Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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viernes, 17 de enero de 2014

ERROL GARNER*



Arturo Álvarez D´ Armas

Errol Louis Garner nació en Pittsburg el 15 de junio de 1921. Pianista y compositor de formación autodidacta. No sabía leer ni escribir música, siendo por ello uno de los más originales intérpretes de piano. Sus comienzos son en Nueva York entre 1939 y 1944 en el The Slam Stewar Trio. En 1947 trabaja junto a Charlie Parker. Allí Parker y Garner llegan a lo “máximo” en Cool Blues; en esa misma sesión acompañan al cantante Earl Coleman, en el éxito “This Is Always” (Charlie Parker On Dial. Vol. 2). En la misma época graba en vivo “Blue Lou” con Gene Norman y Wardell Gray (Jazz Scene USA), de ese recordado concierto dicen Case y Brit (1984: 75) “Garner está asombroso”.
Incursiona en los años 50 y parte de los 60 en la televisión de Estados Unidos; era considerado uno de los grandes del swing. Sus improvisaciones (Inurria, 1988: 54), sobre las melodías están enriquecidas con unas prodigiosas introducciones que inician la atmósfera requerida. Y siempre su peculiar teclear impone la personalidad del artista al motivo elegido.
El investigador francés André Francis (1972: 93), precisa de manera exacta como Errol Garner tocaba el piano: “En los tempo lentos su ejecución se echa a perder por una sobrecarga de arpegios, mientras que en tiempo medio o rápido es tan pleno como movido” (…) “la derecha con la libertad rítmica muy atrayente. Sus dos manos, una muy retardada de la otra, crean un gran swing, realzando aun por un ataque decisivo”.
En la década de los años 50 conforma un trío, junto a Denzil Best en la percusión, sustituido después por Kelly Martín y Eddie Calhoum en el bajo.
El no poder leer y escribir música no le impidió componer joyas musicales como “Misty”, “Laura”, y “Dreamy”; también compuso la banda sonora del film “A New Kind of Love” realizada en 1963.
Esta llama del jazz se apagó el 2 de enero de 1977 en Los Ángeles, California.

Fuentes consultadas:
CASE, Brian y BRITT, Stan. Enciclopedia ilustrada del jazz. Edición al cuidado de Jorge Arnaíz. Madrid: Ediciones Júcar, 1984. 218 p.
FRANCIS, André. Panorama del jazz. Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1972. 196 p.
INCURRIA, Ángel Luis. “Un teclado inconfundible”. En: Reseña. Madrid: Nº 190, diciembre 1988. P. 54.
The New Grove Dictionary of Music and Musicians. Edited by Stanley Sadie. London: Macmillan Publishers Limited, 1980. Vol. 7. P. 167.

Discografía consultada:
Close-up in swing. Phillips 632200BL. Monaural.
Concert by the Sea. /Presentación/ by George Avakian. Columbia CL883.
Concierto. Círculo Musical Nº 60. Caracas: Colección Jazz.
Gems. CBS S 21062. Serie I love jazz.

*Publicado originalmente en La Prensa. San Juan de los Morros: 12 de abril de 1989. P. 8. (Suplemento cultural BONGO, Nº 53).

sábado, 3 de agosto de 2013

CACHEO: Gentilicio de origen africano en Ocumare del Tuy (Siglo XVIII)



Arturo Álvarez D´ Armas*




 Tamborero. Santa Lucía. Edo. Miranda. 23 de junio de 1985. Fotografía Arturo Álvarez D´ Armas.

Los navegantes portugueses fueron los primeros europeos en bordear la costa africana buscando una vía más corta para llegar a la India y China. Dionis Dias alcanzó el río Senegal y Cabo Verde, igualmente lo hace Nuño Tristao al fondear el río Grande en la actual República de Guinea Bissau en 1445. Por aquella época se conocía toda la región de Guinea ubicada al sur del Cabo Bojador como Genahoa, territorio de Senegal visitado por los lusitanos en el siglo XV.

