Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de junio de 2012

EN LA CASA DE RAFAEL RANGEL



Edgardo Malaspina

(28 DE ABRIL DE 2012)


A pesar de que su nombre indígena significa “lugar donde hay candela”, Betijoque es un pueblo fresco. Llegamos a la plaza en cuyo centro está una estatua del padre de la parasitología venezolana, Rafael Rangel. Las inscripciones son muy elocuentes: “A pesar de haber sido perseguido por negro, día llegará en que su figura en blanco mármol mantendrá el recuerdo de la luz que derramó sobre la ciencia de la patria”. “Cerebro fuerte para la concepción científica, aquel investigador de la verdad tenía el alma de un niño.”
La casa donde nació Rangel el 25 de abril de 1877, y que hoy funciona como museo, es pequeña. La custodia el señor Venancio Leiteler, un uruguayo que llegó a nuestro país hace varios lustros. Nos ofrece café y amablemente nos muestra el microscopio de Rangel con el cual hizo sus descubrimientos. Luego vamos a las vitrinas con las pertenencias del sabio, sus libros, sus documentos, implementos de laboratorio, fotografías y el pequeño ataúd, donde fueron colocados los restos exhumados de Rangel para trasladarlos al Panteón Nacional en 1977.
Salimos y en el patio-jardín de la casa conversamos de la vida y calidad humana de Rangel. Sus primeros trabajos de laboratorio se relacionaron con pacientes anémicos. Rangel descubrió el anquilostomo como causante de la enfermedad y eso le valió el premio Vargas de la Academia Nacional de Medicina. Luego vinieron los estudios sobre la derrengadera en los caballos, la uncinariosis, el carbúnculo, un nuevo tipo de micetoma, una nueva especie de mosquito; es decir su radio de acción como investigador lo extendió hasta la bacteriología, la histología, la micología, la entomología, la anatomía patológica (fundador del primer museo de anatomía patológica de Venezuela) y la epidemiología.
Sobre Rangel se ha escrito mucho. Víctor Manuel Ovalles fue el primero en hablar de su grandeza. El sabio Torrealba dijo: La pasión por la investigación científica y las angustias económicas le impidieron terminar sus estudios de medicina. Pero así, siendo simplemente el Br. Rangel, inició los estudios de parasitología en Venezuela y funda escuela. Arìstides Bastidas dijo que la inmortalidad de Rangel fue bien ganada. El doctor Beaujon lo catalogó de hombre sencillo, sabio y humano. José Gutiérrez lo coloca como uno de los más grandes de las ciencias médicas venezolanas de todos los tiempos. Moisés Feldman explica su suicidio como consecuencia de una depresión endògena. Pero el doctor Marcel Roche, su mejor biógrafo, explica que Rangel se envenenó porque no soportó la envidia y la intriga política luego de que combatió la peste en la Guaira.
Rangel lucha contra esa enfermedad en esa ciudad; y es el mismo doctor Bernard Rieux, de La Peste de Albert Camus, peleando contra el mismo mal en Oràn: Cumplen un mismo apostolado, tienen la misma angustia , y ambos son centro de la ingratitud y la envidia.
A la caída de Castro, el protector de Rangel, Gómez y su gente le negaron la beca (que ya se había ganado por sus descubrimientos) y esta injusticia no la pudo soportar el hombre de ciencia. Dicen que Rangel escribió unos minutos antes de suicidarse: “La esperanza es un suplicio infinito.” El siquiatra Feldman recuerda que Van Gogh antes de matarse dijo: “Es inútil la tristeza dura toda la vida.”

jueves, 10 de mayo de 2012

SOBRE EL LIBRO “INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA” DE MARC BLOCH


Edgardo Malaspina 
                                      

March Bloch escribe estas últimas frases en su Introducción a la historia (1949): “Para decirlo todo en una palabra, las causas, en la historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…” Esta obra inconclusa del fundador de la Escuela de los Annales, salió a la luz pública gracias a su amigo y cofundador de la nueva corriente histórica, Lucien Fevbre  (Bloch le dedicó su trabajo) ,  quien cotejó tres ejemplares de la misma para sacar en limpio una versión final. Al morir fusilado en 1944 por defender su patria de los invasores alemanes, Bloch no pudo finalizar su libro (no tuvo tiempo de anexarle una referencia bibliográfica) como lo planificó.
El libro contiene una introducción del autor,  cinco capítulos y un apéndice escrito por Fevbre para relatar la manera como llegaron los manuscritos  sus manos y la preparación que hizo de los mismos para su publicación.

En las palabras preliminares el autor destaca el lenguaje sencillo empleado “porque no alcanzo imaginar mayor halago para un escritor  que saber hablar por igual a los doctos y a los escolares”. En estos mismos prolegómenos se refiere al interés por la historia desde su infancia, los libros que leyó y que fortalecieron su vocación profesional, que además era una gran diversión. Aconseja utilizar un lenguaje científico en el discurso histórico pero sin despojarlo de la poesía, como pretendían los positivistas: “Así, para lo sucesivo, estamos mucho mejor dispuestos a admitir que un conocimiento puede pretender el nombre de científico aunque no se confiese capaz de realizar demostraciones  euclidianas…”. Desde un principio de su obra MB explica su tesis innovadora de recurrir a otras ciencias en la investigación histórica porque “considerad aisladamente, cada ciencia no representa nunca más que un fragmento del movimiento universal hacia el conocimiento”.

En el primer capítulo relaciona la historia, los hombres y el tiempo. Establece un nexo dinámico y dialéctico entre el presente y el pasado, de tal manera que uno de estos tiempos sirva para analizar y entender al otro. La historia no es sólo la ciencia del pasado, es más bien la ciencia  sobre los hombres. De todos los hombres y no sólo de los héroes y reyes.  Es el estudio de los muertos y de los vivos. Hay que indagar los orígenes de los acontecimientos y no detenerse en las personalidades de los mismos.” En una palabra, la cuestión no es saber si Jesús fue crucificado y luego resucitó. Lo que se trata  de comprender es por qué tantos hombres  creen en la crucifixión y en la resurrección”. El fenómeno histórico  debe ser explicado desde la perspectiva de su tiempo. Cita a un proverbio árabe, según el cual los hombres se parecen más a su tiempo que a su padres.

