Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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lunes, 18 de abril de 2011

Voces y paredes carcomidas

FANTASMAS DE VILLEGAS
Alberto Hernández

** Adriana Blanco Uribe se pasea por el Oratorio de Nuestra Señora de Dolores. De aquellos tiempos, los muros dolientes, agarrados y sostenidos por una vegetación quejosa.
** Las ruinas permanecen ante los ojos de estos tiempos modernos, ajados por la desidia y el olvido.
El sol recoge las cicatrices de las paredes. Montones de tiempo en tejas y adobes escondidos entre bejucos y tristeza acumulada.
Se advierte entre los escombros el paseo lento de Nuestra Señora de Dolores, semidesnuda, heridos sus pies y roto el traje por espinas y mordiscos de la intemperie.
Un poco antes de saber de Turmero, a cortas leguas del sudor de bestias y arreos, la Hacienda Villegas tentaba un río. Por allí desnucaban las noches y los ruidos de metales nunca escuchados.
Ruinas de la Hacienda Villeguitas en Turmero
Un parpadeo incesante se agolpa en las ruinas de la vieja mansión ubicada entre Maracay y Turmero. Aún de día el susurro de dama antañona, entre rezos y caídas de hojas y ramas de los grandes árboles.
Del trapiche el olor fermentado de la caña, la melcocha y el ron, mientras la osadía de las horas instalaba el vapor de la cocina.
Antes era sólo un samán y el río pesaroso contra las piedras. Ya era 1593 y se llamó Villegas, por arcabucero y cristiano.
Después se supo de la virgen, agregada a la contemplación y demás ajetreos del cacao y otras magias tropicales. Extendido en el patio bajo el sol acérrimo, dorado por las manos oscuras, recogido con el rocío de todas las mañanas visibles.
La sotana del obispo Mariano Martí supo de los barrizales, de la horaria y tardía sequedad del polvo. Venido de Cagua para ofrendar sus preces a quien llamaban señora en pleno campo de provincia recién revelada.
El 9 de junio de 1781, el sacerdote recaudador de nombres, historias y paseos cristianos llegó a la casona de Villegas. “Salimos del pueblo de Cagua a las cinco y media de la mañana y llegamos al Oratorio de doña Adriana Blanco Uribe en el Sitio de Villegas, a las seis y media de la misma mañana”.
Un quejido hondo traspasa las paredes donde aún están los pasos de la virgen. La vestimenta roída roza los muros cavernosos, invadidos hoy de cigarrones y bandidos. Zárate aguanta el caballo para saber de esas paredes impenetrables.
Arcos ojivales, las sombras detenidas, huellas de carretas, oraciones, mientras el olor del cacao se desprende hacia los montes y asalta la mirada del adobe calado.
Hoy, sin historia, el Sitio de Villegas es un instante, un reojo de desgano.

domingo, 15 de agosto de 2010

Aquellas horas de la vieja radio

PEDRO INFANTE EN MARACAY, LA PASCUA Y VILLA DE CURA



Alberto Hernández

** El actor y cantor azteca estuvo en Maracay, Valle de la Pascua y Villa de Cura, donde dejó pequeñas historias casi borradas por la desmemoria. Los cronistas de estas poblaciones están en la obligación de buscar más datos para establecer las actividades y eventos que el conocido artista cumplió en esas comunidades en la década de los años 40.

