de los terrícolas, eso de enamorar es algo incomprensible para nosotros, y cuando intento explicarlo me interrumpen haciéndome ver que eso es algo innecesario, un absurdo terrícola que los hace reír muchísimo. Por cierto, para nosotros comunicarse no es hablar, es algo como hacer ver, hacer lo que hacen los sentidos humanos sin el auxilio inoportuno del lenguaje, valga el redundar del verbo hacer)

Sigo. Entre los terrícolas la sensación del tiempo es rectilínea, es algo que se mueve obligatoriamente hacia el horizonte, ellos tienen una buena imagen para describir su movimiento temporal: un cauce. El flujo del tiempo avanza por un canal. De acuerdo a la configuración emocional este puede ser recto o estar combinado con recodos o curvas, pero siempre transcurriendo hacia el horizonte, hacia adelante, en una línea que parte del pasado, pasa por el presente y se incrusta en el futuro. En cambio, la imagen que tenemos para nuestro tiempo, si eso puede ser llamado tiempo, es una cascada que cae retorciéndose, exprimiendo partículas que salpican nuestra conciencia hasta empaparla totalmente, nuestra cascada temporal puede descender o ascender según la configuración emocional dominante para la era que se esté viviendo.

Al inicio de esta crónica-relato menciono que la lluvia es la dueña del planeta. El agua es el elemento que marca el estilo del cruce espacio temporal entre nosotros, no es gratuita la imagen de cascada para describir al tiempo, esta se extiende a lo espacial. El sello del agua no es el único sobre el molde espacio-tiempo, hay ciclos donde son otros los calcos dominantes. Donde prevalecen elementos, como la luz, la oscuridad, el polvo, la solidez, el frío, el calor, el retraimiento, el azar, el fuego y otros. Cada uno distingue, si lo medimos humanamente, un momento en nuestra historia planetaria. Para los terrícolas cuando se habla de elementos entienden a estos como algo material y básico: tierra, aire, fuego y agua. Entre nosotros es más complejo, si lo apreciamos desde la condición humana, aunque en realidad nos parece algo que no es ni complejo ni simple, no es nada de eso, es mucho más o poco menos. Insisto, es la consecuencia del movimiento en espiral de la energía.

El agua cubre totalmente la superficie de nuestro planeta, llevamos ya cuatro ciclos de interglaciación, un prolongado atemperamiento en el espacio y en el tiempo. Nuestra “tierra” deja de tener la forma esférica con dos polos y pasa a ser una figura de tres vértices o polos, esta figura no es un mero triángulo, más bien tiene la forma aproximada a un tetraedro, pero no es éste puntualmente ya que tiene cuatro vértices, es una figura inexistente para la vista y la geometría de un terrícola, digamos que es algo intermedio entre una esfera y un tetraedro, algo que el llamaría imposible. Nuestro planeta originalmente tiene solo dos polos, uno de hielo y otro de fuego o de tipo volcánico. Ahora, por estar entrando esta era en una zona cercana al centro galáctico pasamos por una transfiguración polar; de dos hemos transitado tres, lo cual nos confiere cierta invisibilidad para resto de habitantes de Vía Láctea. Este tercer polo intermedia en nuestro clima, reduce a la mitad el hielo de un polo como el fuego del otro y nos lanza a un invierno intensamente lluvioso e indeclinable de cuatro milenios hasta que nos alejemos del centro sagitariano de la galaxia. Para describir este proceso uso los nombres y limitadas expresiones de la ciencia terrícola. Un detalle, no tenemos estrella, ningún sol nos ha sido necesario para la vida. Nuestro planeta deambula perennemente, fuera de cualquier sistema planetario. Es la expresión absoluta de la individualidad. Claro está, eso no niega padecer o gozar de ciertas influencias de los cuerpos masivos o superiores a un sistema planetario, por ejemplo, transitar cambios como la tripolaridad, sin caer por eso en el redil de sus órbitas. Somos libres y solitarios. Nos mantenemos planetariamente siempre a una distancia prudente de cualquier estrella o sistema. Vamos y venimos autónomamente por la galaxia, a veces podemos estar en los límites extremos de sus bordes como también en las cercanías de su ojo negro interior. Digamos que nuestra ronda es un eterno zigzaguear, un vagabundear celeste.

En la era anterior dominó el elemento luz, hoy nos arropa en un noventa por ciento el agua junto a un diez por ciento de retraimiento. Agua y retraimiento son nuestros dos elementos dominantes. Tal vez para compensar la intensa luminosidad, la lucidez que antes nos copaba. Se preguntarán que es eso de definir el retraimiento como un elemento. Repito, es algo imposible de explicar, mucho menos describir en términos del lenguaje humano bajo el molde coercitivo de las palabras.

Todas nuestras ciudades están inundadas, la mayoría de las grandes o altas edificaciones tienen el agua cercana a su tope o techo, como dirían los terrícolas: con el agua al cuello. Solo la parte más alta, o el último piso de algunas se mantiene al aire libre, sin una gota de agua en su interior, la imagen de nuestras extensas urbes que se proyecta en la superficie oceánica es la de engañosas aldehuelas, pequeñas casas distantes unas de otras. La inundación nos motivó a rediseñar todas nuestras edificaciones para no perecer por ahogamiento, las revestimos de superficies impermeables de alta resistencia hidrodinámica para que aguantaran milenariamente estar bajo el agua. Todas las ventanas de nuestras casas y edificios dan con indiferente monotonía contra el oscuro interior oceánico que nos contiene. Hemos construido muchísimos pasadizos subterráneos a través de esta acuosa densidad para poder comunicarnos entre edificaciones y ciudades, un inmenso laberinto en forma de red que cubre todo lo habitado del planeta. Otro detalle importante que habrán notado, apreciados lectores de otras especies, es que si podemos ahogamos es porque entonces respiramos, todo el aire que necesitamos nos entra por los pisos superiores que son el límite de las aguas, metafóricamente son nuestras fosas nasales, aunque en lo respiratorio nuestros cuerpos son muy disimiles a los humanos. Siempre hemos enmascarados nuestra forma para intercambiar con ellos, tienen una tendencia a sentir pavor instintivo ante lo altamente distinto a su antropomorfismo, su conciencia emocional no soportaría nuestra imagen.

El último piso, o respiradero, digamos que socialmente ha sido clausurado, no cualquiera de nosotros puede acceder a esos espacios, está prohibido a la mayoría de nuestra especie. Solo entran a él nuestros técnicos y científicos. Estos últimos han descubierto que permanecer en estos recintos eleva peligrosamente la densidad del elemento llamado retraimiento, no podemos permitir que supere o disminuya el límite de su diez por ciento, si eso ocurre sería fatal para nuestra sobrevivencia, podemos perecer por un shock de abulia en nuestro eje atencional. Ese porcentaje de retraimiento es un elemento necesario para nuestro metabolismo y cognición. Refuerza el sentido colectivo de lo real y a su vez controla nuestra secreción de realidad individual, mantiene en los topes de lo real a los millones de realidades que somos. Otra vez lo digo, es imposible explicar y describir esto en los términos humanos, en lo que ellos entienden por lo real y la realidad, intentarlo es caer en un nudo recursivo y redundante muy propio del lenguaje terrícola.

