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lunes, 7 de enero de 2008

LA DIÁSPORA CULTURAL AFRICANA EN LA MICRO REGIÓN DE ORTIZ TIZNADOS



José Obswaldo Pérez*






Los africanos y sus comunidades colectivas encontradas alrededor del mundo constituyen la diáspora africana. La diáspora africana no sólo se refiere a Hispanoamérica, sino también a la migración global durante milenios. Las comunidades africanas pueden ser encontradas históricamente en Asia, en Europa, y en Australia. Pero, las comunidades más numerosas son la de los países de América (Norte, Centro, y Sur) y el Caribe. Las colonias caribeñas y sudamericanas tuvieron un predominio de africanos, y esta fusión claramente afectó la cultura aborigen. La migración forzada de africanos siguió un patrón invariable a través de la diáspora. El proceso de sangría demográfica evidencia cómo una migración de esclavizados significaría una migración de culturas. Mientras muchos esclavizados se movían alrededor de la diáspora, más cultura se transmitía pese a la aculturización a que fue sometida en sus respectivas zonas de asiento[1].

El comercio atlántico de esclavos proporcionó los medios de migración para la mayoría de los africanos en el Nuevo Mundo. Cada grupo migratorio africano trajo sus tradiciones y costumbres que, aunque no eran idénticas, eran similares y, a menudo, tenían rasgos afines. Las tradiciones culturales, se plegaron a las otras culturas, comenzando a mezclarse. Varios investigadores hablan de una combinación de rasgos y elementos africanos en Hispanoamérica que tomaron lugar entre grupo humanos provenienteS de Senegambia y Guinea Bissau, entre los ríos Níger y Senegal. Regiones, por cierto, preferidas por los españoles y portugueses para traficar con los naturales de esas zonas por su laboriosidad, alegría y adaptabilidad. De las caletas de Benin, Biafra, Congo y Angola también provienen emigrantes esclavizados. De estas regiones, miles de esclavos de diferentes naciones étnicas entraron a Venezuela. Entre los grupos humanos podemos citar: Ewe, Fon, Efik, Efok, Mina, Bakongo, Loango, Caheo, Mondongo, entre otros[2]. Muchas de las personas de estas zonas tuvieron interacción a través del comercio y la guerra antes de su reintroducción en Hispanoamérica.

Los africanos han tenido una presencia continua en Hispanoamérica por más de 400 años. Desde la época de la conquista, las huestes conquistadores trajeron africanos que viajaban en las expediciones de tierra adentro. Muchos de estos grupos arribaron después a Venezuela por el puerto de Coro – alrededor del año de 1550 -, procedentes de la Antillas caribeñas para trabajar en las minas de Buria, cerca de Barquisimeto. Su llegada resulta de una crisis de mano de obra debido a la demanda creciente de trabajadores para las minas, las haciendas, los transportes de carga y, en fin, para todas las formas de trabajo. El déficit de mano de obra trató de llenarse con la importación de África de esclavos a comienzos del siglo XVI.

A su llegada, los africanos participaron en la construcción socio-económica y política de la Provincia de Venezuela a comienzos del siglo XVII, cuando empieza la importación más o menos masiva de población africana al territorio venezolano y, principalmente, hacia los Llanos de la Provincia de Caracas. Su contribución más importante fue su fuerza laboral en las haciendas y hatos ganaderos, que facilitó la acumulación de capital, la introducción de nuevas tecnologías y la globalización del comercio interregional basado en el desarrollo creciente de la agricultura y la ganadería en el siglo XVIII[3]. El tráfico negrero, llamado específicamente trata[4], se correspondía con la dinámica histórica abierta con los nuevos descubrimientos geográficos de los siglos XV- XVI y con “el espíritu de lucro del capitalismo”. Este sistema, según el historiador Brito Figueroa:

“somete a sus intereses las aspiraciones de aventureros, navegantes y gobernantes; pone precio a su participación material y transforma los esporádicos y accidentales contactos entre europeos y africanos en una empresa mercantil-monopolista de gran envergadura, destinada - como en efecto ocurre- a fortalecer su creciente poder económico”[5].

