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domingo, 16 de agosto de 2026

VINCULACIÓN DE LA HISTORIA CON LA REALIDAD SOCIAL

 Oswaldo Loreto*


                                                    Historia y presencia social

           La comprensión de la realidad social contemporánea resulta una tarea inviable cuando se pretende realizar de forma aislada y desvinculada de los procesos temporales que le dieron origen, pues pretender analizar los fenómenos actuales, ya sean de índole política, económica o cultural, sin una mirada retrospectiva profunda condena cualquier interpretación a la superficialidad más absoluta. Lejos de constituir un simple depósito de datos inertes o una cronología de eventos superados, la historia representa una disciplina viva y una herramienta hermenéutica indispensable para desentrañar las complejidades del presente que abruma a las sociedades modernas. En este sentido, Bloch (1949) entendía la disciplina como la ciencia de los hombres en el tiempo, una indagación donde la comprensión de la actualidad depende de la inteligencia del pasado. El texto aborda la vinculación intrínseca entre el conocimiento histórico y la dinámica social actual, postulando que la historia actúa como el cimiento cognitivo sobre el cual se construye la identidad colectiva y se formulan las respuestas a los desafíos contemporáneos, motivo por el cual la desconexión de estos ámbitos debilita la cohesión social y limita la capacidad crítica en nuestros días.

           Desde esta perspectiva, la historia trasciende la mera curiosidad por lo acaecido para convertirse en un ejercicio reflexivo constante, configurándose, tal como señalaba Carr (1961), en un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo ininterrumpido entre la sociedad de hoy y la de ayer. Al estudiar el pasado no únicamente se acumula saber sobre lo acontecido, fundamentalmente se adquiere conciencia sobre los motivos que explican nuestra naturaleza actual y las razones por las cuales las estructuras sociales adoptan las formas que observamos, puesto que, al carecer de esa mirada, el presente termina percibiéndose como una simple sucesión de eventos caóticos desprovistos de sentido y dirección.

           La utilidad de la disciplina histórica para interpretar la realidad social radica justamente en su facultad de ofrecer perspectiva y contexto, comprendiendo que ningún fenómeno social surge en el vacío, al hallarse inmerso en una densa red de causalidades y antecedentes que únicamente el análisis histórico logra desvelar. Si se observan los debates contemporáneos sobre la desigualdad económica estructural en América Latina, se evidencia que limitarse a examinar las estadísticas del último año ofrece una visión incompleta y de escasa utilidad, resultando imperativo rastrear las raíces de dicha brecha en las políticas económicas implementadas décadas atrás, en los modelos de desarrollo adoptados y en las dinámicas de poder que han perpetuado tales condiciones a lo largo del tiempo. Únicamente mediante ese rastreo de largo alcance se vuelve posible formular soluciones efectivas que ataquen la problemática en su punto de origen y evitar quedarse en sus manifestaciones superficiales, ofreciendo la historia un mapa detallado sobre las trayectorias de los conflictos sociales, del mismo modo en que resulta imposible comprender las expresiones de racismo actuales al margen del estudio del periodo colonial y la institución de la esclavitud como una línea de continuidad directa.

           Es preciso reconocer que la historia ejerce una función sustancial en la conformación de la identidad colectiva, en tanto las naciones, los pueblos y las comunidades se definen a sí mismos mediante la memoria compartida y las narrativas que elaboran sobre su origen y evolución. Es en este punto donde el conocimiento del pasado se entrelaza íntimamente con la dinámica social, operando tanto de fuerza cohesiva como de terreno para la disputa ideológica, dado que la interpretación que un grupo humano realiza sobre sus antecedentes influye de manera determinante en su autopercepción y en su conducta presente. Diversas lecturas del devenir histórico pueden ser instrumentalizadas para justificar hegemonías o promover nacionalismos excluyentes, aunque de forma inversa también sirven para reivindicar derechos y fundamentar la búsqueda de justicia social. La historia jamás resulta neutral, configurándose como un territorio donde se dirimen significados con un impacto profundo en la vida colectiva.

           Por consiguiente, tanto la enseñanza de la historia como la manera en que se divulga el conocimiento elaborado por los investigadores resultan aspectos vitales para la salud de la estructura social, en la medida en que una educación histórica crítica y plural logra fomentar la formación de ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Lamentablemente se suele recurrir con frecuencia a una enseñanza de corte memorístico, centrada en el aprendizaje de fechas y biografías de próceres, lo cual termina por desconectar al estudiante respecto de la relevancia directa que posee dicho conocimiento en su propia cotidianidad, generando un vacío reflexivo que empobrece la trama comunitaria.

           Asimismo, la vinculación entre el campo histórico y la sociedad se manifiesta en el modo mediante el cual el presente interroga de forma constante al pasado, surgiendo las preguntas formuladas a la historia desde las inquietudes de la actualidad. En coyunturas de crisis social, política o de valores, las sociedades vuelven la mirada hacia atrás en busca de referentes, lecciones o consuelo, comprobándose que las mutaciones del presente reconfiguran el marco conceptual desde el cual se investiga el ayer, en un diálogo incesante donde la realidad moldea de forma permanente la agenda de los historiadores.

