Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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viernes, 8 de junio de 2012

LA INTERVENCIÓN DE LA LIGA DE OCCIDENTE ANTE EL CONTINUISMO DEL PRESIDENTE ANDUEZA PALACIO

Felipe Hernández G.
Cronista de Valle de la Pascua


            El año 1892, los estados Zulia, Falcón, Lara, Los Andes y Zamora conformaron la llamada Liga de Occidente, para preservar los intereses de estas entidades federales con independencia del gobierno y de la denominada Revolución Legalista del general Joaquín Crespo Torres, quien comandaba las fuerzas que luchaban contra el continuismo del presidente Andueza Palacio. La Liga se proponía la defensa de la autonomía de los 20 estados creados por la Federación en 1864. El movimiento era comandado por el general Eleazar Urdaneta, hijo del prócer Rafael Urdaneta; las fuerzas del general Urdaneta se desplazaron hasta el centro del país y el primero de agosto de 1892, dirigieron una proclama a los venezolanos desde la ciudad de Puerto Cabello para informar a la nación los objetivos de la Liga.
            El Dr. Raimundo Andueza palacios no contó, durante su ejercicio de la presidencia de la república, con un jefe militar de ascendencia en el ejercicio que pudiera defender con lealtad su desprestigiado régimen. Su favorito, el general Sebastián Casañas –que según fue quien lo indujo a quedarse en el poder-, cuando ya tenía casi asegurado el triunfo sobre Crespo en la batalla de Jobo Mocho, sin razones valederas se replegó del Apure y se dirigió apresuradamente al Centro.
El valeroso general Ramón Guerra, al saber el alzamiento de Crespo se presentó al despacho del presidente a ofrecerle sus servicios, pero por culpa de un edecán que lo hizo esperar por largo tiempo sin anunciarle al presidente Andueza su presencia, se disgustó con este, saliendo de allí a incorporarse a las fuerzas legalistas. Más tarde, los generales Julio Sarría, ministro de Guerra, Domingo Monagas, jefe del ejército, y Luciano Mendoza, su voluntario aliado, en lugar de brindarle apoyo para sostenerlo, lo indujeron a abandonar el país, para evitar conflictos. 
            Ya encargado interinamente del ejecutivo el Dr. Guillermo Tell Villegas, los generales Monagas y Mendoza, quienes pudieron liquidar las fuerzas de Crespo en la Cortada del Guayabo, dejaron que este se retirara, y ellos muy tranquilos, se volvieron a la capital. Mucho se rumoró de la conducta de los generales continuistas, llegándose a decir, que su regreso obedecía a la intención de adueñarse del poder.
            En la aspiración por la presidencia, se movían tanto los militares como los civiles, y como había empeño en reunir al congreso para buscar una solución, personeros de ambos factores trataban de insinuarse en el ánimo de los legisladores. En eso andaban, en aparente preocupación civilista, los doctores Juan Pablo Rojas Paúl y Laureano Villanueva. Los militares, que procedían por su cuenta y riesgo sin obedecer a ninguna disciplina, hacían lo que creían más conveniente y pensaban en los medios más expeditos. La situación se presentaba muy explosiva y nadie podía predecir lo que podía suceder. Todo era confusión, intriga y anarquía, cuando se presentó en La Guaira, el general Eleazar Urdaneta, hablando en nombre de la Liga de Occidente, pedía la entrega del gobierno. 
            Teóricamente la Liga de Occidente, estaba formada por los estados Falcón, Zulia, Lara, Zamora y Los Andes, pero era temeraria la representación que se había tomado Urdaneta, pues nadie se la había otorgado.   
            No obstante, como el Dr. Guillermo Tell Villegas andaba ya en ánimo de abandonar el gobierno y alejarse del país -teniendo el problema de que el general Manuel María Iturbe, consejero de turno, era crespista-, concibió una maniobra con Urdaneta y le hizo subir a Caracas. Reunió Villegas el Consejo Federal y propuso la reforma de la numeración de los consejeros, propugnado otro orden, de manera que quedara Urdaneta como sucesor inmediato y pudiera asumir el poder.
Sin embargo, los otros consejeros se negaron a aceptar cualquier reforma, especialmente el general Luciano Mendoza, quien ya de hecho, por encima de Villegas, ejercía arbitrariamente la autoridad con acentuadas características dictatoriales. A Urdaneta no le quedó otra alternativa que volver al puerto de La Guaira, desde donde enfiló sus barcos con rumbo hacia Occidente.
            Para este tiempo ya el general Joaquín Crespo había tomado la ciudad de Puerto Cabello y se disponía a asaltar el castillo, cuando apareció frente a la rada el general Urdaneta, dispuesto a auxiliar con su armada a los que estaban en la fortaleza. Ordenó Crespo responder al ataque de los buques con los fuegos de las baterías del Fortín Solano, logrando rechazarlo exitosamente. Más, Urdaneta rescató las tropas que habían hecho la defensa del Castillo Libertador, aun cuando dejó en la playa algunos heridos y enfermos, armas y municiones que no pudo recoger.
            De Puerto Cabello el general Urdaneta se dirigió a La Vela de Coro, donde se unió a las fuerzas comandadas por el general Diego Colina.
            Informa el general Joaquín Crespo, que “Resonaban aun en sus oídos, los vítores del triunfo alcanzado, cuando nos llega la noticia de la batalla dada en La Vela de Coro por uno de los más gallardos veteranos de Venezuela, el general León Colina; batalla en que, después de encarnizado combate, despedazó las fuerzas del general Diego Colina y las que en su auxilio había levado el general Eleazar Urdaneta, después de su retirada de Puerto Cabello, quedando así aniquilada la alevosa farsa que se bautizó con el nombre de Liga de Occidente y dejándonos dueños del estado Falcón”.
            En conclusión, la campaña que pretendía reclamar y preservar la soberanía y autonomía de los estados según los preceptos federales establecidos en la constitución de1864; con independencia del gobierno y de la Revolución Legalista del general Joaquín Crespo, que comandaba las fuerzas que luchaban contra el continuismo del presidente Andueza Palacio, tuvo poco o ningún éxito, el general Urdaneta debió regresar al estado Falcón y sumarse a las tropas del general Diego Colina, que en La Vela de Coro combatían contra el general León Colina, jefe crespista de la región. En esta acción, las tropas del general Urdaneta fueron derrotadas y la Liga de Occidente se disolvió luego de una corta existencia.
            En sus postulados afirmaban que sus intereses eran independientes, tanto a los del gobierno como a la oposición encabezada por Joaquín Crespo.
           
REFERENCIAS Y FUENTES

            CARRILLO BATALLA, Tomás. (1999): De Finales del Siglo XIX al Año 1908 (Del Guzmancismo y Post-Guzmancismo al Castrismo). En: Boletín de la Academia Nacional de la Historia Nº 327. Julio-Septiembre de 1999.

            CONGRESO DE LA REPÚBLICA. (1983): El Pensamiento Político de la Restauración Liberal. Colección Pensamiento Político Venezolano del siglo XX. Documentos para su Estudio. Caracas.

            FERRER, Dilian Coromoto. (2007): La Participación del Zulia y Los Andes en el Proyecto de Rehabilitación Autonomista de Ignacio Andrade. En: Ágora -Trujillo. Venezuela. ISSN 1316-7790- Año 10- Nº 19. Enero-Junio-2007. pp. 133-158.

            MAGALLANES, Manuel Vicente. (1983): Los partidos políticos en la evolución histórica venezolana. Caracas: Ediciones Centauro.

            PICÓN SALAS, Mariano. (1991): Los Días de Cipriano Castro. Caracas: Monte Ávila Editores.

            PINO ITURRIETA, Elías y otros. (1991): Cipriano Castro y su época. Caracas, Monte Ávila Editores.

            RANGEL, Domingo Alberto. (1964): Los Andinos en el Poder. Mérida, Venezuela: Talleres Gráficos Universitarios.

            URDANETA Q. Arlene. (1992): El Zulia en el Septenio de Guzmán Blanco. Caracas: Fondo Editorial Tropikos.

            VELÁZQUEZ, Ramón J. (1999): La caída del Liberalismo Amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes. Caracas: Fondo Editorial Nacional. José Agustín Catalá, Editor.
           
            Ponencia leída en: XL Convención Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela, en honor a Santa Ana de Coro, ciudad primogénita, en sus 485 años de fundación. Coro, Estado Falcón 23, 24 y 25 de mayo de 2012.

viernes, 22 de octubre de 2010

Crónicas de una carnicería



LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (III)