En muchos casos, los africanos traídos a los hinterland negreros de los puertos de la Guaira, Puerto Cabello, Cumana y Barcelona[6], eran herreros, granjeros, alfareros y soldados, así como también marineros. Algunos otros trabajaban como mayordomos, empleados de servicio doméstico, actividades agrícolas y pecuarias y artesanales (artes y oficios). Los esclavos domésticos, realizaban tareas en la casa de habitación del dueño, junto con sus mujeres que se ocupaban de realizar trabajos como cocineras, lavanderas y criadoras de los niños blancos. En algunas circunstancias, y con la autorización del amo, podían alquilar su fuerza de trabajo; algunos de ellos hacían trabajos de herrería, carpintería, barbería, construcción de casas de adobe, fabricación de tejas o bloque de teja, entre otros oficios. Las mujeres eran solicitadas para cocinar, lavar, planchar, cuidar y, en muchos casos, para amamantar niños, cuando la madre moría en el parto o estaba enferma[7].

De los primeros establecimientos de esclavos, diversos grupos de esclavizados vivieron y trabajaron en los llanos de Guárico y Apure, mezclando tradiciones culturales, tecnológicas, y sociales en una perspectiva distintiva de mestizaje y creollización. La nueva cultura reflejó la entrada de esclavizados en el crecimiento de hatos ganaderos dedicados a la economía de agroexportación, principalmente de cueros y manteca. Ese espacio de vida no sólo fue un modo de hacer el lugar sino una forma de convivencia natural, entre los márgenes de una “tierra de frontera”, abierta y libre para la construcción endógena de una nueva “neoetnia” cultural: los llaneros[8].

Las recientes estudios realizados por Arturo Álvarez D` Armas, Irma Mendoza, Adolfo Rodríguez, Felipe Hernández y otros investigadores introducen un nuevo enfoque en los estudios africanos en la región llanera[9], lo que ha permitido conocer la gran importancia de la esclavitud negra en los hatos ganaderos y la propiedad territorial esclavista a lo largo del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Adolfo Rodríguez, historiador etnocultural, señala que los esclavizados africanos llegaron junto con los dueños de hatos[10]. Los pobladores españoles y mestizos llevaron los primeros subsaharianos a los partidos de Tiznados, Paya, Las Cañadas y San Roque de Las Lajas, jurisdicción de San Sebastián de los Reyes, entonces unidades de producción agropecuaria en siglo XVII[11], para ser explotados. En medio de este espacio geográfico, el pueblo de Ortiz tenía una posición privilegiada. Era punto de paso o encrucijada para el comercio de ganado, cuero, tabaco y otros rubros hacia los centros de consumo urbano.

La cuantificada mano de obra africana en las haciendas de Guárico[12], es una muestra global de la concentración de esclavos en el ámbito de todo territorio colonial, tal como lo hemos comprobado en censos y matriculas de la microregión de Ortiz-Tiznados. Su presencia era notoria. Por ejemplo, en 26 sitios de hatos registrados para 1793 en San Francisco y San José de Tiznados, 14 negros esclavos administraban en calidad de mayordomos y suplían la ausencia del amo, cuatro lugares eran administrados por sus mismos dueños, cuatro por morenos libres y dos blancos (familiares del dueño del hato) administraban igualmente dos sitios para cría de ganado mayor[13].

El investigador Miguel Ángel Ortega[14] nos ofrece información sobre 345 esclavos, sin contar a los negros libres en la hoy Parroquia San Francisco de Tiznados, que ascendía a 1.132 almas. Igualmente debemos destacar la presencia de negros cimarrones en las montañas aledañas a los hatos y pueblos de Ortiz, San Francisco de Tiznados y San José de Tiznados[15].

En el poblado de Ortiz, visitado por el obispo Mariano Martí, el 5 de mayo de 1780, encontramos que vivían 107 esclavos, 90 negros libres y 99 pardos, los cuales representaban un 24,8% de la población total. Los negros libres y esclavos representaban un 16.9% de la población urbana del pueblo, lo cual nos da conocer una cuantificación bastante significativa. El censo de 1810, en víspera de la Independencia, se registraba 14,5% de pobladores negros y esclavos. En 1813, los esclavos negros alcanzaban el 8,5% de la población, pero los pardos libres eran mucho más numerosos, un 15,1%.

