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jueves, 15 de marzo de 2012

DOSCIENTOS AÑOS DE LA PRIMERA CONSTITUCION DE VENEZUELA. ROSCIO NIEVES, ARQUITECTO INSTITUCIONAL DE LA REPUBLICA


Conferencia leida en el Primer Ciclo de Conferencias
Dimensiones de Juan Germán Roscio Nieves
Museo Bolivariano, Caracas, 16 de noviembre 2011
Despacho del Viceministro para África
Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores

Adolfo Rodríguez


Hace falta ese estudio de la vida de Juan Germán Roscio que relate cómo se templó su personalidad desde niño anónimo en su Tiznados natal hasta el instante en que Bolívar lo consagra con los calificativos que más puede preciar quien se esfuerza en apuntalar una república naciente. Ese rango de “virtuoso ciudadano”, “grandeza de (…) alma” y “superioridad” que destaca El Correo del Orinoco en su obituario del 21 de abril de 1821. Reinaldo José Bolívar (2011) ha escrito avances en función de esa posible biografía.
Nydia Ruiz (1996) indaga en las conversiones que experimentan sus posturas políticas. Pero cabe las interrogantes acerca de cómo esa evolución opera desde la cotidianidad de quien fue marginal en una sociedad cerrada como la colonia venezolana, en la que, sin embargo Roscio establece nexos con sectores poderosos, algunos de cuyos miembros, a su modo, transitan desde el monarquismo absoluto hacia el republicanismo. Clase aparte la transfiguración de Roscio hasta hacerse de una lucidez, insólita en su medio, que no se agota en teorías como sucede en casi todo trabajador intelectual, si no que se expone generando pistas para toma de decisiones en instantes en que vacilar es perder como observó Bolívar. Entendemos así que Roscio sea tan efectivo tanto en ejecutorias como en la gestación de escritos fundacionales del nuevo estado. Y luce inconmovible ante reveses, maledicencias, torturas y duros ajetreos interpuestos en la búsqueda del trascendente ideal. Bien lo dice El Correo en la edición mencionada que “ni las cadenas y mazmorras, ni las miserias y trabajos llegaron a abatir jamás su impávida firmeza o a desviarle un punto de la senda del honor”. Aunado a una sapiencia que lo unge “magistrado íntegro”, “patriota eminente”, para la vigilia indispensable ante las pulsaciones de su obra y cuanto concurre a constituirla: ni un solo respiro que no vaya en “servicio de la patria” como establece dicha necrología. El toque distintivo que influyó en nuestros comienzos republicanos. Irreductible en defender “los derechos de la humanidad”, que lo inducen a reconocer méritos sin importarle rangos, pieles, género, status o sitios. Debatiendo hasta con el desleal sobre los términos en que debe cifrarse cualquier pacto institucional como hace ante los insurrectos de Valencia.
Tallado de sí mismo, autodescubrimiento y forja que va desde el modo de recibir, ordenar, objetivar y trasmitir las representaciones que los grupos sociales se hacen de la realidad hasta dar, como observa Ruiz, con “la presentación de un proyecto político otro, de base secular e ilustrada: … independentista, liberal y republicano”. Una “realidad social alternativa” que inserta en lo natural, en oposición a cierta ¨conciencia errónea¨. Anhelo que una vez sentado se reproduce “en el tiempo indefinidamente, precisamente por ser la realización de ¨lo natural¨ en tanto que obra divina, en la política. … sistema de principios abstractos a la espera de ser puestos en práctica, donde el libre juego de las individualidades voluntariamente asociadas” da “paso a la eclosión de las facultades y potencialidades humanas” (p. 136-7). Su perspicacia, convicciones y sabiduría lo ponen en la eventualidad de emprender hechos y sentar cátedra que obliga a la admiración de adversarios como a temblar “tiranos” según pondera el mismo Correo. Idoneidad derivada de esa tensión del alma a la que se empeña hasta dar con un ars dialéctica que le permite argumentar y emitir las palabras según el momento, destinatarios, asuntos o acciones a emprender. Como aquella vez en que explicando juramentos a favor de Fernando VII, el 15 de julio de 1808 y el 19 de abril de 1810, con una oración breve, sobria y tajante asentó que “el primero lo arrancó la fuerza y el segundo la ignorancia”.
O en aquella proclama, en que, ostentando la condición de Vicepresidente de Colombia, se dirige a los habitantes de la Villa del Rosario, anunciando en 25 líneas, la instalación del Congreso General. Sus dotes literarias y disponibilidad para lo emergente y preciso, ofrece, a sus proclamados, un dictado, a modo de inscripción lapidaria, que sirva para enorgullecerse ante la historia: “Aquí se obraron las más importantes transacciones del nuevo Estado, se consolidó la unión de Cundinamarca, Quito y Venezuela: aquí su independencia y soberanía quedaron selladas de un modo solemne y definitivo; aquí fueron aprobados los tratados de paz y reconocimiento de esta nueva nación”
Parra Márquez (1952) asegura que Roscio se adueña “completamente de la escena” el 18 de abril de 1810: se incorpora con el doctor José Félix Sosa a los conjurados y se autotitula Diputado del Pueblo, habiendo sido quien sugiere atraerse al canónigo Madariaga, a quien el médico realista José Domingo Díaz (1961) pondera como hombre formado por la naturaleza para la rebelión, “con un exterior que manifestaba las más severas virtudes, con unas costumbres aparentemente austeras, con un espíritu audaz” y otros consideraciones, no tan simpáticas, estimando a Roscio, “igual en cualidades (…) aunque de más talentos y conocimientos” (p. 68-9).