Alberto Hernández
** La guarimba zamorana acabó con el ejército conservador. Al término de la refriega en la que murieron más de tres mil hombres, los quejidos de los moribundos se confundían con la algarabía del triunfo de los federales
La muerte hinca el diente con la fuerza de su ceguera. La estrategia del matadero fue preparada tanto por Falcón como por Zamora, y la estrategia por el último, quien atendió a la escogencia del lugar hecha por el primero. El caserío de Santa Inés salió del anonimato y se convirtió en enclave donde un grupo de venezolanos se enfrentó inútilmente: los muertos quedaron regados entre el monte, el polvo y el olvido.
En la Biografía del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, escrita por Jacinto Regino Pachano, quien fuera su primer edecán en aquellos días aciagos, se lee:
“Zamora le indicó a Falcón el punto de Santa Inés que ya conocía de antemano, como a propósito, por sus condiciones militares para fortificarse en él. Previsión admirable de Zamora. Se realizó todo conforme él había ideado. Llegamos a Santa Inés y le expuso a Falcón todo su plan, asegurándole el éxito. Falcón le hizo juiciosas observaciones que Zamora contestó satisfactoriamente. Acordados los dos, procedieron a los trabajos de fortificación...y como todas las acciones de esos hombres de espíritu infatigable y asombrosa actividad, decirlo fue hacerlo. Cuando el enemigo pisaba el día 9 de diciembre el terreno de nuestras posiciones, no encontraba un solo palmo de tierra vulnerable; ni un ojo que no estuviera alerta, ni un fusil que no estuviera preparado, ni un hecho que no se sintiese resuelto al sacrificio de la vida...¡Reñidísima¡ ¡Reñidísima fue aquella batalla¡ ¡Diez mil valientes disputándose la victoria¡ ¡Todo un día y una noche de sucesivas embestidas y resistencias crueles...En medio de las descargas nutridas de cañón y de fusilería, apenas se producían rápidos intervalos al lúgubre son de las cornetas...¡No maten más¡ ¡No maten más...¡”.
Según la crónica, nunca se peleó con tanta saña desde la guerra de Independencia. “El encono humano de las contiendas civiles pudo llegar a tanto”. El anunció de una carnicería fue el prolegómeno del verdadero día de la batalla en el sitio de Santa Inés.
El matadero – rompe la voz de la historia- recuerda la imagen de Enrique María Remarque: “Dos ejércitos que combaten es una sola masa humana que se suicida”. En efecto, un suicidio que como tal no conduce a nada, sólo a la muerte, tan de mucha monta cuando se trata del odio.
El primer contacto con el enemigo para iniciar la chamusquina se dio en La Palma. El sol de la mañana aún no anunciaba la llegada de la tarde, cuando Zamora previó que faltaba poco tiempo para iniciar una de las batallas más sangrientas de la historia venezolana.
-“Encuentro de guerrillas”-
La guarimba, palabreja de moda en estos días en los que el siglo XIX nos punza con su atraso, fue la fórmula usada por Zamora y su gente para enfrentar la tropa conservadora. Vitelio Reyes recrudece la acción: “En la madrugada del 10 comenzó el encuentro de guerrillas. Se replegaban paulatinamente los federales atrayendo el ímpetu de los gubernamentales, precisamente hacia las posiciones fortificadas. La ofensiva se recrudecía hacia los atrincheramientos preparados por Zamora. Sobre ellos se aplicó a fondo la Primera División”.
El río Santo Domingo, testigo de aquel encuentro violento, se manchó con el polvo levantado por las patas de las bestias en pleno campo. Entre repliegues y escondidas, Zamora jugaba con el enemigo. Trincheras, agujeros y trampas dejaban en el terreno cuerpos destrozados. El ejército del gobierno pensó que los federales se debilitaban en cada acometida. La Primera División fue desbaratada. Entonces, cuando las trampas cumplieron su cometido, Zamora gritó a voz en cuello cerca del sitio de El Trapiche: “¡Pisaron el peine¡”. El mencionado lugar sirvió para darle la primera estocada a la sorprendida tropa de los conservadores. Por donde entraba era atacada. Encerrada en una suerte de embudo, no había posibilidad de repliegue alguno.
El gobierno avanzó un poco más, con sus fuerzas disminuidas, hasta La Encrucijada, donde la fusilería arrasó con una gran parte de los hombres de Petit, Ortiz, Mora y Franco. El fuego cruzado no les permitía pensar. No obstante, la otra División entró en el campo enemigo gracias al exceso de confianza de De Las Casas: una descarga de plomo cayó sobre Jelambi. La muerte agitó sus alas y convirtió el paisaje en un retrato conmovedor. De todas partes saltaban los hombres de Zamora sobre los del gobierno. Derrotados los godos, iniciaron la retirada en medio de un colchón de cadáveres. Las cifras dieron cuenta de 54 oficiales heridos, entre ellos Espelozín, Oberto, Pulido, Fagúndez y Ramírez. 25 oficiales de alta graduación aniquilados, entre ellos el Coronel Antonio Jelambi. Se sumaron, entre los dos ejércitos, dos mil muertos, sólo en el campo de Santa Inés. “La siembra de cadáveres en tierras feraces fue espantosa”, escribe Reyes.
Los quejidos de los moribundos se confundían con los gritos de victoria de los guarimberos de Zamora. No obstante haber alcanzado el triunfo, Zamora y Falcón seguían planificando como arrasar a los hombres del otro bando. Iniciaron la persecución al día siguiente entre los charcos de sangre y los cuerpos mutilados en pleno campo. En ruta a Barinas, Falcón, quien dirigía la infantería, y Zamora, la caballería, a la altura de Sabana del Bosque, la tropa federal se topó con la gubernamental. De nuevo los conservadores llevaron la peor parte. Una fracción importante de la División de Rubín se entregó rendida. Ya en Mamporal, el General Falcón dio cuenta del resto. A juicio de la crónica de la época, el coraje y la valentía tenían rostro en los vencidos.
De cuatro mil hombres que se enfrentaron en Santa Inés, sólo mil llegaron a Barinas. Es decir, en el camino iban cayendo hombres de ambos bandos. El agotamiento hacía más fácil las acometidas de Zamora, pero también la muerte de soldados de ambos grupos. La carnicería redondeó su paisaje en las horas sucesivas. El hambre era mitigada con el ganado robado, el mismo que pastaba en el campo cercano a la refriega.
La guerra parecía no tener fin, pese a que Santa Inés quedó atrás, lúgubre, atizada por las maldiciones de la muerte y la soledad.
La vieja canción federal resuena entre los muertos, los heridos y los que cabalgaban con Zamora, un poco antes de arribar a San Carlos. El “Oligarcas temblad” quedó como un eco arrinconado. “El cielo encapotado/ anuncia libertad/ ¡Oligarcas temblad¡/ viva la libertad”, y así, “La espada redentora/ del General Zamora/ confunde al enemigo de la revolución”. Entre las breñas de aquella Venezuela, que ahora quieren repetir, se escuchaba: “Las tropas de Zamora/ al toque del clarín/ derrotan la brigada/ del godo malandrín”. Hoy cabe preguntarse, ¿quién es el malandrín?. De esa mortandad hacen 145 años.
El periodista y poeta Jesús Sanoja Hernández nos ayuda: “Aquella era una Venezuela eminentemente agraria y por eso los estudiosos marxistas calificaron a la guerra federal como “guerra campesina”...”. Los mismos campesinos que pelearon al lado de Bolívar, Páez, Morillo, Santander y Boves. Los campesinos de siempre. Campesinos contra campesinos.
Trasladar la Batalla de Santa Inés a los días que nos tocan, afirma Sanoja, implica “cambiar el escenario bélico, por ejemplo el de las ciudades, y utilizar otro tipo de armas, que ojalá sean firmas y votos”. El presente lo es tanto que Santa Inés es una página borrosa en la memoria.
-La antesala de un disparo en la cabeza-
Sanoja Hernández remata: “Si creyera Chávez en reencarnaciones o en la repetición de ciclos históricos, debería tomar en cuenta que 21 días después de la gloriosa batalla, Zamora terminó muerto por balazo misterioso en el asalto a la población de San Carlos”.
El otro remate está en la salida que los venezolanos buscamos denodadamente. Santa Inés es una manía atávica en la vida de Chávez. Y como lo afirma Elías Pino Iturrieta: “Chávez confunde su biografía con la historia de Venezuela”. (Continuará).

miércoles, 4 de agosto de 2010

Crónicas de una carnicería

LA GUERA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (II)

Alberto Hernández

** Zamora y su gente provocan con su vandalismo tormentos y asesinatos, incendios y violaciones, robos y saqueos, conculcando e hiriendo todos los principios de la sociedad, llegó a decir el presidente Julián Castro en una encendida proclama.Las voces de los montoneros helaban la sangre de los pobladores y se la encendían al fanatismo a galope. Las cartas estaban echadas, nuevamente el país sería testigo y víctima de una justicia vengativa. Los resentimientos acumulados trajeron los barros del odio. Los gritos, atascados por años en la garganta, volvían a ensordecer el mapa de Venezuela:

“¡Viva el Movimiento Federalista¡ ¡Viva la Federación de todas las provincias de Venezuela¡ ¡Viva el General Juan Crisóstomo Falcón, Primer Jefe del Movimiento Federalista Nacional¡”, se escuchaba en pueblos, caseríos y montes de aquel país preterido y ausente del resto el mundo.

Eran las ocho de la noche del 20 de febrero de 1859. La ciudad de Coro sería escenario de los incendiarios: una turba enceguecida que se dilataba entre las sombras. Hordas que pregonaban el odio al hombre blanco y a los que sabían leer y escribir. El Cuartel de la Guarnición de Coro recibió los primeros embates de la gente de Tirso Salaverría. De allí en adelante todo el país fue un candelorio. La silueta de la muerte comenzó su danza macabra.
La victoria fue tan contundente que el Gobierno comenzó a mostrar preocupación. El factor sorpresa dejó sin aliento a los más endurecidos y conservadores.
Mientras tanto, Juan Crisóstomo Falcón conspiraba en las Antillas a través del reclutamiento de exiliados regados por diversos países. A manos llenas, Falcón comenzó a idear la forma de invadir el país y fortalecer la lucha liberal. De esta pasión, Luis Level de Goda afirmó: “¡Cuánta decisión y entusiasmo había entonces en las filas liberales¡ Jamás causa alguna de Venezuela tuvo, ni ha tenido después, tanta vida ni partidarios tan decididos y resueltos y entusiastas hasta el fanatismo”.
Este fanatismo se vio materializado en la chamusquina entre gritos desaforados de los asaltantes. La anarquía tomaba cuerpo. Julián Castro se veía acorralado entre la negociación y la resistencia.

-Por ahí viene Zamora-El terror provocado por Ezequiel Zamora en cada asonada en la que tomaba parte, lo convirtió en una leyenda. Hombre decidido, participaría muy pronto en esta aventura que finalmente dejó el país destrozado, derrotado. Un nuevo fracaso se consumaría en los acuerdos entre los liberales y los conservadores. El espíritu nacional conocería la incertidumbre, precipitada por las negociaciones entre los alzados y el Gobierno.
La crónica social da cuenta del matrimonio de una hermana de Falcón con el terrible guerrillero. Estéfana Falcón unió vocaciones. Con el casamiento, Zamora se dedicó a las labores del campo. “Se retiró al hato El Maguey, a 11 kilómetros de la Sierra de Coro. Ahora, aparecía en el teatro bélico junto con otros hombres de rompe y rasga: José Desiderio Trías, José González Zaraza, Napoleón Arteaga, Pedro Torres, José Gabriel Ochoa y José Toledo, su concuñado, casado con Mercedes, una de las tres hermanas del General Falcón”, revela Vitelio Reyes.
La proclama que dio a conocer Salaverría, luego del asalto al cuartel, destacaba:

“La Revolución de Marzo ha sido inicuamente falseada. Atraídos por los encantos de su programa fascinador concurrieron a consumarlo todos los venezolanos; y su triunfo no ha producido otros gajes que el entronizamiento de una minoría siempre retrógrada, siempre impotente en su caída, siempre ávida de satisfacer innobles venganzas...Compatriotas: mi corazón abunda en sentimientos de júbilo que mi débil voz apenas puede explicar. Sin derramarse ni una sola gota de sangre, sin vejámenes ni tropelías de ningún género, sin que nadie pueda lamentar una injuria que de palabra o hecho le irrogaseis; sin más armas que nuestro valor y denuedo, y sin más esfuerzos que los de vuestras voces, me acompañasteis anoche en la grave empresa de desarmar las fuerzas y apoderarnos de las armas con que un esbirro (se trataba de Fermín García, portador de la carta de Páez para Falcón), remedo de Gobernador del General Castro, nos oprimiera”.

La proclama tiene fecha del 21 de febrero de 1859.Una vez conocida, varias regiones comenzaron a incorporarse al movimiento. La desolación tenía nombre. La guerra estaba avisada. La muerte susurraba en el miedo. Se preparaba la invasión de La Vela desde Curazao. Así, Zamora, entre otros generales, aborda La Guaireña hacia las costas de Coro. El 22 llegaron a La Vela. De inmediato, Ezequiel Zamora tomó las riendas y comenzó a despachar como Jefe de Operaciones del Ejército Liberal de Occidente. Órdenes iban y veían. Envió mensajes y emisarios a todo el país.
La revolución crecía a través de ayudas procuradas por importantes hombres. A esa hora de gestiones revolucionarias, Falcón miraba desde Curazao las luces de Venezuela. Esperaba para el ataque. El general pensaba penetrar por Barlovento para luego entrar a Caracas.
Por su parte, mientras las arengas y acciones le daban cuerpo a los preparativos, Zamora creaba el “Estado Independiente de Coro”. El texto de la “orden general”, avisa:
“Para hoy 23 de febrero de 1859.
¡Militares¡
Nombrado Jefe de Operaciones de Occidente en la campaña abierta por los pueblos, rescatando sus derechos y proclamando el sistema federal de las provincias, cumple a mi deber saludaros por haberme cabido esta honra al lado de los valientes corianos, con quienes más de una vez he sido partícipe de las glorias y de los reveses de las campañas.
La moral, el orden, el respeto a la propiedad y el amor ardiente por la libertad de su Patria, es el distintivo del carácter coriano, como civil; el denodado valor contra el enemigo armado, la generosidad y clemencia con el vencido, y la subordinación, es su divisa como militar. Con tan bellas dotes y la santidad de la causa que sostenemos, que no es otra que la verdadera causa de los pueblos, la República genuina, la Federación, vuestro heroísmo debe ser premiado con el triunfo de los principios y el derrocamiento consiguiente de la tiranía.
¡Viva la Federación¡ ¡Viva la verdadera República¡ ¡Viva, y para siempre, la memoria de los Patriarcas de nuestra Independencia, de los hombres de julio de 1811, los que, en el Acta gloriosa, dijeron a los pueblos, Federación¡
Que se cumpla pues, después de tantos años”.