Estas cifras muestran una composición étnica reveladora en relación con el mestizaje de las clases sociales mediante un proceso de blanquecimiento que se venía acentuando aceleradamente, a principios del siglo XIX. Ya para momentos previos a la abolición de la esclavitud, la institución esclavista estaba en decadencia en el pueblo de Ortiz. Un esclavo costaba en 1858 aproximadamente 279 pesos. Cuando se puso en vigencia la Ley del 24 de marzo –y según un censo general del gobierno- un total de 129 esclavos habían logrado obtener su libertad por esta legislación: un grupo de 58 esclavos valorados en 16.230,58 pesos y otro clasificado entre 29 esclavos y 42 manumisos valorados en 12.775,50 pesos[16].

En un análisis de matriculas eclesiásticas e informes parroquiales nos permite determinar el número de negros, entre los años 1780-1813 habiendo censados unos 2.744 negros y esclavos, en una población total de 19.201 habitantes, equivalente a un 14,2%. La mayoría de los esclavos estaban concentrados en las áreas de influencia o zona rural, cuyas cifras verdaderas eran mucho más altas, como una característica del patrón rural disperso.

En conclusión, la huella de África en los llanos de Guárico y Apure es un factor principal y casi único en la construcción de nuestra cultura llanera. La recolección de estos datos estadísticos y las investigaciones recientes permiten dibujar los aportes culturales de los subsaharianos. Por ejemplo, el trabajo de los negros, zambos y mulatos tuvo importancia para la expansión de la economía colonial, el crecimiento del mantuaje y la expansión de la propiedad territorial.

El número total de esclavos de origen africano que entró con la trata esclavista al Alto Llano dictamina un papel considerable que contribuyó grandemente al desarrollo y el enriquecimiento de la cultura llanera, como médula importante en la etnogénesis de la cultura afrovenezolana, hoy integrada y diluida en la población venezolana como raíz principal de nuestro mestizaje.

[1] POLLAK ELTZ, ANGELINA (1972). Procedencia de los esclavos negros traídos a Venezuela. En: Vestigios africanos en la cultura del pueblo Venezolano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de investigaciones Históricas, p. 23 - 32. Véase también JOYNER, BRIAN D. (2003). African Reflections on the American Landscape Identifying And Interpreting Africanisms. Washington: National Park Service. U.S. Department of the Interior National Center for Cultural Resources. También en línea: http://www.nps.gov/history/crdi/publications/African%20Reflections.htm.
[2] Ídem.
[3] CARTATAY, RAFAEL (2005). Aportes de los inmigrantes a la conformación del régimen alimentario venezolano en el siglo XX. Agroalimentaria. Nº 20. Enero- Junio 2005 (43-55)
[4] El término “trata” es un eufemismo que busca eliminar la dimensión ética del concepto implícito en “la trata de esclavos”. Un término mucho más apropiado es el de “comercio negrero”, pues la palabra “negrero” ha conservado la carga de infamia que implica rebajar al ser humano a la categoría de mercancía. Véase a CASTELAR, EMILIO “Dimensión gráfica de la trata de esclavos”, en su Ensayo de la Abolición de la Esclavitud. En línea: http://www.ensayistas.org/antologia/XIXE/castelar/esclavitud/trata2.htm
[5] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (1985). El problema tierra y esclavos en la historia de Venezuela, UCV, Ediciones de la Biblioteca (Colección Historia, XIV), Caracas, p 155.
[6] JARAMILLO, MARCOS ANDRADE (1999). De la trata a la Esclavitud. Venezuela siglo XVIII Caracas: Fondo Editorial ISPAME; p 78
[7] Véase la monografía de la profesora Ermila Troconis de Veracoechea: “El Trabajo Esclavo en la Economía Colonial” En: Boletín NC 345 (Enero-Marzo de 2004). Sesquicentenario de la abolición de la esclavitud en Venezuela (1854-2004)
[8] RODRIGUEZ, ADOLFO (1992) “Definición de la Neoétnia Llanera Colombo-Venezolana como utopía realizada” en: Romero Moreno, María Eugenia (1992): Café, Caballo y Hamaca. Visión Histórica del Llano. Coedición: Quito, Ecuador, Talleres Abya-Yala y Orinoquia Siglo XXI, Santafé de Bogotá, Colombia.
[9] Véase MENDOZA, IRMA (2005) “Presencia de la mano de obra esclava de origen africano en el Guárico Colonial. Siglo XVIII” En: Resonancias de la Africanidad. Caracas: Fondo Editorial Ipasme.
[10] RODRÍGUEZ, ADOLFO (2006, 29 Mayo): La Cultura Afrollanera en la formación de los llaneros. Conversatorio sobre influencia Árabe y Africana en Venezuela. Caracas: Universidad Bolivariana de Venezuela.
[11] PEREZ A, JOSÉ OBSWALDO (2007). Hatos y Toponimia. Un caso de apropiación de lugar en Valle de Tiznados. Siglo XVII. Valle de la Pascua: XI Encuentro de Historiadores y Cronista del Estado Guárico, 29,30 y 31 de Marzo 2007
[12] ARMAS CHITTY, JOSE ANTONIO (1981): “Zambos y pardos en un censo de población del siglo XVII” En: Semblanzas, Testimonio y Apólogos. Caracas: Academia Nacional de la Historia
[13] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (2002). Historia Económica y Social de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, p, 1199
[14] ORTEGA, MIGUEL ANGEL (1992): La Esclavitud en el contexto agropecuario colonial. Siglo XVIII. Caracas: Editorial APICUM, colección Otro Discurso Nº 2, p 56.
[15] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (2002). Ob.cit.
[16] MEMORIA DEL MINISTERIO DEL INTERIOR Y JUSTICIA. Censo General de los Esclavos que han quedado libre en virtud de la Ley de 24 de Marzo de 1854.