Digamos que la memoria se encuneta. Se hace peregrinación, olvido, en medio de tantos desbarajustes del tiempo. Así lo descifra quien escribe la crónica y pasa a ser sólo un trozo muy pequeño de esta ciudad que navega entre tantos naufragios. Digamos, sí, que por esta ciudad, desde que tiene geometría urbana, ha sido protagonista de eventos que nadie recuerda. O que no son motivo de preocupación, más allá de que quien diga o rasguñe sea corto de vista o predestinado a meterse en lo que lo conviene, como muchas veces le han dicha a éste entrometido, quien sin ser de Maracay sueña con ella y la reconstruye desde las pesadillas que la han habitado siempre.
Alguien, remotamente, recuerda el año 48 y habla de la inauguración del Teatro Principal, donde se llegaron a presentar importantes agrupaciones musicales provenientes de varis partes del país. Por ejemplo, como decía en una nota dedicada al maestro de la guitarra Augusto Larrazábal, se trataba de un “Lujoso escenario deregia decoración y magnífica proyección, sonido perfecto, selección escrupulosa de películas, cómodos asientos”, como anunciaba a diario la publicidad de “Melodías” que circulaba por Valencia, Puerto Cabello y Maracay. Publicidad que hacía un recuento de los artistas locales y nacionales.
Pero así como el teatro Principal, conocido por los de la época como Cine Principal, muy cerca del Teatro de la Ópera, también la radio cumplió su cometido cultural y social en aquella Maracay rural, gomera aún, llena de anécdotas y silencios procurados por las dictaduras. Las radios tenían un teatro de variedades, como el de Radio Maracay, donde se estrenó el Dúo Vargas- Larrazábal, por ejemplo, por aquel año de 1946.



Pedro Infante en Radio Maracay

La foto dice mucho. En la imagen aparece el cantante y actor mexicano, rodeado de la gente de Maracay de aquella década de los años 40. Allí también aparece un hombre con una guitarra, al lado del artista azteca. Frente a uno de esos micrófonos cuadrados, está el Pedro Infante de las películas de acción, de amor y canciones. Uno imagina la emoción de aquellos maracayeros. Oírlo cantar una ranchera o un bolero a pocos centímetros. El de la guitarra es nada más y nada menos que Augusto Larrazábal, quien acompañó a muchos cantantes en esa mimas emisora, entre ellos Paco Vidal, Tony Aguilar, Leo Marini, Sofía Álvarez, Alfredo Sadel, Héctor Murga, Héctor Monteverde, Héctor Cabrera, Edith Salcedo, Lorenzo Herrera, Pedro Noguera, Julio Jaramillo, Félix Carrión.

El mexicano en Valle de la Pascua y Villa de Cura

No tenemos anécdotas del cantante en Maracay, pero sí tengo de primera mano unos datos –probablemente forman parte de la ficción, pero nos llevan a imaginar su certeza- que revelan la presencia de Pedro Infante en Valle de la Pascua, probablemente el mismo tiempo que estuvo en Maracay. Al parecer, Infante se hospedó en la posada de Corita, un personaje muy conocido en la ciudad guariqueña, quien cocinaba que daba gusto. Las muchachas del pueblo, fascinadas con la llegada del cantor, se llegaron hasta la puerta del pequeño hotel y allí vieron al Pedro Infante en pantalones cortos, lo que produjo un revuelo en las féminas. Salieron asustadas porque acabañan de ver a Pedro Infante desnudo, en interiores, cuando se trataba de un short. Claro, no existía esa costumbre en nuestros predios. Otros comentan que estaba hospedado, no sé, en el Hotel Comercio. Espero que los cronistas de La Pascua me corrijan. Es posible que haya cantado en Radio La Pascua o en algún club. Eso está por saberse.
Existen también pequeñas historias del mexicano en Villa de Cura. En una oportunidad, Mario Suárez me comentó su participación con el cantante azteca en un cine-teatro de esa población aragüeña, pero he perdido la ruta y tendría que revisar viejos papeles.
Queda el compromiso en el aire. Buscar, indagar, hasta dar con la historia. Alguien la contará con todos sus detalles algún día.

lunes, 19 de julio de 2010

Por Aragua pasaba un tren

MARACAY SUPO DEL PITO DEL GRAN FERROCARRIL DE VENEZUELA

Alberto Hernández

** El sitio donde está hoy la avenida Constitución fue testigo de la inauguración del Gran ferrocarril de Venezuela el 1 de febrero de 1894.
** El servicio nocturno comenzó con las primeras ferias de Maracay en enero de 1905. Se trató de una verdadera experiencia turística en la que participaron los pueblos de Aragua, los de Miranda y Caracas. Por supuesto, venía gente de Valencia, Mariara, San Joaquín y Guacara.