-La violencia, la muerte en el horizonte-“Para el Gobierno de Castro el trauma de la subversión fue violento. Trataban de disimularlo con aspavientos. Restábanle importancia...La sedición podría adquirir empuje dado el estado de descomposición imperante en la República”, añade Reyes. Para tratar de parar lo que venía, el Presidente comisionó a Juan Lagrage, Carlos Hahn y Carlos Engelke para que hablaran con Falcón en Curazao. La misión era disuadir al alzado de atacar su propio país.
Juan Crisóstomo Falcón envió a Antonio Leocadio Guzmán y Luis Level de Goda. Fue un fracaso rotundo. La ira los dominó a todos. El odio político comenzaba a subir los niveles para arribar al odio visceralmente personal. De allí a la guerra, sólo un salto.
Días después, el 28 de febrero, Caracas amaneció entre protestas. Las consignas elevaban a Falcón, a Zamora y a la Revolución Federal.
Ante el alboroto nacional, Castro emitió un decreto de amnistía general “para todos los acusados y detenidos por delitos políticos”. Caracas voceaba la muerte de Julián Castro.
La tropa invadió las calles. Sablazos, culatazos, disparos propalaron la especie de la debilidad del Presidente, quien montó su caballo y salió a recorrer las calles de la Capital.
Lo seguían civiles esbozados que daban vivas al Gobierno y a la Carta Magna. Nadie se tragó el cuento: fue descubierta la trampa. El país se convirtió en un incendio. Ante esta realidad, Castro hizo movimientos en su gabinete. Pero nada, la anarquía estaba enquistada en todo el mapa.
Zamora se movía sin rumbo fijo. Nadie daba con su paradero. Se supo que se trasladaba hacia el centro del país. El Gobierno movió tropas a Puerto Cabello para tratar de detenerlo. Su campaña pasó por Tucacas y Alpargatón. Luego siguió hacia El Palito donde daría cuenta de los soldados de Avelino Pinto. La guerra se regó como pólvora y con pólvora. Un torbellino de miedo sumió al país. Pero Zamora ni siquiera intentó atacar Puerto Cabello y Valencia. Regresó a San Felipe, la asaltó, la tomó y luego hizo el intento con Barquisimeto, pero se abstuvo: “por visión táctica y destreza estratégica se regresó hacia Tari (...) Se dio cuenta de la reacción y se detuvo en Chivacoa. Avanzó lentamente hacia Yaritagua, llegó hasta Cabudare y destacó avanzadas de tanteo hasta Santa Rosa y Tierritas Blancas. Desde ahí, propuso la rendición de la plaza, pero el enemigo fue renuente y se dispuso a combatir” (Reyes).
Pero tampoco pudo. Se dirigió a Araure. Combatió en Las Galeras al Comandante Huerta, a quien persiguió hasta Ospino. Un día después se dirigió a Guanare. Pasó por El Sardinero, donde logró incorporar la guerrilla de Natividad Petit. Durmió en Sabaneta.
Barinas fue atacada el 16 abril. Esa plaza estaba tomada por el General José Ramón Escobar. Logró avanzar un poco, pero las fuerzas del gobierno eran muy fuertes. Se desplegó hacia el Torumo.
Se topó con el General José Laurencio Silva. “Más tres mil hombres marchaban hacia los reductos de Zamora. Este, al llegarle la noticia a Torumo, emprendió marcha por la vía de El Rial, rumbo a Guanare, por donde había pasado Silva camino de Barinas”.
Un nuevo grupo guerrillero, el de Martín Espinoza, se agrega a su tropa. Setecientos soldados forman parte de las fuerzas de Zamora.
Escaramuzas tras escaramuzas, Zamora logra finalmente tomar parte de Barinas. Mientras hacía campaña en esa tierra llanera, Falcón aún seguía en Curazao. El gobierno se desesperaba. Julián Castro emite una proclama: “Guerra de verdadero vandalismo es la que provocan, conculcando e hiriendo todos los principios de la sociedad...consuman tormentos y asesinatos, incendios y violaciones, robos y saqueos...”.
Ante la debilidad del Ejecutivo, Castro encarga de la Presidencia a Manuel Felipe Tovar, quien sugiere al General José Antonio Páez como ministro de Guerra y Marina por recomendaciones del mismo Castro. Pero Páez no acepta el cargo.
El terror se había instalado en toda la República. Los gobiernos locales y regionales salían en carrera. Miedo, confusión, pánico. El terror en el rostro de una nación. Castro desapareció. El Vicepresidente también se borró de las noticias. Pedro Gual, que había sido designado a la Presidencia, estaba escondido. Fue hallado y llevado a Palacio. Pero Castro se apareció de pronto y comenzó una rebatiña entre el designado y el aparecido por arte de magia. Gual se impuso sobre Castro, quien mostró arrogancia pero también debilidad. Tovar quedó en la Presidencia.
Mientras tanto, el país de las ambiciones, el destinado al eterno retorno al fracaso, continuaba su paso hacia el encuentro definitivo de Ezequiel Zamora con la muerte. Pero antes, debió zurcir la “guarimba” de la Batalla de Santa Inés, el 10 de diciembre de 1859. (Continuará)

jueves, 24 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (I)


-Alberto Hernández-


** El pueblo, traicionado por algunos de sus libertadores, encuentra en montoneros y pequeños caudillos a los que llenarán de sangre nuevamente el mapa de Venezuela.

Muerto Bolívar, el reparto se impuso en aquel borroso y desvalido país. Páez, habitado por las voces que aún lo aupaban como el Centauro de los Llanos, hizo del territorio una hacienda y emergió como el Caudillo más poderoso de Venezuela. Pero no tardaría en aparecer en escena una disidencia voraz que pregonaba –con la mano derecha sobre el sombrero alón- el reparto de tierras y la negociada libertad de los esclavos.
El descontento social y económico fue considerado como la causa más importante para que se desatara la terrible Guerra Federal. “Este descontento se mantuvo atenuado a raíz de la desmembración de la Gran Colombia, ya que parte de la propaganda para ello se basaba en que la situación económica de Venezuela era resultante de su subordinación a Bogotá; y con la efímera bonanza de la oligarquía, gracias a medidas del hacendista Michelena y el mayor precio que los productos agrícolas adquirieron en el mercado internacional”, así lo escribe Siso Martínez.
La crisis apareció en 1840, cuando la oligarquía se divide y nace el Partido Liberal. Mientras todo esto acontecía, el país estaba sumido en desigualdades tan profundas que ningún plan de gobierno era capaz de sostenerse. La llegada al poder de Monagas profundizó más los problemas por tratarse de un gobierno totalitario, personalista. En su afán por mantenerse en el poder, la oligarquía conservadora -representada por lo más rancio de aquella sociedad producto de la pólvora y las arengas de las montoneras post independentistas- se apoderaba de las tierras baldías. Igual, con la ayuda del poder político malversaba los bienes públicos y hacía del peculado norma del gobierno dinástico. El pillaje, la persecución política, el abigeato y la concentración del odio empujaron la violencia, provocaron la explosión que en 1958 tuvo nombres en Medrano y González, quienes expresaron su descontento a través de asonadas y levantamientos armados.
Algunas regiones fueron escenario del pillaje mediante el caudillismo local. El comercio ilegal, el contrabando y el acaparamiento de las oportunidades dieron al traste con el comercio y trajeron consigo la rebeldía de un pueblo que consideraba que el país estaba siendo vendido al extranjero.

-Gritos de odio y justicia-
Portuguesa, Barinas y Apure concentraban la fiebre del alzamiento. Al grito de “¡Mueran los blancos¡ ¡Todos somos iguales¡ ¡Abajo los godos¡ ¡Hagamos la patria de los indios”, la llanura se incendió con los miserables a la cabeza. El ofrecimiento demagógico de tierras cegó a libertos, indígenas y habitantes pobres de caseríos y pueblos.
La insurrección comenzó el 20 de febrero de 1859 en Coro. Al frente de esta rebelión estaban Jesús M. Hernández y Tirso Salaverría, quienes acuden a Ezequiel Zamora para que conduzca el movimiento. De modo que se convierte en el músculo de este acontecimiento que pondría en jaque a la oligarquía conservadora, representada en algunos personajes de la gesta libertadora, con Páez a la cabeza. “En 1846, como en 1859, de nuevo las mismas montoneras de Boves y de Páez bajo el brazo vigoroso de otro gran caudillo de la misma fisonomía, del mismo empuje heroico, del mismo desprendimiento, de los mismos instintos oclocráticos y hasta podemos decir que de la misma raza del asturiano legendario”, deja escrito Vallenilla Lanz. La referencia al pasado sangriento toma aliento en esta guerra que convertirá sabanas, pueblos y valles en escenario de verdaderas carnicerías humanas.
Para reforzar su pequeño ejército, Zamora se interna en los llanos. Derrota a José Laurencio Silva, quien fuera cercano a Bolívar. Se trata del prócer con cuya una de sus camisas vistieron el cadáver del Libertador. Comienza entonces a correr la especie según la cual los conservadores conocerán el miedo.
Siso Martínez cita al general Soublette, quien relata: “Hasta ahora nuestras medidas han tenido un carácter de provisorias, que les daba la persuasión de que la guerra era momentánea...Pero las operaciones de Barinas nos han revelado una profunda y terrible verdad, que la guerra es duradera...Las provincias de Portuguesa y Barinas en masa hacen hoy causa común con Zamora y su facción, quien dueño de todo el territorio tiene en jaque al general Silva en Barinas...y a la mejor ventaja que adquiera lo tendremos sobre Barquisimeto y San Carlos”.
El mandato de Julián Castro comenzó a sufrir los embates de las acometidas de Zamora en los llanos. De José Antonio Sotillo, Julio C. Monagas y José Loreto Arismendi en Oriente. Fue Falcón quien quebró el régimen de Castro, por lo cual éste hace público un manifiesto en el que señala: “El gobierno se ocupa actualmente de los últimos acontecimientos con fe y lealtad. Si apareciese que la federación que se proclama es el voto de la mayoría de la nación, el gobierno le prestará todo su apoyo. Nadie sino la mayoría es soberana”. Castro defeccciona: nada lo diferencia de Falcón, lo que pone a dudar a los conservadores y quitarle su confianza al Presidente. Ese día, con su característico encendido modo de hacer periodismo, Juan Vicente González escribió: “Adiós, general: el hierro va a sonar en sus oídos en vez de mis débiles palabras. El cielo salve a la República y a usted”. Y en verdad, la República, siempre vapuleada por las ambiciones, comenzó a tambalearse ante los avances de los federalistas. Venezuela había salido de los españoles, a través de una guerra civil, para adentrarse en otra entre los mismos hermanos que duraría cinco largos años. Zamora se encargaría de incendiar el país mediante “guarimbas”, trampas y retrocesos que le valieron el reconocimiento de sus seguidores.
Caído Julián Castro, fue designado como Presidente Pedro Gual, pero fue sustituido por el vicepresidente Manuel Felipe Tovar. La ingobernabilidad agitaba el destino de un país que aún escuchaba el casco de los caballos, los sables y gritos de las carniceras batallas de Independencia.