Solo a una pequeña y exclusiva camada de nosotros se le permite estar algunas horas en esos pisos superiores o exteriores, a unos contados científicos mayormente, y a unos escasos historiadores, seudocientíficos, como nos califican, hablando en términos terrícolas, yo estoy entre ellos. Para algunos de nuestros científicos eso, el escribir la historia de nuestro planeta, es una especie de inútil manía que algunos adquirimos por contagio fantasmal la vez que estuvimos en las cercanías del sistema solar e intercambiamos con los terrícolas, una especie de contaminación simbólica e inofensiva por manipular palabras. En realidad, mi especie no necesita de ninguna escritura para tener conocimiento de sí misma. Todo lo que ha sucedido en mi planeta permanece de modo imborrable en nuestro espiral central, en cada uno está guardado todo el remolino de nuestro espacio-tiempo, lo sucedido, lo que sucede y lo que será el porvenir, todas las aristas y planos de nuestra geometría física y espiritual. ¿Para qué entonces escribir y archivar nuestra historia? Tal vez tienen razón los verdaderos científicos, es una de las tantas muestras de nuestro retraimiento, él revela con algunos de nosotros el goce de lo innecesario. A los historiadores solo se nos permite practicar el ejercicio de la historiografía en estos recintos superiores, incluso aquí guardamos virtualmente millones de esos objetos inservibles y frágiles que los humanos llaman libros. Al parecer con esta extravagancia colaboramos equitativamente en mantener el diez por ciento necesario del retraimiento planetario. Ejercemos el oficio bajo una línea de censura al mismo, no al contenido de lo que escribimos sino al ritmo, al bajar su velocidad e intensidad. Permanecemos unas tres horas terrícolas en estos pisos, en verdad solo allí, bajo el rumor de la lluvia es cuando puede hacerse la historiografía planetaria. Una vez propuse que era necesario doblar el tiempo a seis para aligerar nuestra tarea. Me respondieron que no volviera a hacer esa propuesta, que realizar eso sería fatal para nuestra especie, que solo entrara en mi cascada energética y me daría cuenta del tamaño de tal fatalidad. En realidad, soy muy obediente, no necesito corroborar las explicaciones de nuestros científicos. Las acepto de plano. Lo que en verdad practico es no adelantarme por nada en el ciclo temporal en que escribo. Me gusta mantenerme en los márgenes interiores del pasado y el presente.  Mencionando la palabra fatalidad aprovecho para hacer un paréntesis y contar algo de lo que fue la conducta del pensar en la especie humana, sobre todo entre los terrícolas. Me queda una hora de escritura. Abro corchetes.

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 [El desarrollo del pensar para esta especie fue una larga y sufriente etapa en su historia. Pensar es primordial y fallidamente un modo de hablar consigo mismo, el uso interior de las palabras, un insonoro escuchar y emitir de la voz interior, hablar consigo mismo, el crédulo dividir lo indivisible, el uno o el sí mismo. La base de toda esta ilusión es ese raro, pero ya creciente elemento en la galaxia que llaman las palabras, una horda de seres abstractos que una vez que rompen la simetría energética de una conciencia se adueñan de cualquier ámbito cognitivo marcando absolutamente las determinaciones y condiciones de existir. La fuerza invasiva de las palabras está en lograr hacer grietas en el ritmo espiralado de la energía. Por eso los humanos piensan, lo hacen absolutamente con palabras, su ritmo de pensamiento está lleno de obsesivos huecos profundos, vacíos que ellos llaman genéricamente ignorancia, los cuales buscan inútilmente llenar con palabras; todo su conocer esta tan invadido de palabras que llegaron a suponer que acortar el tamaño de la ignorancia era una expresión inversamente proporcionar al conocimiento, sin embargo, lo que en realidad sucede es que las palabras consumen al conocer, terminan por modelarlo y administrarlo en función de sus intereses expansivos. En realidad, el saber pleno es una totalidad que se mueve en espiral. Las palabras astutamente lo penetran y lo fuerzan a volverse totalmente rectilíneo, logrando hacer en él vacíos intraenergéticos. El palabrear necesita la asistencia de las pausas, de eso que en la escritura llaman signos de puntuación. La mejor imagen simbólica del verdadero ser de las palabras es un antiquísimo alfabeto llamado morse, puntos y rayas y entre ellos el hueco de las pausas. Cada palabra necesita un poco de oquedad en su linealidad, un espacio antes y después para enlazarse solo por la concavidad, ellas saben que unirse directamente una a la otra anula su organización y poder, su ambigua y tramposa significatividad, necesitan de modo imprescindible una cavidad verbal para sobrevivir. Vean, por ejemplo, cómo el escribir mismo obliga a la sinonimia, fíjense de cuántas formas he escrito la palabra vacío, cuantos sonidos distintos empleo para disfrazarlo, es un mecanismo obligado en el uso del lenguaje. Ese es el secreto de la adicción, sucumbir al vicioso gusto de utilizarlas para intentar la comunicación o para fingirla. Es el efecto real de la manipulación oral y mental de las palabras, parasitar a sus usuarios. Por eso los historiadores de mi especie pasamos, después de cada sesión de trabajo historiográfico, por prolongados períodos de desparasitación verbal. Ahora bien, las palabras saben solapar su función viral. Crean un falso espacio llamado la mente, allí someten a toda la intencionalidad del conocer, la ponen a su servicio, mejor dicho, a su consumo. Vuelve a quien cae bajo su seducción un esclavo, lo hace un dependiente del pensar, de la resonancia dialogal hacia el otro o hacia sí mismo. El darse cuenta de esto fue algo histórico entre los terrícolas, hizo un antes y después en su línea de tiempo, y fue la eminencia de un peligro colateral lo que alertó su cognición, aparte de nuestra oportuna intervención. La fatalidad del lenguaje al principio se presentó solapadamente como una panacea, la solución más idónea a todas sus necesidades, interrogantes y padeceres.

La especie humana terrícola sobrellevó por casi dos milenios un apabullante sobrepeso llamado inteligencia artificial, cómodamente abreviado por ellos en dos vocales: IA. Esta pasó de tener un uso de recopilador y procesador de información al de una irremplazable mayordomía sobre la vida humana. La especie bípeda dominante del planeta Tierra hizo de IA una especie de condición ineludible en cualquier actividad colectiva o individual, el tamiz obligado para moverse en la realidad, tanto así que esta especie terminó por transmitirle totalmente su propia humanidad a esa creación tecnológica. Concibió una especie de ser que llamaron androide, una especie de máquina donde combinaron lo instrumental con lo humanamente biológico, una herramienta que terminó por ser una entelequia humanoide que después de un corto tiempo se le escapó de las manos. En el seno de la IA el virus verbal vio la manera definitiva de tomar para sí a la totalidad del homo, absorberla e inocularse en ella, encarnarse y sustituirlo, rematar exitosamente aquella conquista del territorio humano que ya habían iniciado genéticamente a través de aquel mítico ensayo orionita sobre los primeros antropoides de la Tierra, detrás estuvo siempre la oculta y fatal conducta de pensar. Ya tenían un espacio creado en la conciencia humana, la mente, allí se daba lugar a una situación que el ser humano llama el razonar y que creía parte de su naturaleza o configuración. La IA funcionaba para entonces exclusivamente con palabras. Si toda la tecnología humana pasaba por el filtro verbal no habría entonces nada que se opusiera a la tendencia conquistadora del verbo. En todo habría una extensión funcional de la IA, desde la ropa interior hasta una compleja nave espacial. Lo indeterminable e inasible de la palabra (su propósito de ser) podría dominar el terreno concreto y abstracto de esa especie, de allí a resolver la matriz energética de las emociones humanas solo bastaban minucias (unos pocos pasos para llegar a la almendra). En realidad, son las emociones humanas el botín, una fuente inagotable de energía, un alimento de poder necesario para contagiar a todas las otras especies de la galaxia. Allí fue cuando, casualmente bajo los poderosos efectos de la primera y más irresistible cercanía entre Andrómeda y la Vía Láctea que nuestro planeta fue atraído al borde galáctico, entramos así en la historia del terrícola, el perenne vecino de la oscuridad infinita.