Para los desmemoriados o para quienes llegaron después de los cambios, Maracay fue sitio por donde pasaba el Gran ferrocarril de Venezuela, también llamado Ferrocarril Alemán. Hasta hace unas dos décadas aún se conservaban los rieles que estaban en la zona conocida como La Línea, espacio que es hoy parte de la Avenida Constitución. Quien cruzaba hacia barrio Lourdes o Santa Ana tenía obligatoriamente que mirar hacia abajo para no tropezar los vestigios de un tiempo cuando en Maracay se escuchaba el pito del tren que venía de la Estación de La Julia.
Un poco más adelante, metros después de la calle Mariño, por la misma avenido Constitución, estaba una estación, que hoy, por mandato de una alcaldía convirtió en comisaría policial. La ciudad, entonces, ha ido perdiendo su identidad gracias a los pésimos desempeños municipales, como es el caso de la plaza Girardot, totalmente remodelada, lo cual hizo que perdiera su valor patrimonial.
Una larga serpiente de hierro y madera
La idea de un ferrocarril para Venezuela fue del ingeniero inglés Robert Stephenson, cuyo padre, George Stephenson, fue el inventor del ferrocarril. Este hombre logró que Guzmán Blanco hiciera realidad el llamado período del ferrocarril inglés en nuestro país, suscrito por Robert Francis Fairlies, también ingeniero británico, quien realizó la construcción del tramo Caracas-La Guaira.
Para lograr tal cometido trabajaron unos dos mil hombres y se usaron más de 50 mil barras de dinamita, para volar cerros y abrir las brechas que permitirían el paso de los rieles desde Caracas hasta la costa central del país.
Finalmente, el 25 de julio de 1883 se inauguró el ferrocarril. En ese primer viaje desde Caracas abordaron artistas, políticos e intelectuales de la época, quienes aplaudieron y alabaron las maravillas de ese transporte. Décadas más tarde, en la primera mitad del siglo XX, Carlos Gardel atravesó la montaña desde la costa hasta Caracas en la misma máquina. El ferrocarril alemán descansa en paz.

El 1 de febrero de 1894, en lo que es hoy la avenida Constitución en Maracay, en el gobierno de Joaquín Crespo, aunque el proyecto era de Guzmán Blanco, quedó inaugurado el Gran Ferrocarril de Venezuela. O Ferrocarril Alemán. Se trató del más largo del país: una larga serpiente de hierro y madera cruzaba el mapa y daba la impresión de continuar su desarrollo, de no ser por la llegada de los camiones y los carritos por puesto, que lo desaparecieron poco a poco, hasta dejar una imagen de abandono en todas la estaciones.