-El comienzo: ¿pesadilla a pasitrote?-
El comienzo fue el final para Zamora. La batalla de Santa Inés, el 10 de diciembre de 1859, en la que ganan los federales, y la de Coplé, en la que sale derrotado Juan Crisóstomo Falcón por los hombres de León de Febres Cordero, confirman que el viento no estaba a favor de nadie. Muerto Zamora -un mes después en el sitio de San Carlos- la Guerra Federal se multiplica en muerte y desolación. El mismo Lisandro Alvarado afirmaría, a propósito del Decreto de Garantías que cierra la guerra, lo siguiente: “Incorrecto es quizás en alcance y redacción el decreto de garantías, no importa. Su oportunidad fue incontestable. Reconcilió a Patiño con Gil, a Costa con Vallenilla, a Mendoza con Romero, a Lugo con Olivo, al cabecilla desalmado con su implacable enemigo, hasta entonces reconciliados por la muerte. No es poco esto en los instantes del triunfo”. Pero, ¿quién triunfó, si no fue la muerte la que puso la mesa?, nos preguntamos hoy. (Continuará).

jueves, 10 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

UN BALAZO EN LA SIEN

Alberto Hernández
Los hombres de verdad se suicidan en las chiquiticas, en los extremos. No, definitivamente. No se trata de tomar un revólver y descerrejarse un tiro en la cabeza. Es más simple, se trata de pedirle perdón a Dios y después pegarse un balazo en la sien izquierda o derecha, según sea diestro o siniestro el héroe, que no es igual, pero para los efectos de la fotografía es la misma vaina. La historia sabe de estas cosas. De los misterios y secretos que se guardan hasta que se sabe todo. Los organismos de seguridad suelen ocultar parte de la historia, pero los curiosos siempre dudan y le ponen sal al caldo. La muerte, por ejemplo, del presidente Allende estuvo rodeada de historias. Al desclasificarse la verdad –más anécdota que fondo- quedó al descubierto que el doctor Salvador Allende se pegó un tiro y se desfiguró el rostro. ¿Fue un acto de cobardía? Para los que nunca hemos olido la pólvora, pero intuimos que un disparo duele, se trata de una acción heroica, como la que llevaron a cabo los hermanos de la resistencia en Lídice contra la SS de Hitler.
Un balazo en la sien a tiempo puede salvar la patria. O la vida de muchos. O la propia historia de quien hala el gatillo. No es cinismo, pero tiene sus rasgos de bondad divina. El suicidio puede aparecerse con muchos rostros, muecas y gestos. Hay suicidios muy largos, casi eternos: una dictadura, por ejemplo. No luchar contra ella significa aceptarla y ser pasto de los abusos del poder absoluto. Una mujer o un hombre fastidiosos: ambos se consagran en tales al abandonar la cama.

La bala que le quitó la vida a Ezequiel Zamora en Cojedes le dio un respirito a los hostigados habitantes de aquella Venezuela y “salvó” lo poco que quedaba de país, aunque después de la estampida Venezuela tuvo que pasar por otros dolores para poder exterminar el caudillismo. Escaramuzas y una larga dictadura cuya paz era perfecta, puesto que se expresaba en los cementerios. Zamora fue un episodio más de la historia de este país. Zamora fue otro pistoletazo en la cabeza. Zamora fue su propia traición.

Ahora, luego de la borradura que significó Gómez, traducida en la pasantía guerrillera de un Maisanta, de un Arévalo Cedeño, de un Mocho Hernández o de los muchachos de los años sesenta del recién fenecido siglo XX (salvando las distancias pese a que no jugaban con agua), regresamos a aquel disparo, al estruendo de aquellos hombres a caballo que tenían como objetivo arrasar con todo en nombre de la pigmentación de la piel, de un enfermizo anticlericalismo y de políticas vengativas contra la ingente burguesía de aquellos tiempos. Este regreso a través del túnel del tiempo podría dar al traste con nuestra civilidad, incluyendo los postulados de la llamada revolución bolivariana. ¿Cuántos Atila podemos contar con los dedos de las manos? ¿Cuántos Andrés Bello, Fermín Toro, José María Vargas, Rómulo Gallegos podemos colocarnos en la solapa antes de entrar a una democracia donde impere el pensamiento y el disenso como valores de un modelo que realmente nos conduzca a ser un país de estos tiempos?

Es falso que una nación moderna se construye con batallas, cañones, fusiles y arengas militares en una plaza civil. Allí está parte de Europa destruida. Es mentira que seamos herederos de aquellos que mataron y fueron muertos por sus errores. Constituye una falacia creerse depositario de las ideas de aquellos que tuvieron que soportar imperios, crímenes y el yugo de potencias que lograron pisar este territorio. Nadie es más patriota que otro porque pregone que lo es. La patria podría ser un espejismo, un rasgo muy pequeño en el espíritu de una nación. Los nacionalismos suelen halar el gatillo para destrozarle la cabeza al Zamora de ocasión. He allí el miedo que esto le insufla a un conglomerado social cuya meta está al final de una puerta entornada.

Los símbolos del fracaso no pueden, entonces, destacar como fabricantes de ilusiones. Que las ilusiones en política son promesas. El pasado tiene una carga pedagógica tan delicada que no todo el mundo puede hacerla herramienta de sus apetencias. Por allí se escapa la paz. La simbología de los viejos tiempos cala bien en la literatura, en algunas premisas aplicadas por hombres doctos, no por diletantes que han convertido el país en una anécdota permanente.
La historia –esa señora a veces con legañas- es tan sabiamente inútil que suele confundir a los caudillos. Les estropea la fiesta. Les agua el guarapo. Que lo diga Zamora, Maisanta o el mismo Boves. Por eso es preciso enterarse de lo que pasará próximamente. Sólo que no queremos oír disparos ni mucho menos ver regado sesos en el piso, porque ya eso lo vimos un abril en Caracas, cuando la estupidez mostró su cara de discurso repetido y la verdadera intención de la belleza que nos ofrecen.

martes, 1 de junio de 2010

Crónicas de una carnicería

ZAMORA Y MAISANTA, HIJOS DEL FRACASO


Alberto Hernández

** Dos personajes que han servido de calco para quienes se creen dueños de la historia. Dos perfiles que se funden en la misma violencia. Dos angustias, dos montoneras sembradas de cadáveres.



La muerte de Zamora y el fracaso de la guerra de Coplé, luego del triunfo en la batalla de Santa Inés, inducen la huida de Falcón hacia la Nueva Granada. Los soldados provocan una diáspora definida como una verdadera tragedia para la causa revolucionaria. Unos desertan, otros se pasan al bando enemigo. Un verdadero desastre. Los federales se funden con el paisaje aún impregnado con el hedor de los cuerpos mutilados.

Ezequiel Zamora


Los exiliados recurren a los amigos en Colombia. Inclusive, Guzmán Blanco es protegido por el General Tomás Cipriano de Mosquera, quien fuera edecán de Simón Bolívar. Mientras tanto, en Venezuela, Páez se adueña del aparato político y se declara dictador. Desde el país vecino el otrora Centauro recibe comunicación de Mosquera quien insiste en mantener la idea de Bolívar de la integración. Pero el hijo de Guzmán Blanco se opone. En tal sentido le escribe a su propio padre: “Yo estoy en el foco de las cosas y sé lo que estoy hablando. Mi camino es el de la revolución genuina, y de todos, el de un resultado más próximo”. Nadie podía imaginarse que el vástago de Antonio Leocadio iba a someter al viejo Guzmán, quien sufre la decepción al ver a su propio hijo enfrentarlo.
Pasados algunos sobresaltos, Juan Crisóstomo Falcón llega a Caracas, triunfante, el 24 de julio de 1863. Con él está Guzmán Blanco, el joven. Este viaja a Londres en búsqueda de dinero y regresa a los tres meses. Quedaban atrás cuarenta mil muertos producto de la Guerra Larga, que así también fue llamada la Guerra Federal.
Según el escritor Héctor Mujica, “aparte de la democratización de las instituciones, la guerra federal deja solamente el saldo positivo de la igualdad, el igualitarismo, en el corazón y la mente de los venezolanos. Ese sentido de la igualdad social en Venezuela es lo que hace posible la convivencia de Simón Bolívar, el aristócrata, y el Agachado, oscuro hombre del pueblo, en el Panteón Nacional de los próceres. Ese sentido igualitario de nuestro pueblo es lo que ha hecho posible el surgimiento de hombres simples y sin ninguna ascendencia, ni política, ni económica, ni social”.
Más adelante, el profesor, periodista y escritor venezolano se pregunta hasta qué punto fue “traicionado el espíritu auténticamente revolucionario de los hombres que habían combatido, que en la Constitución federal de 1864 se concede a la Iglesia católica, no obstante el establecimiento de la libertad religiosa, el privilegio de ser la única que pueda oficiar fuera de sus templos. Por ello, dadas todas estas vacilaciones y traiciones, se explica que las más enconadas figuras antifederalistas, los más encarnizados enemigos del liberalismo se pasen tan pronto a las filas del Gobierno. ¿Es que acaso ese nuevo Gobierno, el Gobierno de la Revolución Federal, afectaba en lo más mínimo sus intereses? ¡Hasta Juan Vicente González publica un nuevo periódico para alabar al federalismo y escribe una biografía de Falcón¡”. Esa Venezuela, al parecer, no ha cambiado.
El tiempo, máquina de moler reputaciones, dejó en el camino del siglo XIX nombres y eventos que tuvieron asiento entre 1859 y 1863, el lustro de la guerra larga, y desfilaron en la memoria del inconsciente colectivo hasta un poco antes de comienzos del XX, cuando los andinos iniciaron el periplo político hacia la capital. Venezuela era hollada por hombres a caballo.
Un nuevo período destacaría el carácter guerrero de aquellos hombres desprendidos de ideales, capaces de incendiar bosques, valles, llanuras y dejar hileras de cadáveres en pueblos, caseríos, campos de batalla y ciudades. La Venezuela que se debatía entre el pasado y la modernidad, albergaba aún viejos personajes, bueyes cansados que la Independencia y la Guerra Federal no lograron vencer.
En ese camino de nuevas venganzas aparece Pedro Pérez Delgado, al que mentaban “Maisanta” por el grito que lanzaba, más de queja que de guerra. Ese “mai santa” es la invocación de la madre ausente, la madre protectora, pero también la madre muerte, la madre peligro.
En la introducción del libro Maisanta, el último hombre a caballo, Orlando Araujo dejó dicho: “Se trata bien de hechos vividos de algún modo por el autor como en el caso de testimonios de guerrilla o de política, o bien de hechos no vividos directa o indirectamente, pero recogidos oralmente en confesiones, relatos y recuerdos de quienes estuvieron personalmente vinculados a los mismos, como es el caso, precisamente, de los dos trabajos que acreditan el esfuerzo intelectual de José León Tapia: Por aquí pasó Zamora, y este “Maisanta”...”.