Procedentes de la Guinea portuguesa son trasladados al “Nuevo Mundo”, nativos de la “etnia” Cacheo. Esta palabra se deriva de Cacheu, río y punto de embarque de negros trasladados forzadamente a lo que hoy es territorio venezolano a partir del siglo XVI. La ciudad portuaria de Cacheu es fundada en 1588. Los portugueses crean el 3 de febrero de 1675 la Compañía de Cacheo. La misma se encargaría de introducir esclavos en América durante seis años entre el 7 de junio de 1696 y el 7 de marzo de 1703.
Los primeros asientos y factorías en las costas de África occidental donde se almacenaban los esclavos para ser vendidos en América, eran controlados por los portugueses. Lo más seguro es que esos cautivos provenían de regiones lejanas a la desembocadura del río Cacheu, sitio de salida de las naos negreras. El Padre Alonso de Sandoval escribe que en el Puerto de Cacheo eran embarcados hombres, mujeres y niños de las etnias banunes, branes, biafaras, balantes,  nalúes, zapes y cocolíes entre otros. 

La trata significó  la destrucción de culturas ancestrales al sur del Sahara y la llegada masiva de más de cincuenta millones de africanos de diferentes tribus para trabajar bajo el sistema esclavista de producción.

 
 Ocumare del Tuy. Tambor primero y segundeador. Ocumare del Tuy. Años 40. Fotografía Juan Liscano

Don Nicolás de Ovando, Gobernador de la Española, obtuvo la primera concesión para introducir negros en las tierras “descubiertas” por Colón. En el año 1518 se regulariza el tráfico de esclavos. Mediante un Memorial del 18 de febrero de 1518, los Padres Gerónimos informan a las autoridades metropolitanas que se pueden traer negros bozales de Cabo Verde y Guinea. Dos años después, el 19 de mayo de 1520, el Padre Bartolomé de Las Casas solicita la entrada de esclavizados desde el propio continente. Esto es para salvaguardar a la población indígena. Su Majestad Carlos V, autoriza el envío de cuatro mil negros a las Antillas por mercaderes genoveses. Con el Almirante Colón en sus distintos viajes vinieron algunos africanos entre ellos esta Pietro Alonso. El africanista Jesús Guanche dice: “El desarrollo del comercio de esclavos estuvo impulsado por la cambiante situación en América que iniciaba la demanda de fuerza de trabajo para fomentar la economía de plantaciones y extracción de minerales.

A Gerónimo de Ortal se le otorga el primer permiso del cual se tenga noticia en la Provincia de Venezuela para llevar cien negros a la costa de Paria. Los primeros esclavos arribaron a la ciudad de Coro, alrededor de 1550 procedentes de las islas del Caribe, para trabajar en las minas de Buria, cerca de Barquisimeto; fueron los mismos que se alzaron en 1552, capitaneados por el puertorriqueño Miguel y su esposa Guiomar.

A la Sabana de Ocumare llamada hoy día Ocumare del Tuy (estado Miranda), llegaron a la fuerza hombres y mujeres de ébano para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar, añil y oficios domésticos como Pedro Cacheo, Francisco Cacheo, María Cacheo, Francisca Cacheo, Josefina Cacheo, Dionisia Cacheo, María Eugenia Cacheo y María Lucía Cacheo.
Por información del investigador José Obswaldo Pérez (2006) encontramos que en los testamentos de Don Juan de Ascanio (1704), que en su posesión de Las Cañadas (actual Municipio Ortiz del estado Guárico) tenía un esclavo llamado Juan de 40 años y de nación Cacheo, quién cumplía funciones de mandador.

En el año 1671 vivía en la Obra Pía de Chuao (estado Aragua) Cristóbal Cacheo.
Los cacheo junto a los yoruba, carabalí, luango, congo, mina, arará, mandinga y angola pasaron a formar parte de nuestra afrovenezolanidad.

 

Ocumare del Tuy. Altar en homenaje a San Juan Bautista. Ocumare del Tuy. Edo. Miranda. Pista de baile de Carmen Rosendo. Años 70. Fotografía Arturo Álvarez D'Armas.

