Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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sábado, 9 de mayo de 2026

PARA ROSANA

 

                                                              Jeroh Juan Montilla

Al principio fue el ácimo, el pan del amor, el fruto compartido del paraíso, la masa del corazón sobre el calor de las piedras, los cuerpos primordiales del mundo. Esta pascua desanudó la eternidad y así el tiempo salto sobre la faz de la tierra, levadura que ahora esponja el amor.

Este poemario de Rosana Hernández Pasquier, Huerto de lirios (Taller Blanco Ediciones, Colombia, marzo 2026) realiza el milagro de devolvernos, de recuperar aquellas veredas amorosas donde una vez transitamos sembrando las ternuras pascuales que nos identifican humanos, el rito de amar en el surco del poema, la promesa cumplida, el verdadero principio, acción y fin de la palabra.

Treinta poemas que trazan delicadamente la figura del primer mes en el paraíso de la adoración, ese celebrar recurrente del ceremonial de los cantares, la poesía. Versos en forma de rocío, destilados, refrescante brevedad para enumerar con gozo las esperas, las delicias, las historias, los paisajes, los reparos, las intimidades, los desafueros, los frutos, todas las ebriedades de cada amante o sembrador de lirios. Amar es cultivar la única castidad, la semilla de este poemario.

A continuación, tres poemas del libro como abrebocas:

                                                                                                

Ataste mi cintura

al lobo de tus ojos

La noche se hace oscura

sin perendengues en el cielo

Mi velo se rasga

llega el viento del norte

…………………………..

 

El perfume de la mirra

es la ofrenda del triunfo

encantan los caminos del humo

en el ascenso embriaga el espiral

a veces

perturba el rojo de la manzana

 

……………………………………

 

 

Habrá tarro y almíbar

drupas y guindas sobre la mesa

tiéndete en el aderezo

mojaré los aromas en tu cuenco

viernes, 4 de octubre de 2019

LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL

Jeroh Juan Montilla

Los estados de ánimo son el piso del existir. Puedo sonar dogmático, pero esa condición me parece indiscutible. Los seres humanos son meramente un estado de ánimo, estamos reducidos a ello y no podemos evitarlo. El estado de ánimo nos determina tanto en lo objetivo como en lo subjetivo, filtra todas nuestras impresiones, dicta el camino de todos nuestros haceres. Los estados de ánimo son variadísimos, unos caen bajo el imperio de una emoción, otros bajo el dictado del sentimiento. En el lenguaje del filósofo Martin Heidegger a esta condición se le llama Stimmung. El límite humano donde lo ontológico y lo sicológico se vuelven una sola cosa, la puerta del mundo, en voz de otros intérpretes como Pilar Gilardi González: “un temple anímico que nos determina y antecede”
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”

jueves, 4 de abril de 2019

DOS POEMAS


Arturo Álvarez D´Armas



He sufrido vejaciones y humillaciones
días y noches sin luz y agua.

No es un castigo de Nuestro Señor.

Pero esas tinieblas nunca ocultarán
la luminosidad del porvenir.

Oh mi Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca te olvido en la sala
de la vieja casona pastoreña.
Te pido que el día que venga la Parca
mi Ángel de la Guarda me lleve a tu lado.

Ya pasé por el infierno de esta Tierra de Gracia.

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No sé cuántos labios han saboreado los míos.
Me queda el sueño y no la fantasía de un beso
que movió todos los músculos de la boca.
Solo fue un instante
entre la plaza Ribas y Iglesia de La Pastora
era una tarde de carnaval.
Yo vestía un pantalón azul marino
y camisa blanca arremangada.
Tú la muchacha del antifaz
con ojos brillantes y labios carnosos.
El beso detuvo mi respiración y mi pulso.

Llegaste y desapareciste hasta el día de hoy.
Aún añoro esos labios morena de Lídice.