Relata Parra Pérez (1959) que Roscio, Sosa y Madariaga “sin ningún derecho en la asamblea, proponen la formación de una junta gubernativa presidida por Emparan, -última concesión a la autoridad legítima…” (p. 383). Los llama “diputados intrusos” que, acompañados de Francisco José Ribas, “se apoderan del mando, distribuyen órdenes, arrestan funcionarios…. Disponen el cierre de las iglesias y la suspensión de las procesiones… en obsequio de la religión, del Rey y de la amable Patria” (p. 87)
Es como Roscio deviene en redactor del Acta de ese día, que no declara la independencia, pero trasluce ya “intención autonomista” (p. 9). Constituyen una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII, rey depuesto por Bonaparte, colándose, en dicha acta, la noción de “soberanía del pueblo” y la posibilidad de un gobierno “más conforme con la voluntad general del pueblo”. Por lo que Roscio califica tal gesta de “mascarada”. Justificando el 6 de mayo “la heroica resolución“de Caracas como el “principio de las más que han de consolidar la independencia y la libertad de la América Española, contra los ataques caprichosos de la tiranía y la opresión que gravitan sobre la desgraciada Europa”. Expresando que “por el tiempo y la naturaleza” estos “lugares de la tierra” o “esta parte del globo” facilitan la conservación de “la libertad” y repelen “ventajosamente los abusos del despotismo y la arbitrariedad”. Amén “de su riqueza y su poder” y ventajas para el comercio. Señalando el Obispo Coll y Pratt, como “atrevidos”, los “escritos oficiales” de “uno solo de los supuestos diputados del pueblo, Juan Germán Roscio”.
De Armas Chitty (1992) sostiene que “La Sociedad Patriótica parece haber tenido origen en un decreto de Roscio del 11 de agosto de 1810 orientado a estimular la agricultura y las artes:
“Ha determinado la suprema Junta, que se forme y establezca una Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía, que teniendo por bien principal el adelantamiento de todos los ramos de industria rural de que es susceptible el clima de Venezuela, se extienda también en sus investigaciones a cuanto pueda ser objeto de un honrado, celoso y bien entendido patriotismo”. Institución a la cual asistían mulatos, negros y mujeres (ib. 71)
El 27 de abril Roscio es designado para ocupar la Secretaría de Relaciones Exteriores de dicha Junta y es quien envía comisiones diplomáticas al exterior en solicitud de respaldos para la causa independentista y comunica a Bello su designación el 5 de Junio de 1810 como Oficial Primero de dicha Secretaría, para integrar la representación que va a Londres. No alcanza aún su destino, el futuro gramático, cuando Roscio le escribe el 29 de Junio al “amigo y compañero”, informándole sobre incidencias del proceso revolucionario, los argumentos de América para ser libre, la salud de sus familiares. Texto anticipatorio, donde Roscio, conocedor de las dimensiones intelectuales de su joven interlocutor, le insta a incrementar su capacidad en aquello que más útil sea para fundar la nación: “Ilústrese para que ilustre a su patria”.
Blanco y Azpurua (1875-1877) califica a Roscio como “uno de nuestros maestros en la cruzada magna regeneradora de Sudamérica en el presente siglo; el hombre pensador de 1810; el infatigable atleta de la causa americana, que consagró su cabeza, su pluma y gran parte de su vida a la enseñanza del pueblo en sus derechos y deberes, principal fundador de la República” (T. III, p 466). Lo apasionaba el proselitismo, la instrucción de los ciudadanos y la contrapropaganda: el tercero de los textos políticos incluido en el tomo II de sus “Obras” (1956) es “Pensamientos sobre una biblioteca pública en Caracas”, que circula en los días subsiguientes al 19 de Abril de 1810. Considera que “la ilustración general es uno de los polos de nuestra regeneración civil” y “todos la desean”. Y por cuanto “El pueblo de Caracas ha demostrado ya suficientemente que está pronto a sacrificar su vida, su comodidad y sus bienes para promover y sostener todo cuanto pueda contribuir a consolidar la resolución que tomó el 19 de abril; todos deben instruirse para servir a la patria con la utilidad que desean, y ella merece; y por consiguiente no debe esperarse que rehúsen una suscripción, los que miren el establecimiento de la biblioteca como el único medio de propagar la ilustración” Que “todos los ciudadanos, sin distinciones de clases, tendrán derecho a concurrir a leer a la biblioteca, diariamente desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde, excepto los domingos, días festivos y jueves. Nadie será admitido con capa, y a todos se suministrará tintero, pluma, papel, para extractos o apuntes”. Impreso que incluye orientación para quienes quisiesen suscribirse
Opinando en cartas de esos días que “Para la reforma de las costumbres es menester recurrir a la educación de la juventud, porque las pasiones desordenadas y envejecidas en otra gente de mayor calibre no adquieren esta curación radical con facilitad” (Epistolario II, 236)
El espíritu igualitarista que anima ese proyecto se mantiene en Roscio durante el resto de sus días. De manera tal que en su obra de 1817 argumenta que una autoridad es legítima si favorece a todos: “el bien común, la necesidad y utilidad pública, justifican el proceder de aquellos que adornados de la virtud y talento correspondiente, se aventuran a los riesgos de la administración” (Roscio, 1983, p 333).