Fuentes consultadas:
ÁLVAREZ D´ ARMAS, Arturo. “Africanismos en los Valles del Tuy”. En: El Pregonero del Tuy. Ocumare del Tuy: Nº 4, 4 de agosto de 1993.  Pp. 20-21.
ÁLVAREZ D´ ARMAS, Arturo. Apuntes de la historia de África; Desde la antigüedad hasta la trata negrera. Manuscrito.
ÁLVAREZ D´ ARMAS, Arturo. “La palabra Guinea / Guineo”. En: A Plena Voz. Caracas: Nº 33, julio de 2007. Pp. 15-16.
Archivo Arquidiocesano de Caracas. Libro Parroquial Matrícula Ocumare. 1758.
Archivo Parroquial Ocumare del Tuy. Libro Primero de Bautismos, matrimonios y Entierros, 1700-1701.
BRITO FIGUEROA, Federico. El problema tierra y esclavos en la historia de Venezuela. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, 1996. 431 p.
GUANCHE, Jesús. Procesos etnoculturales de Cuba. Prólogo, Argeliers León. Ciudad de La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1983. 503 p.
MANÉ, Mamadou. “Algumas observaçoes sobre a presença portuguesa na Senegambia até ao séc. XVII”. En: Revista ICALP. Vol. 18, Dezembro de 1989. Pp. 117-125.
PÉREZ, José Obswaldo. Cacheo. Información personal. San juan de los Morros: 23 de agosto de 2006.
SANDOVAL, Alonso De. De Instauranda Aethiopum Salute. Bogotá: Presidencia de la República, 1956.
*Bibliotecario,  editor, fotógrafo, poeta e investigador de las culturas afroamericanas. Este trabajo forma parte de una investigación denominada “Los gentilicios de origen africano en Ocumare del Tuy en el siglo XVIII.

miércoles, 24 de julio de 2013

DOS REVISTAS AFRICANAS

Arturo Álvarez D´ Armas*

CAHIERS CONGOLAIS D´ANTHROPOLOGIE ET D´HISTORIRE. TOME 6, 1981. 95 p. Revista editada en Brazzaville, República Popular del Congo nación con la cual mantenemos nexos indisolubles a través de la trata negrera en épocas pasadas. El presente número muestra en la portada una máscara Bateke (Congo) perteneciente a la colección del Museo del Hombre en París. Seguidamente un índice de los trabajos publicados en este cuaderno. “Afrique, Taxonomie, Historia (Fin)”, de M. M. Dufell; “Instruments de Musique au Reyaume de Kongo XVIe – XVIIIeSiécles”, de Theóphile Obenga, conocido investigador de la Universidad Marien Ngouabi. En esta investigación podemos ver la similitud entre algunos instrumentos musicales del Congo y los tocados por los afrovenezolanos; “La Femme et la Politique dans les Royaumes D´Afrique Centrale” por Ndaywel E. Nziem, profesor de la Universidad de Lubumbashi-Zaire. Trabajo de mucha seriedad académica sobre la mujer y la política en los reinos de África Central; “Reflexions sur les Migrations Teke au Congo”, por Abraham-Constant Ndinga-Mbo investigador de la Universidad Marien Ngouabi del Congo. El autor demuestra como la etnia Teke es el primer pueblo bantú en llegar a ocupar el espacio geográfico de la actual República Democrática del Congo; “Le Travall sous la Période Coloniale au Congo (1897 – 1945)” escrito por Raymond Bafouetela de la Universidad Marien Ngouabi – Congo. Finalmente una reseña bibliográfica al libro “La Dissertation Historique en Afrique á l´usage des étudians de Premiére Année d´ Université (1981)” del historiador T. Obenga.