*Periodista e historiador venezolano (Ilustraciones tomadas de http://www.ensayistas.org/antologia/XIXE/castelar/esclavitud/trata2.htm)

martes, 8 de mayo de 2007

HATOS Y TOPONIMIA: UN CASO DE APROPIACIÓN DE LUGAR EN VALLE DEL TIZNADO. SIGLO XVII.

(Ponencia para el XI Encuentro de Historiadores y Cronista Del Estado Guárico, Valle de la Pascua, 29,30 y 31 de Marzo 2007)

José Obswaldo Perez*
Los hatos ganaderos son el legado presente de algunas de las más antiguas divisiones territoriales del actual estado Guárico. Fueron demarcaciones esenciales para organizar el entorno colonizado y reflejaron el interés y la ansiedad del Estado Español de hacerse presente en la vida cotidiana de los moradores del Alto Llano. Pero además, los nombres de los hatos son un importante documento para explorar la poco documentada historia rural de nuestros llanos guariqueños de los Siglos XVI, XVII y XVIII.
En nuestro estudio ubicamos los hatos ganaderos de Tiznados en el Partido San Antonio o Valle de San Antonio, jurisdicción de San Sebastián de los Reyes y eje del poblamiento europeo en la zona, la cual ocupaba un gran espacio geográfico aproximadamente de más 40.000 hectáreas, limitado por la parte oriente con Parapara, camino hacia los hatos de Paya; con el poniente con el río Tiznados; por el norte con la Serranía Alta de San Juan y por el sur con el Galera de Mapire, cerca del río de San Antonio. Estas tierras fueron concedidas “en deposito” por el Gobernador y Capitán de la Provincia de Caracas, Don Pedro de Porras y Toledo al Capitán Don Juan de Grezala y Oñate, en el año de 1660[1].
Sin embargo, las tierras pasaran de manos en manos a través de procedimientos de venta, herencias y donaciones. Una tercia parte de ellas las compró por 250 pesos el Capitán Don Domingo Pérez de Ávila y Zapata a Don Juan de Grezala y Aguirre, hijo del Capitán Don Juan de Grezala y Oñate en el año 1713. Su hijo el Alférez Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea de Mendoza heredó de su padre las tierras con un lindero norte a sur desde la Serranía Alta de San Juan hasta las Galeras de Mapire[2]. Dentro de ellas, años después, serían erigidas las parroquias de San Francisco y de San José de Tiznados, que pertenecerían a las jurisdicciones de San Sebastián de los Reyes y de la Villa de San Luis de Cura[3].
Desde finales del siglo XVI se comprueba la presencia de dueños de tierras en el Valle de San Antonio de La Platilla, se trata de los primeros y principales terratenientes de estos lares liderizados por Capitán Don Juan de Grezala y Oñate, quien nada menos era Juez privativo de los Llanos de San Sebastián de los Reyes. Las familias o clanes económicos como los Bolívar, Ponte, Tovar y Mijares de Solórzano, entre otros, representan el mejor ejemplo de los que se posesionaron y se convirtieron en los Dueños del Suelo Tiznaeño; la declaración de tierras que poseían o decían poseer, manifiesta la magnitud extensiva de dichas posesiones heredadas por “estrategias matrimoniales” que permitían la estabilidad de la estructura de propiedad, mediante unos vínculos de parentesco (Langue, 2005). La ocupación, mantenimiento y reproducción de estas grandes