Imagen: Esq.Gradillas a Torre, 1939.-Colec. Helmut-Neumann

viernes, 16 de septiembre de 2016

BLANDOS DE GABRIELA ROSAS

Jeroh Juan Montilla



Quien padece el furor de escribir poemas hace cartografías, ineludiblemente traza rutas que develan los taxones del libro de la vida. Pasa sus días sobre el blanco de estas páginas, y en la orientación de su propia caligrafía exhibe sin pudor la miríada de criaturas  que pululan solapadas en los nervios del Ser. Gabriela Rosas es uno de estos bondadosos y felices penitentes que exploran el  filum invisible de lo inagotable. Poeta confesada y reincidente en la serenidad creativa de lo dúctil. Cuántos nobles animalejos asoman sus ojazos tras el cristal de su poética, saturados por el licor de su vigilia. Tal es el hado de su poemario Blandos (Caracas, Editorial El pez soluble, 2013)
Tras la lectura de estos dieciocho poemas me pregunto, ¿existe el verbo blandor? ¿No? Hay entonces que darle rienda suelta, escritura, conjugarlo dos veces en cada novena que protagonice lo amoroso. El auténtico y único infinitivo que tiene parentela con la palabra amor. Aunque podríamos innecesariamente repetir con Ivonne Bordelois: “no es amor el único nombre del amor”
Imagino un lugar común: toda dureza es señal inequívoca de aprendizaje. La infalible y acogedora escoria del conocimiento, allí envejecemos aptos para el itinerario ante la nada. Pero hay una especie para lo adverso, creada para el desconocimiento de aquel mandato. Por tanto fallida y sobreviviente. Esos son los blandos. A ellos se describe en estos poemas donde se narra la historia vacilante de su corporeidad, dulces y porosos en la consistencia existencial, moldeables ante el goce o el desconsuelo que procura el roce de unos dedos ajenos.
Para Tales de Mileto el arjé es el agua, el vientre fenoménico del mundo. Sin embargo, el provocador de Heráclito añade, con sarcasmo, que de la tierra nace el agua, pero de esta última emerge la sutileza, lo más blando, el alma. Devolverse a lo terroso es para el agua la misma muerte, por eso el alma deja atrás el agua porque la lleva en sí misma. Ahora, existen blandos de otra materia, sabemos por ellos que el alma también arde, la poeta lo confirma: “los blandos se queman por dentro”.
Las entrelíneas de este poemario me confiesan que la blandura no está en uno, que ésta, enigmática y necesariamente, solo reside en el otro. Que originalmente no me pertenece, ella es dádiva en lo incalculable de la otredad. Que no la conozco, pero en esa ineptitud todo lo blando sabe a bondad. Solo así nos contagiamos. En la contradicción de no ser lo que rotundamente seremos en la liturgia del afecto. La poeta Gabriela afirma: “nadie sabe de qué está hecho/ para el otro/ en el otro/ lejos del otro/ uno se equivoca” En definitiva, saber no es conocer. Lo verídico es reconocerse en lo primero y no en lo segundo. Que la opción frente a los blandos es desconocerse y estar a merced. En la identidad del amor mucho se y poco conozco. Heráclito también dice: “La condición humana no posee conocimientos; la divina, en cambio, sí.” Amar entonces es únicamente humano. Por tanto fue ese el tramposo trueque del Edén. Ya los dioses querrían estar en nuestras médulas.
Saber desde el poema es lo más próximo a los intentos alelados del beso, al sabor capitulante de unos labios, a una lengua dulce y sin defensa, o al aliento, el tercer elemento de los blandos. Toda boca es fácticamente un orbe de blanduras, nuestro órgano común con los blandos. El reino de las humedades trenzadas con la misma carne del corazón.

CUATRO
Lloro siempre porque soy de agua.
Ojo conmigo. Calibro mal el dolor.
                          Carina Sedevich
Hoy las hormigas caminan adentro de la piel
pienso en la corta vida de los labios
en lo que se apaga
le hago caso al aire que me falta
un poema llueve
esa caricia
sobre el hombro
es un pez
somos la voluntad de escuchar
el silencio
lo simple
el pequeño mordisco
que se queda en los dientes
las tormentas que dan miedo
nunca le mientas a un deseo
cuando escampe
todo lo que caiga será tuyo
hay personas que viven bajo el agua.