MUNTU. Revista científica y cultural del Centro Internacional de la Civilización Bantú. Libreville, Gabón: Nº 1, 2 Semestre 1984. El CICIBA es una institución para la organización científica y socio-cultural, integrado por los siguientes países: Angola, República Centroafricana, Comores, Congo, Gabón, Guinea Ecuatorial, Ruanda, San Tomé y Príncipe, Zaire y Zambia. Su órgano divulgativo es la revista MUNTU, la cual está bajo la dirección del historiador congolés Théophile Obenga. El Director General del CICIBA Bonaventure Ndong escribe el editorial. Seguidamente un Mensaje del Presidente de Gabón El Hadj Omar Bongo a la Primera Conferencia de Ministros de Cultura de la Zona Bantú, el 5 de julio de 1982. El grueso de las investigaciones se inicia con “The Dispersal of the Bantu Peoples in the Light of Linguistic Evidence / La dispersión de los pueblos bantúes a la luz de los hechos lingüísticos”, de Heine Bemd (Universidad de Colonia, Alemania); “L´archéologie en zone bantú jusqu´ en 1984 / La arqueología en zona bantú hasta 1984”, por Pierre de Maret de la Universidad Libre de Bruselas en Bélgica; “Caractéristiques de l´esthétique bantú / Características de la estética bantú” de T. Obenga; “História das institucoes. Os diferentes tipos de comunidades étnicas / Historia de las Instituciones. Los diferentes tipos de comunidades étnicas” del profesor Henrique Abranches (Museo de Antropología de Luanda, Angola); “Some Aspects of Luyana Tonology / Algunos aspectos de la tonología luyana” de Lisimba Mukumbuta, profesor de la Universidad de Zambia; “Primer Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura de Guinea Ecuatorial” por Leandro Mbomio Nsue, Ministro de Cultura de la República de Guinea Ecuatorial. Al final tenemos dos breves notas bibliográficas, una firmada por Dominique Ngole-Ngalla sobre el libro de Paulín Nguema-obam “Aspectos de la religión Fang. Ensayo de interpretación de la fórmula de bendición y la otra cita es sobre la edición del disco doble (LP) “BANTÚ”, realizado por Ch. Duvelle y Mwesa Mapoma. 


*ÁLVAREZ D´ ARMAS, Arturo. “Dos revistas africanas”. En: Cuartillas. Maracay: Nº 287, 7 de julio de 1991. Cuerpo F. Página 5. (el siglo).

sábado, 20 de julio de 2013

NEGRITUD Y GÉNERO. Emblema salvadoreño en Ramón González Montalvo

Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

El olvido quería abarcar el pasado [pues] es tan amargo el recuerdo [que] ciertas cosas pertenecen al pasado. Y entonces, ¿a qué recordarlas? Ramón González Montalvo

Resumen: Notables historiadores certifican que en El Salvador no hay población afro-descendiente. Por tal razón científica, sólo en la ficción se escucha su voz. “Negritud y género” restituye la poética como manera peculiar de escribir la historia y de concederle un protagonismo a un segmento representativo de los habitantes salvadoreños. Si el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto censura toda reflexión sobre “raza e historia”, una visión puritana suprime toda “historia de la sexualidad” en un país con una alta tasa de feminicidio. He ahí el dilema actual: acallar la evidencia en nombre de lo político correcto.

Abstract: The most classical historians certify that in El Salvador there is no population from an African-ancestry. For such scientific reasoning, only fiction represents their voice. “Negritude and Gender” restitutes poetics as a peculiar manner of writing history and conferring a depiction to an important segment of the Salvadoran people. If the Vascocelian myth of a perfect mestizaje/melting pot censures all reflection on “race and history”, a puritanical foresight suppresses any “history of sexuality” in a county with a high rate of feminicide. Such is the current challenge that silences evidence in name of the political correct.

0. Historia y ficción

No hay nada nuevo en la frontera que divide la historia de la ficción. En la época clásica, el reparto lo establece la oposición de lo “particular” y lo “general”. Se llama historia el decir “el mango está delicioso (“qué hizo o le sucedió a Alcíbiades”)”; ficción, “el mango es delicioso ( “a qué tipo de hombres les ocurre decir o hacer tales o cuáles cosas”)” (Aristóteles, Poética).

La primera disciplina establece un hecho singular y único; la segunda, un enunciado universal. En Aristóteles, la ley dual de la poética regula el pensamiento. Lo regula de manera tan implacable que la actualidad la recita sin citarla.

En el siglo XXI, la distinción fronteriza la mantiene una policía de aduana en términos dispares a los antiguos. En efecto, la discrepancia cobra un sesgo diverso e inédito, pero conserva el antagonismo dual.

Se llama historia a la verdad en pintura; ficción, a su subversión pese a que el escritor sea conservador. Las temáticas que la historia censura, la ficción las recobra como asuntos propios. Uno de sus propósitos consiste en expresar el retorno de lo reprimido. La ficción reinscribe la huella que los hechos históricos borran adrede.