propiedades se logró a lo largo de dos siglos, destacándose entre estas familias la formación de un gran grupo endogámico, a través de dichas alianzas como forma de protección del capital para no disgregar o desmembrar la riqueza lograda por sus antepasados. Estas alianzas matrimoniales constituían, en fin, alianzas territoriales que en consecuencia originaban la formación y constitución del latifundio familiar; por otra parte, también se aprovecharon de los altos cargos que ocuparon en el Cabildo de Caracas para así aplicar estrategias que le permitieron la apropiación y garantización de sus posesiones.
En el caso de Tiznados y su jurisdicción, la hacienda ganadera, denominada en los documentos como “sitio de hato” o “hato de ganado”, constituía una unidad productiva sustentada en el binomio ganadería-usufructo de la tierra donde se genera una relación de peonaje entre un terrateniente, dueño de los medios fundamentales de producción y un trabajador, parcialmente separado de esos medios y con posibilidades de usufructuar la tierra a quien denominamos peón[4]. Su producción estaba destinada a un mercado intermediario, ya que no se descarta su participación- de una u otra forma- en el mercado exterior, sino que se orientaba hacia el mercado interno, “esencialmente en lo que se refiere al suministro de carne, queso, sebo y ganado mular y caballar para ciertas ciudades y pueblos del área costera donde estos no se daba” (Ortega, 19: 54). Esta unidad de producción no sólo originaba acumulación de bienes, sino que garantizaba las ambiciones sociales de sus dueños. Además estas formas de tendencias de propiedad van a predominar a finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, sufriendo ciertas modificaciones producto de la evolución interna de dichas organizaciones.
El sistema de apropiación en Tiznados y demás sitios del Alto Llano se inicia a partir del pie de monte perteneciente al paisaje cordillerano del interior, el cual está constituido por dos zonas montañosas de relieve orográfico distinto: la serranía de la costa al norte y la serranía del interior al sur con la formación de pueblos y encomiendas, donde los nativos tenían que trabajar las tierras en beneficio exclusivo de los encomenderos. Vila (1978:16) explica que cuando los hatos eran varios en un determinado ambiente, daba lugar a que en un sitio en condiciones óptimas para las comunicaciones, surgiera un pueblo que fungía de polo económico de un extenso territorio de economía ganadera. Este es el caso de los pueblos de San Francisco y San José de Tiznados.
Marc Bloch (1978) señala que los nombres de los hatos sirven para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso[5]. Sus topónimos –nombres propios de lugar– reflejan la flora, la fauna, las topografías e hidrografías de la antigüedad; trazan contornos borrosos de viejos hatos y haciendas; proyectan patrones de colonización y de explotación de la tierra; reafirman diluidas herencias y persistencias indígenas; y exhuman remotos colonizadores para develarnos su hablar, sus costumbres, sus imperativos, sus devociones, y por qué no, sus mentalidades.
PLANO DE LA POSESIÓN SAN JOSÉ DE TIZNADOS, 1780