Anheloso de disipar resistencia de las provincias de Maracaibo, Guayana y Coro (“esos infelices pueblos” como los denomina por resistirse a la independencia), cree forzoso el poderío de las armas, como en la nota precedente, pero en la mayoría de sus escritos, priva su fe en “la opinión pública” a favor de “la independencia y la libertad civil” (Epistolario II, 182).
Su genio creador ondea hacia donde más se le necesite y en junio redacta la Alocución y Reglamento para la Elección de Diputados al Primer Congreso de Venezuela, que ha de proveer “una consideración sólida, respetable, ordenada que restablezca de todo punto la tranquilidad y confianza, que mejore nuestras instituciones y a cuya sombra podamos aguardar a la disipación de las borrascas políticas que están sacudiendo el universo”. Texto que para el biógrafo Pernalete (2008.) se trata de “un pequeño instructivo para un proceso electoral” de carácter moderno, como nunca se había realizado en el continente americano, “donde las personas podían elegir sus autoridades” (p. 48). Expresando Gil Fortoul (1976) que “La alocución que con el objeto de las elecciones dirigió la Junta Suprema y el reglamento correspondiente redactados por Roscio son el origen y fuente del derecho electoral venezolano. Trata aquella la forma que fue preciso darle al primer gobierno revolucionario e indica la manera de convertirlo en verdadera institución nacional” (T. I, p. 233). . .
El Congreso se reúne el 2 de marzo de 1811 y el 25 de junio, Roscio, como representante por Calabozo, interviene en los debates para argumentar la abdicación de Fernando VII como la razón de que se restituya “a los pueblos sus derechos”, y aún así, tales pueblos “permanecieron fieles contra sí mismos”. Mas los acontecimientos imponen la necesidad de Declarar la Independencia. Roscio expresa: “Me parece inútil hablar sobre la justicia de nuestra causa, todos creo que están convencidos de ella… que es asunto propio nuestro, cualquiera resolución que tomemos relativa a nuestra suerte”-
Su dinamismo, talento y formación lo ungen en redactor de documentos sustanciales que dan origen a la primera república como otros que sirven de argumentación para que un pueblo largamente aletargado asuma su derecho a la rebelión y a la autodeterminación. Empecinado descuartizador de arbitrariedades instituidas y, desde luego, forjador de cuantos razonamientos concurren a constituirnos como nación soberana e independiente. Estudió, procesó y divulgó. Supo cernir y reinterpretar en función de experiencias vividas.
Con la Declaración surgen varias comisiones: Roscio con Isnardi para explicar la decisión tomada; Otra también con Roscio, Isnardi y Fernando Rodríguez del Toro para redactar el Acta de la Independencia y una tercera también con Roscio, Gabriel de Ponte y Francisco Xavier de Ustáriz para sentar las bases y principios de nuestra primera constitución, cuya redacción definitiva es confiada a Isnardi. Aunque se cree que la redacta Roscio. Documento en el cual se defiende, como en otros de sus escritos, la tesis federalista. Cree Parra Márquez (1.971), que influido por la Constitución de Filadelfia aprobada en 1.787 y presentada por Roscio y otros constituyentistas ante la Secretaría del Congreso (p. 9)
Parra Pérez (1959) considera que La República debe a Roscio “entre mil servicios, la redacción del Acta de la Independencia y del Manifiesto que hace al mundo la Confederación (T. I, p. 479).
Redacta, además “El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes”, según Grases (1974), uno ¨de los escritos más significativos del pensamiento” de este prócer, fechado en el Palacio Federal de Venezuela, el 18 de septiembre de 1811 y dirigido a la municipalidad de Nirgua, población del actual Estado Yaracuy, que se había adherido al movimiento insurreccional del 11 de julio contra la Independencia y estaba siendo incitada por sacerdotes, en defensa de la religión, supuestamente afrentada. Roscio emprende, desde entonces, un vasto operativo doctrinal con vistas a desengañar al pueblo y “desvanecer el error de que ser republicano era pecado”. Idea que retoma en su magna obra editada en 1817 en Filadelfia.
Con Uztáriz, Paúl y De Ponte es redactor de “el reglamento provisorio sobre división de poderes” así como “El Plan de Confederación proyectado para Venezuela”, denominado también “Bases de la Federación” encargado por la Junta Suprema a Roscio, Sanz, De Ponte y Uztáriz. Documentos, al parecer, desaparecidos según Carole Leal (2011). Autora ésta para quien Fernando Peñalver, Ustáriz, Roscio, Yanes, Sata y Antonio Nicolás Briceño representan “los puntales doctrinarios y fundamentales de ese constituyente en lo tocante a la concepción del proyecto constitucional, del pacto confederal y del arreglo federal”. De ese “primer constituyente” o Congreso de 1811, dice Luis Castro Leiva, que procede “nuestro proceso de legitimación fundamental”, un proceso decisivo para comprender la concepción de libertad que allí nos fue legada” (Leal, C, ibid, p. 52).
Aunque la percepción de Roscio acerca de la carta magna que debía acomodarse a Venezuela parece provenir de cuidadosas reflexiones, a partir de vivencias personales, la gente que lo rodeaba, la naturaleza del país y una que otra lectura bien macerada. Amén de audaces posturas que sólo tendrán debido esclarecimiento años más tarde, como ésta referida al determinismo geográfico:
“El clima tampoco debe tener influjo en las leyes constitucionales, y destructivas del despotismo, porque ningún clima está destinado para la esclavitud; es sólo el clima de ignorancia, fanatismo y preocupación que influye a favor de la servidumbre y tiranía” (Carta a DG el 15.2.1812, Epistolario 249-251).