Un ejemplo típico lo ofrece Pacunes. Estampas campestres de Cuscatlán (1973; ilustraciones anónimas) de Ramón González Montalvo (1908-2007). El libro consta de una breve introducción —ishco, acaso del náhuat-pipil ix “ojo, semilla, brote”— y de dieciocho cuentos, dieciséis nacionales y dos chapines.


Dos temáticas que ignora la historia social destacan en los relatos, a saber: el amor y la sexualidad, así como la cuestión racial. Si la raza la oculta el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto, el deseo amoroso lo esconde el disimulo beato. En El Salvador no existe “raza e historia”; tampoco existe una “historia de la sexualidad”.

Ambos tópicos son ficciones para un determinismo sociológico que niega el cuerpo humano sexuado. Si la raza aflora al revelar el emblema mismo de Cuzcatlán, el amor lo hace en la relación naturaleza-cultura y en la vida diaria. Surge en el quehacer agrícola del hombre en una tierra feminizada que perfora al sembrar. Aparece cada madrugada con la Nixtamalera, Venus en su versión de estrella matutina.

A la noción de un cuerpo humano sexuado —“más filosófica que la historia” (Aristóteles)— la ficción agrega la del mundo. No hay ficción sin una mundanidad —corporal y terrestre— que siempre enmarca el hecho histórico.

A continuación, se desglosan la negritud como emblema de lo salvadoreño y la violencia sexual como premisa silenciosa de lo social. Según el epígrafe inicial, la historia en boga aboga porque su memoria olvide “ciertas cosas” que “pertenecen al pasado” (Barón Castro (La población de El Salvador, 1942/1978), “la aportación negra no fue muy abundante”). Así se lo impone una práctica científica selectiva de las fuentes primarias y de las temáticas a investigar.

I. Negritud

Para tres grandes escritores clásicos, la negritud se halla a flor de tierra en El Salvador. Los documentos primarios excluidos de la historia social son tan obvios como el silencio que los esconde. Se trata de Salarrué, Julio Enrique Ávila y el propio González Montalvo.

No importa que el primero ingrese a la memoria histórica mundial, que el segundo invente el nombre poético del país, el Pulgarcito de América, ni que el tercero escriba la “novela campestre mejor dispuesta técnicamente” (Juan Felipe Toruño, Desarrollo literario de El Salvador (1958)).

Importa que el olvido de la negritud corone la memoria para que haya un hecho histórico total. La triple referencia a lo africano la refrendan el sandinismo de Gustavo Alemán Bolaños en El oso ruso (1944) y el sindicalismo estalinista de Miguel A. Ibarra en Cafetos en flor (1947). Ambas novelas sobre la Matanza o etnocidio de 1932 jamás las citan los más célebres libros de historia.

I. I. Salarrué

En primer lugar, se halla el Salarrué de 1932 cuya única novela la tacha la historia al referir los eventos ocurridos ese mismo año: Remotando el Uluán. Si la lectura habitual invoca una “alegoría esotérica o teosófica”, es porque niega la presencia de una mujer afro-descendiente en la mística del autor.

La espiritualidad del hombre blanco la cimienta el cuerpo sexuado de la mujer “negra”. He aquí la represión que la ciencia de la historia le encomienda a la ficción.

Abriendo aguas vírgenes […] tras algunas caricias y mimos irresistibles [en el] fumbultaje musical con Gnarda, perfectamente negra y perfectamente bella [quien] iba desnuda como toda mujer”, la coloqué acostada ”en la glorieta del deseo”. Salarrué remota “el Uluán”; “encantador el viaje” de ingreso “a las nebrunas sensuales y a las alectaras sensitivas” de “la minería” femenina. “Se unieron nuestros labios y nos besamos […] desde aquel día fue para mí doblemente encantador el viaje […] habiendo llegado una mañana a […] una abertura circular [¿la vulva?] que tenía el aspecto de laguna”.

La fantasía consigna que el viaje astral del hombre lo impulsa el sexo de la mujer. El espíritu viril lo promueve el cuerpo “débil”. Lo blanco asciende en la medida en que lo negro lo sustenta, en una obvia oposición complementaria: hombre-blanco-vestido-espíritu vs. mujer-negra-desnuda-cuerpo.