La aparición de los hatos está vinculada con los comienzos de la propiedad territorial en los Llanos de la provincia de Caracas y los mismos están asociados con la persecución de indígenas, presuntamente caribes y su esclavización a través de las encomiendas como lo señala Adolfo Rodríguez[6]. Pero, a partir de la primera mitad del siglo XVII es cuando verdaderamente se sistematiza la estructuración de pueblos en el ambiente geográfico venezolano, cambiando el paisaje y ampliando el territorio hacia un espacio regional. Desde ese momento, las instituciones de la Iglesia y del Estado español crearon, de forma mancomunada, una nueva fisonomía histórico-geográfica del paisaje venezolano.
De este modo, la función formal inicial de los hatos fue representativa, como unidades económicas, las cuales tienen sus raíces en distintos procesos colonizadores y su aprehensión de la población nativa a través de la dinámica de apropiación socio-espacial del territorio. La organización de los espacios de las tierras de la comarca Tiznadeña quedan integradas por cantidades de sitios y hatos dominando el área del Valle de Tiznados, pero el hato es el que le da sentido de imposición territorial, ya sea como unidad de producción o como unidad geográfica de ocupación, sea en ambos casos y en base al ganado, se procedía a ocupar la tierra para componer y confirmar, proceso repetitivo y estratégico para así apoderarse de las tierras. Este proceso de ejecutaba en un determinado lugar, se fundaba casas y corrales, lo demás era llano abierto, sabanas y montes donde el ganado de todos pastaba libremente. El hierro o señal en la oreja que se les afincaba a las reses, “iba marcando la propiedad del ganado que en definitiva era el hato” [7]
Para finales del siglo XVIII se puede apreciar cómo quedó ocupada la comarca de San Francisco y San José de Tiznados, principalmente este ultimo que fue reducido a pueblo en la jurisdicción territorial del Curato de Tiznados, por el Obispo Mariano Martí en visita oficial realizada en 1780 y que, posteriormente, Don Bartolomé Pérez de Ávila, en abril de 1787, cedió al pueblo una parte de sus terrenos que poseía en la Barranca de los Pérez, para fomentar sus vecindarios y así contribuir con la fabricación de la Iglesia, la cual estaba en construcción. En el cuadro siguiente, el cual se elaboró a raíz de una matricula parroquial levantada en 1762, se aprecia con claridad la gran cantidad de hatos con su número de reses, además de la calidad de sus propietarios y mayordomos.
CUADRO NO. 1
PADRON DE HATOS Y HACENDADOS DEL TIZNADOS 1762
PROPIETARIO
SITIO DE HATO
CASAS
ESCLAVOS
LIBRES
Antonio José Ostos
Corozal
6
-
43
Bartolomé Ceballos
Estévez
10
6
70
Bartolomé Pérez
Sitio de San José
10
30
69
Bernardo Pérez
Barrancas de los Pérez
13
8
92
Cap. Juan de Silva
Sitio Hato del Medio
12
6
62
Domingo Volcán
Punta de Mesa
9
11
51
Don Pedro Ceballos
Sitio Guáitoco
19
9
74
Fco. Javier Xedler
Hato de La Soledad
8
5
39
Feliciano de Oquendo
La Vigía
2
-
26
Flia Arana
Sitio Agua Negra
-
-
5
Hdos de Lorenzo Aponte
Hato de Las Lajas
3
19
20
Hdos de Mateo Monasterio
Hato Sn phe
-
14
9
Hdos Francisca de Tovar
Hato Las Animas
9
8
35
José Benito Aguirre
Limón
2
-
4
José Monasterio
Hato Chirgua
-
5
3
Juan Agustín Tovosa
Casanga
19
-
97
Juan Antonio Solórzano
Hato de El Jagüey
6
15
26
Juan Arana
Barrancas de Arana
6
16
33
Juan Luis Escalona
Hato El Suceso
3
19
9
Juan Pérez
Hato de Las Majadas
3
8
19
Juan Sánchez Morgado
Hato
6
2
47
Juan Vicente Bolívar
Totumo
7
24
30
Lugo
El Gallón o Gayón
5
1
23
Luis de Nieves
Hato Corralito
8
21
41
María de Nieves