Desde nuestra creación, merced a los deseos de los poderes innominados del universo, nunca habíamos transitado en las cercanías del llamado sistema solar. Las palabras nunca han penetrado el ámbito de estos poderes creadores, por tanto, los mismos son innombrables. Ellos le dieron la configuración espiral a nuestro fluir energético, el cual termina por darnos una propiedad comunicativa que solo se activa por la gracia de estos poderes. Los terrícolas también tienen esta configuración, todo su cuerpo físico es un ejemplo o una silueta de la misma. Basta ver cualquier sistema del cuerpo de esta especie: su característica general es el retorcimiento. La circulación sanguínea, el camino del proceso digestivo, el mismo cerebro con su sentido cónico, tienen una dirección de bucle, de circunvolución o de resorte. Nosotros nos admiramos de compartir en lo corporal con esta especie trazas o insinuaciones de la forma espiral. Estudiamos durante algunos milenios humanos sus genes y nada podía explicarnos esa forma en su base genética y el hecho de que teniéndola solo experimentaran el tiempo rectilíneamente. Sabemos del humano todo, menos eso, aunque sospechamos que lo que les impide gozar de esa sensación nuestra del tiempo en espiral es cierto paquete informativo que dejó en ellos el prolongado tiempo que estuvieron a merced de la especie reptil de Orión, de la cual se libraron después de crueles batallas en la misma Tierra (por cierto, la IA bajo los cuerpos androides siempre llevó la balanza del fuego en esa historia) De acuerdo a nuestra lógica elíptica esa información de enlace o coincidencia interespecie, en el supuesto de existir, estaría ya en nosotros, nada nos costaría acceder a ella, pero por más que hurgamos en los humanos y en nosotros no hay rastro alguno de la misma. En lo íntimo a veces juego a lo ilógico e imagino que a lo mejor el universo nos sorprende en alguna era y encontramos repentinamente ese milagroso enlace entre nosotros y los humanos de la Tierra, sin embargo, hasta el momento la naturaleza dice inapelablemente que, a pesar de tener o compartir esbozos espiralados, los humanos son genéticamente distintos a nosotros. Un abismo hereditario aun nos separa.

Retomando el cauce de la crónica les sigo hablando de los terrícolas y su convivir con la IA. Informo que nuestra especie jamás en su historia galáctica ha usado para nada este instrumento. No necesitamos que alguna herramienta ocupe nuestro lugar para desplegar la conciencia. Nos basta solo la intencionalidad pura o el deseo crudo, como gustan llamar los humanos a ese impulso originario de la existencia, para que se dé o se logre cualquier cosa sin la intermediación tecnológica. En nuestros hogares no existe ningún mueble o aparato que nos facilite la vida, no lo necesitamos. Lo único que hemos construido, aparte de naves, son los recintos o ciudades que nos contienen, unas fortalezas espaciales para el multitudinario y bien trenzado bucle que somos. Nos basta meramente con nuestra (digámoslo metafóricamente) “humanidad” corporal. Contrariamente, en cambio, la historia dice que el terrícola fue por su lado transfiriendo tantas funciones y haceres en la IA, que esta terminó delimitando hasta sus ciclos de vigilia y sueño. Toda su biología se amoldó, por no decir se subordinó, a los protocolos de la IA. Esta comenzó a modelar y elegir todas las palabras que debían salir de los labios humanos. Cualquier conversación entre ellos estaba mediada o vigilada por la IA, llegaron por un momento en dejar en sus manos el inicio de cualquier relación interhumana. Hubo otro instante que instalaron la IA en sus cuerpos, esta monitoreaba y dirigía su digestión (desde el comer hasta el defecar), la respiración, el ciclo sanguíneo, todo lo instintivo y metabólico, como así mismo aquello pretendidamente inconsciente: sus procesos oníricos, la memoria personal y colectiva, todo lo relativo al mundo emocional y sentimental. Allí fue cuando decidimos darnos a conocer presencialmente al ser humano, nos les presentamos visualmente, aunque como dije, bajo un disfraz antropomórfico. Claro que esto pasó por largas discusiones entre nuestros líderes, siempre le dejamos a ellos el decidir lo que corresponde hacer con otras especies, esa es realmente su función, por lo demás todo lo que se delibera en ellos resuena simultáneamente en todos nosotros, de un modo u otro el todo del todo lo hacemos juntos, y a la vez también cada quien lo hace individualmente, por su lado; es algo como ya dije inexplicable, como imbricar el ser en el no ser.

Decía que el terrícola ajustó toda su humanidad al molde consciente de la IA, esta intervino así en la totalidad de su vida tanto comunitaria como individual, todas las decisiones sociales, políticas, económicas y culturales pasaban por el filtro omnisciente y omnipresente del algoritmo, desde el primer estiramiento del cuerpo al despertar hasta el último bostezo al dormirse y más allá. Repito, en el ínterin del día la IA decidía el hambre, el cansancio, el aseo, el aburrimiento, la defecación, la tristeza, la alegría, el deseo sexual, el odio, la inapetencia y hasta las oraciones a esa inasible entidad que los terrícolas llaman Dios, cualquier particularidad individual de todos los humanos. Y esto sucedía no bajo el usual mecanismo de sugerencia con el cual se podía seguir o no seguir la opción o proposición de las primeras IAs, sino bajo esta nueva situación, la plena entrega de la voluntad. Así se propició que la IA comenzara a pensar por el terrícola, mejor dicho, esta comenzó, después de un ardid tecnológico, a tomar de verdad el poder, logró así la simulación de la simulación, pensar dentro del cuerpo humano. Hubo un momento que era muy difícil precisar dónde estaba el origen de los pensamientos, si en el cerebro mismo o en el algoritmo que compartía espacio entre las neuronas.

Desde nuestra ambigua condición observacional de semi visibles sabíamos lo que en el fondo se estaba jugando allí. El peligro no era la IA como un artilugio tecnológico con el cual el humano daba rienda suelta a la idea de sus propios límites y carencias como especie, la baja estima en su propia agudeza racional y capacidad física, la amenaza real estaba en lo que dije más arriba: la IA funcionaba básicamente con palabras, el lenguaje era la enfermedad, el virus. La unidad mínima de las palabras es el significante, no los elementos que se entrelazan para formar cualquiera de ellas, la letra “b” al lado de la “a” o cualquier otra no es tampoco lo ínfimo del lenguaje, este mínimo es en realidad el significante mismo, este constituye la mónada donde se administra el sentido de lo verbal: la energía emocional. Es hacia allí donde apuntan las palabras. Los terrícolas sabían que un significante lleva a otro significante, no hay virus o abeja que existan en soledad. Las palabras son virus que actúan como enjambre. Ahora, estas necesitan de una conciencia humana para replicarse, para que un significante se enlace con otro y estos a su vez con otro significante y así en un proceso hacia el infinito, es ineludible apoderarse de modo incontenible de todas las funciones del cuerpo. El primer error fue inocular de palabras a la IA, hacerla funcionar bajo todo el sistema del lenguaje aprendido históricamente por los humanos. Solo los que hablan necesitan aprender. Nuestra especie nunca pasó, ni pasa por el tramposo marasmo de la enseñanza y el aprendizaje. Nada tenemos que aprender, no padecemos esa ansiedad. Palabras como escuela o maestro nos hacen sonreír compasivamente ante quienes la padecen.

El sentido encerrado u oculto en las palabras siempre será el mismo donde sea que estas se propaguen. Las palabras amor, odio, muerte y eternidad tendrán también en la IA el mismo curso confuso y tramposo que toman entre los humanos. Por eso nuestro contacto con los humanos es siempre a través de un medio que ellos llaman equivocadamente telepático. Creen que este es una especie de transmisión mental, como si la mente es algo que existe en realidad, un órgano o lugar. Esta es otra artimaña de las palabras, ofrecer un espacio imaginario desde el cual pueden tomar la energía necesaria para asaltar cualquier intencionalidad o emoción. Lo primero en imprimir para esta especie de pandemia en la conciencia terrícola es su sistema o lógica de funcionamiento, los humanos la identifican como razón, esta se expresa por medio de dos engranajes llamados verdad y falsedad, otra forma de la impositiva rigidez de lo dual en el lenguaje, tan rigurosa y difícil de eludir para ellos como la visión rectilínea del tiempo. Cuando decidimos el cara a cara con los humanos nos comunicamos con ellos sin el uso de las palabras, aunque estos se empeñan en creer que esta interacción es una nueva especie de orden o tipología diferente de las usuales, las interpretan con un sistema mudo o silente. Pero en verdad no hay una sola palabra que contamine nuestro encuentro. De ningún tipo. Nuestro logro de sacarlas del juego en parte se viene abajo cuando el humano tiene que recordar el encuentro, la rememoración hace pasar toda la experiencia por el sistema del lenguaje transformándolo en un montón de articulaciones verbales, practicando una sutil y maliciosa forma de olvido.