           El rigor académico exige evitar la instrumentalización burda de la historia para fines políticos inmediatos, si bien la conexión con el presente resulta innegable, el especialista debe proceder mediante métodos rigurosos sustentados en la evidencia empírica, sin pretender reinventar lo acontecido a capricho de las necesidades coyunturales. La función social de esta ciencia no se cumple por medio de la propaganda ni mediante la edificación de mitos confortables, se materializa a través de la honestidad intelectual y la exposición de la complejidad humana a lo largo del tiempo, siendo la aproximación a la verdad histórica la mayor contribución que la disciplina puede ofrecer a la comprensión y transformación del entorno.

           A modo de cierre cabe afirmar con rotundidad que la vinculación entre la historia y la realidad social no posee un carácter opcional ni tangencial, mostrándose constitutiva y esencial al operar la historia como el subsuelo que otorga marco temporal y sentido narrativo a la experiencia humana compartida. Su función trasciende por mucho la preservación del pasado, erigiéndose en un instrumento crítico indispensable para navegar las oscilaciones del presente y proyectar horizontes de posibilidad hacia el futuro, entendiendo que el olvido únicamente consigue empobrecer el tejido social al cercenar su capacidad reflexiva.

     Las reflexiones aquí expuestas subrayan la importancia de la historia entendida como una práctica intelectual y cívica de primer orden, donde el fomento de una conciencia histórica resulta indispensable para fortalecer las instituciones democráticas. El examen riguroso de las etapas precedentes permite descifrar el origen de las problemáticas actuales al tiempo que ilumina alternativas de cambio, enseñándonos que la realidad presente no constituye una fatalidad inamovible, siendo más bien el producto de decisiones humanas susceptibles de ser reorientadas. Resulta prioritario revalorizar la investigación y divulgación histórica en el terreno educativo y en el espacio público, velando por un diálogo con el pasado que sea honesto, plural y fecundo, pues únicamente desde esa vinculación consciente las sociedades pueden aspirar a conducir con autonomía su propio destino, esperando que la colectividad logre comprenderlo a tiempo.

Bibliografía

Bloch, M. (1949). Introducción a la historia. Fondo de Cultura Económica.

Carr, E. H. (1961). ¿Qué es la historia? Seix Barral.

Fontana, J. (1982). Historia: análisis del pasado y proyecto social. Crítica.

Le Goff, J. (1988). El orden de la memoria: el tiempo como imaginario. Paidós.

Zinn, H. (1980). La otra historia de los Estados Unidos. Las Otras Voces.

 

*Maestrante de Historia de Venezuela, UNERG.

martes, 28 de abril de 2026

VICO CONTRA EL OLVIDO

              Oswaldo Loreto


Entender el siglo XVII implica reconocer una de las crisis más silenciosas pero feroces de la historia, ese intento de borrar el pasado en nombre de la razón. Mientras el mundo se deslumbraba con la precisión de la geometría y las matemáticas, la historia quedó arrinconada y tachada de ser un simple cúmulo de leyendas sin fundamento. Fue en ese momento cuando surgió la figura de Giambattista Vico para plantear una verdad que hoy parece obvia pero que en su día fue un cuestionamiento disruptivo al sistema. El ser humano solo puede conocer de verdad aquello que él mismo ha construido. Para este pensador napolitano no podemos pretender entender la naturaleza con la misma exactitud que a nosotros mismos porque la naturaleza es obra divina, pero la sociedad, las leyes y las lenguas son nuestras. Esta premisa rompió el tablero de su época al demostrar que el conocimiento nace de la experiencia compartida de vivir en comunidad, más allá de las fórmulas frías.

Esa idea cambió las reglas del juego de forma radical. Mientras personajes como Descartes subestimaban el estudio de lo antiguo por considerarlo subjetivo y carente de rigor, nuestro autor devolvió la dignidad al relato humano. Propuso que la historia no es una ciencia de segunda categoría, al contrario, es la ciencia suprema porque funciona como el espejo de nuestra propia creación. Si las matemáticas son claras es porque son una abstracción que inventamos nosotros mismos. Por lo tanto, la vida civil con sus conflictos y sus avances debería ser igual de descifrable si aprendemos a leerla correctamente. No se trata de verificar únicamente si un documento tiene un sello original, aunque eso también sea importante. Lo fundamental es entender la necesidad humana que hizo que ese papel existiera. Vico nos enseñó que detrás de cada dato hay un latido humano y una intención que la geometría jamás podrá captar por sí sola.