2
7
6
José Monasterio
Chirgua
?
5
3
Pedro Tovar
Hato?
11
21
70
Sánchez
Hato Platilla
2
5
13
Sebastián Arrechedera
Hato La Montuosa
3
20
16
Varias familia
Sitio Canuto
?
-
16
Varias familias
Sitio Chirguita
-
5
13
Fuente:
Antes del siglo XIX, en documentos y fuente estudiadas, la referencia usual era a “sitios” y no a hatos. Por ejemplo, en el Siglo XVII se informaba que en el Partido de Tiznados, antecedente del pueblo de San Francisco de Tiznados, existía una antigua capilla que estaba ubicada en el llamado sitio o Hato Tiznados, propiedad del latifundista Agustín Ceballos. La misma funcionaba como “la matriz y la principal”, junto a siete oratorios más distribuidos en el propio Tiznados. Esta ermita había funcionado hasta 1728, y había sido una vicefeligresía hasta que, en 1720 o 1722, fue elevado el sitio a parroquia, por disposición de las autoridades eclesiásticas. El sitio no era un poblado ni una aldea, era meramente un lugar que, por alguna razón, había desarrollado un carácter propio -ya no genérico– y por tanto mereció un topónimo o nombre de lugar particular. Por ejemplo, Tiznados y San José, a secas.
Los hatos prevalecen bajo el absolutismo como parte de un imperativo tributario: eran útiles para la captación de tributos. Los hatos se censaban en el Siglo XVIII para fijar la obligación a la pesa o el abasto forzoso –un tributo principalmente en reses, proporcional a su extensión y riqueza– para sostener a la poblaciones como Valencia y Caracas. Aunque hemos documentado como los hatos evolucionaron y se formalizaron en el Siglo XIX, sus nombres y parte de sus perímetros son mucho más antiguos. Postulamos que los antecedentes geográficos y toponímicos de buena parte de los caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados son los hatos y los criadores ganaderos. Por tanto, los hatos son una fuente crucial para inferir y reconstruir los rasgos geográficos de los primeros siglos de la colonización.
Nuestra tesis es que la configuración inicial de los actuales caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados guarda estrecha relación con la situación de hatos entre 1660 y 1762. En otras palabras, que la unidad geográfica inmediatamente precedente a una cantidad considerable de caseríos y comunidades rurales fue el hato, cuyo nombre y perímetro sirvió para configurar y denominar las comunidades rurales. Aclaramos que no todos los hatos evolucionaron en caseríos y comunidades rurales y que algunos antiguos topónimos de hatos han desaparecido o fueron sustituidos.
Los datos sobre hatos en la parte final del Siglo XVIII abonan a su vínculo actual con los caseríos y comunidades rurales de la región de Tiznados. Una de los rastros más contundentes de este vínculo territorial entre el hato, los caseríos y las comunidades rurales de Tiznados es la toponimia. Mediante los nombres de estos lugares, hemos podido documentar que al menos 30 por ciento de todos los nombres de hatos del Valle de Tiznados son atribuibles a antiguos hatos, usualmente anteriores al Siglo XIX. Por ejemplo, en San Francisco, San José y San Lorenzo de Tiznados, los nombres de los hatos de La Lajas, Platilla, El Totumo, El Limón, Casanga, Cacheo, son los legados de antiguos sitios de hatos. En la mayoría de los casos, estos hatos ya existían y estaban denominados mucho antes de que se constituyeran en caseríos donde hoy están ubicados.
La toponimia nos ofrece muchas más pistas: Un treinta por ciento de todos los hatos rurales del Valle de TiznadosValle de Tiznados tienen nombres de origen indígena. Más aún, el 70 por ciento de todos los sitios del tienen al menos un lugar de topónimo indígena. En curato de Tiznados predominan: Hato Chirgua, Chirguita, Jagüey, entre otros. A pesar de extinguirse, los indígenas aseguraron una presencia toponímica permanente en nuestra vida cotidiana. Por otra parte, muchos hatos en el Valle de Tiznados han sido denominados con nombres propios de personas, por lo que sus topónimos se definen como antropónimos. Algunos de estos nombres corresponden a los colonizadores. Entre ellos cabe destacar los antropónimos de los