Pedro Pérez Delgado, Maisanta

Dicho lo anterior acerca de la metodología practicada por Tapia para entrarle a la investigación, Araujo precisa: “Zamora y Maisanta son dos formas distintas de una misma violencia”. De eso sabía Orlando, quien había escrito una extensa obra sobre la violencia en Venezuela. Así, destacada esta imagen de la lucha de los dos personajes, Orlando Araujo escribe: “Los dos nacieron para mandar, tienen carisma, se hacen caudillos populares, combaten contra un Estado despótico y pierden la vida por la causa cuyo triunfo no logran alcanzar”. Es decir, ambos son hijos del fracaso. Y para marcar más esta afirmación, Araujo destaca que “esto es lo que los une en la fatalidad de una violencia frustrada”.El caos político de aquel trágico lustro, al parecer, tenía la mirada puesta en una Venezuela aún dolida por el yugo feudal. Si bien la tropa de Zamora fue bautizada como “La Oposición”, la Federación devino complicidad en los líderes que quedaron vivos. Zamora fue traicionado, a juicio de muchos. Igual pasó con Maisanta, un individuo que resbaló sobre el lomo del gomecismo y resultó encerrado en el Castillo de Puerto Cabello, donde dejaría la vida. La muerte y la prisión de ambos guerrilleros serían parte de esta historia que aún no ha terminado, pues el país de hoy regresa a aquellos ruidos a través de misiones y patrullas parecidas a las guarimbas que Zamora y Pérez Delgado usaron para atacar al enemigo. Si Zamora fue algunas veces un “simple comandante a las órdenes del gobierno”, Maisanta tuvo su lado oscuro al escribirle en varias ocasiones a Gómez para solicitarle ayuda económica. Rasgos de personalidades disgregadas y atormentadas que dejaron una profunda huella en la memoria histórica del país, la cual se hace calco en quienes se creen imanes para atraer el pasado al presente. Terminan también en el fracaso. (Continuará).


Imágenes tomadas de http://movimientorepublicano.blogspot.com/2009/04/el-mutilado-arbol-de-las-tres-raices.html y http://es.oocities.com/ceciliagils3/hid3252/074/personajesilustres.html