El segundo capítulo trata de  la observación y los testimonios y la transmisión de los mismos .Así como también la forma de establecer su confiabilidad. La historia siempre nos llega a través de documentos, es decir de una manera indirecta; y eso distorsiona la realidad. No se  puede comprobar con solo esos elementos la veracidad de los hechos. Relata una anécdota: un aviso se transmiten  en una fila desde el primer soldado: “¡Atención! Hoyos de obuses a la izquierda. El último hombre sólo escuchó a la izquierda. Dio un paso hacia la izquierda y se hundió”.
El pasado no se puede cambiar, pero los  descubrimientos arqueológicos y el uso de la lógica, instinto, la psicología y otras ciencias  sirven para que surjan nuevas interpretaciones del mismo. Un plan con buenas preguntas son de mucha ayuda aunque luego se cambie el rumbo en la medida que aparecen  los datos.

El tercer capítulo es el de la crítica (interna y externa) como método de búsqueda de los errores en la historia. La critica nace en el  momento que no aceptamos ciegamente los testimonios históricos. Debemos  no creer a la ligera y tener una duda examinadora. Las notas al margen de la página sirven para la crítica; sin embargo, debemos evitar que las mismas sean más extensas que el cuerpo mismo del relato. Indicar la procedencia del documento que trabajamos es importante (el estilo del lenguaje establece si es de un mismo autor, por ejemplo). En muchos archivos hay documentos falsos y  plagios , y el historiador está obligado a indagar sus veracidad. Hay que evitar pasar por alto hechos vitales pero que no están en la mira de nuestras investigaciones: vemos sólo lo que buscamos y las emociones pueden distorsionar los hechos.
Las prácticas colectivas son similares para todos los hombres que la vivieron, las excepciones son sospechosas. La estadística  y la ley de las probabilidades corroboran nuestras suposiciones porque sus resultados son similares en diferentes autores.

El cuarta capítulo habla de la facilidad que tenemos para juzgar  en vez de sopesar todas las aristas de un caso de manera profunda y así comprender mejor el caso estudiado. Aquí también se habla del valor y significado de las palabras según la época  y lugar en que tuvieron en boga. En el análisis histórico es preferible tratar  de comprender que juzgar a la ligera. Se deben buscar las razones profundas de los acontecimientos sin parcializarse y juzgar. La única pasión del historiador es estar por encima  de todas las pasiones , aunque la  imaginación y la abstracción son buenas aliadas. No emplearlas es un positivismo mal entendido.
Sobre las palabras: las mismas valen más por su uso que por su etimología. Hablamos de átomos (indivisibles) aunque ya se conocen muchas partículas del mismo.
El último capítulo (inconcluso) es una crítica al positivismo que en vano pretende eliminar de la ciencia la idea de la causa, porque todo investigador piensa en términos de preguntas y respuestas. Explicar la caída de un hombre por un tropezón es insuficiente, pues habría que pensar también en la ley de la gravedad, los desniveles geológicos, etc. En conclusión no existe una causa única.”Para decirlo todo en una palabra, las causas, en la historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…

miércoles, 11 de abril de 2012

La destrucción del mito de Simón Bolívar

Milton Zambrano Pérez

El mito es un ave común en España que posee una larga cola blanca y negra y un plumaje blanco, rosado y negro que la hace muy notoria. Suele vivir en los bosques y tiene la costumbre de resguardarse en nidos herméticos y casi inconfundibles. El mito español no se presta para juegos polisémicos ni para interpretaciones acomodaticias.

Pero el mito construido acerca de Simón Bolívar sí que se presta para esos juegos y para las perspectivas organizadas por casi todos los sectores políticos en las diversas épocas. Con muchos mitos puede suceder eso, por cuanto su elaboración simbólica no queda enraizada en el contexto en que fue producido sino que viaja a través del tiempo soportando nuevas miradas, nuevas necesidades y, por tanto, recibiendo nuevas cargas de sentido.

Esto quiere decir que podrían significar una cosa para un grupo de gentes y para muchas otras (de tiempos y espacios distintos) otra quizás muy diferente, en razón a las apetencias religiosas, políticas o ideológicas que nutren la cosmovisión de individuos que se aferran a ellos y que no son sus creadores originales.

Como lo destaca muy bien Mircea Eliade (Mito y Realidad), los mitos son reinventados muy seguido a pesar de conservar una estructura simple y unitaria que, de todos modos, está abierta al libre juego de las interpretaciones con su cuna en el conjunto de intereses, deseos y hasta miedos que alimentan a las personas en los diversos presentes. Esta es la raíz de la recurrente polisemia del mito, muy a pesar de su aparente simpleza.

Por eso es parcialmente afortunada le definición que aporta el DRAE cuando caracteriza al mito como una “…Narración maravillosa situada fuera del tiempo y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”. Sí es una narración maravillosa pero nunca situada fuera del tiempo, pues viaja siempre a través de él de la mano de los intereses de los individuos, grupos o clases que habitan en sociedades de diferentes tipos, nutriéndose o utilizando el mito como herramienta de vida o como instrumento para construir hegemonía política, entre otros usos.

El mito es útil como arma política para producir adeptos, para desarrollar sentido de pertenencia o para mantener o ampliar la fe religiosa o las creencias que le dan razón de ser a la existencia de muchas personas. De esto deriva su fuerza, su impermeabilidad aparente al cambio y su gran poder de permanencia en los imaginarios colectivos.

El mito de Simón Bolívar comenzó a elaborarse por sus partidarios (casi desde el mismo momento en que murió) como un mito fundacional en el contexto de la construcción de las nuevas repúblicas y como un instrumento de lucha de sus antiguos amigos que habían sido derrotados en la Gran Colombia, por lo cual estaban a la defensiva luego de la partida de El Libertador hacia el destino sin regreso.

Pero ese mito político-militar y heroico ha contado por lo menos con dos problemas de fondo que dificultan su comprensión y su utilización: por una parte, el carácter contradictorio y muy complejo del legado político de Simón Bolívar, y, en segundo lugar, los intereses y los fundamentos ideológicos de sus partidarios y detractores en los siglos que han transcurrido después de su fallecimiento.

Esas dos líneas del problema plantean retos de interpretación que no pueden abordarse con la simple ingenuidad que suele caracterizar a muchos de sus seguidores o contradictores, más iluminados por la pasión provocada por las motivaciones políticas del momento que por el espíritu del análisis científico reposado.