(Gabriela Rosas, Blandos, 2013) 

miércoles, 28 de marzo de 2007

QUIEN SOY




Adolfo Rodríguez*
























30

Un sol me escolta
del lado allá de las cimas
como compañero fiel
en torno a esta casa cerrada que somos.



39
La tierra se me quiebra
Me expone a sus resquebrajaduras
Me prolonga
Estuvo aguadándome
Prosigue conmigo cuando
mi sombra ya no está
Me sucede con parsimonia
Más allá de todas sus estaciones
Y aludes.


38Llueve
Palpo cada hilo que cae
me seco
y prosigue lloviendo adentro.




42Soy un hombre de los patios
del precemento
del prezapatos
del preorden y la preprisa
Un hombre que carga con cielos, ríos y boscajes
Como equipaje
la savia recorre
rememorando mi origen
extenso subsisto
entre una levedad
que para nada reclama que yo sea lo que soy.




78
Amo todo lo que amé
Amo también lo odiado
No conservo espacio en mí
Que no sea para amar
Lo siento por los que me instigan
Por los que me rechazan
Por cuantos me ignoran
Para todos salgo
Como el sol
En mi reino ya nunca más
Duerme el amor.




80
Hay grandes ciudades
Instaladas en mí
Floreciendo con su día
Las murallas más altas
Derruídas ya
Elevándose sobre una cierta
Ingenuidad
Que estuvo allí.

Ay!! Mis extinguidas ciudades
Fuertemente erigidas
Con nuestros pliegues
¿Sobre qué parte de nuestro ser
Habéis sido derribadas?

* Poeta, historiador, cronista

martes, 27 de marzo de 2007

CALENDARIO

Alberto Hernández

Enero

Este es un país de una sola puerta. Por ella entran la ceguera y los pasos de alguien que se deja ver sólo por la ventana que lo protege. Hace horas de siglos que la casa intenta mantenerse en pie: ella es la mirada que nos hace falta para tocarla con las sombras, con el primer mes que convoca a levantar las voces aún en los oídos de las gruesas paredes.
La vieja hacienda revisa los callos de aquellos que cosecharon y desgranaron el café: el milagro sigue siendo textura en la memoria.
Entra entonces como un barco de grises mareas. Se detiene en el techo inconcluso, desafiado por el vacío. Entra la luz, como un golpe en el pecho, fragante y silenciosa.

Febrero

Atado a sus avíos, el portón se enseñorea en la madera que lo soporta. La cerradura dice de su edad, sus mohosos movimientos, travesaños que aseguran la mano, la intimidad de los habitantes ya idos. Entornada, a la salida de la intemperie, las ventanas hinchan el tiempo dejado en la hacienda. Los adobes, aladrillados en su perfección, ariscan las poleas para aliviar el peso del trabajo. Bateas y canoas para guardar los olores de la revelación. Roñosos los muros en su permanencia, entre arbustos y el piso apilonado por los pasos de vivos y fantasmas. La luz intenta entrar entre los visajes del techo.
La puerta quedó abierta. Por ella entran y salen quienes pueden, mientras el vitral atrapa el relámpago de la montaña que se cuela desde su lejanía en los sonidos de una fauna increíble.

Marzo

Toda la soledad es posible bajo las nubes.
Lo que ha quedado de aquellos días es tan visible como lo que existe hoy.
Tenemos ojos para cegarnos de silencio. Una pared doblegada por la tierra, un muro donde alguien se lamentó de la historia y dejó grabados verbos y canciones para los privilegiados, los provistos de un especial don.
Nadie niega la respiración de los árboles sobre esas ruinas. Nadie sabe descifrar los esqueletos
hechos presentimiento del cielo. Ni mucho menos de quienes son esas raíces que salen de la tierra y frecuentan la soledad de las paredes. Los mogotes, la liviandad del aire, el peso de las
nubes contra los cerros, la pesadumbre de la hora negada por la tarde. ¿Quién habrá sido el último en salir de ese lugar y encerrar en las sombras el último vestigio humano? Sólo Dios es posible entre tanta blasfemia de la sequía.