De los Llanos hasta Maracay y Valencia
Los que se trasladaban -de los llanos de Guárico y Apure, así como del sur y de Guayana- hacia Caracas, Valencia o Maracay tenían que pasar obligatoriamente por la Estación de Cagua. Así lo señala la crónica. El servicio era limitado, sobre todo de noche. En el mes de enero de 1905, se amplían las posibilidades del servicio nocturno en ocasión de las primeras ferias organizadas en Maracay. Entonces la gente podía ir y venir en los trenes sin temor a quedarse en la calle. Una anécdota –que forma parte de la historia menuda- da cuenta de un vendedor de periódicos que gritaba:
-“¡ Mañana, soberbia inauguración de las Ferias de Maracay. Asistirá el gran caudillo y jefe del país, General Cipriano Castro ¡”.
La compañía adquirió 32 carros para pasajeros, 131 de carga, 30 para transporte de ganado, 6 velocípedos de vía, 6 bicicletas de vía, 30 trolies y 3 grúas. Contaba con 86 túneles y 182 viaductos. El precio de los boletos, hasta Valencia, costaba 44.75 bolívares en primera clase, y 36 en segunda.
Un libro para recordar el trenEn el hermoso libro del escritor maracayero Luis Codero Velásquez, La Venezuela del viejo ferrocarril, publicado por la Presidencia de la República en 1990, cuenta, en el capítulo “En La Julia era el cambio”, que “Víctor Cróquer, cronista y costumbrista nacido en Turmero, escribió una vez acerca del recorrido del pitante y fumador tren que se desliza –en aquel entonces- por el costillar de los pueblos aragüeños; enriquece su crónica la descripción de los alegres paseantes que van a bordo de un vagón para las festividades de La Candelaria, célebres en Turmero, y que tienen lugar los primeros días de febrero cada año. Van, en el convoy, diestros galleros de Las Tejerías, rivales arpistas de El Consejo y San Mateo; coleccionistas de lazos y coleadores de La Victoria y de Cagua, todos deseosos de disputarle supremacía a los del pueblo turmereño”.
Más adelante, Cordero dibuja el paisaje: “El bulevar de la estación de La Julia es como una “ceja boscosa, apretada de ramas, cuajada de frutos, donde el naranjo ofrece sus racimos en un abandono de leontinas sobre verdes casacas. Un cuentario de carros de mula hace una larga espera. El auriga trajeado de liquiliqui blanco y botonadura de realitos; pañuelo amarillo –reminiscencia de los tiempos de Linares Alcántara-, luce ventolero”.
No deja de contar el cronista maracayero acerca de los otros pueblos por donde pasaba el ferrocarril. Así, en su libro destaca los pueblos de Carabobo, regados en los dos valles, el de Carabobo y el de Aragua, “pues lo envuelve el mismo mundo vegetal, sólo que los separa la cuenca del lago de Valencia, cuyo tercio –o un poco más- le corresponde a Maracay…Así, a partir de Mariara, se iba a San Joaquín y al rosario de recodos de Guacara y Los Guayos, antes de entrar a la ruta final de San Blas…”.
Tanto en Maracay como en La Victoria había dos talleres de conservación y reparación de locomotoras y vagones, dirigidos por los propios alemanes. Había otro en Valencia, por los lados de San Blas.

Los últimos días del ferrocarril
Por Maracay pasaba un tren fantasma que competía con los camiones y carritos por puesto. Ya querían viajar en su lenta barriga. Los comerciantes y pasajeros preferían hacerlo en vehículos más ligeros y rápidos. Hasta que sólo quedaron los vagones y las estaciones, abandonadas en solares y avenidas. Los últimos recuerdos de la otrora muchachada de Maracay, sobre todo de la que vivía en Ciudad Tablitas y los barrio de enfrente, Lourdes y santa Ana, era lanzarle piedras a las ventanas de los vagones. O colocar piedras y obstáculos en los rieles. De esta manera, el respeto por la presencia de la larga sierpe de hierro dejó de ser en Venezuela. Una especie de soledad comenzó –décadas después- a añorar el ferrocarril. Venezuela quedó en el mundo como uno de los pocos países sin líneas férreas. Hoy, intenta de nuevo traer el ferrocarril.