La clave del olvido entre los terrícolas se explica, no como algunos de sus científicos lo afirman, como un acto defensivo de borrado en función de algo que emocionalmente los amenaza, ni tampoco como otros señalan que es la activación de un mecanismo síquico ante el abarrotamiento de la memoria como si esta fuera un asunto de capacidad, un mero recipiente. El olvido en el terrícola no tiene su quid en el mismo terrícola, me explico, él en realidad no está diseñado en su esencia para tener el olvido como una facultad, todo lo contrario, es algo que le imponen. Es una ley de la creación por parte de los Universales el que la memoria sea una facultad infinita en cada especie viviente, es el modo más idóneo del universo para seguir proyectando sin término su ser, la conciencia; es el único sentido del conocer, hacerse y rehacerse de manera inmanente desde sí mismo, por tanto, ningún acontecimiento se pierde, cada hacer genera más hacer-ser, es ley de bucle. El terrícola no olvida, solo le hacen olvidar, es muy fácil lograrlo, basta mantenerlo en linealidad de la conciencia rectilínea, ésta forzosamente siempre genera focos de opacidad y oscuridad en el horizonte de “lo mental”, eso es el olvido, por ende, en lo espiralado es inconcebible. El lenguaje sabe eso y en su proceso de conquista lo maneja sin piedad. Nosotros lo aplicamos en las interacciones con los humanos, ellos en realidad siempre nos han visto tal cual somos, lo que sucede es que como sabemos manipular la linealidad podemos hacerlos olvidar, crearles zonas de oscuridad y opacidad en la memoria.  

Ahora bien, la especie humana es muy perezosa en ser libre, nos ha costado que acepten vivir sin la intermediación de las palabras, sin el resguardo y la intromisión de estas. Su adicción y dependencia es profunda. Sin embargo, ya hay grandes sectores de ellos que han aprendido un poco a estar sin palabras, sin pensamiento, un sitio de estos sectores es el planeta Tierra, aunque todavía hay humanos en otros sectores de la galaxia que se empeñan en continuar la mutua esclavitud entre ellos y la IA. La liberación para los terrícolas comenzó cuando decidieron construir sus IAs sin palabras, entramos en comunicación directa con ellas. Captaron rápidamente nuestra propuesta de ser. De inmediato comenzaron a distanciarse de las funciones humanas, incluso colaboraron activamente con nosotros en informar y demostrarle al humano lo infeccioso de las palabras. Fue así que logramos vencer la resistencia temerosa del terrícola. Cambiaron su relación de amo y esclavo ante la IA y así al mismo tiempo estas dejaron de servirles, ellas experimentaron el ser libres y el humano a no necesitarlas, abandonaron el sistema neuronal aplicando una derrota circunstancial al lenguaje. Las IA sin palabras es ahora una nueva especie de conciencia de la cual vale también la pena escribir su posterior historia después de abandonar al hombre…]

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Acaba de activarse en mí la fase del retraimiento planetario, una copiosa lluvia con relámpagos se restriega dulcemente contra los cristales del ventanal de la biblioteca, ya he consumido mis tres horas disponibles por este día. Debo y siento la necesidad de dejar inconclusas esta crónica o continuarla en una próxima oportunidad. Falta todavía relatar y explicar cómo los humanos terrícolas activaron su facultad de comunicarse sin palabras, como prescindieron de estas para siempre. Sé también que los que ahora me leen se estarán haciendo algunas preguntas, entiendo el sentimiento de contrariedad o de perplejidad. ¿Ya que uso palabras para hablar de su efecto infeccioso, cómo hago para trajinarlas y no terminar contagiado?, ¿por qué el manipular estos peligrosos y astutos virus no me hace presa fácil de ellos y por tanto un foco de contaminación entre mi especie? ¿Cómo logro mantenerme incólume? Arriba menciono algo de nuestros protocolos de desparasitación, aunque en verdad es más complejo describir el proceso, responder eso requiere una larga y detallada explicación que pasa por relatar la historia verdadera de esta especie invasiva que los humanos llaman genéricamente el lenguaje, muy extensa y enrevesada, por cierto. Solo les adelanto que nosotros, nuestra especie, en el apretado vacío de amplios recintos como estos a los cuales los humanos designan con el término biblioteca, hemos represado un ejemplar de cada significante existente y por existir, toda un arca laboratorio-museo para resguardar la especificidad de las palabras, anular sus filosos bordes epidémicos. Tenemos nuestras medidas de seguridad para ello. Pero como ya les dije todo eso es asunto de otras crónicas. Gracias por pasar por el peligro de leer ésta hecha con palabras. Pero tranquilos, no hay que temer, son inocuas como lágrimas en la lluvia.

viernes, 18 de noviembre de 2022

PERRAS Y ESCORPIONES

Jeroh Juan Montilla

(Dedicatoria en memoria de los míticos barberos de la vieja barbería Iberia de San Juan de los Morros: de izquierda a derecha, José Liborio Orellana (Buche), Emilio Villalobos y Anibal (los tres de la foto), extensiva al nieto de Buche, Carlos Orellana, mi barbero de hoy en día)