El legado de Simón Bolívar no es homogéneo sino terriblemente heterogéneo. Fue producto (al menos) de los dos más importantes períodos que le tocó vivir: la etapa de lucha abierta contra el Estado colonial (con todos los sub-períodos imaginables) y la coyuntura de los comienzos de la construcción de las repúblicas independientes (con matices también muy difíciles de simplificar).

Ya desde la época de la Carta de Jamaica El Libertador esbozaba ideas políticas que mezclaban la experiencia internacional del momento, sobre todo la que se derivó de la Revolución Francesa y de la Independencia Norteamericana. También rescató en su análisis de las colonias españolas las peculiaridades que, según su parecer, las negaba para la aplicación de un modelo de Estado y las predisponía para el empleo de otro.

Pero, en general, su predilección siempre estuvo por el lado de la organización republicana centralista y en contra del federalismo de origen norteamericano, por considerar ese régimen demasiado perfecto para el atraso político de los pobladores latinoamericanos. No negó la posibilidad de una monarquía para el caso de México, pero siempre privilegiando la opción de la República aunque con instituciones que ayudaran a prohijar la estabilidad política.

A menudo se olvida que Bolívar en su primera época fue partidario de las ideas ilustradas y que nunca ocultó su simpatía por las tesis liberales en economía. La estructura básica de su pensamiento estuvo mediada por el anticolonialismo debido a las condiciones de los territorios del período, sometidos a la dominación española. Estos son algunos de los grandes trazos del pensamiento bolivariano de la etapa de gestación y desarrollo de la guerra revolucionaria.

Cuando los independentistas se convierten en poder reemplazando a los españoles, el escenario social cambia y los perfiles ideológicos y políticos también varían, apareciendo otros adversarios y otros tinglados de lucha. Ahora el combate no es contra el enemigo común llamado España, pues los factores de confrontación brotan de las realidades internas de los territorios americanos y de la manera como los grupos o clases quieren modelar el proceso social según sus apetencias teóricas o intereses económicos o de otro tipo.

Esta es la matriz de las divisiones que da lugar a guerras civiles y a dictaduras, como sucedió en Colombia (en la primera república) antes de la ascensión al poder de Simón Bolívar y como ocurrió en casi todos los sitios después del triunfo definitivo. La lucha entre centralistas y federalistas no fue solo la batalla por tal o cual modelo de Estado sino el combate por la unidad, la estabilidad o la anarquía destructora y, en el fondo, la pugna mediada por los intereses regionales de los grupos criollos pudientes que aspiraban a quedarse con buena parte del ponqué de tierras y riquezas luego del viacrucis de la guerra independentista.

Por esa matriz los antiguos aliados se convierten en enemigos y pelean con desesperación por obtener el poder o por mantenerse en él. Esa confrontación permite explicar la mutación de Bolívar hacia una dictadura casi confesional (Gran Colombia, 1826-1828), luego de dirigir un proceso de independencia donde ocupó un lugar hegemónico entre las huestes variopintas de los “patriotas”.

De más está decir que entre estos había de todo: liberales en política y economía que defendían las ideas ilustradas y eran partidarios de la construcción de una república de ciudadanos; grandes propietarios territoriales, de minas o del comercio que miraban con recelo tales ideas; la Iglesia y, en general, la gente religiosa que componía un grupo que se volvió muy influyente a lo largo de casi toda la historia republicana, como lo había sido durante la etapa colonial; los militares, con sus propios intereses y con sus perfiles peculiares para gobernar; entre otros grupos.

En el fragor de las batallas políticas se producían realinderamientos continuos que dificultan el estudio del proceso acudiendo a fórmulas sencillas que permitan separar a los contendientes mediante fórmulas tajantes de la clase de terratenientes versus comerciantes o liberales versus retardatarios, etcétera.

Lo que caracterizó la confrontación fue la mezcla de intereses y actitudes; por lo cual las oposiciones binarias del tipo anterior se reducen a muy pocos niveles, como el del combate de federalistas y centralistas articulado a la confrontación global entre los intereses de las élites regionales y el del grupo de militares y políticos (liderados por Bolívar) cuyo empeño consistía en construir una república grande y poderosa. Como se sabe, la batalla final la perdió El Libertador, saliendo después derrotado de Bogotá a morir a Santa Marta sin presenciar la destrucción definitiva de la Gran Colombia.

Los cambios políticos de Simón Bolívar obedecen a la mutación de sus propias ideas, provocada por las condiciones sociales que le tocó vivir. Su alianza con la Iglesia y con los grupos retardatarios en la época de la dictadura debe ser pensada en función de su máximo interés de conservar vigente su proyecto gran-colombiano y de mantener una elusiva unidad que se alejaba cuanto más insistía en su deseo político mayor, pues la oposición tenía los ojos puestos en otra cosa.

Los historiadores han intentado captar los cambiantes matices de ese proceso con resultados variopintos. Quizás uno de los que mejor se ha acercado a él sea el inglés John Lynch (Bolívar; América Latina, de Colonia a Nación, entre otras obras). De sus investigaciones se infiere que no existió un solo Bolívar, sino que hubo varios dependiendo de las circunstancias históricas. Por tal razón es inadecuado plantear que hubo un solo legado de El Libertador.

El hecho de que las ideas y la praxis política de Simón Bolívar sean tan mutantes (hasta ciertos límites) dificulta establecer con claridad un patrón unitario que sirva de fundamento para construir un mito unívoco, con un significado que no se preste a confusión. Por el contrario, la complejidad de sus posiciones y de su pensamiento se ha prestado siempre para múltiples interpretaciones que alimentan los discursos de casi todo el arco iris político en Latinoamérica.

El análisis y la comprensión del mito bolivariano pasa por el estudio de las ideas del personaje y por las circunstancias regionales e internacionales que las gestaron. Pero también pasa por el estudio de los imaginarios y de los intereses ideológico-políticos de los creadores del mito (y de quienes lo utilizan después con diversos propósitos), que lo instituyen para forjar una nación, para defender su propia forma de pensar o para garantizar el triunfo de un proyecto político contemporáneo que, supuestamente, se acopla con las ideas originales de El Libertador.