jueves, 6 de mayo de 2010

EL TEATRO ATENEO Y EL TRISTE FANTASMA DEL GENERAL GÓMEZ

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Alberto Hernández

** El fastidio, la pesadez del clima y los sueños del Gómez hicieron posible la construcción del Teatro Maracay, como realmente fue llamado al inaugurarlo. Hoy, entre marquesinas y boletería dominadas por la calina, el pequeño teatro del bolsillo se pasea por la nostalgia, por las ganas de de sentir sobre sus tablas obras de envergadura.
Probablemente, el cielo de Maracay no era el mismo de hoy, lleno de humo, sucio aéreo, vapor de agua, calina que llaman los entendidos y que han dejado flotar como si se tratara de la famosa niebla londinense. Era un cielo, más allá de que las fotos que hemos heredado nos lo muestran a veces iluminado y otras veces encapotado, era más sano, menos díscolo que éste que nos cubre. Era, entonces, aquella comarca más visible que ésta de hoy, menos bulliciosa, pero a la par con tal característica, sí más aburrida. Entonces, el mandamás, el general, al que también apodan benemérito, Juan Vicente Gómez, se dio a la tarea de mirar un poco más allá de las películas mudas que le pasaban en Caracas o que algún funcionario –de esos que aún existen que se pegan como niguas- proyectaba una película muda sobre una sábana blanca.
Juan Vicente Gómez.
Pese a la cercanía de algunos “potreros”, como denominaban los teatros ambulantes que solían pasar por la ciudad, Gómez pensó en hacer uno a su gusto. La vieja plaza Girardot (la verdadera, no ésta que ya no es patrimonio porque lo perdió cuando la intervinieron vulgarmente) acogía a los “teatreros” del momento. Se trataba de un espacio de madera que se dice fue abierto en 1912, el 21 enero, para celebrar las ferias de este año, y era conocido como el Teatro-Circo, porque combinada el drama con las peripecias de saltimbanquis, payasos y maromeros. Estaba ubicado, según datos del cronista Oldman Botello, en el cruce de las calles Santos Michelena y Soublette.
El sueño de Gómez
La pesadez del clima, la falta de espacios para el disfrute cultural obligan al viejo “Bagre” a pensar en un teatro para la comarca. Así, llama a su despacho a Epifanio Balza Dávila, un ingeniero que forma parte de la escuela de Jesús Muñoz Tébar y Agustín Aveledo.
Hedy Lamarr
Balza eleva un edificio, con aires de la Catedral de Pisa y agregados personales que lo configuran como un edificio cuyo estilo se aproxima al eclecticismo. Gómez aplaude el proyecto, pero no se habían estudiado las dimensiones, razón por la cual el Teatro Ateneo de Maracay le quedó pequeño, por lo que Gómez no quedó muy contento cuando lo visitó. La obra se detiene durante dos años. Pero el general finalmente acepta l que Balza siga con la obra, hasta terminarla.
El éxito de la compañía española de teatro de María Fernanda Ladrón de Guevara promueve la idea de que algunas de las obras que esta actriz presentaba en Caracas, igualmente pudieran ser disfrutadas en Maracay. El 24 de junio de 1926 –día de la batalla de Carabobo- el pequeño teatro es inaugurado con la obra “Cancionera”, una comedia muy andaluza que gustó mucho a los “principales” y a los pocos agregados que pudieron estrenar las butacas del Teatro Maracay, como en verdad fue bautizado.
Mary Pickford
Podríamos imaginarnos el espíritu bullicioso de una ciudad casi campesina. No existía aún el Hotel Jardín, razón por la cual los integrantes del teatro se hospedaron en el Hotel Maracay, el cual estaba ubicado en la calle López Aveledo.