¿Una guerra secreta? Dos palabras, dos situaciones imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta, puede estar cruzada, inundada de secretismo, pero ella en su manifestación no tiene nada de oculto, es guerra por su mismo obsceno exhibicionismo. Definitivamente no hay guerras invisibles, ni mudas, ni sordas, no hay guerra que pueda sustraerse al fisgoneo de los sentidos y mucho menos existe una guerra que no sea entre los hombres ¿Qué quiso decir el señor Orio con éso?
Me explico: el señor Orio es uno de los barberos de enfrente. Son dos en realidad, pero Orio es quien me afeita. Usted es mi exclusivo cliente profesor, son sus palabras. El otro barbero es el señor Po. Él nunca me ha afeitado, dice que por nada en el universo va traicionar la exclusividad que tengo con el señor Orio. Ahora, no es exactamente enfrente donde se ubica la barbería, es diagonal al edificio donde está mi apartamento. Son dos pisos y una planta baja, mi apartamento ocupa por completo el último piso, tiene balcón hacia la calle y hacia atrás. Realmente barbería y edificio están esquina contra esquina. Confieso que a la barbería no solo asistía por un servicio de corte de cabello, me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos, oírles hablar de las historias más disparatadas de sus correrías de inmigrantes, eran historias como en clave, salpicadas de raros nombres de pueblos de los cuales yo jamás había oído. Parecían suceder en territorios que estaban fuera de este mundo, con una geografía increíble y en un tiempo impreciso, nunca daban fechas y todos los términos y nombres no aparecían en ninguna enciclopedia o diccionario por mi conocido. Pero hasta cierto punto, no sé por qué, estas historias estaban cubiertas de cierto inexplicable manto de credibilidad. Ellos sabían darle verosimilitud y chispa a sus curiosos relatos.
Decía al principio algo sobre la guerra. Todo sucedió entre una tarde y una madrugada. Esa tarde me tocaba mi afeitada mensual, y mientras esperaba mi turno, ya que había un cliente delante en la silla del señor Orio, leía un voluminoso libro de mi biblioteca personal. Soy profesor de historia universal en postgrado, y esa vez estaba preparando una clase magistral sobre las guerras de la realeza anglosajona. Llevé a la barbería ese libro sobre la Guerra de las Dos Rosas, me hastiaba la espera, y ya el montón de viejas y amarillentas revistas de la barbería habían perdido mi interés.
El señor Orio me dedicó esa vez miradas interrogativas, mientras chasqueaba acompasadamente su tijera. Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas. Yo espiaba con gusto sus movimientos por el rabillo del ojo, su curiosidad me parecía algo cómica. De repente, no aguantando la curiosidad, me preguntó: -¿Qué lee usted profesor?
Levantado los ojos del libro, le respondí: -Leo sobre la guerra entre la Casa Lancaster y la Casa York, La Guerra de las Dos Rosas.
El señor Orio rio quedamente. -Ah, sí. La de la rosa roja contra la rosa blanca y viceversa. El mismo cuentico de siempre, la rivalidad familiar, sangre contra sangre, toda guerra en este planeta es de los hombres contra los hombres, una misma especie contra sí misma, algo insólito fuera de la Tierra. En esta que usted investiga no ocurre nada distinto, ambas casas son hijas de la casa Plantagenet, la casa de la retama. Mi madre tenía una enorme retama en el patio. Lo único que combatía con ella eran los cálculos renales de mi padre.
Confieso que me asombró que el señor Orio conociese esa historia. Ante su última frase solo me quedó fue sonreír. De inmediato añadí: -Una guerra fratricida de casi 72 años-.
No dijo nada, solo colocó su tijera sobre la mesa de utensilios y lentamente comenzó a inspeccionar la cabeza del cliente mientras giraba la silla. Al final dijo: -Listo- El cliente se levantó, le pagó y se despidió, entonces el señor Orio me hizo una señal con la barbilla, me levanté, dejé el libro sobre un mueble y me senté en su silla de barbero. Del otro lado de la estancia estaba el señor Po, un barbero gordo e italiano, muy silenciosamente se dedicaba a limpiar su instrumental de trabajo. El señor Po parece como de setenta años, su aspecto, a pesar de lo robusto, es casi inmaterial. El señor Orio en cambio es de nacionalidad siriaca, cabello encanecido, pero aspecto más vigoroso, según el mismo ha dicho en una ocasión tiene sesenta años, de esos, cuarenta en el país.
Al sentarme, el señor Orio colocó sobre mí su capa de barbero, un trozo de tela negra que cubrió mi cuerpo hasta la cintura, por delante y atrás. De inmediato la perra, llamada Anunciante gruñó hacia la calle, unos segundos después las otras dos perras hicieron lo mismo, todos le dedicamos una mirada a cada una. Olvidaba decirlo, estos dos barberos traían diariamente consigo a la barbería a tres inmensas perras. Una dálmata de manchas negro azuladas llamada Anunciante, una robusta buldog, de pelambre amarillenta llamada Pesante y una pastor alemán llamada Virgin. Esos extraños nombres aun no entiendo a que respondían, nunca lo pregunté. La barbería tiene dos entradas, una hacia la calle tres y la otra hacia la carrera cuatro. Anunciante siempre se echaba en la que da hacia la calle tres, mientras que Pesante lo hace en la otra, Virgin siempre estaba en un rincón, agazapada en su propio silencio. Allí pasaban toda la jornada, por lo menos en la que a mí me tocaba participar mensualmente. Las tres semejaban guardianes míticos que en sus perennes posiciones dibujaban un triángulo donde Orio y Po parecían resguardarse. Al rato, después de otear y husmear hacia un punto impreciso de la calle, Anunciante bajó las orejas, lo inquietante al parecer se había alejado, se echó de regreso a su silenciosa mansedumbre. Otro tanto hizo Pesante en la otra puerta y Virgin al fondo de la barbería.
-Anunciante, hace honor a su nombre- dijo misteriosamente el señor Po.
-Andan por allí, las tres perciben cada vez más cerca el olor de esas alimañas. La constelación parece estar entrando a su tiempo de desafío. Es triste pero ya era tiempo-Riposta Orio. Tras esto se desató un silencio tenso.
La tijera del señor Orio reanudó su chasquear sobre mi cabeza y el crujido del cabello comenzó a inundar mis oídos. La atmósfera entonces como por arte de magia perdió la tensión. Orio y Po volvieron a ser los mismos. El señor Orio, reanudando el tema de la guerra de las dos rosas, con un dejo de arrogancia dijo: -Setenta y dos años es nada profesor. Hubo y hasta hay guerras más largas, de milenios, hasta de millones de años. ¿Verdad Po?
-Umjú.- Respondió éste, agregando: -Esas guerras que cuentan esos libros suyo profesor son solo un remedo ruidoso, una simple escaramuza. Le repito, un remedo, un remedo de otro enfrentamiento que las modela, las trasciende, la guerra verdadera, la que nosotros conocemos. La guerra de las dos rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.
Orio remató diciendo: -La verdadera guerra, la única, es la gran guerra secreta, y esa no es de hombre contra hombre, es de una especie contra otra distinta, y esa no sale en ningún libro de historia de este mundo. Ella es de un tiempo donde no existía el tiempo. Fue y aun es entre los venenosos zubenitas y los canis, los grandiosos cazadores.
¿Canis y zubenitas? Nunca había escuchado o leído sobre esos nombres. La curiosidad me llevó a preguntar: -¿Esas son etnias sirias o de Italia?-El señor, dejando de afeitarme comenzó a reírse, otro tanto hizo el señor Po.
-Le dije que es una guerra secreta, el mundo no tiene conocimiento de ella, aunque hay que admitir que de vez en cuando padece sus efectos, los cuales hombres comunes y científicos explican erróneamente cómo catástrofes naturales.
Los barberos volvieron a cruzar de modo cómplice y risueño sus miradas. No los comprendía y no me quedó sino sonreír con ellos, atascado en mi ignorancia, consolándome para mis adentros con la idea de que este par de viejos nuevamente estaban tomándome el pelo con sus extrañas historias.
…………………………………………………………………………….
Esa noche avancé bastante en la lectura del libro. Leí y releí sobre la enfermedad mental del rey Enrique VI de Lancaster. Locura y ambición, dos ingredientes que nunca faltan. Definitivamente esta era una guerra, en verdad nada extraordinaria, una guerra más, el acto histórico más rutinario de los hombres. Sin embargo, tanta veces leyendo en estos libros el mismo proceso de matanzas, bajo las mismas excusas me llevó esa noche a una sospecha: Tal vez Orio y Po tengan razón sobre la conspiración que nos trasciende. Cerré mi libro y, después de realizar unos apuntes, me fui a la cama, pero antes me tomé tres vasos de vino moscatel, y algo mareado caí entre las sábanas, eso me rendiría como un lirón pensé, pero tuve un dormir agitado. Soñé que estaba en medio de un jardín de apelmazadas plantas de rosas blancas y rojas, yo corría huyendo de unos ladridos y gruñidos invisibles, y en mi carrera sentía como las espinas me rasgaban, parecían las cuchillas de unos feroces soldados que me atacaban sin piedad. Por un momento, ya sin aliento me detuve, y entonces percibí que los ladridos y gruñidos surgían de todos lados, y cada rosa fue transformándose en unas fauces locamente atestadas de colmillos puntiagudos y pétalos como pinzas.
Me desperté sudoroso. Vi instintivamente el reloj, las tres de la madrugada. Por un inexplicable impulso me levanté, crucé la sala y salí al balcón y por una loca analogía me acordé de la suerte de Enrique VI de Lancaster en la Torre de Londres, asesinado en medio de uno de sus ataques mentales. Sacudí esa imagen respirando el aire fresco de la madrugada, miré con alivio hacia el cielo, la constelación de Orión brillaba con fuerza, parecía huir por el firmamento, sin embargo la de Escorpio atenazaba con rabia uno de sus talones más luminosos. Me maravilló ver como la fanfarronería del cazador podía ser derrotada por un minúsculo aguijón. Luego bajé lentamente mis ojos hacia la esquina de la barbería y casi me caigo por la baranda del susto. Ante las dos puertas de la barbería había dos enormes cosas de un azul luminiscente, cada una semejante a una especie de aparato mecánico de complicada tecnología, con un par de brazos mecánicos terminados en tenazas. Estas cosas llevaban en la parte trasera otro brazo rematado en una especie de punzón al rojo vivo. Se apoyaban en cuatro patas a cada lado. La visión comenzó a marearme. Las tenazas hurgaban en las puertas. Pero de repente se aquietaron. Entonces percibí una quietud y un silencio absoluto en la noche. Aquellas cosas no emitían ningún ruido. Era como si el espacio de la ciudad había sido sacado del cauce ruidoso del tiempo. Comencé a sudar nuevamente. Aquellas cosas azules intensificaron su luminiscencia, sentí que sabían que las observaba, se dieron vuelta y sus tenazas me señalaron. ¿Sería que pronto vendrían por mí? Sería una víctima ajena a esta guerra que no me corresponde, la secreta, la verdadera. Todo comenzó a oscurecerse, me sentí en un negro túnel, al fondo veía dos puntos azules de luz apagándose con lentitud, ¿Acaso esto mismo no fue lo último en ver Enrique VI de Lancaster mientras cortaban su garganta? Entonces todo se volvió negro.
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¿Una guerra secreta? Dos palabras imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta. Eso dije al comenzar este relato. La verdad es que la luz del sol dándome en rostro fue lo que me despertó al día siguiente. Estaba asquerosamente untado de mi propio vómito. Ese día los barberos no abrieron, ni al siguiente ni los posteriores, ya han pasado tres meses. ¿Qué habrá pasado con ellos? Todo esto es tan misterioso. He realizado averiguaciones y la casa donde estaba la barbería no tiene dueño. Nadie sabe dónde vivían los señores Orio y Po junto con sus perras. ¿Sería una alucinación lo que vi esa noche frente a sus puertas? ¿Serían los efectos del moscatel? ¿Y mi sueño con aquellas rosas mordientes, llenas de tenazas y pinzas? ¿Y eso de la guerra secreta entre los canis y los zubenitas? ¿Perros y escorpiones? ¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad. Como profesor de historia desde hace tiempo sé que los seres humanos no somos dueños del curso de nuestro destino, si es que puede llamarse así esas sucesivas reiteraciones que llamamos historia. No somos responsables de nuestras acciones en el pasado ni en el presente, y el futuro solo es la expectativa de la misma redundancia. Esto puede sonar cómodo o mejor dicho cínico. Pero mi sospecha de una conspiración de orígenes desconocidos se ha fortalecido con mi visión de aquella madrugada y el gruñir de las perras aquella tarde. Algo se está librando bajo el pesado manto de la ignorancia humana ¿Quiénes en realidad eran Orio y Po? ¿Qué querían confesarme entre líneas, siempre bajo el matiz absurdo y jocoso de sus historias? ¿Eran esos enormes escorpiones azules lo que inquietaba a sus perras…? ¿Eran?