Abril

Alguien podría pensar que se trata de los viejos horcones, los botalones para atar la agonía en el matadero. Pero el tiempo nos desmiente bajo las dos aguas del techo. Otro ha sido su oficio, sujetar o sostener con la fuerza de la ausencia lo que la memoria desdice.
Allá está el paredón, la dos puertas que no sabemos si servían para salir o entrar.
Si atendemos al piso, la tierra pregunta entre sombrías grietas. Manchas que emanan de una atmósfera derrotada por la luz, mientras las pocas manchas del aire intentan protegerse en la inclinada caída hacia los aleros.
La mirada no es nada si no sabe donde habita. Se puede pensar que el agua ha hecho mella en la parte inocente de las paredes de la vaquera.
Rivales, la línea de los palos y los ojos, queda un sendero entre el tiempo y la incredulidad.
Otra es la mirada. Ahora entra el cielo por el techo y se estrella contra el suelo. Se desparrama
por las paredes, como si éste sólo fuese parte del milagro que una mano poderosa se ha encargado de colocar violentamente con la llegada del día.
Este es un lugar verbal, para las palabras. La ganadera fue un día, hoy nos demuestra que se ha quedado solo en el ojo de un visitante extraviado.
Vale la telaraña, los cajones inútiles, ensamblados en la pared. Del techo no queda sino la sombra, lo que es decir que existe pero no está en el ojo sorprendido por la inmediatez.
Si advertimos los rincones, parte de la magia nos lleva a descubrir bejucos, lianas y hojas que
crecen a la sombra de cada uno de los que participan de lo que vienen de afuera.
Queda del instante en quien entra, algo que lo ha cambiado.

Junio

Como una galaxia de sombras, el frontis de la Ganadera descubre los astros de la pátina.
Suben como reptiles los bejucos. Se adhieren y es una hiedra débil la que calumnia la humedad del muro. ¿Qué mano delinea las hojas que se mueven con la brisa zumbona en las ventanas? Nadie responde a esta pregunta. Nadie, bajo el sol inquietante de la ciudad, tiene razón para quedarse con las palabras apiñadas en la boca.
Más arriba, en el más cercano de los cielos, las ramas se tuercen en una demostración de danza cuya destreza permite un diálogo entre pisa la tierra y el que voltea la cara para encontrarse con la altura.
Las sombras salen del interior de la casa. Hacen de la forma un estallido en la intemperie de la
calle, pero nadie sabe: el misterio también es parte de este abandono.

Julio

La ruina también es un poema, un desgarramiento que comienza en la puerta cerrada, mientras las arterias del cielo caen sobre trozos de la misma casa. Podrida la madera, la boca del techo no discrimina los matices en la tapizada insistencia del tiempo.
¿Alguien habrá reconocido su nacimiento en esta habitación? ¿quién tiene noticias de la muerte de quien dejó marcas de sus manos en la madera y en la cerradura? ¿cuántos olores quedan del
pasado?
Del inestable aspecto, queda flotando una lluvia en la mirada. Allí, sólo allí, la muerte se
amontona en silencio. Sin embargo, la miseria jamás derrotará la elegante forma de la puerta, de la que sabemos de manos artesanas, carpinteras, artistas anónimos verificados en el espíritu
cautivo de sus hojas. ¿Cómo entrar por ella si no sabemos de quien nos podría abrir sin sobresalto alguno? Previo a saber que se trata de una casa de campo, alguien precisa acerca de
un próximo encuentro con la tierra.