La etnia, afro-descendiente, y el género, femenino, son dos ficciones que completan la historia de 1932. Existe la mujer; existe la afro-descendiente pese a todo tachón que la memoria histórica efectúa de los archivos nacionales.

I. II. Ávila

En segundo lugar, se halla el nombre literario del país que la historia-ficción le atribuye a la poeta chilena Gabriela Mistral sin base documental. Por una clara razón de prestigio literario, se le niega la autoría a Julio Enrique Ávila, poeta de la primera vanguardia literaria salvadoreña (Toruño, 1958, Gallegos Valdés, Panorama de la literatura salvadoreña (1981)).

Su alocución poética la declama en la Radio Nacional el 15 de septiembre de 1937 en honor al “Benefactor de la Patria”: el general Maximiliano Hernández Martínez. Se publica en La República. Suplemento del Diario Oficial.

El texto lo reproduce la revista Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América (1939), que defiende la matanza de 1932 en nombre del verdadero comunismo, el teosófico, y de la soberanía nacional asediada por “el oso ruso” (véase ilustración y Alemán Bolaños (1944)).

También lo reedita Saúl Flores (Ed.) en sus Lecturas nacionales (1938, más de quince ediciones), dedicadas originalmente al general José Tomás Calderón (véase: Toruño, Poesía negra, ensayo y antología (1953), cuyo apoyo intelectual al general Martínez denuncia Ibarra (1947) para refrendar el enlace paradójico entre martinismo y negritud literaria). 


 

No sólo el texto de Ávila reclama el símbolo del bálsamo —“el negro elíxir”— como emblemático del país. Aún más, la edición de Cypactly se acompaña de una ilustración de Ricardo Contreras. Una mujer de origen africano —por su color de piel y sus labios abultados— personifica la patria salvadoreña.

Si la resina del bálsamo a penas insinúa el matiz característico del país, la figura plástica femenina lo vuelve patente. El Salvador no existe sin una negritud silenciosa que lo exprese. He ahí una nueva represión de la historia social que aflora en la ficción.

De una “negra bella y desnuda” —quien le ofrece su “abertura circular” al hombre blanco vestido— a un rostro ennegrecido y pelo “murucho” trenzado, el motivo no varía. La mujer afro-descendiente concurre como figura clave de lo salvadoreño en la ficción.

I. III. González Montalvo

De los indicios naturales de lo negro, la descripción transita haca la huella patente de la negritud en el cuerpo humano según la narrativa del autor.

I. III. I. De los indicios naturales…

En tercer lugar, este mismo atributo africano inaugura la narrativa de Pacunes (¿sapindus saponaria?, semilla tóxica) Como semilla y ojo a la vez, de su color “negro” y “áspero” brotan todas las “estampas campestres de Cuscatlán”. La negritud es el humus subterráneo que abona una identidad campesina. Es la mirada furtiva.

La negritud no sólo instituye el prisma ocular (ix) que visualiza el campo salvadoreño: “el cristal con que se mira”. No sólo fija la simiente (ix) de su fertilidad. También describe a múltiples personajes que afónicos circulan en ese territorio.

Desde el principio se aluden indicios a manera de síntomas somnolientos. Hay un toro cobrizo que desafía el límite de lo humano. Hay otro toro que afirma la libertad animal ante la tortura que le impone la civilización.

El “yugo y la puya” le destinan la muerte en nombre del progreso y de su rentabilidad. Hay cercos de piedras negras como las semillas de pacunes.

Hay caballos retintos oscuros quienes relinchan su protesta. Hay “espíritus errantes de la noche” en “augurio escalofriante” del retorno espectral de los antepasados muertos.

Existe una noche lúgubre, tan oscura que jamás la ilumina la luz de la razón histórica. Existe la noche y el sueño espeluznante, luego de la fatiga bajo el sol abrasador en “la cochina carreta de la vida”.

I. III. II. … Al cuerpo humano

Los indicios originarios de una “vida negra” los completan los personajes afro-descendientes, en su mayoría femeninos. La mujer de Toribio es “prieta”, “negra” como azabache. No se trata de un uso metafórico de la palabra.