En esta segunda línea de análisis (para qué se crea el mito) no hay que descartar un culto a Bolívar que descansa en los deseos, pasiones, ilusiones y apetitos de grupos diversos con intereses políticos diferenciados y hasta muy contradictorios. En Colombia, por ejemplo, hay un culto que dio origen a un mito conservador según el cual Simón Bolívar es el padre de las ideas conservadoras y hasta del partido conservador, sin importar que antes de su dictadura haya planteado ideas contrarias a los postulados del conservatismo y que en su tiempo sea exagerado hablar de la existencia de ningún partido de ese tipo.

En el siglo XX el uso indiscriminado del mito continúa con nuevos aditamentos. A los conservadores bolivarianos cabe añadir los liberales bolivarianos, cada uno entregando la interpretación que mejor se acopla a su interés general. Pero la gente de izquierda no se queda atrás y ha construido su propio mito agregando elementos de su peculiar cosmovisión a los enfoques tradicionales que elevan a Bolívar a la categoría de héroe.

Para el chavismo, por ejemplo, Simón Bolívar es un hombre de izquierda casi asimilable a Marx o al Che Guevara (por su fuerza simbólica), en razón a su supuesto o real anti-imperialismo norteamericano o a su visión de construir una gran república poderosa, como si fuera igual alcanzar ese objetivo en aquellos años de lucha que en el contexto de los tiempos que corren.

La necesidad de enraizar las viejas ideas de la izquierda tradicional en Latinoamérica ha provocado que el chavismo retome la figura de Bolívar para convertirlo en su propio ícono, otorgándole, de paso, un tinte criollo a unos postulados teóricos que provienen de Europa. El mismo movimiento ideológico hicieron los cubanos con José Martí, con resultados quizás exitosos.

El problema es que Bolívar se resiste a lucir el ropaje socialista si nos atenemos al hecho de que ni siquiera conoció a Marx, a que su ideología fue básicamente anticolonial y estuvo siempre muy influida por el legado del liberalismo político y de la ilustración, dos bastiones del pensamiento burgués que se fueron imponiendo desde la Revolución Francesa a nivel internacional.

Pero los chavistas no tienen problema en colocar a Bolívar al lado de Marx o del Che porque lo que interesa no es el rigor histórico sino construir un imaginario que refuerce la pasión patriótica (de talante latinoamericanista) sin importar que el líder luzca mal disfrazado.

Ese mito bolivariano transnacional recorre varios países del área de la mano de gobiernos izquierdistas que se oponen a la intervención norteamericana y que aspiran a construir sociedades y economías independientes y más centradas en lo que ellos definen como los intereses populares, en contra de los intereses de la burguesía o de las élites locales.

Contra esa ola internacional se han levantado algunos ideólogos y supuestos historiadores para intentar destruir el mito de Bolívar creado por cierta izquierda en Venezuela y otros sitios. Pero los recursos que usan para destruir el invento son tan espurios como los empleados por los recreadores del mito, que le tuercen el cuello a las evidencias históricas para elaborar su discutible ícono.

Porque es inadecuado combatir el mito bolivariano de la izquierda desconociendo los méritos de un héroe que está sembrado hoy en la memoria colectiva de muchos países como el Padre de la Patria o El Libertador de muchos territorios por mérito propio, porque entregó su vida por una causa que dio origen a muchas de las actuales naciones del norte y centro de Suramérica.

Desconocer eso y negar las calidades de líder político y militar de Simón Bolívar es un garrafal error de apreciación que no se justifica con ninguna ideología decimonónica o contemporánea, ni siquiera con la de los santanderistas colombianos del pasado y de ahora, más enemigos de Bolívar y los suyos de lo que fue, quizás, el propio Santander.

Tampoco es posible destrozar el mito desde una posición política de ultraderecha que ataca en el ahora a los izquierdistas bolivarianos esgrimiendo calumnias y mentiras contra la imagen de Bolívar, como lo hace el señor Pablo Victoria apoyado en un fragmento de lo que él cree fue la vida de El Libertador.

El Bolívar hombre fue como todos los demás, contradictorio, polémico, amigo, enemigo, partidario de la guerra a muerte contra los españoles porque contra los “patriotas” se había declarado la extinción total de parte de la Corona. No se puede pedir que en una guerra tan cruenta los militares se comporten como un santo varón, porque las consecuencias serían fatales.

Los posibles o reales errores de Bolívar no oscurecen la importancia histórica de su gesta. Negar su papel extraordinario en la dirección de la revolución independentista latinoamericana acudiendo al argumento de que fue un dictador sanguinario y cruel (como lo hace el señor Victoria desde una perspectiva confesional e hispanófila de ultraderecha) es confundir los términos por dejarse transportar por la pasión ideológica y por la agresividad política contra sus enemigos de la izquierda contemporánea.

Nadie niega que Bolívar fuera un dictador en un momento de crisis de su proyecto, pero por ese hecho indiscutible nadie puede inferir la conclusión inútil y anticientífica de que Simón Bolívar no fue el líder político-militar que en efecto fue, sin el cual la quimera republicana de los fundadores se hubiera quedado en simple quimera.

Destruir (o comprender) el mito de Bolívar no es lo mismo que entenderlo a él, a su legado político o a su papel como personaje destacado dentro de la historia. Porque Bolívar no es su mito, el cual siempre se mueve de la mano de intereses, cosmovisiones o pasiones ajenas al líder y más acordes con las necesidades de los individuos, grupos o clases que se pelean el control del poder en un país o a nivel internacional.

La ultraderecha no puede ser tan ingenua de atacar a la izquierda enrumbando sus cañones contra Simón Bolívar. Si desarmamos el mito bolivariano dejamos sin ropa ideológica a nuestros enemigos, parece ser el argumento oculto de quienes destruyen el mito para destruir a la izquierda. Vana ilusión, pues la fuente principal del radicalismo de izquierda no está en Bolívar sino en Marx y los suyos, por más que el prócer venezolano les resulte ideológicamente útil.

Y menos si este trabajo inconveniente y tonto se hace acudiendo a la falsedad, a la calumnia y a la tergiversación del ídolo, lo cual parece que es un estilo dominante dentro de las huestes derechistas y ultraderechistas de Colombia y Latinoamérica (un caso patético es el de este “historiador” Pablo Victoria, de quien circula un video en la red en el que habla de su “verdadero Simón Bolívar”, adornando su discurso más con epítetos que con asertos científicos bien fundamentados).

