Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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viernes, 24 de octubre de 2025

EL NUEVO ROSTRO DEL PODER: LA PRESIÓN HÍBRIDA SOBRE VENEZUELA

 Humbert E. Urdaneta F.

24/10/2025


En el tablero de la geopolítica contemporánea, las invasiones han cambiado de forma. Hoy han dejado de anunciarse con tanques en las fronteras o con misiles sobre las ciudades. El poder se ejerce hoy de manera “sutil”, calculada, sobre todo, persistente. En nuestro país, caso venezolano, lo que se configura no lleva a pensar, por ahora, que sea una ofensiva militar directa, sino una estrategia de presión híbrida: una combinación que incumbe sanciones económicas, operaciones encubiertas, campañas de desinformación, guerra psicológica, movimientos diplomáticos y apoyo para actores políticos internos.
Este tipo de presión no busca la destrucción del adversario, sino algo mucho más complejo: su debilitamiento progresivo. La idea es mantener al país bajo un constante estado de tensión, donde cada crisis interna se amplifique y cada intento de estabilidad se ve interrumpido. Es una guerra sin declaratoria, pero con consecuencias amplias y de alto impacto social.
El primer frente de esta presión es el económico. Las sanciones impuestas por Estados Unidos y otros de sus aliados, restringen el acceso de Venezuela a los mercados internacionales y afecta directamente el funcionamiento del Estado, sus ingresos y su capacidad de maniobra. Aunque se presentan como medidas “selectivas”, su impacto se siente en todos los niveles de la vida nacional: desde la capacidad de importar/exportar alimentos, medicinas, insumos agrícolas o repuestos para la industria, hasta la estabilidad precarizada del sistema financiero.
Pero más allá del daño material, las sanciones cumplen un propósito simbólico: transmitir al mundo la idea de un país aislado, castigado, inmanejable. Es el poder blando del descrédito, que prepara el terreno para las otras dimensiones del conflicto.
La segunda capa de esta estrategia se libra en el terreno de la información. Las campañas de desinformación difundidas por medios, redes sociales y actores políticos buscan erosionar la legitimidad institucional y sembrar desconfianza entre los propios ciudadanos. El objetivo es doble: debilitar la cohesión interna y moldear la percepción externa del país.
En este sentido, la guerra híbrida se parece más a una batalla por los significados que por los territorios. Se disputa el símbolo, la creencia, el relato, la narrativa, el derecho a definir qué está pasando. Y en esa disputa, los algoritmos son tan importantes como los ejércitos.
La diplomacia también forma parte de esta red de presión. Las alianzas se reconfiguran, los apoyos se condicionan, y los organismos multilaterales se convierten en escenarios de legitimación o aislamiento. En paralelo, Washington apuesta al fortalecimiento de actores internos capaces de sostener un discurso alternativo al poder central. No se trata necesariamente de promover una sustitución inmediata, sino de mantener un foco de inestabilidad política constante.
Este equilibrio inestable funciona como una pinza: mientras la economía se asfixia y la narrativa internacional se controla, la presión política interna se mantiene viva.
Venezuela vive, así, un tipo de guerra que no se declara oficialmente, pero que se percibe en la cotidianidad. Es una guerra de desgaste, de largo plazo, donde las fronteras entre lo político, lo económico y lo militar se diluyen. En este contexto, para nosotros los venezolanos y venezolanas, el poder ya no se mide en tanques ni soldados, sino en capacidad de resistencia.
La pregunta no es si habrá una invasión, sino cuánto tiempo puede sostenerse una sociedad sometida a una presión múltiple y constante. Lo híbrido de la estrategia radica precisamente en eso: en su ambigüedad. No se sabe dónde empieza ni cuándo termina, pero sus efectos se acumulan, moldeando el comportamiento colectivo y la percepción del futuro.
En este escenario, Venezuela se enfrenta a un desafío que no es solo político, sino también cultural y psicológico: mantener la cohesión social en medio del asedio simbólico. Resistir ya no significa solo defender un territorio, sino preservar una identidad, una narrativa propia frente a la imposición de otra.
La historia enseña que las guerras cambian de forma, pero no de propósito. El poder siempre busca dominio, aunque ahora lo haga a través del lenguaje, la economía o los acuerdos. Lo que vemos hoy no es el fin de las invasiones, sino su transformación. Y en ese nuevo orden de conflictos invisibles, la presión híbrida es la forma más sofisticada del control contemporáneo y Venezuela esta dando ejemplos de resistencia.