Lo más fascinante de este pensamiento es el rechazo a la idea de que el mundo siempre camina hacia mejor de forma lineal. Se planteó que las civilizaciones no avanzan en línea recta, pues se mueven en ciclos de ascenso y caída. Es una especie de ritmo vital, los famosos corsi e ricorsi, donde las naciones pasan necesariamente por tres etapas. Primero llega la edad de los dioses donde el hombre vive sumergido en el miedo a lo sagrado y explica todo a través de la religión. Luego sigue la edad de los héroes donde la fuerza y el orgullo de los nobles dictan las leyes de la supervivencia. Finalmente se alcanza la edad de los hombres donde la razón y la igualdad democrática parecen dominarlo todo. Pero aquí viene la advertencia que hoy suena más real que nunca ya que cuando la razón se vuelve fría, egoísta y puramente analítica, la sociedad se desmorona desde adentro. Ese exceso de intelectualismo termina rompiendo los lazos que nos mantienen unidos y provoca que volvamos al punto de partida para aprender de nuevo a ser humanos.

Esta forma de ver las cosas le dio un valor enorme a lo que antes se consideraba como elementos irrelevantes, como los mitos y la poesía antigua. Antes de Vico se pensaba que los cuentos de la antigüedad eran simples mentiras para entretener a gente ignorante, pero él descubrió que el mito es la primera verdad de los pueblos. El hombre antiguo no tenía conceptos abstractos ni diccionarios así que explicaba su realidad con imágenes poderosas y con gestos cargados de significado. Cuando desarmamos el lenguaje estamos haciendo una autopsia a la mente humana en su estado más puro, en lugar de diseccionar palabras muertas. Entender cómo hablaban nuestros antepasados y cómo daban nombre a sus miedos es la única forma de saber por qué sentimos y pensamos como lo hacemos hoy. Es pasar de la simple anécdota de los libros de texto a la profundidad real de la conciencia colectiva que nos une a través de los siglos.

La lucha de Vico fue también una batalla por el sentido común frente a la soberbia del racionalismo extremo. Él veía con preocupación cómo sus contemporáneos querían convertir la vida en un laboratorio olvidando que el hombre es un ser de pasiones, de imaginación y de memoria. Para él la memoria no era un almacén de datos viejos, representaba la facultad misma que nos permite ser algo más que animales atrapados en el presente. Sin la historia somos seres amnésicos caminando a ciegas. Por eso su obra es un grito de resistencia que nos invita a mirar las instituciones no como estructuras dadas por la naturaleza, las vemos como conquistas heroicas que costaron sangre y esfuerzo. Las leyes no cayeron del cielo ni son fórmulas lógicas, son el resultado de hombres que un día decidieron dejar de matarse para empezar a vivir bajo reglas comunes.

Al final, lo único que queda es una defensa cerrada de la humanidad frente al asedio de los números y los datos fríos que pretenden explicarlo todo sin alma. Somos los arquitectos de un edificio que se construye todos los días pero que solo tiene sentido si no olvidamos los cimientos que lo sostienen. El pasado no es un peso que cargamos ni un adorno para lucir en los libros, es la biografía viva de lo que somos en este instante. Cada ley que nos rige y cada miedo que nos frena nació en algún punto de ese ciclo que seguimos recorriendo sin darnos cuenta. El legado de esta ciencia nueva no nos hace expertos en fechas de batallas olvidadas, nos hace dueños de nuestra propia realidad al recordarnos que la historia es, por encima de todo, la aventura de habernos inventado a nosotros mismos en medio del caos. Nuestra tarea no es solo narrar lo que pasó, consiste en comprender por qué seguimos siendo, en esencia, los mismos seres que buscaban respuestas en medio del trueno y el relámpago.

Desde mi perspectiva considero que la verdadera potencia de este pensamiento reside en la responsabilidad que nos otorga sobre nuestro propio destino. Al ser los humanos los únicos que hemos construido nuestra propia civilización tenemos la capacidad real de entenderla y controlarla, siempre y cuando no olvidemos el rastro de nuestra humanidad en el proceso. Entender que somos hijos de nuestras propias creaciones sociales nos obliga a ser vigilantes de las instituciones actuales, pues si nosotros las levantamos nosotros también tenemos el poder de reformarlas. Para mí esta es la verdadera esencia de Giambattista Vico, el recordatorio de que no somos náufragos en el tiempo, somos navegantes con brújula propia en un mapa de aciertos y errores que nos pertenece por derecho de autoría. 

En definitiva, conocer nuestra historia no es un ejercicio de nostalgia, es el acto de reclamar la propiedad sobre nuestra propia civilización.                                                                                                           

Bibliografía

Berlin, I. (2008). Vico y Herder. Alianza Editorial.

Cassirer, E. (1993). La filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica.

Mondolfo, R. (1956). Giambattista Vico. Editorial Losada.

Vico, G. (1995). Ciencia Nueva (R. de la Villa, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en 1725).

Villacañas, J. L. (2001). La filosofía histórica de Vico. Revista de Filosofía, 26, 11-34.