Sobre Bolívar no se han construido solo mitos, cual más o cual menos fantasioso o inconveniente. Sobre Simón Bolívar también se ha escrito mucha historia seria, más iluminada por el espíritu de la ciencia que por los deseos de los creadores de mitos de todo el arco iris político. Porque Bolívar fue un líder descollante que se ganó su lugar en el imaginario colectivo y en los relatos históricos a punta de esfuerzo e inteligencia. Acerca de esto quedan muy pocas dudas, aunque eso irrite la sensibilidad política de sus adversarios del pasado y del ahora.

El mito de El Libertador soporta todas las interpretaciones, a favor o en contra. Su legado y su papel político-militar están ahí para el escrutinio científico de los investigadores, que deben abordarlos con un rigor y una pulcritud intelectual divorciadas de las distorsiones ideológicas contemporáneas (aunque esto sea casi imposible). Porque la obra de Simón Bolívar fue muy superior a su mito.

Tomado de http://www.zonacero.info/index.php?option=com_content&view=article&id=18530:la-destruccion-del-mito-de-simon-bolivar&catid=103:columnista&Itemid=130

jueves, 15 de marzo de 2012

DOSCIENTOS AÑOS DE LA PRIMERA CONSTITUCION DE VENEZUELA. ROSCIO NIEVES, ARQUITECTO INSTITUCIONAL DE LA REPUBLICA


Conferencia leida en el Primer Ciclo de Conferencias
Dimensiones de Juan Germán Roscio Nieves
Museo Bolivariano, Caracas, 16 de noviembre 2011
Despacho del Viceministro para África
Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores

Adolfo Rodríguez


Hace falta ese estudio de la vida de Juan Germán Roscio que relate cómo se templó su personalidad desde niño anónimo en su Tiznados natal hasta el instante en que Bolívar lo consagra con los calificativos que más puede preciar quien se esfuerza en apuntalar una república naciente. Ese rango de “virtuoso ciudadano”, “grandeza de (…) alma” y “superioridad” que destaca El Correo del Orinoco en su obituario del 21 de abril de 1821. Reinaldo José Bolívar (2011) ha escrito avances en función de esa posible biografía.
Nydia Ruiz (1996) indaga en las conversiones que experimentan sus posturas políticas. Pero cabe las interrogantes acerca de cómo esa evolución opera desde la cotidianidad de quien fue marginal en una sociedad cerrada como la colonia venezolana, en la que, sin embargo Roscio establece nexos con sectores poderosos, algunos de cuyos miembros, a su modo, transitan desde el monarquismo absoluto hacia el republicanismo. Clase aparte la transfiguración de Roscio hasta hacerse de una lucidez, insólita en su medio, que no se agota en teorías como sucede en casi todo trabajador intelectual, si no que se expone generando pistas para toma de decisiones en instantes en que vacilar es perder como observó Bolívar. Entendemos así que Roscio sea tan efectivo tanto en ejecutorias como en la gestación de escritos fundacionales del nuevo estado. Y luce inconmovible ante reveses, maledicencias, torturas y duros ajetreos interpuestos en la búsqueda del trascendente ideal. Bien lo dice El Correo en la edición mencionada que “ni las cadenas y mazmorras, ni las miserias y trabajos llegaron a abatir jamás su impávida firmeza o a desviarle un punto de la senda del honor”. Aunado a una sapiencia que lo unge “magistrado íntegro”, “patriota eminente”, para la vigilia indispensable ante las pulsaciones de su obra y cuanto concurre a constituirla: ni un solo respiro que no vaya en “servicio de la patria” como establece dicha necrología. El toque distintivo que influyó en nuestros comienzos republicanos. Irreductible en defender “los derechos de la humanidad”, que lo inducen a reconocer méritos sin importarle rangos, pieles, género, status o sitios. Debatiendo hasta con el desleal sobre los términos en que debe cifrarse cualquier pacto institucional como hace ante los insurrectos de Valencia.
Tallado de sí mismo, autodescubrimiento y forja que va desde el modo de recibir, ordenar, objetivar y trasmitir las representaciones que los grupos sociales se hacen de la realidad hasta dar, como observa Ruiz, con “la presentación de un proyecto político otro, de base secular e ilustrada: … independentista, liberal y republicano”. Una “realidad social alternativa” que inserta en lo natural, en oposición a cierta ¨conciencia errónea¨. Anhelo que una vez sentado se reproduce “en el tiempo indefinidamente, precisamente por ser la realización de ¨lo natural¨ en tanto que obra divina, en la política. … sistema de principios abstractos a la espera de ser puestos en práctica, donde el libre juego de las individualidades voluntariamente asociadas” da “paso a la eclosión de las facultades y potencialidades humanas” (p. 136-7). Su perspicacia, convicciones y sabiduría lo ponen en la eventualidad de emprender hechos y sentar cátedra que obliga a la admiración de adversarios como a temblar “tiranos” según pondera el mismo Correo. Idoneidad derivada de esa tensión del alma a la que se empeña hasta dar con un ars dialéctica que le permite argumentar y emitir las palabras según el momento, destinatarios, asuntos o acciones a emprender. Como aquella vez en que explicando juramentos a favor de Fernando VII, el 15 de julio de 1808 y el 19 de abril de 1810, con una oración breve, sobria y tajante asentó que “el primero lo arrancó la fuerza y el segundo la ignorancia”.
O en aquella proclama, en que, ostentando la condición de Vicepresidente de Colombia, se dirige a los habitantes de la Villa del Rosario, anunciando en 25 líneas, la instalación del Congreso General. Sus dotes literarias y disponibilidad para lo emergente y preciso, ofrece, a sus proclamados, un dictado, a modo de inscripción lapidaria, que sirva para enorgullecerse ante la historia: “Aquí se obraron las más importantes transacciones del nuevo Estado, se consolidó la unión de Cundinamarca, Quito y Venezuela: aquí su independencia y soberanía quedaron selladas de un modo solemne y definitivo; aquí fueron aprobados los tratados de paz y reconocimiento de esta nueva nación”
Parra Márquez (1952) asegura que Roscio se adueña “completamente de la escena” el 18 de abril de 1810: se incorpora con el doctor José Félix Sosa a los conjurados y se autotitula Diputado del Pueblo, habiendo sido quien sugiere atraerse al canónigo Madariaga, a quien el médico realista José Domingo Díaz (1961) pondera como hombre formado por la naturaleza para la rebelión, “con un exterior que manifestaba las más severas virtudes, con unas costumbres aparentemente austeras, con un espíritu audaz” y otros consideraciones, no tan simpáticas, estimando a Roscio, “igual en cualidades (…) aunque de más talentos y conocimientos” (p. 68-9).
Relata Parra Pérez (1959) que Roscio, Sosa y Madariaga “sin ningún derecho en la asamblea, proponen la formación de una junta gubernativa presidida por Emparan, -última concesión a la autoridad legítima…” (p. 383). Los llama “diputados intrusos” que, acompañados de Francisco José Ribas, “se apoderan del mando, distribuyen órdenes, arrestan funcionarios…. Disponen el cierre de las iglesias y la suspensión de las procesiones… en obsequio de la religión, del Rey y de la amable Patria” (p. 87)
Es como Roscio deviene en redactor del Acta de ese día, que no declara la independencia, pero trasluce ya “intención autonomista” (p. 9). Constituyen una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII, rey depuesto por Bonaparte, colándose, en dicha acta, la noción de “soberanía del pueblo” y la posibilidad de un gobierno “más conforme con la voluntad general del pueblo”. Por lo que Roscio califica tal gesta de “mascarada”. Justificando el 6 de mayo “la heroica resolución“de Caracas como el “principio de las más que han de consolidar la independencia y la libertad de la América Española, contra los ataques caprichosos de la tiranía y la opresión que gravitan sobre la desgraciada Europa”. Expresando que “por el tiempo y la naturaleza” estos “lugares de la tierra” o “esta parte del globo” facilitan la conservación de “la libertad” y repelen “ventajosamente los abusos del despotismo y la arbitrariedad”. Amén “de su riqueza y su poder” y ventajas para el comercio. Señalando el Obispo Coll y Pratt, como “atrevidos”, los “escritos oficiales” de “uno solo de los supuestos diputados del pueblo, Juan Germán Roscio”.
De Armas Chitty (1992) sostiene que “La Sociedad Patriótica parece haber tenido origen en un decreto de Roscio del 11 de agosto de 1810 orientado a estimular la agricultura y las artes:
“Ha determinado la suprema Junta, que se forme y establezca una Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía, que teniendo por bien principal el adelantamiento de todos los ramos de industria rural de que es susceptible el clima de Venezuela, se extienda también en sus investigaciones a cuanto pueda ser objeto de un honrado, celoso y bien entendido patriotismo”. Institución a la cual asistían mulatos, negros y mujeres (ib. 71)
El 27 de abril Roscio es designado para ocupar la Secretaría de Relaciones Exteriores de dicha Junta y es quien envía comisiones diplomáticas al exterior en solicitud de respaldos para la causa independentista y comunica a Bello su designación el 5 de Junio de 1810 como Oficial Primero de dicha Secretaría, para integrar la representación que va a Londres. No alcanza aún su destino, el futuro gramático, cuando Roscio le escribe el 29 de Junio al “amigo y compañero”, informándole sobre incidencias del proceso revolucionario, los argumentos de América para ser libre, la salud de sus familiares. Texto anticipatorio, donde Roscio, conocedor de las dimensiones intelectuales de su joven interlocutor, le insta a incrementar su capacidad en aquello que más útil sea para fundar la nación: “Ilústrese para que ilustre a su patria”.