Así lo confirma “la negra que sacude a su hombre”. Es “morocha y enfadada” y su “cuerpo sandunguero” se mueve a un ritmo musical muy distinto a la cadencia de la esposa “blanca” del patrón.

Al son melódico de “la negra” no se contrapone la utopía de una sociedad sin raza. En “la negra”, la identidad biológica no declara una cláusula invisible de los derechos humanos ni de su libertad. Tal dispositivo bio-político proviene de una ciudad letrada urbana que confunde la biología con la sociología.

**

Algo le sucede al materialismo histórico al idealizar la fusión étnico-racial —el mestizaje— como antesala de la liberación social (Roque Dalton (El Salvador (monografía), 1963/1965), “no existe pues en El Salvador un problema indígena” ni afro-descendiente), A. D. Marroquín (Apreciación de la independencia salvadoreña, 1974), “El Salvador […] sin pigmentación de piel” ni “pardos’ a la hora de la “emancipación” y J. Arias Gómez (Farabundo Martí, 1996), “comunidad de sangre o raza cultural”, etc.). Algo le sucede al diluir toda problemática étnica y de género en una cuestión de clase.

Un movimiento telúrico resquebraja los principios del marxismo salvadoreño clásico al entremezclar lo orgánico con lo social (“marxismo primitivo” lo llama A. García Linera (“El desencuentro de dos razones revolucionarias: indianismo y marxismo”, 2007)). “La doctrina racista a la inversa” presupone que “la tara de la degeneración […] vincula[da] al mestizaje” se revierta hacia una “una humanidad sin distinción de raza” (C. Lévi-Strauss (Raza e historia, 1952)).

La extinción de las razas y etnias se identifica a la extinción de las clases. Pero rara vez, la “relación de causa-efecto” se aplica según el “plano biológico” que haría de toda nación una “monotonía uniforme” sin “optimum de diversidad” (Lévi-Strauss).

Los argumentos liberales de la igualdad racial —¿el mestizaje absoluto/melting pot?— no contagia el ritmo de “la negra”. La negación de la diferencia étnica tampoco se vuelve un ideal de libertad para los afro-descendientes. La bio-política de la homogeneidad racial le resulta ajena a su concepto de justicia social. A una nación (de nacer), casi nunca le corresponde una cultura, una lengua, una religión, una raza, etc.

***

En González Montalvo, “la negra” mantiene su cadencia y su sueño campesino en “junio”, “como en enero” agregaría el poeta. Ella no anhela tinte blanco alguno que le destiña la piel. Tampoco desea alisarse el pelo crespo ni acentuar su color claro.

Tales atributos corporales los exhibe la “esposa del patrón”. “Rubia. Blanca. Primorosa. Toda ella delicada, frágil, como esas flores traídas de países extraños”, a los ojos de los campesinos que se remuerden al observar su cuerpo “lujuriante”. Pero a “la negra” ese semblante físico la tiene sin cuidado.

El verdadero sueño campesino imagina el derecho a una parcela. “La potranca, la novilla que se hará vaca y más tarde, el de la yunta de toretes para labrar la tierra”. La cuestión esencial la determina el derecho inalienable a la tierra y a su cultivo.

De la presencia acallada en el 32 —de cuyo liderazgo sindical-estalinista testimonia Ibarra— a la insignia plástica del Pulgarcito de América, la negritud culmina en lo cotidiano. La vida diaria campesina transcurre por el cauce de una simiente afro-descendiente imperceptible para la historia. Sólo la ficción se atreve a reportarla. La escritura poética transcribe su afonía rítmica y sus voces silenciadas (de González Montalvo, véase: Las tinajas (1935/1956/1977/1994), novela que de paso describe a campistos “mulato”, “negrito” y “negro”).


II. Violencia sexual

¿Y dónde habís aprendido que una mujer no quiere fuerza? Aunque sea de mentira le gusta sentirse dominada… la sumisión completa de la hembra frente al macho que la desea y la disputa [define nuestra identidad nacional]. Ramón González Montalvo, Barbasco (1960).