Destaca el historiador Meza Dorta, G. (2007) que para hablar de “democracia en Venezuela” es imposible pasar por alto “lo sucedido entre 1812 y 1813”- Puntualizando que “el proceso político venezolano que va de 1808 a 1812 reúne todo el cuerpo doctrinal de la democracia moderna; más aún: establece con carácter premonitorio la llamada democracia deliberativa, que algunos llaman participativa”. Enfatizando que “todas las ideas fundadoras de la democracia están allí, si entendemos por tal la división de poderes, los derechos humanos, la tolerancia, la libertad de pensamiento y la libertad de culto” (p. 48). Para este historiador “el éxito en el 5 de julio está vinculado a la trascendencia de sus propias ideas” que enumera en las pp. 58-9. Que en tal proceso no hubo anarquía, sino ideas y propósitos claros: liberarse de la colonia para asumir la soberanía, reconstruir la vida civil, eliminar la tradición autoritaria, acabar con la sociedad jerarquizada y estamentista, sustituyéndola por una igualitaria y democrática; construir un nuevo estado republicano, evitar el despotismo y sus diversas modalidades (pp. 94-5). Estimando que aunque “los fundadores no pudieron gobernar… dejaron un legado intelectual hasta ahora insuperable” (p. 188). Meza es partícipe de la tesis de que “la independencia fue un proceso lento pero firme, que desató sus amarras el 19 de abril y el 5 de julio, en cuyo contenido están los presupuestos básicos de una democracia republicana”
A su retorno a Venezuela a fines de 1818, Roscio es designado por Bolívar Director General en Rentas, equivalente al de Ministro de Hacienda. Asimismo es miembro del Consejo de Estado e integrante de la comisión encargada de redactar el reglamento para las elecciones de representantes para el próximo Congreso. Es electo diputado por la provincia de Caracas y demuestra en Angosturas “dotes parlamentarias y su experiencia política” al decir de Parra Márquez (1971, p. 12).
Se ocupa entonces de traducir, en hechos de estado, ideas en cuanto a religión y comienza la tarea de convenir con el vaticano un concordato, en su condición de Primer Canciller de la República. .
De su ansiedad por el manejo escrupuloso de los bienes públicos hay testimonios elocuentes. Un prurito de austeridad y contención que parece abrevado en el modo de ser de sus paisanos llaneros. Pero también en su conocimiento de la historia universal: comentando en su libro de 1817 que ¨mientras fueron pobres los romanos conservaron la integridad y pureza de su disciplina. Fueron virtuosos republicanos, mientras que, contentos con su frugalidad primitiva, abominaron del lujo. Se corrompieron cuando traspasaron los límites de la sobriedad. Abundaron entonces los crímenes y empezó la decadencia de su libertad¨ Un imperativo de ¨honesta mediocridad¨ en cuanto ¨a posesión de grandes riquezas¨ (p. 283- 4)
Ética irreductible que expresa en sentencias como aquella de que ¨por más lucrativa y útil que sea una mentira, jamás tenemos derecho a decirla, y sostenerla¨ (p. 334).
En mayo de 1820 Revenga informa a Bolívar que “el Sr. Roscio se adhiere a la ley, y parece no tener parientes ni amigos. Disgusta por consiguiente a todos los empleados, a quienes de continuo predica el cumplimiento de su obligación”. Agregando que se resienten “los que estaban acostumbrados al despilfarro en los recursos del gobierno. ¿Será que no conviene ser Catón al presente? Yo creo que si hemos de tener República son necesarios muchos Catones”.
Del 13 de septiembre de 1820 es la carta de Bolívar a Santander, donde define a Roscio como “un Catón prematuro en una república en que no hay leyes ni costumbres romanas”, como reconviniéndole alguna tozudez moral que podría estrellarse contra la realidad como otras convicciones que el mismo Roscio, convenía en reservarse. Un elogio, pero también advertencia frente a alguna temeridad del tiznadeño. En la Carta de Jamaica, parece aludirlo Bolívar cuando se queja de que la Primera República hubiese contado con ¨filósofos por Jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados¨
Es de los redactores del periódico con el cual El Libertador emprende la batalla decisiva por el proyecto emancipador: El Correo del Orinoco, mientras otra vez es representante en el Congreso que funda la macronación que Bolívar llama la Gran Colombia. Siendo su vicepresidente, sus pasiones libertarias cesan en un instante supremo de su fulgurante elipsis de mártir, fundador y ejecutor de un anhelo permanente en el marco de la audaz y justiciera radicalidad que quiso imprimirle.
BIBLIOGRAFIA CITADA
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BOLÍVAR, Reinaldo José (2011), Los olvidados del Bicentenario: Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana.
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De Armas Chitty, J. A (1992). La Independencia de Venezuela. Caracas: Editorial MAPFRE.
DÍAZ, José Domingo (1961). Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
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Gil Fortoul, José (1976) Historia Constitucional de Venezuela. México.
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GRASES, Pedro (1992). “Prefacio”, en UGALDE, Luis S. J. (1992). El pensamiento teológico-político de Juan Germán Roscio. Caracas: Ediciones La Casa de Bello.