domingo, 11 de febrero de 2007

EL FEDERALISMO EN LA VENEZUELA DEL SIGLO XIX

Jeroh Juan Montilla

(Investigación monográfica)
Jeroh Juan Montilla
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
CONCEPTUALIZACIONES
Ideas de Federalismo
Ideas de Nación
Ideas de Región Histórica
ASPECTOS HISTORICOS DEL FEDERALISMO
Constituciones
La Guerra Federal
¿Federalismo vs. Centralismo?
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFIA
INTRODUCCIÓN
La integración y desintegración de países fue un fenómeno contradictorio y simultáneo a finales del siglo XX. La fractura de la Unión Soviética y el abandono del llamado sistema del socialismo real por sus países satélites, como así mismo el avance del fundamentalismo musulmán como propuesta política marcaron un giro importante en la forma de concebir la figura del Estado, el sentido de Nación y las fronteras regionales en el naciente siglo XXI. Es evidente que el mundo acelera su paso hacia un nuevo sistema de mundialización.
Ya el escenario de dominio, o por lo menos los primeros planos del acontecer histórico, no son ocupados en su totalidad por los llamados países poderosos, las grandes potencias que acaparan tanto la economía y la política como la atención de la opinión publica internacional. Cada día los grupos considerados minoritarios o excluidos se hacen sentir. Ya desde las más olvidadas regiones del orbe se escuchan voces que ponen en duda la efectividad del llamado estado-nación.
Según la Revista Internacional de Ciencias Sociales (2001): “El mundo parece encontrarse ante un cambio de paradigma, del que representa el Estado-nación al que encarnan las federaciones, modelo político en principio más adaptado a las necesidades que plantean la diversidad y la complejidad del mundo contemporáneo”. (Pág.1) Más adelante esta misma publicación asegura que, de los 180 estados políticamente soberanos del mundo 24 de ellos tienen al sistema federal como sistema de gobierno. Estos gobiernan una población de dos mil millones de personas, el 40% de la población mundial. Una variante de mucha importancia en este sistema es la Unión Europea. Representa un grueso poblacional significativo y un mercado muy influyente en la economía de hoy. Es palpable entonces la creciente mundialización del sistema federal. Tanto que de el 5 al 8 de octubre de 1999 se celebró en Québec, Canadá, una conferencia mundial titulada “El federalismo en la era de la mundialización”. Ya los expertos y los interesados se reúnen en torno a este fenómeno político, unos para estudiarlo y otros para darle más impulso.
Visto esto, resulta muy importante estudiar el fenómeno federalista en la historia venezolana, sobre todo en esa decisiva etapa histórica que es el siglo XIX, donde se despliega desde 1810 hasta 1821 el proceso de independencia del gobierno de España y en lo que resta de siglo se desarrolla y consolida el llamado periodo republicano. Es en este periodo donde el planteamiento federal entra por primera vez al país y asume los visos de moda política emparentada con el liberalismo. Bajo esta ideología se crean las bases de lo que ha sido la muy polémica y cambiante versión federalista venezolana. Frente al actual auge de este sistema y los retos que plantean sus novedosas propuestas resulta necesario conocer cómo los venezolanos del siglo XIX concibieron esta idea, qué haceres implementaron para llevarla a cabo, como también a su vez qué argumentos y acciones esgrimieron para combatirla, qué necesidades e intereses la impulsaron, qué tan pertinentes o no resultaron sus versiones constitucionales.
En un primer momento este trabajo intentará exponer de manera sucinta las distintas visiones y conceptualizaciones del federalismo, dentro y fuera de Venezuela, tanto en la actualidad como en el siglo XIX. También se precisarán los conceptos e importancia del centralismo, como visión antagónica al federalismo. Luego se analizarán los distintos sentidos de la idea estado-nación junto a la visión regionalista por considerar que ambas ocupan parte del centro de debate en relación a la pertinencia y viabilidad política de la propuesta federal. A continuación se tocará lo relativo a las circunstancias internas y externas que propician que se ensaye el planteamiento federal desde la Constitución de 1811 hasta la Asamblea Constituyente de 1893, la importancia de la guerra federal. Para cerrar se establecerán algunas conclusiones.
CONCEPTUALIZACIONES
Ideas de Federalismo
La palabra federalismo viene de las acepciones latinas fedus-federis, que significa pacto y alianza. En el terreno de los términos políticos esta expresión denota y connota muchos significados, su sentido varía de acuerdo a la época, el contexto y los intereses grupales en pugna. Tiene tantos significados que muchos resultan entre si ambiguos y contradictorios. Dos grupos sociales pueden esgrimir la misma idea de federalismo pero ésta termina matizada por la realidad de cada grupo. No es un asunto de semántica sino de pragmática. Esta multiplicidad conceptual es inherente a la misma palabra, no hay un modelo único federal, su intencionalidad es favorecer lo diverso. Aunque en el fondo la razón principal del federalismo es la búsqueda de la unidad manteniendo la diversidad, hilar muy fino en la diversidad sin afectarla. El federalismo es una propuesta para dirimir democrática e institucionalmente las divergencias humanas en los terrenos religiosos, culturales, sociales, políticos, económicos y étnicos. Las palabras conciliar, reconciliar, flexibilidad, adaptar y tolerar les son inherentes. Hay una definición común que sustrae el federalismo a sólo aquellas sociedades que por experimentar diferencias de tipo étnico, religioso y económico se encuentran divididas de modo geográfico e histórico, esta concepción, por su carácter simplista, no cubre experiencias como las de la desaparecida Alemania Federal que a pesar de exhibir una homogeneidad cultural por otros factores, asume el esquema federal. El federalismo es entonces algo más que una abstracción conceptual, para definirlo hay que establecer ineludiblemente sus relaciones y funciones contextuales, solo así pueden perfilarse claramente sus contornos de figura institucional.
Tomando como referencia al evento “El federalismo en la era de la mundialización” mencionado más arriba, resulta interesante exponer apreciaciones como las de Ronald Watts (2001), él cual, parafraseando a P. King, dice que:
El término federalismo no es descriptivo sino normativo y significa la defensa de un gobierno múltiple, con elementos de gobierno común y autogobierno regional. El valor que pretende alcanzar es mantener la unidad y la diversidad aceptando, preservando y fomentando las diferentes identidades dentro de una unión política más amplia (Pág. 18)
El federalismo, en su dimensión más simple, implica no la descripción de una realidad social dada sino la aplicación un conjunto de normas que discrecionalmente pretende la enlazar la diversidad del poder regional con un espectro amplio y común de gobierno. Una forma unitaria de gobierno. Sin embargo una expresión realmente descriptiva es “sistemas políticos federales” ya que esta se aplica a una noción política más vasta, donde hay dos o más niveles de gobierno en los cuales conviven formas de gobierno unitarias como no unitarias. Entre estos sistemas políticos federales están las uniones, las uniones descentralizadas constitucionalmente, federaciones, confederaciones, estados libres asociados, estados asociados, condominios, ligas, autoridades conjuntas funcionales e híbridos. Dentro de estos sistemas las federaciones adquieren un carácter especial ya que según Watts: “…en una federación ni la entidad federal, ni las entidades constituyentes están subordinadas unas a otras por la constitución” (Pág. 21) Cada instancia de gobierno ostenta poderes soberanos que la constitución y no otro poder define, puede actuar directamente con sus ciudadanos de manera legislativa, ejecutiva y fiscal. Sólo es elegida por éstos y sólo a ellos rinde cuenta.
En este evento de Québec Thomas Fleiner (2001) afirma que: “El federalismo es un instrumento institucional tradicional que puede otorgar la condición jurídica de un cuasiestado con soberanía limitada a las comunidades que exigen autonomía y derechos garantizado por el estado” (Pág. 29) La Constitución federal protege tanto la autonomía de cualquier unidad o región constituyente como también el poder de dicha unidad con relación a las decisiones de la federación.
Ya en otro contexto el mexicano Tonatiuh Guillén López (2005) concibe al estado federal como un ente dinámico, en constante cambio con relación a su momento fundacional. Esto lo lleva a evolucionar hacia una rica diversidad de formas y conceptos, aunque esto no es barrera para encontrar puntos comunes en este proceso cuestión importante para conectar la idea federal con el ejercicio democrático.
Para Schultze Rainer-Olaff (1993) el federalismo separa y delimita el poder dividiendo verticalmente los poderes y ofrece protección a las minorías por medio de la autonomía territorial e integra sociedades heterogéneas.
Alexander Torres (2000) plantea que:
Cualquiera sea el concepto de federalismo que se adopte, siempre se tratará de un sistema por el cual varios estados y provincias, conservando su independencia administrativa y judicial, ponen en común sus intereses políticos, militares y comerciales adoptando a este respecto leyes uniformes y generales. (Pág. 220 y 221)
Esta definición trata de reducir a dos aspectos un fenómeno tan complejo como el federal, en algunos estados federales independizar y poner en común algunos elementos de poder pasa por un contraste con las situaciones, una cosa bien interesante del federalismo es que en algunas experiencias crean mecanismos que disparen para sus deliberaciones y decisiones mecanismos de flexibilidad circunstancial, véase mas arriba cita de Thomas Fleiner.
Ahora bien en Venezuela una cosa significó en el siglo XIX para las clases dominantes y otra para el pueblo, para esas mayorías calificadas como “ignaras” por la intelectualidad de ese tiempo. Para este pueblo ignaro, “la federación”, como dice Ruiz Chataing (2001) que pronunciaban el término, implicaba su reivindicación socioeconómica. Serían iguales, y de manera definitiva serían liquidados los vestigios excluyentes del antiguo régimen colonial. Para una parte de la casta dominante el federalismo venía a ser un instrumento de perpetuación de sus privilegios oligárquicos. Entre los intelectuales y políticos dominaba la apreciación de que el sistema federal era lo más avanzado en la moda liberal. Los regionalistas veían en el federalismo el modo más idóneo de oponerse al dominio del poder central, Caracas, a favor de sus intereses y necesidades provinciales y locales. Entre el prolífico caudillaje era la excusa apropiada para el alzamiento, la montonera y la posible conquista del poder.
Ideas de Nación
A medida la modernidad se consolida en la Europa del siglo XIX a la par van formándose fuertes y novedosos estructuras de dominio político. Son estos los primeros pasos firmes de lo que hoy constituye el estado moderno. Lo precedía el estado absolutista, patrimonio de las distintas realezas europeas. Sobre este último según Michael Hardt y Antonio Negri (2000) se desarrolla el concepto de nación. El modelo de estado absolutista y patrimonial sufre transformaciones. La naciente modernidad llega un instante que apoya circunstancialmente esa forma de estado por que garantizaba la paz y vida social. El siglo XVI y XVII dan muestra de ello. Sin embargo las fuerzas modernas terminan por transformar definitivamente a ese aliado de circunstancias. Hardt y Negri creen que:
La transformación del modelo absolutista y patrimonial consistió en un proceso gradual que reemplazó la fundación teleológica del patrimonio territorial con una nueva fundación, igualmente trascendente. En la identidad espiritual de la nación antes que el cuerpo divino del rey, colocaron ahora al territorio y la población como una abstracción ideal. O, mejor aún, el territorio físico y la población fueron concebidos como la extensión de la esencia trascendente de la nación. De este modo, el concepto moderno de nación heredó el cuerpo patrimonial del Estado monárquico, reinventándolo en una nueva forma. Esta nueva totalidad del poder fue estructurada en parte por nuevos procesos productivos capitalistas, y también por viejas redes de administración absolutista. Esta difícil relación estructural fue estabilizada por la identidad nacional: una identidad integradora, cultural, fundada sobre una continuidad biológica de relaciones de sangre, una continuidad espacial del territorio y una comunidad lingüística. (Pág. 1)
La soberanía deja de ser propiedad absoluta del Rey y pasa a manos de la comunidad. El sentido de identidad ya no reside en torno aquella autoridad única sino que son los elementos que configuran el patrimonio común lo que estabiliza el sentido de pertenencia. Esto genera nuevas relaciones sociales y políticas. La nación es entonces una creación colectiva. Nace entonces el actual estado nacional. Es entonces cuando, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, se configura definitivamente el concepto moderno de soberanía.
Para María de los Ángeles Yannuzzi (1997) cuando se consolidan las estructuras políticas modernas en primer término se establece el Estado-nación “a partir de la unificación del mercado interno, por un lado, y de la concentración del poder en un único centro simbólico -el estado-, por el otro.” (Pág. 1) Pero es, según ella, en el siglo XIX cuando con el romanticismo es que se enlazan las concepciones nacionalistas de la modernidad. El concepto patria que era tomado como base, es sustituido por el de nación. La idea de nación contribuye así a consolidar las crecientes relaciones socioeconómicas del capitalismo sobre todo en aquellos países que recién toman ese camino en el siglo XIX. La noción de nación es la que entonces contribuye a crear “un sentido de integración social en la construcción imaginaria de la realidad social” (Pág. 1) Es a partir de la idea de nación que de manera efectiva se elabora y posteriormente se consolidada el imaginario social de lo pueblos.
Germán Cardozo Galué (2005) plantea que hasta bien transcurrido el siglo XX, en la historiografía occidental, lo étnico era lo explicaba o fundamentaba el concepto de nación: “la nación era concebida como lo natural, lo dado, y los sentimientos de identidad nacidos de las semejanzas históricas, lingüísticas y culturales como expresión de esa fuerza natural” (Págs. 12 y 13) Ya en estos últimos tiempos de la historiografía esta concepción, que le da un carácter ontológicamente natural a lo étnico, ha sido dejada de lado. La nación se reconoce hoy como algo lleno mas historicidad que de naturalidad, es artificial, discrecional, es básicamente un producto histórico. La nación así deja de ser invariable y adquiere un carácter transitorio, está sujeta a los procesos de cambios históricos de los pueblos. Para dejar claro la artificialidad historiográfica de esos productos del concepto tradicional de nación, como es Estado-nación, nacionalidad y nacionalismos, Galué cita de Eric Hobsbawn lo siguiente:
Es una entidad social sólo en la medida en que se refiere a cierta clase de estado territorial moderno, el “estado-nación”. …y de nada sirve hablar de nación y de nacionalidad excepto en la medida en que ambas se refieren a él. …En pocas palabras, a efectos del análisis, el nacionalismo antecede a las naciones. Las naciones no construyen estados y nacionalismos, sino que ocurre al revés (Pág. 13)