hatos Barranca de los Pérez, Barrancas de Arana, Hato Estévez, Félix, entre muchos otros. Otros antropónimos hacen referencia a los nombres de caciques, pobladores iniciales, antiguos moradores, dueños de hatos, terratenientes, misioneros religiosos y figuras históricas de todo tipo. Aparte de estas categorías, los topónimos de los caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados también nos ayudan a reconstruir la flora y la fauna de la antigüedad, su representan el 27 y el 8 por ciento, respectivamente de los topónimos. Algunos topónimos congelaron en el tiempo imágenes de antiguas cosechas, como en los hatos El Limón , Bucaral, Cocuizal, entre otros. Las especies de nuestra fauna también están presentes en topónimos como Las Palomas.
Del mismo modo, mediante los descriptores geográficos tanto topográficos como hidrográficos podemos captar algunas de las nociones y mentalidades de los primeros colonizadores al denominar lo que les rodeaba. En ocasiones, estos nombres tienen un gran poder de evocación, creando imágenes visuales que reproducen el contexto físico del lugar, como en el caso del Hato Las Animas. En algunas razones, estas imágenes han dejado de reflejar la actual realidad físico-topográfica del lugar –como en el cado del Hato La Montuosa --constituyéndose un rastro histórico de su entorno físico original. Algunos topónimos de hatos de vínculo topográfico-geológico genérico no son evidentes a menos que se indague más a fondo el español medieval, las lenguas indígenas y los usos populares. Por ejemplo, un topónimo como La Plantilla, pudiera generar diferentes interpretaciones. Muchos topónimos no sólo preservaron las imágenes visuales que encontraron los colonizadores, sino también su forma de hablar y de describirlas.
En conclusión, la importancia continua de los hatos reside en su historia, que poco a poco comenzamos a definir. Los hatos son un vital puente entre el Siglo XIX y los siglos “en oro” de nuestra región (siglos XVI, XVII y XVIII), de los que sólo se conocen las incidencias de un pequeño grupo de comunidades incipientes. Los topónimos de los hatos, como herencia de los antiguos hatos y “sitios”, son un espejo del ánimo del colonizador ante la gran empresa a la que se enfrentaba. Son su interpretación del carácter de la comarca, de los ríos, de los montes, de la flora y de la fauna, que personalizaba y animaba la soledad de su aislamiento. Reflejan su esperanza y su individualidad. Nos ayudan a reconstruir la soslayada historia rural, esa menos conocida, menos documentada pero más autóctona, por ser en la ruralidad donde emergió la identidad local y regional.
BIBLIOHEMEROGRAFÍA
BOTELLO, OLDMAN (1998): Los Tiznados. Caracas: Congreso de la República. Ediciones de la Cámara de Diputados
CARO BAROJA, J (1957).” Razas, pueblos y linaje”.Revista de Occidente. Madrid:
CARROCERA, PADRE BUENAVENTURA DE. (1972). Misión de los capuchinos en los llanos de Caracas. Tomo I. Academia Nacional de la Historia. Caracas.
CARVAJAL, (FRAY) JACINTO (1956): Relación del descubrimiento del río Apure hasta su ingreso en el Orinoco. Madrid: Edime.
CASTILLO LARA, LUCAS G (1984): San Sebastián de los Reyes. La ciudad Trashumante. Tomo I. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
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[1] AGN, Sección Tierras, Tomo 2, 1745, Letra P, Nº 1, f. orig. 1-8
[2] Caracas, Registro Público, Testamentarías, Escribanías Hugo Cróquer, 1743.
[3] Testamento del Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea, 1718
[4] CARBALLO, GASTÓN (1985). El Hato Venezolano 1900 – 1980, Caracas: Edit. Tropikos, p 14
[5] BLOCH, MARC (1978): La Historia Rural Francesa. Barcelona: pp. 32, 34 y 78.
[6]RODRÍGUEZ ADOLFO (1994). El Estado Guarico: Orígenes Mundo y Gente. San Juan de los Morros: Ediciones de la Comisión regional Conmemorativa del V Centenario del Encuentro de Dos Mundo, pp. 42 - 46
[7]CASTILLO LARA (1984). San Sebastián de los Reyes. La ciudad Trashumante. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.; p. 218 Tomo I



*Lic. en Comunicación Social. Magíster en Historia de Venezuela