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ROSCIO, J. G (1974). “El Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes”, en GRASES, Pedro (1974). Libros y Libertad. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, pp. 114-128.
(Publicado en Caracas por Juan Baillío, Impresor del Supremo Congreso de Venezuela, 1811, 22 p., 19 cm)
RODRIGUEZ, Adolfo. Juan Germán Roscio: el máximo constituyentista venezolano. San Juan de los Morros: Consejo Legislativo del Estado Guárico, 2011.
ROSCIO, J. G. (1953). Obras. Caracas: Publicaciones de la Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana, 2 t.
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VALERO MARTINEZ, Arturo (2008). Juan Germán Roscio: prócer civil de la Independencia de Venezuela. Caracas: Gráficas Tao S. A.

sábado, 25 de febrero de 2012

Las diferencias entre Roscio y Miranda, una aproximación a través de la relación epistolar de Roscio con Andrés Bello

Ponencia Presentada en el
Ciclo de Conferencias Dimensiones de Juan Germán Roscio
Primer Prócer Civil de la República
(San Juan de los Morros, 24 de febrero del 2012)
Despacho del Viceministro para África
del Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores
Sociedad Bolivariana del Estado Guárico

Jeroh Juan Montilla
Investigar en historia requiere un desapasionamiento sostenido, y muchísimo más es su necesidad cuando llega el momento de realizar los análisis respectivos y establecer las apreciaciones finales. Esta actitud constituye un requisito ético para quien aspira a visualizar las elusivas y complicadas verdades que generan el estudio de series, sistemas, acontecimientos y personajes históricos. No hay que olvidar que el historiador oscila forzosamente entre la musa del narrador y la lupa o cuchilla del científico. El ejercicio de un más o menos acertado estilo historiográfico requiere evitar en lo posible las trampas de la emotividad política o los engañosos vericuetos de la neutralidad intelectual.
En el estudio de la historia venezolana el periodo independentista constituye una cantera propicia para forjar mitos de todos los gustos, mitos tanto exaltadores como encubridores. En muchos casos esto a las claras es intencional, consciente, responde a intereses, pero en otros se deja ver la existencia de una especie de inconsciente profesional que arropa el ejercicio de lo historiográfico. Un inconsciente en todo el sentido freudiano del término, claramente represor y censurador, que solo sabe expresarse a través de lo simbólico, con su férrea sintaxis y categorías de lo correcto.
Juan Germán Roscio
Todavía el discurso historiográfico venezolano, aun aquel que se proclama insurgente, sigue encabalgado sobre un modelo de permanente y sobreactuada reverencia ante los vencedores. A pesar de la penetración de corrientes de muy diverso cuño, el discurso historiográfico sobre el periodo mencionado no deja de ser modelado por el viejo ritornelo romántico. Se apuesta en el fondo a incrementar la sacralización del periodo, y hasta la novedosa visibilización de los excluidos a veces tiende a democratizar la idolatría romántica, a aumentar el número de residentes de nuestro Olimpo patriótico. Se ha escrito mucha historia para la divinización y muy poca para la humanización. La historia no es meramente un propósito de bronces y mármoles, sino también un asunto donde se debaten razones y vísceras. No es el cumplimiento de la felicidad o la fatalidad de un irreversible destino sino la más cruda y fascinante contingencia de lo humano. La certidumbre en estos tiempos parece requerir cierta dosis de irreverencia.
Un aspecto poco profundizado en lo que respecta al periodo antes mencionado es el que toca las relaciones internas de la política patriótica, ese mundillo de antagonismos personales y grupales que una veces roe y otra fortalece contingentemente la consecución de los propósitos generales. La parte viva donde la política de los actores del momento deja ver sus abstractas sublimidades entrelazadas con las carnales excrecencias de sus apasionamientos. La situación dentro de las filas patriotas no era el ejercicio ejemplar de un acuerdo permanente, sino que los desacuerdos eran un verdadero caldo de cultivo donde se escenifica una puja de intereses y poderes grupales y personales. Eran verdaderamente seres de carne y hueso, capaces de equivocaciones e injusticias. Este marasmo debe estudiarse y exponerse profunda, serena y ampliamente, sin los frenos de los compromisos ideológicos, ni los temores sobre lo políticamente correcto o incorrecto. Esta problemática situación en el bando patriota se ha trasladado al discurso de los historiadores, estos toman partido por uno u otro grupo, por uno u otro personaje. Son comunes los términos exaltatorios o los descalificadores, calificativos como fidelidad o traición son las expresiones que terminan por sintetizar superficialmente situaciones y personajes. El poder discursivo de los historiadores ha establecido dos irreconciliables panteones, el de los mentirosos y el de los sinceros, el de los héroes falsos y el de los verdaderos. Olvidándose que establecer lo absoluto en lo ético siempre está en una confrontación insoluble con lo contingente de la política.