La nacionalidad y la nación solo existen sobre la base de la entidad ideológica de estado-nación. El espíritu de nación viene ser el producto de un sentido de estado combinado con nacionalismo. Ahora bien en Hispanoamérica, y particularmente Venezuela, se entendió a nación y a la patria como lo preexistente. Fue este el centro de todo el hacer historiográfico después de la Guerra de Independencia. Sobre este eje naturalista se dieron en el país todos los experiencias constitucionales del siglo XIX, aunque la realidad de las regiones dictaba otra pauta. En la realidad del siglo XIX la patria o nación siempre fue la región, el nacionalismo solo era un asunto del discurso político. Claro está que este discurso, aunado a una serie de acontecimientos históricos que lo favorecen, termina por ser asilado en el imaginario venezolano.
Ideas de región histórica
La región histórica es concepto reciente en la historiografía venezolana, según Cardozo Galué (1988) data de 1977, ese año en el mes de marzo, en un encuentro de historiadores en Caracas se dijo que: “Cada región de Venezuela, aunque participe del todo nacional, tiene su propio movimiento histórico, y en cada una de nuestras regiones lo nacional se particulariza y adquiere caracteres específicos”. (Pág. 11) La región histórica vendría siendo más o menos, entre muchas cosas, un espacio geográfico habitado por un grupo humano determinado que en su interrelación adquiere particularidad, coherencia, identidad y pertinencia histórica a partir de un juego de intereses y acontecimientos que le son específicos. Para Galué la región histórica cuenta con las siguientes unidades: una unidad de complementariedad, ejemplo el proceso productivo se adecua a la geografía, la diversidad de lo económico se adapta a lo geográfico y viceversa, las variedades terminan complementándose. Hay también una unidad impuesta, por la colonia o el sistema capitalista actual. Y una unidad precaria, dada por las distintas interrelaciones con otras regiones, la influencia del poder central y los cambios en el sistema económico imperante.
En Venezuela las regiones históricas más importantes tienen su inicio en el proceso de colonización española. El siglo XV, por los rasgos socioeconómicos y culturales, muestra ya la configuración de 7 regiones geo-históricas. Las mismas a partir del siglo XVI se redefinen a través de la actividad agro-exportadora. Para Galué (2005) la noción región histórica “…es más apropiado que el de provincia para la investigación e interpretación del proceso de construcción nacional; ofrece la posibilidad de desplazarse en la larga duración desde el mundo aborigen hasta principios del siglo XX”. (Págs. 24 y 25)
ASPECTOS HISTORICOS DEL FEDERALISMO
Constituciones
La historia del federalismo se remonta 700 años atrás, concretamente en la experiencia de la Confederación Helvética. Aunque algunos autores como Sergio Antelo Gutiérrez (2005) basándose en Daniel Eleazar remonta su inicio a los acontecimientos bíblicos relativos a las 12 tribus de Israel. La primera expresión más modernizadora del federalismo ocurrió en el seno de revolución norteamericana en el siglo XVIII. Resulta interesante la experiencia federal alemana del siglo XIX. Napoleón Bonaparte crea entre 1806 y 1813 la Confederación del Rhin. A su caída se establece, entre los años 106 y 1813, la Confederación Germánica de 38 estados soberanos. El II Reich alemán en 1871 se convierte en un Estado federal con veinticinco estados federados bajo el dominio de Prusia. En el mismo siglo XIX en América Latina, después de fuertes guerras civiles, se arraiga federalismo en países como Argentina, Brasil, Méjico y Venezuela
En Venezuela las bases del federalismo están identificadas con el proceso de colonización. Así lo afirma David Ruiz Chataing (2001) La etapa de conquista fue llevada a cabo por particulares que invirtieron capitales en ella con anuencia de la monarquía española. En esta empresa de carácter privado el Estado Español asume la menor parte de los riesgos y da amplias concesiones a los aventureros que se dieron a la tarea de fundar por todo el territorio pueblos y ciudades. Nacieron de este modo una diversidad de provincias que no tenían ninguna obligación o sumisión entre ellas mismas. Estos pueblos tuvieron en una institución como el Cabildo un escenario para defender y hacer conocer sus diversos intereses provinciales o locales. Aparte del Cabildo el proceso de institucionalización administrativa colonial contó con instrumentos jurídicos como la Real Ordenanza mediante la cual se crea en 1776 la Intendencia de Venezuela con jurisdicción en todas aquellas provincias que después estarían bajo la tutela de la Capitanía General de Venezuela, creada en 1777. Por último en 1786 se instala la Real Audiencia de Caracas.
Para David Ruiz Chataing (2001) estas tres instituciones configuran al país ya que se encargan del cumplimiento de las leyes españolas en lo político, judicial, militar y hacienda: “…lo unifican federativamente, valga la paradoja, puesto que la falta de vías de comunicación, la decadencia ibérica, las oligarquías regionales y los expresos mandatos del Rey así lo permitieron” (Pág. 21) Estas instituciones a la vez que sirven de enlace y de canal tratan de imponer su autoridad en los innumerables pleitos que impulsa un arisco y creciente sentido regional. Como ejemplo puede mencionarse que la provincia de Maracaibo siempre estuvo renuente a someterse a la Capitanía general solicitando en cambio ser incluida en el Virreinato de Santa Fe de Bogotá. Hay indudablemente un sentimiento disgregativo, previo a los acontecimientos de 1810. Los debates del Congreso de 1811 dan rienda suelta a expresar toda la desconfianza y temores que inspira la provincia y ciudad de Caracas como centro hegemónico. Ruiz Chataing relata que:
…a la primera se le segmentó en varias entidades, y a la segunda se le arrebató su jerarquía de capital de la confederación (ya lo había sido de la recién fenecida Capitanía General de Venezuela) transfiriéndole dicho rango a la urbe valenciana y el surgimiento de provincias nuevas en los años 1810 y 1811, tales como Mérida, Trujillo y Barcelona, que demostraban el peligro de una activación de las fuerzas centrífugas con el movimiento emancipador. A todo esto se agregaba que cada provincia, ciudad y hasta el más pequeño villorio, se comportaban como si fuese un Estado independiente. Una suerte de endeble liga de ciudades libres. (Pág. 22)
En realidad no habían creado una federación sino una especie de confederación de estados soberanos. No había el espíritu ni la tradición histórica necesaria para configurar la fortaleza de lo federativo. Existía si un sentimiento por anteponer los intereses particulares ante la situación general, eso llevó que la desconfianza minara e hiciera precario el accionar confederativo. Todo esto condujo irremediablemente a la trágica pérdida de la Primera República.
La Constitución de 1811 marca el inicio de los intentos constitucionales por imponer el esquema federal en Venezuela. Para José Gil Fortoul es realmente revolucionaria. Para él en su esencia esta no tiene ninguna relación lógica con lo que viene siendo, para ese instante, el proceso político del país. Su propuesta de régimen no tiene correspondencia con la colonia, no es vinculante con esta, no refleja en nada que ella en si misma sea un momento de desarrollo del sistema colonial. El pueblo en su mayoría ignora sus conceptos y propuestas institucionales. Este absoluto distanciamiento del orden colonial se explicaría en el hecho de que esta constitución, en palabras de Carmen L. Michelena (1999), es “…el más sólido intento de finales del siglo XVIII, por sentar las bases del nuevo orden social, intentando la ruptura radical con el institucionalismo y el derecho colonial, haciendo de la igualdad social el eje central sobre el que giran sus disposiciones.” (Pág. 614)
En cambio para Fortoul (1978) esta Constitución es solo un instrumento de perpetuación oligárquica de la clase que la elabora. Ahora bien, como ya se dijo, desde la instalación del Congreso los diputados toman distancia del mandato por el cual fueran elegidos, “asegurar la autonomía de la Colonia, conservando las prerrogativas dinásticas de Fernando VII” (Pág. 226, tomo I) La excepción la constituye el diputado Manuel Vicente Maya. Estos diputados por unanimidad, deciden que el Congreso tiene facultades soberanas para proclamar la república.
Una de las cosas que siempre la historiografía venezolana ha señalado es la similitud entre esta Constitución y la norteamericana. Fortoul precisa similitudes hasta en el mismo proceso de acontecimientos que enmarcan su elaboración. Los diputados venezolanos de 1811 actuaron igual a sus colegas de la Convención de Filadelfia de 1787. Ambos desconocieron las instrucciones que limitaban su ejercicio y decidieron elaborar una constitución. La diferencia estuvo en que mientras la norteamericana sería ratificada con el voto mínimo favorable de nueve convenciones estadales, en Venezuela, de manera distinta, la ratificación la debía realizar el pueblo de las provincias. La unanimidad de los diputados venezolano a la hora de declarar la soberanía constituyente se explica según Ramón Díaz Sánchez (1973) por el simple hecho de que la mayoría de los congresistas habitaban en Caracas, su educación la habían recibido allí y todos estaban bajo la atmósfera política de la ciudad. Al final, después de discutir por tres meses, el proyecto constitucional es aprobado por 37 diputados.
Formalmente esta constitución consta de un preámbulo donde se expresa la esencia y fines generales, titulado significativamente del modo siguiente: Bases del pacto federativo que han de constituir la autoridad general de la Confederación. Allí se establece que las provincias que la conforman mantendrán su soberanía, libertad e independencia. Siguen nueve capítulos, sobre la religión, el poder legislativo, el ejecutivo, el judicial, sobre las provincias, sobre la revisión y reforma de la Constitución, sanción y ratificación, los derechos del hombre que serán reconocidos y respetados por todo el Estado y finalmente las disposiciones generales. Esta constitución establece una presidencia triunviral. Las atribuciones del gobierno federal son las relaciones exteriores, la defensa común, la paz pública, el comercio, la guerra, los tratados y alianzas y sancionar las leyes generales de la federación. El carácter federal es claro, en su título preliminar se declara que es competencia de las provincias cualquier autoridad no delegada al poder federal.
Este instrumento tiene la particularidad de ser según Michelena (1999) “el primer instrumento jurídico latinoamericano” (Pág. 615) pero por otra parte tiene el defecto, según historiadores como Fortoul de haber sido redactada por hombres pertenecientes a la casta dominante. En muchos aspectos sus pretensiones solo quedaban en el papel, la realidad imponía una dinámica totalmente diferente. Una cosa es la sociedad colonial, que no podía ser borrada en su injusticia social de un plumazo, y otra la retórica y el debate parlamentario lleno de buenos propósitos.
Para Michelena el concepto de federación manejado en esta constitución es ambiguo. En la ideología francesa se usa la expresión ciceroniana Faedus facere, hacer pacto, realizar una alianza, es decir hacer una federación. El Federalist norteamericano es alianza, vinculo. Según esta autora “en el mundo hispano (y en sus variantes hispanoamericanas) adquiere un sentido diferente y hasta contrario” (Pág. 617) La acepción en vez de ser entendida originalmente como “unirse” pasa a significar “separarse” o “dividirse”. Muchos son los cuestionamientos que caen sobre este instrumento y su república, uno de lo más famosos son los de Simón Bolívar en el Manifiesto de Cartagena, donde critica este federalismo por descontextualizado y acusa a su construcción de república aérea. Se sabe que el mismo Francisco de Miranda dejó constancia de su inconformidad por el desequilibrio en el articulado.
Díaz Sánchez (1973) considera que la dinámica federativa era un sentimiento generalizado, apoyarse en la crítica directa por parte de algunos de sus fundadores como Bolívar, es seguir las especulaciones cuando el error estuvo no en sistema federal sino en el modelo elegido, “…se hacía indispensable entonces un sistema federativo que debía consultar no el ejemplo de Norteamérica sino el de la tradición institucional española cuyo núcleo era el municipio” (Pág. 92) Michelena piensa que otro error decisivo fue el militar, se pudo ser federativo en casi todo pero debía constituirse un centralismo militar, justificado por estar la república en condiciones de guerra ofensiva. Esta constitución fue sancionada el 21 de diciembre de 1811, el avance realista desde Coro hace que e la suspenda el 23 de abril de 1812 y ceso totalmente tras la capitulación patriota el 25 de julio de ese año.
Hacia el año de 1819 se firma una nueva constitución de carácter eminentemente centralista y presidencialista. La impulsa Simón Bolívar. El escenario de la guerra impone estas condiciones, el ejecutivo en la figura del Libertador concentra ejecutivamente el poder. La República es una e indivisible. Ya sus representantes no lo son de sus provincias sino de la nación. No están sujetos a las asambleas electorales de las regiones. El carácter de las peticiones provinciales debe ajustarse al interés nacional. En toda capital de provincia existe un gobernador sujeto al presidente de la república. Las funciones de los órganos deliberantes de la provincia son muy restringidos en comparación con la constitución de 1811.
En el año 1821 rige una tercera Constitución. En esta se consagra el espíritu unitario de la república de la Gran Colombia, nacen los grandes departamento de Venezuela, Nueva Granada y Quito. Estos departamentos están divididos en provincias y estas a su vez en parroquias. En esencia esta constitución es una continuación del carácter centralista de la del año 1819, aunque debido a las presiones de los representantes de Nueva Granada se amplían un poco las responsabilidades de las regiones. Esta constitución tiene vigencia hasta 1830 año de la separación.
Ese mismo año Venezuela aprueba una nueva Constitución donde se descarta el centralismo, aunque estableciendo matices para el nuevo federalismo. Ahora el espíritu es centro-federal. Los constituyentes esta vez atienden a las precarias condiciones socioeconómicas del país para elaborar el articulado. A parte de que esta constitución era una manera de resguardarse legalmente de lo que ellos llamaban la amenazante “tiranía de Bolívar” El país se divide en provincias, cantones y parroquias. Estas provincias tienen amplias atribuciones locales. Dirimen sus asuntos en cuerpos legislativos llamados diputaciones provinciales. El gobernador de cada provincia era designado por el presidente de la república, pero de una terna presentada por las diputaciones provinciales, podía ser removido por éstas en caso de alguna circunstancia negativa de gobierno, su ejercicio de poder tiene una duración de cuatro años, estaba sujeto tanto al presidente como a la legislatura provincial. Esta constitución tuvo una vigencia de 27 años.
En año 1957 se sanciona una nueva constitución, es la época de José Tadeo Monagas, presidente de la república. Este instrumento tiene un carácter férreamente centralista. Su espíritu está determinado por las circunstancias políticas imperantes. El presidente Monagas tiene propósitos continuistas, por eso se elimina la cláusula que prohibía la reelección presidencial en la constitución de 1830. Las diputaciones provinciales pierden el derecho a presentar una terna para nombrar gobernadores, estas desaparecen y son sustituidas por un Poder municipal limitado a la parte administrativa y económica. Esta constitución, a la medida presidencia, dura solo un año, es derogada el 15 de marzo de 1858 al ser derrocado Monagas por una revolución comandada por el general Julián Castro.