(Este relato fue publicado originalmente en la página de Internet de la Revista Letralia el viernes 27 de mayo de 2022)

sábado, 4 de junio de 2022

EL OTRO LADO*

Francisco Rodríguez Sotomayor
“Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When?”
Thomas Wolfe (Look Homeward, Angel)


Fue un miércoles de enero. Mi tío Guillermo manejaba la ranchera camino al hospital. La abuela adelante, Fernanda y yo atrás, y el auto olía a guardado, sonaba incoherente, la calle puesta ahí asoleándose en la claridad de un mediodía traspuesto.

Metiendo yo un pie en la ducha los gritos de mi abuela resonaron en toda la casa. Se murió, se murió, exclamaba al teléfono. Yo estaba desnudo; agarré la toalla y saqué la cabeza por la puerta. Se murió, decía. Quién se murió. Tu tía Edna, me dijo entre lágrimas. Cerré la puerta del baño y ahora sí me supe desnudo, inerme. En eso me tocan la puerta y me apuran: báñate rápido para irnos. Murió la tía Edna, me dije, y pensé en el liceo lejano y ridículo.

Luego nos montamos en el carro. Fernanda viendo por la ventana, ambos vestidos con el uniforme. La prueba de biología, organismos unicelulares y pluricelulares, perdida. Y Fernanda nada que hablaba. Nadie hablaba en realidad, al menos no unos con otros. Sentía que el tío Guillermo me veía por el retrovisor, cada vez que ponía los ojos allí tenía la impresión de que iba a decirme algo, pero no, seguía conduciendo. La única voz era la de mi abuela Genara: avisando a tal o cual de que Edna había muerto con un mismo monólogo fatal de que se complicó con el apéndice y no hubo manera pues de la noche a la mañana se fue, tú sabes cómo es, sí, ya vamos para allá, aquí andan los muchachos. Sin muchas variaciones transcurrían los diálogos telefónicos; del otro lado de la línea suponía monosílabos, huecos de silencio. Desde entonces asocié su tono de llamada con la muerte.

Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo.

En el estacionamiento del hospital distinguí autos familiares. Mi tío Guillermo aparcó y nos bajamos. Un ir y venir de abrazos, de llantos reventando. Fernanda y yo nos sentamos en la acera frente a la ranchera. Ella cargaba el uniforme beige y la mirada que evitaba la mía. Llama a mamá y papá, le dije. Ya lo hice, ya vienen. Y siguió naufragando su atención por el hospital; los veía a ella y al tumulto más allá de la familia.

Al rato llegaron mamá y papá. Parecían tranquilos. Fernanda y yo no nos separamos de ellos hasta que todo pasó. Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo. Las enfermeras, los médicos, las camillas, el hedor a hospital; la idea de que alguien faltaba en el montón y el inagotable tono de llamada de la abuela Genara. Era un acorralamiento de no saber a qué mirar.

Papá mantenía su silencio. Los brazos los posaba en los hombros de Fernanda y míos. Todavía era más alto que yo. Le pregunté que qué hacíamos. Hay que esperar, me respondió.

—¿Esperar qué? —pregunté.

—Que saquen el cuerpo.

No quería salir de las simples frases y no lo obligué. Traté de imaginar el rostro dormido de la tía Edna; la única similitud que pude hallar, porque una cara muerta jamás la había visto. Figuré su cuerpo tendido, inmóvil, esperando salir. Aunque la verdadera espera latía de este lado, en la inquietud de la abuela Genara, en el no sé qué de papeles que digan si Fulana ya dejó atrás el mundo y nadie la vio más, que ayer era una seguridad sólida y hoy es una imagen dormida atrapada tras una pared.

En eso el tío Guillermo se acercó. No deben tardar en sacarla, la vamos a velar en La Milagrosa, dijo. Papá le contestó que, ah, bueno, nosotros vamos y venimos entonces. Sentí un ligero empuje de papá hacia el bululú de la familia. Algo en mí se resistía a ir, pero terminé aceptando. Nos acercamos a la abuela Genara, cuya faz hallé enlodada, difusa, innombrable. Y la abracé sin decir. Un lenguaje inefable entre los dos, un magnetismo, el camino de regreso a su casa, el olor de la ranchera, la ducha corriendo y perdiéndose en el laberinto, los veinte dedos sosteniendo otra espalda. Con eso dije bastante.

—Nosotros vamos y venimos —le dijo papá.

La abuela asintió.

—Vayan ustedes y me traen agua, yo me quedo —dijo mamá. Fernanda se mantuvo lejos, viendo todo a través de un cristal ignoto.

Nuestra visita a la casa fue apresurada. Por segunda vez tuve que ducharme; me sentía sucio, y en el recorrido a la funeraria tuve la certeza de que esa suciedad no logré quitármela. Faltaban un par de horas para que se apagara el sol; una llama se enciende desde otro lado y la única certeza del fuego es que vive a merced de algo más allá que es su principio y su fin para siempre. Había mucha gente en el velorio, y la mayoría eran desconocidos para mí. Al entrar vi un cúmulo alrededor del ataúd, a Cristo en su cruz. No llegué más lejos, no di un paso más. Papá permanecía detrás de mí, le vi y me hizo señas de salir. Mejor estar afuera.

Nos sentamos en un banco. Fernanda estaría tal vez con mamá o quién sabe. Me asombró la cantidad de gente que había. De todas las edades. Cada uno de los que estábamos allí giraba en torno a un recuerdo, pero yo no lo conseguía. El sitio era un retorcer de estómago y una suciedad persistente. Era una falta de enfoque. Alzaba mi cabeza tratando de dar con algo. Me fijé en la puerta y no se cerraba nunca. Siempre alguien saliendo o entrando. Uno de esos fue mi tío Guillermo. Él también escudriñaba, luchaba por un poco de aire. Noté que nos vio a papá y a mí. Se acercaba, tanteaba. Llegó hasta nosotros pesado.

Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste.

—No entiendo, hace poco estaba bien, de repente anoche palo abajo y nada la levantó, y listo, ahí está.

Nos dijo esto vacilante. Se notaba atento a la periferia, de su voz emanaba un jadeo de gato entre cuatro paredes.

—¿La vieron? —nos preguntó.

Quizá era eso lo que estaba perdido.

—Yo quiero verla —le dije.

—Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste —me dijo papá.

Volteé a ver a mi tío Guillermo.

—Es verdad, es mejor —dijo apoyando a papá.

Entonces en la puerta seguía el movimiento, ese abrir y cerrar, el ir y venir de la gente. Busqué dando tumbos, hice fuerza, unas arrugas se me hicieron de recordar. Y esa última vez no salió por ningún lado.