El ideal del amor lo expresaría “la negra que sacude a su hombre” guiada por la utopía suprema de arraigarse en una parcela de tierra cultivada. Empero, este modelo no siempre se realiza en los relatos. La relación amorosa implica a veces que el olvido intervenga como mediador de la pareja.

El epígrafe inicial —la amnesia histórica— guía la reconciliación del hombre con su esposa al efectuar una tabula rasa de su pasado bochornoso. Sin esta tachadura, la pareja no cumple su cometido en el presente ni se proyecta hacia el futuro. El recuerdo es el primer escollo del amor; el olvido, su triunfo.

Si esa violencia contra el pasado resulta peligrosa —pero necesaria— la pasión se agrava al exigir que el hombre se jacte de su masculinidad. “Los hombres nus curan”, declara una mujer “prieta” y “negra” quien desafía a su marido a cambiar de vestido ante su cobardía. “Te vua pasar las naguas y me das los calzones”.

El travestismo refiere a un hombre débil quien no desempeña su quehacer de “luchar a brazo partido” por una mujer. La razón femenina reclama que el hombre pelee por poseerla y guardarla a su lado.

Corvo en mano”, Toribio defiende su bien más preciado: la mujer. Exacerbada por la opresión social, la violencia viril entre iguales acrecienta el desamparo campesino. “Necesito tu sangre”, le grita a su contrincante, mientras su esposa confirma que “ése era su hombre”: “macho cimarrón, vengativo y potente”.

La masculinidad campesina sella la violencia entre iguales, así como su entrañable amistad. A la lucha frontal por “acaparar las chicas del valle” y sus “cuerpos morenos —“la crueldad con que la vida nos ata” al machete vengador— le prosigue la camaradería al percatarse del engaño seductor femenino.

El desquite que trama Felipe contra El Cuico concluye en un cariño entrañable entre los antiguos enemigos. Los reúne el desengaño amoroso ante una mujer que “coqueteaba con todo el que le hacía el velorio”.

Otro caso sintomático de amistad masculina —metafórico quizás— liga a dos trabajadores en un vínculo de “padre e hijo” al “hacer temblar la montaña”. “Pencón” y cachimbón”, el hijo adoptivo aprende el oficio viril de talar la selva, de igual manera que se conquistan mujeres.

No en vano, “dar fuego a estos” terrenos designa a la letra el sistema tradicional de roza que quema la vegetación antes de la siembra. En sentido figurado, nombra el “enamorar mujeres”. “Naguas que me encabritaban nuestaba a gusto hasta que las levantaba”, el campesino hace alarde de su virilidad juvenil hoy en el recuerdo. Presume de la violación sexual y del rapto.

Hay que jactarse de las “heridas” y de las “cicatrices” impresas en el cuerpo varonil para obtener un reconocimiento social entre los hombres. No se es hombre por predestinación biológica. La cultura imprime su huella indeleble en el pergamino de la piel.

En el cuerpo vivo de cada habitante se descifra un libro de historia que la historia llama ficción. “Burrunches de heridas, cada una me arrecuerda un amor distinto”. En un país con un alto grado de feminicidio, el abuso sexual constituye un rubro esencial de la masculinidad.

A la mujer seductora le corresponde la muerte; al hombre violador, “los tostones del patrón”. Como lo remata el último cuento, en el mundo trágico de Centro América, Eros y Tánatos se sueldan en unidad indisoluble. En un mundo dual, el día y la noche, el goce y el martirio, el amor y la muerte, etc. se reúnen en una conjunción de los opuestos que estipula su choque violento y su transformación.

La historia del amor —escrita en el cuerpo— la historia la olvida. La vida es un cuento; su representación científica, la única verdad. Una historia del cuerpo humano sin tapujos parece ser un quehacer de la ficción…

III. Coda

Hay un olvido múltiple; un olvido objetivo. Lo peor, hay que olvidar que se olvida para que el simulacro de las ciencias sociales sea infalible. Olvido del mundo. Olvido del cuerpo humano. Olvido de la diversidad racial y étnica, ni indianismo ni negritud, etc. Olvido de todo deseo. Olvido del amor. Olvido de la mujer. Olvido en la denegación que olvida. Tales sin varios preceptos que la historia le lega a la ficción.