Al estreno en Maracay de la pieza asistieron, entre otros, según comenta el cronista, Gómez y su familia, entre quienes estaban Florencio, Juan Vicente, Cristina y Belén. La comitiva regional la encabezaba el presidente del estado, Ignacio Andrade y señora Servilia Gómez Núñez de Andrade.
Los felicitadores no faltaron, los aplausos y luego el brindis donde también imaginamos la tertulia de los principales y la befa en la calle de borrachitos y jodedores de ocasión.
Botello destaca la nota que publicó la revista Élite a propósito de la presentación de la obra en la capital de la República: “El teatro de Serafín y Querubín Alvarado Quintero, optimista locuaz, popular vivido, cuenta en Caracas con la predilección unánime del público. Evangelina Adamas y Bernardo Jambrina, poeta e histrión de alto coturno, trajeron al teatro Caracas las deliciosas primicias de la gloria de los sempiternos andaluces…”
El teatro: los entremeses, la comedia, eran para Gómez un pasatiempo que lo hacía feliz. En esos días también estaba en el tapete uno de los más sonados hombres de las tablas del país, Antonio Saavedra, quien años más tarde, más allá de los regalos que el general le procuraba, se burló de él en una obra titulada “la sagrada familia”, pero ya el poder de Gómez formaba parte del recuerdo. También disfrutó con Rafael Guinand en el Teatro Maracay, y así muchísimos que se lucieron ante los maracayeros de poder sentados al lado del viejo caudillo.
El cine: desde el mudo hasta el “hablado”…
Después de esta compañía, muchas otras pisaron el escenario del pequeño Teatro Maracay. Pero fue el cine, la pantalla viva y veloz de los personajes, el que atraía a Gómez. “Visitaron” su telón Charles Chapiln, por supuesto, animados musicalmente por la banda de la Presidencia de la República, a cargo de Sebastián Díaz Peña, en sus inicios, y luego por Gerardo Cámera y José Antonio Lagonell, quienes escogían previamente las piezas musicales para ambientar las proyecciones.
El primer espectador era el general Gómez, quien no se perdía, todas las noches a las 7 u 8, una función. Veía documentales internacionales de Warner Brothers, Universal, Metro o Fox. Noticiarios provenientes de muchos países donde la guerra y la paz distaban mucho de la Venezuela de aquella época, dominada por la bota y el acento silbado del general.
Dicen los cronistas y curiosos que se venía generalmente a pie. Cruzaba acompañado de sus cinco guarda espaldas o edecanes que lo escoltaban y se instalaba en la oscuridad de la sala a disfrutar la película del día. A las diez de la noche se marchaba, ahíto de películas, a su residencia ubicada cerca de la plaza Girardot. Maracay era un remanso, la “paz” se sentía en el susurro de los árboles.
Clark Gable
El sonido, el teatro mudo…
Un rato más tarde, a comienzos de los años 30, se incorpora el sonido al teatro. Así, los moradores, ya sin Gómez como compañero de butaca, pudieron ver las películas de Hedy Lamarr, Mary Pickford, Clark Gables, entre otros ídolos de aquellos días. Luego quedaría lo que el viento se llevó con los años, hasta hoy, cuando –luego de tantos tropiezos, el ya antiguo Teatro Ateneo es la reserva para el teatro escolar y demás devaneos que han dado al traste con muestras serias donde los talentos del patio esperan una oportunidad. Se trata de mirar más allá de programaciones. Se trata de diseñar políticas, desde los entes del Estado, para que el Teatro (con mayúsculas) se sienta en la comunidad.
Un anciano se pasea de madrugada por los alrededores del Teatro Maracay. Su tristeza de fantasma silencioso lo arrima a las ganas de sentarse y disfrutar de una buena obra de teatro. O de una película de factura que lo deje aturdido, como en aquellos días cuando Charlot “venía” a visitar la ciudad que luego fue llamada Jardín.