Blanco y Azpurua (1875-1877) califica a Roscio como “uno de nuestros maestros en la cruzada magna regeneradora de Sudamérica en el presente siglo; el hombre pensador de 1810; el infatigable atleta de la causa americana, que consagró su cabeza, su pluma y gran parte de su vida a la enseñanza del pueblo en sus derechos y deberes, principal fundador de la República” (T. III, p 466). Lo apasionaba el proselitismo, la instrucción de los ciudadanos y la contrapropaganda: el tercero de los textos políticos incluido en el tomo II de sus “Obras” (1956) es “Pensamientos sobre una biblioteca pública en Caracas”, que circula en los días subsiguientes al 19 de Abril de 1810. Considera que “la ilustración general es uno de los polos de nuestra regeneración civil” y “todos la desean”. Y por cuanto “El pueblo de Caracas ha demostrado ya suficientemente que está pronto a sacrificar su vida, su comodidad y sus bienes para promover y sostener todo cuanto pueda contribuir a consolidar la resolución que tomó el 19 de abril; todos deben instruirse para servir a la patria con la utilidad que desean, y ella merece; y por consiguiente no debe esperarse que rehúsen una suscripción, los que miren el establecimiento de la biblioteca como el único medio de propagar la ilustración” Que “todos los ciudadanos, sin distinciones de clases, tendrán derecho a concurrir a leer a la biblioteca, diariamente desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde, excepto los domingos, días festivos y jueves. Nadie será admitido con capa, y a todos se suministrará tintero, pluma, papel, para extractos o apuntes”. Impreso que incluye orientación para quienes quisiesen suscribirse
Opinando en cartas de esos días que “Para la reforma de las costumbres es menester recurrir a la educación de la juventud, porque las pasiones desordenadas y envejecidas en otra gente de mayor calibre no adquieren esta curación radical con facilitad” (Epistolario II, 236)
El espíritu igualitarista que anima ese proyecto se mantiene en Roscio durante el resto de sus días. De manera tal que en su obra de 1817 argumenta que una autoridad es legítima si favorece a todos: “el bien común, la necesidad y utilidad pública, justifican el proceder de aquellos que adornados de la virtud y talento correspondiente, se aventuran a los riesgos de la administración” (Roscio, 1983, p 333).
Anheloso de disipar resistencia de las provincias de Maracaibo, Guayana y Coro (“esos infelices pueblos” como los denomina por resistirse a la independencia), cree forzoso el poderío de las armas, como en la nota precedente, pero en la mayoría de sus escritos, priva su fe en “la opinión pública” a favor de “la independencia y la libertad civil” (Epistolario II, 182).
Su genio creador ondea hacia donde más se le necesite y en junio redacta la Alocución y Reglamento para la Elección de Diputados al Primer Congreso de Venezuela, que ha de proveer “una consideración sólida, respetable, ordenada que restablezca de todo punto la tranquilidad y confianza, que mejore nuestras instituciones y a cuya sombra podamos aguardar a la disipación de las borrascas políticas que están sacudiendo el universo”. Texto que para el biógrafo Pernalete (2008.) se trata de “un pequeño instructivo para un proceso electoral” de carácter moderno, como nunca se había realizado en el continente americano, “donde las personas podían elegir sus autoridades” (p. 48). Expresando Gil Fortoul (1976) que “La alocución que con el objeto de las elecciones dirigió la Junta Suprema y el reglamento correspondiente redactados por Roscio son el origen y fuente del derecho electoral venezolano. Trata aquella la forma que fue preciso darle al primer gobierno revolucionario e indica la manera de convertirlo en verdadera institución nacional” (T. I, p. 233). . .
El Congreso se reúne el 2 de marzo de 1811 y el 25 de junio, Roscio, como representante por Calabozo, interviene en los debates para argumentar la abdicación de Fernando VII como la razón de que se restituya “a los pueblos sus derechos”, y aún así, tales pueblos “permanecieron fieles contra sí mismos”. Mas los acontecimientos imponen la necesidad de Declarar la Independencia. Roscio expresa: “Me parece inútil hablar sobre la justicia de nuestra causa, todos creo que están convencidos de ella… que es asunto propio nuestro, cualquiera resolución que tomemos relativa a nuestra suerte”-
Su dinamismo, talento y formación lo ungen en redactor de documentos sustanciales que dan origen a la primera república como otros que sirven de argumentación para que un pueblo largamente aletargado asuma su derecho a la rebelión y a la autodeterminación. Empecinado descuartizador de arbitrariedades instituidas y, desde luego, forjador de cuantos razonamientos concurren a constituirnos como nación soberana e independiente. Estudió, procesó y divulgó. Supo cernir y reinterpretar en función de experiencias vividas.
Con la Declaración surgen varias comisiones: Roscio con Isnardi para explicar la decisión tomada; Otra también con Roscio, Isnardi y Fernando Rodríguez del Toro para redactar el Acta de la Independencia y una tercera también con Roscio, Gabriel de Ponte y Francisco Xavier de Ustáriz para sentar las bases y principios de nuestra primera constitución, cuya redacción definitiva es confiada a Isnardi. Aunque se cree que la redacta Roscio. Documento en el cual se defiende, como en otros de sus escritos, la tesis federalista. Cree Parra Márquez (1.971), que influido por la Constitución de Filadelfia aprobada en 1.787 y presentada por Roscio y otros constituyentistas ante la Secretaría del Congreso (p. 9)
Parra Pérez (1959) considera que La República debe a Roscio “entre mil servicios, la redacción del Acta de la Independencia y del Manifiesto que hace al mundo la Confederación (T. I, p. 479).
Redacta, además “El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes”, según Grases (1974), uno ¨de los escritos más significativos del pensamiento” de este prócer, fechado en el Palacio Federal de Venezuela, el 18 de septiembre de 1811 y dirigido a la municipalidad de Nirgua, población del actual Estado Yaracuy, que se había adherido al movimiento insurreccional del 11 de julio contra la Independencia y estaba siendo incitada por sacerdotes, en defensa de la religión, supuestamente afrentada. Roscio emprende, desde entonces, un vasto operativo doctrinal con vistas a desengañar al pueblo y “desvanecer el error de que ser republicano era pecado”. Idea que retoma en su magna obra editada en 1817 en Filadelfia.
Con Uztáriz, Paúl y De Ponte es redactor de “el reglamento provisorio sobre división de poderes” así como “El Plan de Confederación proyectado para Venezuela”, denominado también “Bases de la Federación” encargado por la Junta Suprema a Roscio, Sanz, De Ponte y Uztáriz. Documentos, al parecer, desaparecidos según Carole Leal (2011). Autora ésta para quien Fernando Peñalver, Ustáriz, Roscio, Yanes, Sata y Antonio Nicolás Briceño representan “los puntales doctrinarios y fundamentales de ese constituyente en lo tocante a la concepción del proyecto constitucional, del pacto confederal y del arreglo federal”. De ese “primer constituyente” o Congreso de 1811, dice Luis Castro Leiva, que procede “nuestro proceso de legitimación fundamental”, un proceso decisivo para comprender la concepción de libertad que allí nos fue legada” (Leal, C, ibid, p. 52).
Aunque la percepción de Roscio acerca de la carta magna que debía acomodarse a Venezuela parece provenir de cuidadosas reflexiones, a partir de vivencias personales, la gente que lo rodeaba, la naturaleza del país y una que otra lectura bien macerada. Amén de audaces posturas que sólo tendrán debido esclarecimiento años más tarde, como ésta referida al determinismo geográfico:
“El clima tampoco debe tener influjo en las leyes constitucionales, y destructivas del despotismo, porque ningún clima está destinado para la esclavitud; es sólo el clima de ignorancia, fanatismo y preocupación que influye a favor de la servidumbre y tiranía” (Carta a DG el 15.2.1812, Epistolario 249-251).
Destaca el historiador Meza Dorta, G. (2007) que para hablar de “democracia en Venezuela” es imposible pasar por alto “lo sucedido entre 1812 y 1813”- Puntualizando que “el proceso político venezolano que va de 1808 a 1812 reúne todo el cuerpo doctrinal de la democracia moderna; más aún: establece con carácter premonitorio la llamada democracia deliberativa, que algunos llaman participativa”. Enfatizando que “todas las ideas fundadoras de la democracia están allí, si entendemos por tal la división de poderes, los derechos humanos, la tolerancia, la libertad de pensamiento y la libertad de culto” (p. 48). Para este historiador “el éxito en el 5 de julio está vinculado a la trascendencia de sus propias ideas” que enumera en las pp. 58-9. Que en tal proceso no hubo anarquía, sino ideas y propósitos claros: liberarse de la colonia para asumir la soberanía, reconstruir la vida civil, eliminar la tradición autoritaria, acabar con la sociedad jerarquizada y estamentista, sustituyéndola por una igualitaria y democrática; construir un nuevo estado republicano, evitar el despotismo y sus diversas modalidades (pp. 94-5). Estimando que aunque “los fundadores no pudieron gobernar… dejaron un legado intelectual hasta ahora insuperable” (p. 188). Meza es partícipe de la tesis de que “la independencia fue un proceso lento pero firme, que desató sus amarras el 19 de abril y el 5 de julio, en cuyo contenido están los presupuestos básicos de una democracia republicana”
A su retorno a Venezuela a fines de 1818, Roscio es designado por Bolívar Director General en Rentas, equivalente al de Ministro de Hacienda. Asimismo es miembro del Consejo de Estado e integrante de la comisión encargada de redactar el reglamento para las elecciones de representantes para el próximo Congreso. Es electo diputado por la provincia de Caracas y demuestra en Angosturas “dotes parlamentarias y su experiencia política” al decir de Parra Márquez (1971, p. 12).
Se ocupa entonces de traducir, en hechos de estado, ideas en cuanto a religión y comienza la tarea de convenir con el vaticano un concordato, en su condición de Primer Canciller de la República. .
De su ansiedad por el manejo escrupuloso de los bienes públicos hay testimonios elocuentes. Un prurito de austeridad y contención que parece abrevado en el modo de ser de sus paisanos llaneros. Pero también en su conocimiento de la historia universal: comentando en su libro de 1817 que ¨mientras fueron pobres los romanos conservaron la integridad y pureza de su disciplina. Fueron virtuosos republicanos, mientras que, contentos con su frugalidad primitiva, abominaron del lujo. Se corrompieron cuando traspasaron los límites de la sobriedad. Abundaron entonces los crímenes y empezó la decadencia de su libertad¨ Un imperativo de ¨honesta mediocridad¨ en cuanto ¨a posesión de grandes riquezas¨ (p. 283- 4)
Ética irreductible que expresa en sentencias como aquella de que ¨por más lucrativa y útil que sea una mentira, jamás tenemos derecho a decirla, y sostenerla¨ (p. 334).
En mayo de 1820 Revenga informa a Bolívar que “el Sr. Roscio se adhiere a la ley, y parece no tener parientes ni amigos. Disgusta por consiguiente a todos los empleados, a quienes de continuo predica el cumplimiento de su obligación”. Agregando que se resienten “los que estaban acostumbrados al despilfarro en los recursos del gobierno. ¿Será que no conviene ser Catón al presente? Yo creo que si hemos de tener República son necesarios muchos Catones”.
Del 13 de septiembre de 1820 es la carta de Bolívar a Santander, donde define a Roscio como “un Catón prematuro en una república en que no hay leyes ni costumbres romanas”, como reconviniéndole alguna tozudez moral que podría estrellarse contra la realidad como otras convicciones que el mismo Roscio, convenía en reservarse. Un elogio, pero también advertencia frente a alguna temeridad del tiznadeño. En la Carta de Jamaica, parece aludirlo Bolívar cuando se queja de que la Primera República hubiese contado con ¨filósofos por Jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados¨
Es de los redactores del periódico con el cual El Libertador emprende la batalla decisiva por el proyecto emancipador: El Correo del Orinoco, mientras otra vez es representante en el Congreso que funda la macronación que Bolívar llama la Gran Colombia. Siendo su vicepresidente, sus pasiones libertarias cesan en un instante supremo de su fulgurante elipsis de mártir, fundador y ejecutor de un anhelo permanente en el marco de la audaz y justiciera radicalidad que quiso imprimirle.
BIBLIOGRAFIA CITADA
BLANCO Y AZPURUA (1875-1877). Documentos: Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia…Puestos por orden cronológico y con ediciones y notas que le ilustran, por el general José Félix Blanco. Caracas.
BOLÍVAR, Reinaldo José (2011), Los olvidados del Bicentenario: Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana.
BOTELLO, Oldman (1998). Los Tiznados. Caracas: Congreso de la República.
De Armas Chitty, J. A (1992). La Independencia de Venezuela. Caracas: Editorial MAPFRE.
DÍAZ, José Domingo (1961). Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
EPISTOLARIO DE LA PRIMERA REPÚBLICA (1960), 2 T. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
Gil Fortoul, José (1976) Historia Constitucional de Venezuela. México.
GRASES, Pedro. (1.963). El “Catecismo religioso político” del doctor Juan Germán Roscio. Caracas: Separata de la Revista Nacional de Cultura, N° 161, p 289-305, Noviembre-Diciembre 1963
GRASES, Pedro (1974). Libros y Libertad. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.
GRASES, Pedro (1992). “Prefacio”, en UGALDE, Luis S. J. (1992). El pensamiento teológico-político de Juan Germán Roscio. Caracas: Ediciones La Casa de Bello.
LEAL, Carole (2011). “Estudio Preliminar: El Congreso General de Venezuela, 1811-1812: Disyuntiva de los confederados”, en Libro de Actas del Supremo Congreso de Venezuela 1811-1812. Caracas: Academia Nacional de la Historia.
LEAL, Ildefonso. (1.983). La Universidad de Caracas en los años de Bolívar. Caracas: Ediciones del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela.
Meza Dorta. G. (2007). Miranda y Bolívar: dos visiones (Caracas: bid & Co. Editor.
MIILIANI, Domingo. “Juan Germán Roscio”, en El Triunfo de la Libertad contra el despotismo” DE Juan Germán Roscio. Caracas: Monte Ávila Editores, 1.983.
PARRA MARQUEZ, Héctor. (1.971).El Dr. Juan Germán Roscio. Caracas: Italgráfica S.R.L.
PARRA MARQUEZ, Héctor. (1.952). Historia del Colegio de Abogados de Caracas. Caracas: Imprenta Nacional.
PARRA PÉREZ, C. (1959). Historia de la Primera República de Venezuela, 2 t. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
PERNALETE, Carlos (2008). Juan Germán Roscio. Caracas: Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional-Bancaribe.
ROSCIO, J. G. (1983). El Triunfo de la Libertad contra el despotismo”. Caracas: Monte Ávila Editores.
ROSCIO, J. G (1974). “El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes”, en GRASES, Pedro (1974). Libros y Libertad. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, pp. 114-128.
(Publicado en Caracas por Juan Baillío, Impresor del Supremo Congreso de Venezuela, 1811, 22 p., 19 cm)
RODRIGUEZ, Adolfo. Juan Germán Roscio: el máximo constituyentista venezolano. San Juan de los Morros: Consejo Legislativo del Estado Guárico, 2011.
ROSCIO, J. G. (1953). Obras. Caracas: Publicaciones de la Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana, 2 t.
RUÍZ, Nydia. (1.996). Las confesiones de un pecador arrepentido: Juan Germán Roscio y los orígenes del discurso liberal venezolano. Caracas: Fondo Editorial Trópicos-Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV.
VALERO MARTINEZ, Arturo (2008). Juan Germán Roscio: prócer civil de la Independencia de Venezuela. Caracas: Gráficas Tao S. A.