Andrés Bello
El caso de las diferencias o antagonismos entre Juan Germán Roscio y Francisco de Miranda es paradigmático, ha inclinado, en muchos trabajos, la balanza historiográfica a favor del Generalísimo en detrimento del jurista Roscio. Por ejemplo dos emblemáticos historiadores como Augusto Mijares y Mariano Picón Salas, tildan de imprudente, cruel y envidioso a Roscio por sus apreciaciones sobre Miranda. El historiador Reinaldo José Bolívar (2010) frente a esta situación expresa acertadamente que: “Contraponer la figura de Juan Germán Roscio con la de Francisco de Miranda ha sido uno de los elementos que más daño ha hecho a la objetividad histórica con la cual debe estudiarse al héroe guariqueño” (pág. 100) Constituyendo esto una puntada más sobre el velo de olvido con que se ha cubierto la figura de este importante venezolano en la celebración bicentenaria de la independencia. El autor llega a preguntarse el porqué de tanta omisión sobre esta figura, hace de su texto, Los olvidados del Bicentenario, todo un intento de establecer contrargumentos ante lo que pueda mancillar la imagen patriótica de Roscio. Lo hace con la intención de cerrar este capítulo de equivocaciones e injusticias historiográficas, tal es su empeño que en el subtítulo de su libro comienza con la expresión juicio final. Por cierto, solo en el ámbito sagrado de la Biblia es donde se concibe el juicio final, entre los contingentes y mudables seres humanos el juicio final histórico es un imposible, creo que la imagen de Roscio estará permanente haciendo historia, siendo sometida irremediablemente a las distintas figuraciones que les dieran en gana establecer a los futuros venezolanos. Ahora bien, en el contexto temporal que vivimos la respuesta es simple, está exclusión solo responde a ese mecanismos que arriba llamo lo inconsciente en los profesionales venezolanos de la historia, expresado en una obsesiva exaltación de lo militar sobre lo civil, al parecer el ejercicio sangriento de las armas resulta más cónsono con la vieja idea Olímpica del proceso independentista que el árido confrontar de razones de los intelectuales de aquel momento. La misma figura de Miranda padece ese mismo tratamiento, un elemento fascinante, como es la aventura intelectual que revelan sus escritos, a través de diarios y proyectos políticos, es opacada por su accidentado trajinar del militarista en los distintos frentes europeos. Sin embargo, vemos, como ejemplo de una nueva tendencia, que dos historiadores entre otros, Carlos Pernalete e Inés Quintero, en las biografías que ambos escriben de Roscio y Miranda, la situación conflictiva es tratada abiertamente, con más mesura, sin tomar partido por uno u otro, sino mas bien desnudando las causas en que se apoyaron para realizarlas. El propósito ahora es intentar aproximarnos a este episodio de la historia venezolana e intentar hurgar un poco más en las motivaciones que animaron a tan importantes protagonistas. Parafraseando a Unamuno cuando estudia a Kant, podemos decir que nuestro interés está colocado más en los hombres Roscio y Miranda, hombres de corazón y cabeza, que en los abstractos roles del tribuno y del Generalísimo. Interesan más los seres de carne hueso que los ya inmortales que se debaten por su precaria eternidad.
Francisco de Miranda
Cuando Juan Germán Roscio ejerce la Secretaría de Relaciones Exteriores en Caracas escribe seis cartas a Andrés Bello, mientras este último realiza gestiones diplomáticas a nombre de la Junta Suprema de Caracas en Londres. De esta correspondencia nos atraen especialmente dos, la del 9 de junio y la del 31 de julio del año 1811. Esta corta pero intensa relación epistolar primeramente deja ver una profunda confianza entre estos dos prohombres. Roscio inicia su primera carta del día 29 de junio de 1810 con la expresión: Amigo y compañero Bello. Se nota en ella un tono de confianza propio de la camaradería política, donde le informa sus preocupaciones ante lo que ocurre en España y sobre la actitud y acontecimientos en las provincias disidentes a la causa separatista. En el resto de las cartas Roscio cambia su expresión inicial por una más afectuosa: Mi amado Bello. A excepción de la del 31 de julio donde añade a la anterior expresión las palabras: compatriota y amigo. Vemos como los lazos de amorosa intimidad fraterna son reforzados con el sentir patriota. Roscio parece apelar a este sentimiento político ante el carácter de las severas expresiones que va emitir a continuación. Esta carta es la más extensa y la que deja al descubierto de modo crudo y sincero las duras opiniones de Roscio ante las actividades de Miranda. Son diversos los hechos que en esta carta Roscio evalúa del proceder político del Generalísimo. Aquí, por asunto de espacio, vamos a tratar solo dos aspectos de esta correspondencia. Es innegable la fuerte decepción que atraviesa todas las líneas que se refieren a Miranda. En el segundo párrafo Roscio relata la actitud desagradecida de Miranda ante los beneficios conferidos:
Pero en ninguno de nuestros periódicos habrá V. leído, ni leerá siquiera una acción de gracias por estos beneficios, porque el beneficiado no ha producido ningún rasgo de gratitud que inspira el derecho natural. Él había protestado en su primera instancia que dirigió desde esa corte, y en la segunda que hizo en La Guaira, solicitando permiso para venir a esta ciudad, que su ánimo era el de colocarse en la clase de simple ciudadano, y pasar entre los suyos el último resto de su vida. Pero cuando recibió el grado y sueldos referidos, no estaba todavía contento, porque aspiraba al de General de primera clase y al sueldo que los Tenientes Generales debían tener en América con arreglo a las ordenanzas de España. (Bello, Andrés (1984) Pág. 28, tomo XXV)
Pienso que hasta cierto punto es una ingenuidad por parte de Roscio creer que un hombre de fuertes inquietudes políticas como Francisco de Miranda llegue al país a conformarse con ser un simple ciudadano. Es explicable las falsas promesas de este, para nadie es un secreto que Miranda desde su estancia en Europa inspiraba recelo dentro de los cenáculos independentistas caraqueños. Quintero (2001) dice:
Respecto a Miranda, las recomendaciones verbales habían sido que se defendiesen de él o aprovechasen su concurso ‘…solo de algún modo que fuese decente a su comisión’, según se lo manifestó Andrés Bello muchos años después a su biógrafo Miguel Luis de Amunátegui. (Pág. 77)
Es obvio que Bello y Roscio comparten entonces la misma desconfianza política sobre Miranda. Es también evidente las razones de este recelo, Miranda se movía por el mundo solicitando a distintas naciones ayudas para un proyecto independentista americano, proyecto noble pero de fuerte acento personalista. Tampoco es desconocido el fuerte empeño de este para imponer sus ideas. No es para nosotros hoy una consternación ni desmerita su figura reconocer la particular pedantería de Miranda. Aquella serie de gestos prepotentes, distintos a la cortesía criolla, debieron parecerle un horror de mala educación a Roscio. Ahora bien las iniciativas políticas del Miranda por el mundo estaban plagadas de zigzags, impuestos por las maniobras propias de la política internacional, aparte que implicaban de fondo la peligrosa tutela de las potencias europeas. Todo esto generaba mucha suspicacia, y daba soterrados argumento a sus opositores dentro del bando independentista. Ahora el uso del ardid de decir algo para ganar tiempo y hacer posteriormente lo contrario es la norma usual que ha dictado la conveniencia entre los políticos, digamos que esa misma estratagema es la que usan hábilmente los patriotas frente a España, simulan en un primer momento defender los derechos de Fernando VII, y posteriormente de acuerdo a como evolucionan los acontecimientos en la península las cosas en Caracas van derivando ha desatar paulatinamente el nudo colonial.
El otro elemento a destacar son las aseveraciones que Roscio emite sobre la Sociedad Patriótica y las actuaciones de Miranda en esta. De este organismo dice:
Tolerada por el gobierno la tertulia patriótica con el deseo de que trabajase algunos planes de Constitución, de Confederación, o de otro objeto importante a caracas y Venezuela, tomó algún cuerpo, y degeneró en un mimo de gobierno, o censor de sus operaciones. Pero este exceso nació de algunos miembros del Congreso, que lo eran también de la tertulia, y que resentidos de no haber prevalecido su opinión en el Cuerpo Legislativo, la reproducían en aquella sociedad, hallaban apoyadores, y censuraban las resoluciones de la Diputación General de Venezuela. Algo se ha moderado este exceso. Su número pasa de 200 y nada ha hecho en utilidad de Venezuela ni de ninguna de sus provincias. (Bello, Andrés (1984) Pág. 32, tomo XXV)
Roscio rechaza de plano las actuaciones de la Sociedad Patriótica, la considera un organismo de extremistas que pretenden acelerar imprudentemente el proceso de transformación social y político. Una especie de cofradía de jacobinos criollos alborotadores. Roscio más adelante, en la misma carta, informa con cierto sarcasmo que el mismo Miranda habiendo sido propuesto como presidente de la Sociedad Patriótica no llegó ni alcanzar los votos para vicepresidente. Que solo a través de maniobras de prensa, la ayuda de los Ribas y haber ganado la opinión de los pardos puedo obtener finalmente la presidencia de la misma, Roscio remata llamándola velorio patriótico. Califica a sus miembros de “…jugadores de gobierno, semejante a muchachos que remedan las Juras, los avances, los ensayos militares, las maromas y volantines, los diablitos y gigantes, las tarascas y otras funciones religiosas, y profanas.” (Bello, Andrés (1984) Pág. 33, tomo XXV) Realmente estos calificativos que achacan infantilidad política a los miembros de este nutrido club responden en Roscio a una concepción particular del ejercicio de la política donde la mesura y el cálculo marcan el ritmo de sus acciones. En cambio Miranda se mueve como pez en el agua dentro del mundo contradictorio del club patriótico. Hombre formado bajo fragor idealista de la ilustración, ama la polémica y el debate de las ideas. El pensamiento político de Roscio se alza sobre un piso teológico de revolucionaria amplitud pero que mantiene el carácter sobrio de la religión católica dominante. Miranda es el sospechoso de masonería, tiene la calificación de ateo, es llamado irreligioso por Roscio, sin embargo, hay que decirlo, es un convencido creyente de la libertad en las prácticas religiosas. Es un diletante político, un entusiasta que sabe que hacer política es un constante tejemaneje, una interminable maraña haceres. La desmesura del verbo mirandino toma su mejor prueba en los debates del Congreso donde llega hasta sufrir la agresión de una bofetada por parte del presbítero y diputado Ramón Ignacio Méndez, y todo por su encendida e impaciente propuesta de asumir sin más dilaciones la independencia. Es interesante apreciar a través de esta carta que a pesar de estar unidos en el negocio público de la independencia hay una especie de distanciamiento moral entre las familias mantuanas caraqueñas, se señala de un lado a los escandalizadores y del otro a los decentes: Roscio al final de la carta, después de una disgregación en otros temas, dice: “Vuelvo a Miranda para decir a V. que su actual conducta trae la desconfianza de la mayor y mas sana parte del vecindario. Sus amigos más notables son los Toros, los Ribas Herrera y los Bolívares. Diseminador de la discordia y chisme, no da un paso de conciliación.” (Bello, Andrés (1984) pág. 38, tomo XXV) Vaya patota de amigos que tenía Miranda, esta camada alborotadora son los muchachos que comandaran los destinos inmediatos del país. Esta cita deja traslucir lo tan humano que eran estos hombres que toman la iniciativa de fraguar las bases políticas de Venezuela, personalmente los percibos más próximos, me identifico más con ellos, porque los siento mis iguales morales al momento de confrontar nuestras virtudes y miserias históricas.