martes, 17 de abril de 2007

PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD


PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD

Alberto Hernández*




1.-
Me siento el descubridor del Drago de Orotava. La ciudad, que era jardín mientras dormíamos, encajó perfecta en la mirada de Humboldt. La iglesia –doblada por el calor- destacaba por encima de los pequeños edificios. Alguien que puede ser el narrador de esta peripecia, se adentra en el ruido que el silencio produce en la conciencia de los que una vez huyeron, se adentraron en la selva para jamás regresar a estos valles.
Por allí se asoma Sir Robert Kerr Porter, más flemático que un pájaro disecado de 1829. se deja escuchar cerca de la alharaca de unos loros venidos de la gran montaña que años más tarde bautizarían Henri Pittier: “Jueves 12. A las 9 llegamos a la población de Maracay situada cerca del lago de Valencia, a unas 24 millas de La Victoria. Nos alojaron bien por orden del Corregidor (gracias al General Páez), y se nos agasajó en una casa privada…”.
Cualquiera hoy podría llegar a imaginarse que se trata de un militar lacayo del imperio británico. Kerr Porter era diplomático inglés, y por tanto debía recibir estos tratos. Así lo dejó dicho en su “Diario de un diplomático británico en Venezuela 1825-1842”.
Ya el barón de Humboldt había dejado su opinión en varios tomos donde las palabras y los trazos del paisaje reconocían la belleza de esta tierra, ajada por las guerras, por las proclamas, las traiciones y las hazañas.
2.-
“Después de descansar (pues el calor es excesivo) y comer, ascendimos la montaña del Calvario del lugar (pues todas las comunidades habitadas poseen una), desde donde contemplé uno de los más amplios, ricos y espléndidos panoramas que jamás haya visto en ningún país”. También nosotros, los de ahora, los que aún ambulamos por esta calles.
Una tarde, con Augusto Padrón, me tocó dejar sentado que los maracayeros eran subsidiarios de la selva alta de enfrente. En un lenguaje ingenuo, bello por la nobleza de su casi silencio, el poeta de Choroní dijo: “Maracay se muere allá arriba. Es decir, respira, es eterna”. Como buen cristiano. Don Augusto se acomodó el liquilique, me convidó a cruzar la calle y estacionarnos un rato en la plaza Girardot. “Esto no estaba aquí cuando pasó el barón alemán, de modo que podemos dejar sentado que nosotros tampoco lo vemos”. Me sonrió, a sabiendas de que no lo entendía. Me tomó del brazo y seguimos por la calle Páez. En algún lugar de esta ciudad vivía él y los fantasmas que aún nos persiguen, en pleno siglo XXI.
3.-
“Montañas amontonadas sobre más montañas cercando el lago por todos lados, cuya plateada, pero ahora dorada superficie estaba espesamente sembrada de islas de todos tamaños y formas extrañas”. En este instante de la lectura, Luis Cordero Velásquez toma el café en el cruce de la 10 de Diciembre con Bermúdez, en el viejo Bar Santamaría, hoy convertido en un recuerdo. “Nada, Maracay se va con nosotros. El que se queda la ve morir, silenciarse en cada agresión”. La montaña, la nombrada por Kerr Porter y mirada con abismo por Humboldt, prefiguraba lo afirmado por el autor de La ciudad vegetal. Yo que lo oía con los ojos, sentía en mis oídos la grizapa de unos pájaros perdidos que venían del tótem natural.
4.-
Francisco de Miranda nos llegó un día con Denzil Romero, así como lo había hecho de mano de Mario Briceño Iragorry. Y Maracay, tan noble, callada en su sensible estirpe de pueblo sin fundador, allí, pegada de nosotros, de los que aún –vivos y agónicos- continuamos en su vientre, hartos y a punto de viajar sin boleto.
“La llanura en el fondo, cubierta de cultivos, bosques y edificaciones aquí y allá, con la espigada iglesia de la ciudad y amplios pero abundantes mansiones de su otrora animada población”. Aquí entra vigoroso Feliciano González, el cura y el hombre de a pie, una tarde en su biblioteca/ depósito. Unos traguitos de brandy, de vino y hasta del whisky que a veces le llevaban para que no estuviese tan solo. “Mira, Hernández, esta ciudad duele porque la hemos dejado de doler, de querer. Uno que es de aquí, de este barro podrido que venía del lago, a veces se siente demasiado lejano. Un día salgo a la calle y me pierdo. No sé qué esquina es esta o aquella. La ciudad nos extravía, a propósito”.
5.-
“El sol se hundía en roja envidia ante la sosegada y plateada influencia de la hermosa luna. Y al suavizarse todos los objetos en una solemnidad gris, el todo se volvía verdaderamente embrujador, tranquilizador para el alma”. ¿Alguien de esta ciudad sabía de este texto, tan poético como el insomnio de los que hoy afincan los huesos en la desidia?
Nos desconocemos en las calles. La ciudad nos expulsa hacia los basureros. ¿Cuántas preguntas se merece el silencio que de ella emana en el momento de sentir la ruina de la casa de Misia Jacinta, la miseria del viejo edificio donde funciona el Museo Antropológico?
Entonces alguien nos señala con el dedo. Allá, en el extremo más oriental, don Augusto Padrón se acomoda el traje, afina la mirada y saluda. Por el lado occidental, Luis Cordero en su emblemática amabilidad. Y un poco al centro, en la equidistancia de cualquier yerro geográfico, monseñor Feliciano González me reclama mi ateísmo juvenil, esa fuerza engreída borrada por el tiempo. Entonces me enseña las heridas de Jesús y sonríe. A la vuelta de la esquina ya nao existe.
¿Cuántos pasos más para retornar, para sabernos más inseguros, más próximos a la tragedia, a la conmiseración de un poder tan aberrante que nos empuja hacia la desolación, el olvido?

*Escritor venezolano, poeta, narrador, ensayista y periodista, nacido en Calabozo (1952)