Agosto

Asunto de luz este de emerger a través de la selva tupida y pasar a través de los cristales para repetirse en sombras. Así ocurre con el día donde el cielo tiene techo nuboso, donde la noche crece en sonidos y aparece de súbito contra la transparencia de las grandes ventanas de Rancho Grande.
Es agosto y las lluvias acorralan el sol contra el tejido de una flora que intenta invadir el interior de la casa. Cada cuadro es un sol distinto, un matiz cuya gravedad se ve trazada sobre el mosaico del piso. Allí, las líneas reposan, mientras el astro se mueve y cae sobre la altura de los grandes árboles cargados de abismos y silencios.
Pasado el clima interior, en el afuera respira una fauna irrepetible. Pájaros misteriosos, monos y arañas, serpientes y dormideras. El piso vegetal guarda la humedad del hongo y las hormigas rojas.
Quien mira desde el corredor sabe que la selva se congrega para seguir creciendo.

Septiembre

La soledad es geométrica en este lugar. Quien baja mide los pasos y entra en el ángulo de la extraña armonía. Cada paso es un cuadro, una matemática de la proximidad.
No es extraña la visita de viejos fantasmas, doblados por la edad y convencidos de haberse cobijado en las bondades del silencio.
La perfección no se contradice con la luz que entra sin permiso alguno desde la selva húmeda. Cada muro se debe a la paciencia de quien soñó las medidas y las trazó con mano segura, mientras los objetos cavilaban al hacerse reales sin mucha rapidez.
Hay tanta contemplación que quien repasa los detalles se hace parte cruda de cada pared. Y si alguien –fantasma o débil textura humana- produce palabra alguna, el lugar multiplica la
atmósfera de su elegancia.

Octubre

La vida es más que un rectángulo.
Y más al fondo, advertida la red que protege de las bestias e intrusos indeseables, las ventanas de arcos hacen de la pared un territorio invadido por la extrema luz. De este lado, más cerca del ojo inmaterial, la oscuridad arremete, pero si abundamos en mirada nos comprobamos en el que baja a ser parte de la fronda que crece en la escalera.
¿Cuántos llegaron a ser la hacienda, la acosada por la inclinación de la montaña que no vemos y sí nos ve en el polvo de la casa?
Hay una insistencia miserable en su soledad. Una historia que no cabe en las hojas de un libro porque alguien la borró y dejó al descuido la puerta entreabierta.
Lo viejo y lo nuevo se conjugan y el mundo sigue su curso, tan plácido que quienes allí vivían aún lo sienten.

Noviembre

Se antoja catedral y Dios lo afirma. Destartalada declara la presencia del que no habla. Una sacralidad admitida por la puerta rota, franqueable. Íngrimo es el momento de mirarla, de deshacerse de quien una vez habitó bajo sus maderos.
El techo, cruzado de viguetas y ornada por la caña brava, desmitifa la hondura hacia el cielo. Hace posible el infinito desde el agujero que el párpado abre para escapar.
“-Yo entro y no salgo, no hace falta. Soy el que soy”, dice el de arriba, el que no necesita de ojos
para mirar ni tiempo para esperar el término del silencio, de la sequedad que corroe el viento y transita sin decir la orilla de las ventanas, donde se deposita la luz, la capaz de cegar e inventar el mundo.
El altozano, la troja que precipita el vértigo, hace cobijo de las primeras sombras de la hacienda.

Diciembre

Árbol fantasma que entra por la opacidad de la ventana.
El bosque arriba con todo el misterio que guarda en sus sonidos. ¿Cuántos ojos miran hacia afuera mientras la noche recuesta sus huesos contra la corteza fungosa de una mata?
No basta pararse enfrente y tratar de descifrar lo que oculta el monte. Es preciso saber leer cada movimiento, cada pausa que las horas le imponen a la noche. Y mientras el cielo se advierte a través del paño de agua del vidrio, el tejido de la flora salvaje respira, vive, dialoga con el mogote habitado.
Una horqueta invita a ver el resto: la línea quebrada de un horizonte de hojas sigue su curso a lo lejos. Interminable es la manera de ver la montaña. Sólo que aquí, donde se sirve la soledad de los que se protegen del paisaje, es posible ser tronco y ramas, preguntas y respuestas sólo oídas por el frío que choca con el vidrio empañado..