Vemos entonces, para finalizar, dos concepciones distintas de lo político, cruzadas de la acritud lógica de las diferencias, pero que es un asunto circunstancial, porque como siempre los criterios políticos están atrapados bajo el imperio de las circunstancias. Puede que para junio de 1811 la desconfianza y la pugnacidad marcara los pareceres, pero por esa magia que dan los acontecimientos ya para el 31 de julio Roscio tiene una opinión distinta de Francisco de Miranda, dice en la carta de esa fecha: “Después de mi prolija carta entró Miranda en el Congreso como diputado de uno de los territorios capitulares de Barcelona, y su conducta en este encargo le granjeó mejor concepto. Se portaba bien y discurría sabiamente…” (Bello, Andrés (1984) Pág. 40, tomo XXV) Párrafos más adelante Roscio habla de las opiniones divididas ante la acción militar de Francisco de Miranda en la toma de la alzada Valencia, como siempre los pasos del Generalísimo van tener exaltadores y vituperadores al mismo tiempo. Esta expresión de que Miranda ahora se portaba bien tiene su explicación lógica, ya Miranda para el momento está en una situación distinta, ya está más dentro del aparato gubernamental y ejerce funciones hasta militares, forma parte de la porción más comprometida del gobierno. Al año siguiente los dos forman parte del triunvirato y tienen que decir juntos el espinoso asunto de la capitulación ante Monteverde. Dos caracteres distintos marcados por la exclusión racial de la sociedad mantuana, pero que desde el principio al fin las circunstancias los reúne para trazar un párrafo importante de la historia venezolana.
BIBLIOGRAFIA
Bello, Andrés (1984) Obras completas. Caracas: Fundación La Casa de Bello.
Bolívar, Reinaldo José (2010) Los olvidados del Bicentenario. Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Cardozo, Manuel (1991) Juan Germán Roscio, prócer de la moral y el civismo. Caracas: Ediciones Trípode.
Flores, Jonás (2007) Postura de la iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Pernalete, Carlos (2008) Juan Germán Roscio. Caracas: El Nacional.
Picón Salas, Mariano (S.f.) Francisco de Miranda. S.c.: Cuarto Festival del libro venezolano.
Quintero, Inés (2006) Francisco de Miranda. Caracas: El Nacional.
Rodríguez, Adolfo (2007) Juan Germán Roscio, el máximo constituyente venezolano. San Juan de los Morros: Alcaldía Bolivariana de Roscio.
Roscio, Juan Germán (1983) El triunfo de la libertad sobre el despotismo. Caracas: Monte Ávila.
Ugalde, Luis (1992) El pensamiento teológico político de Juan Germán Roscio. Caracas: La Casa de Bello.

sábado, 28 de agosto de 2010

INICIAN CAMPAÑA PARA REPATRIAR RESTOS DE JUAN GERMÁN ROSCIO

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El VI Encuentro de Cronistas, historiadores e investigadores realizado en Ortiz y el diario El Nacionalista iniciaron una campaña que eleve el clamor del pueblo guariqueño para que los restos de Juan Germán Roscio sean devueltos a su patria natal y se le confieran los honores del Panteón Nacional.
Guárico es el segundo estado que se pronuncia por esta iniciativa, luego de Táchira, cuando el diputado e historiador Pedro Freser, hizo el planteamiento a la presidenta del Parlamento, Cecilia Flores, para impulsar esta solicitud a la Asamblea Nacional para que las cenizas de este insigne venezolano sean repatriadas y llevadas al monumento nacional.
Los retos Juan Germán Roscio reposan en la Capilla de Santa Ana, en Villa de Rosario, Colombia, donde el guariqueño falleció a causa de paludismo el 0 de Marzo de 1821.
La iniciativa de trasladar los restos del insigne patricio guariqueño, conocido como "el Canciller de la Republica", fue presentada por la plenaria del VI Encuentro de Cronistas, Historiadores e Investigadores en el municipio Ortiz, durante las festividades patronales de esta población.

El actual cronista de Ortiz, Fernando Rodríguez, explicó en su programa radial Semblanzas Orticeñas, que se transmite por Imagen 1.01 FM, la campaña que promueve para "dar realce" a la "identidad nacional" y "reconocer el aporte de este guariqueño al país", objetivos asociados al traslado de los restos de este ciudadano civil que debería de descansar
al lado del Libertador y de todos los héroes de la Independencia.
La Unidad de Investigaciones de El Diario El Nacionalista inició esta semana una campaña publicitaria, a través de un cintillo, con la finalidad de promover prontamente las gestiones para que su memoria sea elevada al Panteón Nacional, junto al Libertador y demás prohombres de la Independencia.
A parte de esta campaña, el director del rotativo, Leonardo “Lalo” González, anunció que, también, se promoverá la publicación de un libro que recoja el pensamiento, la vida y obra del prócer guariqueño y que, este sentido, el diario está publicando una serie de artículos escritos por cronistas e historiadores trataran de acercar este personaje con sus lectores.
Fin/