martes, 9 de abril de 2019

PAÍS PUYAO

Tibisay Vargas Rojas

5:30 a.m. Un olor me despierta, y no es a café… Desde que tengo uso de razón madrugo, pero en ello interviene no sólo mi ritmo circadiano, sino un aroma mundialmente reconocido como gratificante del espíritu: el de café recién colado. Y empleo este término porque si bien las mil y un formas de prepararlo permiten también la concordia aromática, desde las “expreso” de las panaderías, a las “moka” hogareñas, aquí en la provincia una manga de batista blanca tiene la insuperable condición de lograr un colado incomparable de la aromática bebida, permitiendo disfrutarla mucho antes de servirla en la taza, y es que las partículas en suspensión al caer desde la altura del “burrito” o soporte donde descansa la manga, tienen la condición de dispersarse generosamente llegando a distancias increíbles, como en esta madrugada de hoy, asaltando mi ventana del quinto piso junto al canto de los gallos.
En el garabateo inicial de esto que escribo, inicié con una negación: “no es a café”, se preguntarán entonces por qué toda la parrafada siguiente sobre la aromática bebida… y es que lo que algún vecino colaba para dar inicio a su jornada, tomándolo como café, no lo era. Me precio de buen olfato, y sé distinguir el brebaje del arbusto sabeo, de pócimas infames de cuanto grano tostado o quemado quieran sustituirle. Si bien ha sido práctica de tramposos comerciantes que rinden su mercancía adicionando maíz, cebada, o en el peor de los casos alguna leguminosa tostada al noble grano del café, en este “tiempo del cólera” que transitamos ha proliferado la inescrupulosidad, la falta de respeto, el engaño… ¿a quién se engaña?, ¿por qué?, y la respuesta me lleva a una consideración odiosa: el daño es general, el país se ha acostumbrado al daño, a dañar, y ser dañado.
Puedo parecer excesiva, dura, pero estoy apuntando a una realidad conocida y sufrida por todos. Quien me desmienta, miente. Volviendo al tema del café, yo misma he sido víctima del timo comprando en el tiempo de mayor escasez y carestía del producto, un “artesanal” que primorosamente empaquetado adquirí a unos vendedores que decían provenir de los andes, y que instalados en una camioneta lo expendían a quienes formábamos la larga fila que se perdía a vuelta de esquina, esperanzados en la nobleza del mismo y de los campechanos vendedores. Cierto es que faltaba el inconfundible aroma, pero lo adjudiqué a que el primer envoltorio, plástico, además del segundo, de corteza y cibaque de cambur, lo atenuaban. Caí por inocente. Al llegar a mi hogar y destaparlo para colocarlo en el pote destinado en mi cocina al café, la primera desagradable sorpresa al retirar la preciosa cubierta de corteza de cambur: ese color desvaído no auguraba nada bueno…, pero no se comparó a cuando desgarré el empaquetado plástico: allí estaba el olor inconfundible a frijol quemado, quizá picado de gorgojos, adicionado a borra de café, con un mínimo porcentaje de verdadero café tostado, y creo que ya concedo muchísimo al enumerar esto último. Me habían timado. Gasté una parte considerable del efectivo que tanto me costó lograr luego de medio día de tortura en el banco. Compré café “puyao”.
El término “puyao” se refiere por estas latitudes a la adulteración, es un regionalismo, una expresión criolla que se extiende a innumerables situaciones donde la trampa, el engaño, el “gato por liebre”, esté presente. No ha sido maña exclusiva de sectores menos privilegiados, no. En muchas ocasiones llegué a escuchar de reuniones sociales donde el whisky trajeado en la botella de un Johnnie mayor de edad, sólo tenía del caminante la etiqueta, porque no llegaba ni al gateo de un Charles… mejor no digo… Y así ha sido este mal del puyao que tiene en este momento condición de epidemia nacional. Todo está adulterado, es de dudosa procedencia, angustiosa falsificación que instala el espíritu en la más abyecta situación a que el humano se someta: la costumbre.
Las técnicas Tavistock han tenido en la población venezolana un caldo de cultivo muy provechoso. Repasando la gama de formas de lavado de cerebro masivo a que nos han sometido desde hace décadas, la de “acostumbrarnos a”, ha sido la más acertada para maquiavélicos fines. Nos hemos acostumbrado a cortes de energía eléctrica, a falta de agua, de alimentos, de medicinas, de educación, a “colas”, a maltrato, a represión… y no es por estoicismo, no, es por la acomodaticia y pérfida costumbre. Todos hemos sido testigos de las conversaciones en las colas: “En el cronograma de cortes eléctricos dicen que hoy será de nueve a doce de la noche… Qué bueno que no es en hora bancaria…” Y ahí está el “Qué bueno” haciendo su tarea. O: “Qué bueno que ya es último de mes, y llega la caja del CLAP…”, “No conseguimos azúcar en ninguna parte, pero qué bueno que así fue, nos enfermamos menos…” Será que nunca se va a expresar: “Qué malo que quitan la luz”, “qué malo que tenemos que someternos al CLAP”, “qué malo que no puedo comerme el dulce que me dé la gana…”, ¿Cuánto falta para que digamos: “qué bueno que nos someten, que nos maltratan, que nos matan”? Ya no es el café. Ya es el país entero, la conciencia, el espíritu, el puyao.