Ese mismo año se convoca una Convención Nacional en Valencia y el 24 de diciembre se sanciona la sexta Constitución en lo que ha transcurrido del siglo XIX. Su redactor principal es Julián Viso. Esta ley tiene un claro sentido descentralizador, aunque no lo menciona en el texto su espíritu es potencialmente federal. Los debates para su elaboración en la Convención fueron memorables por los enfrentamientos verbales entre centralistas y federalistas. El poder legislativo está formado en esta ley por dos cámaras, la de senadores y diputados. En ellas intervienen las asambleas legislativas provinciales, restableciéndosele así las autonomías a las provincias. El gobernador de estas es elegido por votación directa y secreta de los ciudadanos. Esta constitución no dura mucho, la guerra federal se inicia en 1859, este desastre aunado a la dictadura de del general Páez en 1961 provocan su derogatoria. Cinco años dura la guerra federal y con el triunfo liberal se sanciona otra constitución en 1864.
Esta ley amplia el espíritu descentralizador. Las antiguas provincias pasan a llamarse estados. Las entidades federales ahora son veinte., el país se llama ahora los Estados Unidos de Venezuela. A cada estado le corresponde asumir completamente sus asuntos políticos, de justicia, de administración y la economía municipal. Hay una total independencia en el ejercicio del poder. El ejecutivo nacional está fuertemente limitado. Solo puede intervenir como mediador en las disputas y conflictos. Se reconoce plenamente las autonomías. El pacto constitucional compromete a estrechar vínculos en caso de agresiones externas. El gobierno es popular, electivo, federal, representativo, alternativo y responsable. No se puede declarar la guerra entre estados y juran no separarse de la federación. Sin embargo esta constitución como las anteriores tiene a la arruinada economía nacional como su más feroz adversario. Por ello es violada por los sucesivos gobiernos de Falcón, Bruzual, Monagas y Guzmán Blanco.
El 27 de de mayo de 1874 se sanciona nuevamente otra Constitución. Esta mantiene la división- político territorial federativa de la constitución de 1864. La entidades políticas nombradas en el Artículo 1, tienen la facultad de unirse entre ellas para formar un solo estado; pero conservan la libertad de separarse y recuperar su anterior carácter de estado. Todo esto puede realizarse dando parte al ejecutivo nacional, al congreso y a los demás estados de la unión. Los estados de esta unión reconocen recíprocamente su autonomía, son iguales entre sí y conservan la plenitud de su soberanía. Los funcionarios ejecutivos y legislativos son producto de la elección popular y ni los primeros pueden ser reelectos de inmediato. Estos estados también se comprometen a ceder el terreno necesario para conformar el Distrito Federal. Los diputados de cada estado se eligen uno por cada veinticinco mil habitantes y otro por cada exceso que pase de doce mil. También cada estado elige dos senadores.
Para el año 1881 gobierna Guzmán Blanco y se sanciona la llamada Constitución Suiza. La cual viene a ser la novena en esa profusa creatividad constitucional del país en el siglo XIX. Muchos críticos del presidente consideran a este texto un simple calco de la carta magna helvética. Una de las características de esta constitución es que reforma la división político-territorial. Ahora las veinte entidades anteriores pasan a llamarse sección y son agrupadas en nueve grandes estados. Esto se hace con el fin de acallar a los opositores al federalismo que argüían lo complejo y oneroso del sistema. La legislatura sigue estando compuesta por la cámaras de senadores y diputados. Cada estado tiene una legislatura que elige tres senadores. Los diputados se eligen en número de cada treinta y cinco mil habitantes y otro por cada exceso de quince mil. El congreso crea un Consejo Federal compuesto por un senador y un diputado de cada estado, el cual debía elegir al presidente de república, cuyo período de gobierno era de dos años y no podía ser reelecto en forma inmediata. El poder judicial está representado en esta ley por la Alta Corte Federal y por la Corte de Casación. Esta constitución en su artículo 118 establece que podrá ser reformada total o parcialmente por la Legislatura Nacional, siempre y cuando lo solicite la mayoría de las legislaturas de los estados. Basándose en esta disposición el presidente Raimundo Andueza Palacio decide derogarla en 1891. Estalla entonces la Revolución Legalista comandada por Joaquín Crespo, él cual, después de una guerra corta pero sangrienta, se apodera del mando en 1992.
La constitución de 1891 aunque deroga a la 1881 es para muchos historiadores una simple reforma constitucional con la intención del presidente Andueza Palacios de prolongarse el mandato presidencial. De fondo los cambios no son profundos. Lo cierto del caso es que el triunfo de Crespo lo establece dictatorialmente en el poder durante un año hasta que en 1893 promulga una nueva constitución que le extiende el poder a cuatro años. Esta constitución mantiene el principio federativo de las anteriores y reconoce la autonomía municipal frente al estado en lo relativo a la administración y la economía. Se precisa que el territorio que los estados están comprometidos para ceder en la creación del Distrito Federal debe ser de despoblado y que no exceda 100 kilómetros cuadrados. Se reconoce que por los momentos Caracas será dicho distrito.
La Guerra Federal
La década que va de 1830 hasta 1840 se caracteriza por una relativa bonanza económica. Es el momento de la Sociedad Económica de Amigos del País. La ganadería, el cultivo del tabaco y los derechos de aduana son áreas de crecimiento. Sin embargo a partir de 1840 los precios del café sufren una caída a nivel del comercio internacional, lo cual repercute en la economía nacional. Esta es la década donde dominan los hermanos Monagas (1847-1858), lo cual constituye por si sólo un caldo de cultivo para desatar la crisis política. Los Monagas ejecutan medidas como el empréstito forzoso para pagar gasto militar. La deuda externa llega entonces a la suma de 21 millones de pesos y la deuda interna a 28 millones. Otra medida fue destinar el 25% de los ingresos de impuesto de aduana para el pago de la deuda externa. Esto provoca déficit en el presupuesto público, provocando retrasos en los sueldos de los empleados públicos. Todos estos acontecimientos suben los niveles descontento social. Que tuvo como consecuencia la Guerra Federal, la cual fue conocida como la “Guerra de cinco años”, por el tiempo de duración de sus acciones.
Entre los acontecimientos eminentemente políticos que la preceden están la fundación del partido Liberal en 1840, la influencia de opinión que generaba su periódico El Venezolano, la fuerte represión del conservador presidente Soublette en 1946 contra los liberales, especialmente contra Antonio Leocadio Guzmán y Ezequiel Zamora y la insurrección el 5 de marzo de 1858 de Julián Castro, que gobernaba la provincia de Valencia. El presidente José Tadeo Monagas visto que tiene a la opinión pública en contra abdica ante el Congreso y se exila en la delegación francesa. Julián Castro asume el poder con el propósito de unir los partidos y olvido de lo pasado. La Convención de valencia lo nombra presidente. Se elige una comisión que viaje a Estados Unidos en busca del general Páez. Se promulga una constitución altamente federal, pero esto no contiene el conflicto civil. La guerra se inicia simultáneamente en Carabobo, Portuguesa y Barinas. Después de alternadas derrotas y éxitos los revolucionarios de los llanos ocupan varios sectores del país.
Desde Coro Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón inician un movimiento revolucionario que proclama un programa federalista. Zamora se llega hasta Barinas a reunirse con los que ya están alzados en estas llanuras. Toman Portuguesa y Barinas. Revolucionarios desde Trinidad invaden el oriente. Zamora avanza hacia el centro del país y muere en San Carlos. Falcón le sucede en el mando del ejército. Ocurre la batalla de Coplé donde los federales son derrotados de modo aplastante por el ejército centralista. Se desbandan e inician un proceso de guerrillas. Julián Castro incluye en su gabinete a liberales buscando una conciliación. Le dan un golpe estado. Asume el poder Manuel Felipe Tovar. En el año 1861 el general Páez regresa a Venezuela y es nombrado jefe de todos los ejércitos. Pedro Gual asume la presidencia. Se busca un acuerdo con los liberales para detener la guerra. Páez es obligado a renunciar a su cargo, sus partidarios derrocan a Pedro Gual y proclaman la dictadura de Páez. Poco a poco se incrementan los triunfos federales, desechan las ofertas de paz. Comienzan las deserciones en el ejército centralista, el occidente del país se proclama federal. Al aumento de tanta presión lleva a Páez a reunirse con los federales. Se firma el Tratado de Coche. Páez abdica. Falcón es nombrado presidente provisional. La Asamblea Constituyente de 1863 ratifica a Falcón en la presidencia y Guzmán Blanco en la Vicepresidencia. Triunfa la federación, culmina la guerra.
Esta guerra incrementó el caudillismo, pueblos y aldeas quedaron arrasados y murieron una cifra cercana a cien mil personas, aumentaron los problemas económicos y la deuda del país, las enfermedades y la insalubridad campearon con más fuerza, se vino a bajo definitivamente el poder Páez y cayo la llamada oligarquía conservadora. También liquidó el resabio de nobleza nobiliaria que aun existía desde la colonia.
¿Federalismo vs. Centralismo?
Desde 1811 hasta finalizar el siglo XIX el país fue el escenario para un permanente debate entre centralista y federalistas. Como se ha visto el espíritu de la mayoría de las constituciones de esa etapa mantienen, con sus matices y variantes, el espíritu federativo. Para Alexander Torres (2000) esta “…no es una polémica gastada y meramente decimonónica, sino una diatriba de vibrante actualidad” (Pág. 219) para este autor esto evidencia “el sospechoso hilo conductor de la historia” (Pág. 219) Es la expresión del antiguo antagonismo dicotómico entre el hecho y el derecho, entre la legalidad y la realidad histórica. Centralismo y federalismo pueden ser sintetizados dialécticamente en el termino centrofederal. Como se ha constatado el país a pesar de llamarse federal en el papel constitucional, en los hechos funcionaban parcialmente de modo centralizado.
Para Guillermo Morón (1974) esta confrontación siempre ha estado a favor del centralismo. El poder siempre ha estado concentrado en las manos presidenciales. El centralismo indudablemente se yergue sobre la minimización lo local regional. Si hoy el centralismo, en la etapa del pacto de Punto Fijo, se ha sustentado en la llamada partidocracia, en el siglo XIX se mantuvo sobre los hombros del caudillaje. El centralismo de ese siglo se justificó en la idea unitaria, en la efectividad de un sistema central de organización nacional que garantizara la fortaleza y economía en los gastos de gobierno. Otro argumento fue la escasa población para tan vastos territorios.
La idea federación contribuyó a exaltar el imaginario colectivo del país en el siglo XIX, interpretaciones disímiles, difíciles de alcanzar, contradictorias muchas veces. Para muchos es la reivindicación socioeconómica inmediata, para la minoría, formada intelectualmente, representa una estupenda entrada de Venezuela a los predios de la modernidad europea. Luís Chataing, citado por Alexander Torres (2000), dice:
Otros la concebían como única garantía contra los abusos de poder central y como activa defensa de los intereses provinciales y locales. Los caudillos, por su parte lo esgrimieron como pretexto para sostenerse en el poder, o para insurreccionarse para alcanzarlo. Estas disímiles nociones y actitudes asociadas al mismo vocablo se podían encontrar más o menos puras o como es común en el ámbito de las ideas en Venezuela en las más diversas mixturas. (Pág. 220)
La versatilidad del término es profusa, puede responder a motivos contradictorios, dos bandos con intenciones totalmente distintas pueden estar usando el vocablo federal con significados opuestos. Ahora bien ¿Es esto de extrañar? Para Germán Carrera Damas (1960) hay una costumbre intelectual en la historia de las ideas en Venezuela subestimadora de sus productos. Ya que se juzgan las ideas no partiendo del conocimiento de estas sino de la criticada “añoranza de formas extranjeras, o de estados de conciencia originados en inconformidades circunstanciales” (Pág. 21) Ligeramente se le tacha a los constituyentes de copiar modelos y de legislar solo con rebuscamientos librescos. No se atiende a que la realidad impuso otras normas para enriquecer el debate de propuestas. Las ideas cuando llegaban al seno de las diversas regiones y sectores sociales del país sufrían una transformación necesaria, un enriquecimiento. Eso no es extrañar, eso ocurre constantemente en la historia del mundo, una noción nos algo fosilizado, tiene su grado de discrecionalidad histórica, es propiedad de uso colectivo y por lo tanto sujeta a los indetenibles procederes interpretativos de los colectivos e individuos. Las ideas también son pastos de las luchas de poder. No hay pureza en este campo. Por lo tanto la dialéctica centrofederal resulta pertinente con un país que está constantemente auto definiéndose. Cierto que la dictadura y el personalismo predominaron muchas veces sobre grandes mayorías explotadas y depauperadas. Eso, con toda su crudeza, no le resta importancia y pertinencia al debate, se alcanzaron de uno u otro modo formas de gobierno federal que aun exalta el imaginario colectivo del país. En el siglo XIX se alcanzaron reconocimientos a las regionalidades y de estas al todo nacional. La federación fue una opción lógica y eso parece demostrarlo la insistencia en ella durante la etapa analizada.
CONCLUSIONES
Es indudable que el siglo XIX es una etapa rica en experiencias políticas, las cuales van desde los últimos momentos coloniales, pasan por el inicio republicano de 1810, siguen por la cruenta Guerra de Independencia, da un salto en la ruptura gran colombiana, inicia también la etapa de los experimentos constitucionales tutelados por los gendarmes necesarios o padeciendo el enfrentamiento de estos, y concluye en la última década con el violento ascenso al poder central de un sector regional del país, los andinos, que hasta ese entonces habían mantenido una relativa distancia de la usual turbulencia del caudillaje de los llanos. Esto lleva a establecer las siguientes conclusiones:
  • El federalismo constituye uno de los puntos de inicio en la construcción republicana del país. La constitución federalista de 1811, para bien o para mal, marca el paradigma de lo que fue institucionalmente Venezuela durante el siglo XIX.
  • Las regiones históricas venezolanas encontraron en el federalismo una fuente ideológica para lograr la autonomía y el ejercicio de su soberanía frente al poder central, muchas veces representado en la ciudad de Caracas.
  • La mayoría de las diez constituciones que se sancionan el siglo XIX responden al espíritu federal.
  • La doctrina federal fue interpretada de modos diversos, respondiendo a los intereses políticos, sociales y económicos vigentes, para su aplicación práctica y teórica en un texto constitucional. Unas veces apropiadamente y otras bajo la simple manipulación sentimental e ideológica.
  • El federalismo no fue la panacea política que dio al traste con el atraso social, económico y político de grandes grupos humanos excluidos en el país, sin embargo hay que añadir que a través de él se elevó la conciencia del papel histórico de estos sectores, llevándoles muchas veces a participar en conflagraciones civiles como fue la guerra federal, en una búsqueda desesperada de solución de su problemática.
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