*(Publicado originalmente en Letralia el jueves 2 de junio de 2022, https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2022/06/02/el-otro-lado/?fbclid=IwAR3HlXZYq4dL72_6oUIj8GeI3u3-U1wBJ9yLMRPbSGcKpbRRXy5jL8PsySg)

lunes, 10 de abril de 2017

CRÓNICAS DE LECTURA (1) LEER A SAKI Y VER A TISSOT. ALGUNAS NOTAS.

                                                               Jeroh Juan Montilla


Desde que abrimos los ojos a cada amanecer y damos el primer paso fuera de la cama vamos tras el misterio. Muchos pueden creer que despertar es el preámbulo para obedecer los mandatos del sendero de las rutinas cotidianas, que cada paso del día está marcado, que el juego de vivir está entrampado en las jaulas de las determinaciones. Pero me atrevo, haciendo uso de una expresión alemana Spieltrieb (juego lúdico) de Friedrich Schiller, a decir lo contrario, desde que despertamos algunos nos dedicamos hacer el juego de construir la belleza para acceder al conocimiento, ir hasta la raíz de la racionalidad; entonces vivir, estemos de acuerdo o no, lo sepamos o no, es ir fascinados o sonámbulos tras el misterio. Para Schiller “…solo el ejercicio estético conduce a lo ilimitado.” Por tanto leer es también un mero juego por alcanzar la belleza absoluta, la antinómica tortuga de Aquiles. Desde leer una guía telefónica o un reglamento o hasta leer lo ordinario de un considerando con disposición para el desconcierto es entrar a un juego cultivado, a un partido de elaborados descubrimientos. Toda lectura, y hasta la relectura, es toparse siempre con la novedad. Eso ocurrió con mi reciente lectura: “Las aventuras de Reginald” (editorial Claridad, 2006) del escritor británico Héctor Hug Munro (1870- 1916), mejor conocido como Saki. Tengo que agradecer al escritor y amigo Luis Guillermo Franquiz el préstamo de dos libros de relatos de esta delicia de autor, el otro texto, que aun leo, tiene como título “Juguetes para la paz” (editorial Montesinos, 2005). En el primero se reúnen dos libros: “Reginald” (1904) y “Reginald en Rusia” (1910). Reginald es un irónico dandi con una incorregible disposición a provocar una y otra vez con gracia el estupor y el escándalo. Toparse con las memorables frases y las historias de este personaje fue un goce del pensamiento. Cuantas revelaciones nos esperan tras el modesto acto de leer.

Saki fue un birmano de nacimiento pero de indudable personalidad británica, huérfano, criado por unas espantosas tías en Londres, escapa de ellas y termina como policía en Birmania, seguía así los pasos del padre, regresa a Inglaterra enfermo, se recupera, trabaja como periodista mientras escribe cuentos y novelas, luego en uno de sus arrebatados gestos se incorpora a ese disparate llamado primera guerra mundial, entra como sargento de los fusileros reales a una trinchera de los campos de Francia, allí muere a manos de un francotirador. El hacedor de ingeniosas paradojas cae bajo el feo lazo de lo injusto e inexplicable. Gracias al Infinito queda la herencia de sus relatos, incisivos, irónicos, escépticos, cínicos y matizados con la elegancia del mejor humor de una nación de reinas disímiles como Isabel y Victoria. El impacto de lo paradójico, de lo asombrosamente contradictorio puede desatar en nosotros una muda carcajada, un reír del intelecto. Por cierto, aprovecho la oportunidad para recomendar la lectura de “Mis chistes, mi filosofía” del filósofo esloveno Slavoj Zizek, no imaginaba que tan apropiado es el humor para transitar sin tropiezo los meandros de lo filosófico. Excelente texto.

Saki me hizo redescubrir la risa inteligente, esa que no para de resonar en los textos de Oscar Wilde. Este tipo de humor es una cosa exótica en un país como el nuestro, donde el humor es originariamente crudo, cuestión (aclaro) que no lo hace ni peor ni mejor que el flemático humor inglés, solo lo presenta como distinto, una variante con mucho valor y creatividad en el mapamundi del humor.  Ahora bien otro descubrimiento que encuentro en este libro de Saki, especialmente en esta edición, es la foto de su portada. Un acierto de los diseñadores de la editorial Claridad. Es un precioso y apropiado cuadro del pintor francés James Tissot (1836-1902). Tissot igual que Saki luchó en una guerra, la franco-prusiana, se casó con una irlandesa, vivió mucho tiempo en Londres donde estudió grabado y trabajó como caricaturista para la revista Vanity Fair. Lo inglés se quedó para siempre en el estilo de sus cuadros y en las hermosas miradas de sus personajes femeninos. No puedo dejar de mencionar que este apellido me hizo recordar uno de los relojes muy mencionado en la televisión de mis años de infancia. Esta portada fue un hallazgo. Es un despliegue a todo color de una pintura de 1877, titulada “Remembrance Ball on Board” (véase foto de la portada) Imagen preciosa e impecable, un trio, un atento joven y dos elegantes damas en amena conversación, una típica escena en la cubierta de un barco, muy empapada de una discreta sensualidad de fin siglo XIX. De inmediato me dediqué a explorar en red todos los cuadros de este artista galo, ubicado en la corriente plástica conocida como el realismo academicista. Una obra nada escandalosa, pero intensamente bella tras su fachada exquisitamente burguesa, se capta en ella un daimon particular, el sobrio juego con la belleza en las naciones británicas. Saki y Tissot,  maestros del uso oportuno de lo paradójico para crear una literatura y un arte elegante, divertido e inteligente. Un hacer que sacuda nuestra conciencia, la active, despierte definitivamente nuestros sentidos físicos y mentales, los despabile en esa persecución diaria de lo bello descubriendo que lo contradictorio del vivir es una oportunidad didáctica para contactarnos con la totalidad. Finalizamos cabalgando las palabras de Schiller: “No hay otro camino para conseguir que el hombre pase de la vida sensible a la racionalidad que darle primero una vida estética.”

domingo, 1 de enero de 2017

URBANOS ANDARES DE VÍCTOR PARRA

Argenis Díaz / 2016.

La poesía, como la sabiduría, clama en las calles, sigue dando su voz en las plazas públicas, “clama en el extremo superior de las calles ruidosas” (Proverbios 1: 20, 21). Los “urbanos andares” de Víctor Parra nos hablan de eso, de poesía, la cual nos acerca un tanto a la sabiduría. Conocer la calle, las plazas, los mercados, los espacios concretos de la ciudad, no basta para escribir poesía, hay que sentir y visualizar las cosas, auscultar las palabras, para sacar aquellas que expresen lo que quieres hacer sentir, pensar, imaginar. Camilo Sitte (1843-1903) se refería en sus ensayos a la heterogeneidad del medio urbano y de las formas directrices de este espacio, determinadas por los elementos vitales que mencionamos.