sábado, 23 de marzo de 2013

CONGRESO DE VENEZOLANIDADES



Adolfo Rodríguez


So riesgo a estar fuera de orden, me atrevo a opinar sobre la posibilidad de alternativas ante el desmadre representado por la galopante inseguridad. Un alud loco, que, dando tumbos, a diestra y siniestra, desmerece niveles de bienestar, salud,  calidad de vida, certidumbre, buen humor, confianza en uno mismo y en todo lo demás. Es como si los asideros estuviesen lullidos, sueltos o cortados  y urge repararlos o  reponerlos. Esos colgaderos que aportaba la tradición, las buenas costumbres y una ética que amalgamaba modos étnicos con valores duraderos. Por lo que apelo al dilema entre diferencialismo e  identidad y cuantos enfoques dialécticos, cuánticos o el que sea orienten hacia la necesidad de complementar y no reñir. Los modos en que se compartía, cohabitaba o coexistía, entre rutinas de quehacer sencillo y que, a muchas comunidades, contribuía para sortear atollos,  encallejonamientos o crisis. Praxis que bien puede, a mi entender, remediarnos en la tarea de poner algo de orden ante la caída y mesa limpia con que se nos emplaza por doquier. Privó lucidez, entre pueblos, cuyo modus operandi se expresaba en mucho espontaneismo y mínima manipulación. Sigilo, sapiencia y destrezas que falta hace ante la obligación de que becerros y vacas se atengan a lo que el toro traiga   Sugiriendo, como emergencias paliadoras, retomar habilidades que permitían convivir con la naturaleza no atrofiándola sin misericordia. Hurgar en cuanta cultura hubo o persiste, cuya racionalidad residió en garantizar soportes para la reproducción indefinida del ámbito propio y el ajeno. Modos de subsistir compatibles con la madre tierra. Vasto espectro, grande o en pequeño, que contribuya a detectar  expresiones socioculturales redundantes a tal fin. Las prácticas que cristalizaban en solidaridad, comprensión mutua e inter-fecundación, de acuerdo con calificativo y significación propuestos por el antropólogo E. E. Mosonyi para definir  etnicidad en buen sentido. Piedras preciosas del buen vivir que relucen, a veces, en el habla popular, conversatorios de esquina, sitios de espera, áreas de recreación, alguna tenida, conciencia que hubo o anda en ciernes como arsenal epistemológico del que podemos enorgullecernos. Reciclaje aplicable a cualquier rincón del mundo y soñamos para en Venezuela, que amaine  tanta tirria, tanto agarrarse por quítame estas pajas, tanto “esta raya es mi mamá y el que la pise se gana un tentequieto”, etc. etc, que lleva más de quinientos años de pobre historicidad.  Ese balance y administración que asumiría un organismo equiparable a esas convenciones, que convocamos cada vez que tenemos el agua al cuello y devienen en reajuste de la carta magna. Foro Abierto, Permanente y Participativo, no excluyente, consensuado que legitime su pertinencia y continuidad. Codificador flexible para la presencia activa, renovable y renovadora, en función del debate diario, con ideas y vivencias concretas y viables. Poder constituyente, no constituido, que sopese, oriente, canalice, al margen de enceguecido esquematismo. Feria del saber, no de rabias, al que converjan individualidades o colectivos de comprobable valor patrimonial, en la búsqueda del difuso e inasible ethos nacional. Dinámica centro-federal, con expresiones a nivel espacial, según conveniencias y posibilidades, para encuentros de Orientalidad, Valencianidad, Llaneridad, Zulianidad, Barloventeñidad, Andinidad, Corianidad y demás expresiones de localismo, regionalidad y hasta binacionalidad, conducente a un Gran Congreso de Venezolanidades, a modo de fragua de lo que, para los actuales tiempos, procede crear y comunicar. Crisol de ingeniosidad,  en que, surucas bien removidas, iluminarán pistas con qué caracterizarnos sin préstamos ni lentes ajenos. Reto que apunta hacia universidades, academias, gremios, ateneos, medios de comunicación, fundaciones, entes y personas que compartan este llamado.