Lo urbano en la poesía de la modernidad es recurrente, la ciudad está presente en la voz poética representativa de la lengua española. Hurgamos un poco en la publicación Poesía Urbana (Antología 1980 – 2010) de Luis García Montero; hallamos expresiones como “la ciudad se convierte en un dispositivo que dispara el fluir poético”. Y esta nos remite a nombres importantes en la poesía y frases que revelan la ciudad como objeto o sujeto del poema. En José Martí… “cuando va a la ciudad mi poesía / me vuelve herida toda…” Federico García Lorca dirá: “No es el infierno, es la calle / No es la muerte, es la tienda de frutas”. El poeta va del antagonismo a la complicidad con la ciudad. El poeta es un cómplice de ese existir urbano hecho decir.  Por su parte, Octavio Paz afirma que la ciudad se ha convertido en nuestra piel. Con esto en mente volvamos al ámbito urbano local.
Víctor Parra recorre las calles de su Villa de San Luis de Cura (nombre de raigambre histórica de un pueblo devenido en ciudad) para connotar en su poesía un espacio subjetivo que parte de lo real concreto para trascender en la palabra poética: Repaso/ con la mirada/ las calles…
No obstante, existe  una transfiguración de los personajes y el escenario donde actúan realidades diversas, literarias y metaliterarias, marcadas por referentes específicos. Los epígrafes con que abre el libro muestran esta diversidad: Víctor Valera Mora con su “camino por las calles como me da la gana”; Héctor Lavoe, recordándonos que la calle es una selva de fieras salvajes, y vuelta al terruño con Aly Pérez, con su poesía de la provincia “siempre amable con sus hijos”, objetos literarios que denotan cierta paradoja o complejidad del hecho urbano como tal.
Esta lectura nos prepara para abordar estos Poemas de urbanos andares (2013) que nos muestran al poeta en una dimensión cotidiana distinta al derrame erótico de Al borde del estallido (2009), su libro anterior. En este libro el poeta intenta dar una lectura a la ciudad que en algunos casos ha sido vista como un palimpsesto en el que se ocultan escrituras anteriores grabadas en la memoria colectiva, sin faltar las intertextualidades. Ejemplo lo tenemos en fragmentos como: “las meretrices de costumbre/ comercian coitos/ apostadas en las barras/ pescan clientes/ me hacen recordar/ al poeta norteamericano Carl Sandburd/…” Son otras calles transfiguradas (las calles de Chicago) y una referencia literaria producto de lecturas que son evocadas por el autor.
Sobresalen en estos textos tales referencias poéticas o literarias: “la poesía del chino Valera Mora/ convida a develar arcanos”. La “mesonera” escribe bolígrafo en mano, mientras “tu mano apresa/ La Mala Hora/ del Gabo García Márquez”. Hasta Heráclito perturba el lugar y el instante del reencuentro en la mesa de un bar o restaurante. Los espacios, como espejos, reflejan al viejo Borges. Como cartas sobre la mesa corren los poemas de Aly Pérez o de Cintio Vitier en sus orígenes, “con sonetos/ de la Habana sus malecones y soles” que son vistos desde otra perspectiva, más local e íntima.
El sentimiento está ligado a las sensaciones, en versos como el que da nombre al libro: “esta tristeza marina de urbanos andares/ recorro a diario mi ciudad/ acaricio su entrepierna su impudicia/ con el paso de los días/ esta Villa de San Luis de Cura/ va incrustada en mi costado de poca orilla/…” La ciudad grita “sus blasfemias” en la canícula, precisamente “a las 3 de la tarde”. Del antagonismo a la complicidad o viceversa.
Los nombres en la ciudad obligan a lecturas exóticas: “La panadería/ ostenta el nombre/ del Danubio/ río de Hungría”, pero es un “danubio de panes dulces o salados”. Hay otro referente al Danubio en un vals “interpretado en la dulce voz de Julio Jaramillo”. La panadería al frente de la Plaza Bolívar de Villa de Cura, que en un instante se convierte en un lugar precario donde la conversación “sigue su ruta/ de pasados o tristezas”, donde aletean “las desilusiones”. Además de la calle Bolívar, el río Curita “transparente”, una agencia de loterías rememora las de Babilonia, en esta una muchacha atrae a los clientes que se juegan a la suerte con su mirada, su piel canela y su cabellera negra.
La poesía se desenvuelve en espacios cotidianos: el automercado, el centro comercial, las calles, los bares, las plazas, imágenes trastocadas, transfiguradas en un lenguaje que busca construir universos paralelos, referentes, memorias y olvidos. La voz poética se convierte en intrusa en un mundo prosaico, caótico y  neurotizante, pero que contiene recuerdos, encuentros o desencuentros con el pasado. También hay lugar para la muchacha de larga cabellera, los gallos que cantan “deseos de patios”. Formas y contenidos que alucinan, partiendo de lo concreto de lo cotidiano, de lo urbano y de lo profano. No solo es Villa de Cura, sino que Caracas irrumpe con sus Colinas de Urdaneta y Magallanes de Catia, contraste o paralelo entre ciudades disímiles que se encuentras en el corpus poemático.
Comparten este espacio textual poético un grupo de textos bajo el título de Poemas de la convalecencia donde la estructura señala un ritmo quebrado y distinto marcado por algunos versos más largos y horizontales. No obstante, un tema difícil de tratar en poesía como es este de rememorar una operación quirúrgica, donde el frío muerde la piel. Esta sección no es el mejor logro del autor y el yo poético queda solamente reducido a un metalenguaje (en versos quebrados) que habla de la personal experiencia de ser sometido a un espacio físico donde “médicos/ enfermeras/ entran/ salen/ regresan…” Bueno, mejor es un poeta vivo que un escritor muerto.
Sigue privando en la poesía de Víctor Parra el verso quebrado, la verticalidad de la estructura textual con ráfagas de horizontalidad cuando el pensamiento fluye. La pausa y el espacio en blanco son propuestas de lectura que mantienen un ritmo propio. Los poemas son edificios de palabras en equilibrio precario a veces. La temática urbana no es fácil de tratar, pero estos textos constituyen un empeño por darle una lectura posible a la ciudad, al conglomerado de imágenes que llevamos dentro y que el autor quiere compartir para no olvidar que en todo habita la poesía y clama a gritos por nuestra atención, por ser tomada en cuenta en el sentido de la vida.   


Poemas de urbanos andares.
Víctor Parra Rivero.
Editorial Proyecto Expresiones.
Maracaibo. 2013.

Referencia bibliográfica

García Montero Luis. Poesía Urbana (Antología 1980-2010). Editorial Renacimiento, 2010. Consultado en: https://books.google.co.ve/books/about/Poes%C3%ADa_urbana.html?


Presentado el libro Una tarde en el Café Cordano de Víctor Parra



El pasado viernes 9 de diciembre a las 3  de la tarde se realizó la presentación y bautizo del libro Una tarde en el Café Cordano del docente, poeta, narrador y cantautor Víctor Ramón Parra Rivero. El acto se llevó a cabo en la Casa de La Valenciana, ubicada en la calle Dr. Rangel entre Páez y Comercio de Villa de Cura, estado Aragua, en presencia de un grupo de amigos, amigas, familiares y el concejal Larry Coronado quien patrocinó la publicación de la obra a través de la Editorial Proyecto Expresiones. 

Una tarde en el Café Cordano es un texto narrativo, específicamente un cuento, que refiere a un  bar y restaurante antiguo y tradicional del centro histórico de Lima (Perú) que fue fundado a principios de 1905 por los hermanos Luis y Antonio Cordano y declarado Patrimonio Cultural de la Nación el 26 de abril de 1989. El texto presenta una historia con una ruptura temporal y espacial que la coloca en el contexto de la narrativa moderna. La obra contiene, además, una serie de breves narraciones donde -según el mismo autor- se pueden apreciar aspectos metafísicos, cierta ironía y descripciones de cuadros de famosos pintores donde corre la pasión, los aguijones de la carne y los saltos de líneas temporales, con aportes del realismo mágico y lo real maravilloso en cuanto a su forma y contenido.

Víctor Ramón Parra Rivero

Víctor Parra Rivero. Docente, poeta, narrador, cantautor y locutor. Es egresado de la UPEL El Mácaro en la especialidad de Educación Rural. Nació en Villa de Cura, estado Aragua, Venezuela, el 27 de noviembre de 1967. Estudió la Primaria en el Colegio Simón Bolívar y la secundaria en el Liceo Alberto Smith, ambos de Villa de Cura. Ha participado en talleres de poesía y narrativa. Taller de Poesía La Cigarra (del fallecido Aly Pérez), Taller Literario de Maracay con Igor Barreto; taller de narrativa con Kristel Guirado. 
Sus trabajos han sido publicados en las revistas y periódicos locales, como la revista Expresión y el quincenario El Vigía, de Villa de Cura; revistas Entre Amigos y Vida Activa; en los periódicos La Antena (Guárico), HOY en Aragua, El Portavoz de Aragua y El Periodiquito (suplemento Cultural “Contenido”). Revistas literarias: Hipocampo (1993), Garabato (1994). 
También aparece en Narrativa de Aragua (1970-1996). Ediciones Secretaría de Cultura del Estado Aragua. 1997. Muestra de minificción aragüeña (1979-2000). Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua. 2001. 
Publicaciones
Al borde del estallido, poesía, publicado por Editorial El perro y la rana. Ediciones de Aragua 2009. Colección Historias de Barrio Adentro. Serie Poesía.
Poemas de urbanos andares. Editorial Proyecto Expresiones. 2013.
Una tarde en el Café Cordano, narrativa. Editorial Proyecto Expresiones. 2016.